JUAN 5-6

JUAN 5

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (5,1-16):

1 Después de esto, se celebraba una fiesta de los judíos y Jesús subió a Jerusalén,

2 Junto a la puerta de las Ovejas, en Jerusalén, hay una piscina llamada en hebreo Betsata, que tiene cinco pórticos.

3 Bajo estos pórticos yacía una multitud de enfermos, ciegos, paralíticos y lisiados, que esperaban la agitación del agua.

4 [Porque el Angel del Señor descendía cada tanto a la piscina y movía el agua. El primero que entraba en la piscina, después que el agua se agitaba, quedaba curado, cualquiera fuera su mal.]

5 Había allí un hombre que estaba enfermo desde hacía treinta y ocho años.

6 Al verlo tendido, y sabiendo que hacía tanto tiempo que estaba así, Jesús le preguntó: «¿Quieres curarte?».

7 El respondió: «Señor, no tengo a nadie que me sumerja en la piscina cuando el agua comienza a agitarse; mientras yo voy, otro desciende antes».

8 Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y camina».

9 En seguida el hombre se curó, tomó su camilla y empezó a caminar. Era un sábado,

10 y los Judíos dijeron entonces al que acababa de ser curado: «Es sábado. No te está permitido llevar tu camilla».

11 El les respondió: «El que me curó me dijo: «Toma tu camilla y camina».

12 Ellos le preguntaron: «¿Quién es ese hombre que te dijo: «Toma tu camilla y camina?».

13 Pero el enfermo lo ignoraba, porque Jesús había desaparecido entre la multitud que estaba allí.

14 Después, Jesús lo encontró en el Templo y le dijo: «Has sido curado; no vuelvas a pecar, de lo contrario te ocurrirán peores cosas todavía».

JUAN 5.14

15 El hombre fue a decir a los judíos que era Jesús el que lo había curado.

16 Ellos atacaban a Jesús, porque hacía esas cosas en sábado.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (5,17-30):

17 el les respondió: «Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo».

18 Pero para los judíos esta era una razón más para matarlo, porque no sólo violaba el sábado, sino que se hacía igual a Dios, llamándolo su propio Padre.

19 Entonces Jesús tomó la palabra diciendo: «Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo sino solamente lo que ve hacer al Padre; lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo.

20 Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que hace. Y le mostrará obras más grandes aún, para que ustedes queden maravillados.

21 Así como el Padre resucita a los muertos y les da vida, del mismo modo el Hijo da vida al que él quiere.

22 Porque el Padre no juzga a nadie: él ha puesto todo juicio en manos de su Hijo,

23 para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.

24 Les aseguro que el que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado, tiene Vida eterna y no está sometido al juicio, sino que ya ha pasado de la muerte a la Vida.

25 Les aseguro que la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oigan, vivirán.

26 Así como el Padre dispone de la Vida, del mismo modo ha concedido a su Hijo disponer de ella,

27 y le dio autoridad para juzgar porque él es el Hijo del hombre.

28 No se asombren: se acerca la hora en que todos los que están en las tumbas oirán su voz

29 y saldrán de ellas: los que hayan hecho el bien, resucitarán para la Vida; los que hayan hecho el mal, resucitarán para el juicio.

30 Nada puedo hacer por mí mismo. Yo juzgo de acuerdo con lo que oigo, y mi juicio es justo, porque lo que yo busco no es hacer mi voluntad, sino la de aquel que me envió.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (5,31-47):

31 Si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no valdría.

32 Pero hay otro que da testimonio de mí, y yo sé que ese testimonio es verdadero.

33 Ustedes mismos mandaron preguntar a Juan, y él ha dado testimonio de la verdad.

34 No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para la salvación de ustedes.

35 Juan era la lámpara que arde y resplandece, y ustedes han querido gozar un instante de su luz.

36 Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: son las obras que el Padre me encargó llevar a cabo. Estas obras que yo realizo atestiguan que mi Padre me ha enviado.

37 Y el Padre que me envió ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro,

38 y su palabra no permanece en ustedes, porque no creen al que él envió.

39 Ustedes examinan las Escrituras, porque en ellas piensan encontrar Vida eterna: ellas dan testimonio de mí,

40 y sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener Vida.

41 Mi gloria no viene de los hombres.

42 Además, yo los conozco: el amor de Dios no está en ustedes.

43 He venido en nombre de mi Padre y ustedes no me reciben, pero si otro viene en su propio nombre, a ese sí lo van a recibir.

44 ¿Cómo es posible que crean, ustedes que se glorifican unos a otros y no se preocupan por la gloria que sólo viene de Dios?

45 No piensen que soy yo el que los acusaré ante el Padre; el que los acusará será Moisés, en el que ustedes han puesto su esperanza.

46 Si creyeran en Moisés, también creerían en mí, porque él ha escrito acerca de mí.

47 Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?».

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JUAN 6

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,1-15):

1 Después de esto, Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades.

2 Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía curando a los enfermos.

3 Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.

4 Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.

5 Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?».

6 El decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.

7 Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».

8 Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:

9 «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?».

10 Jesús le respondió: «Háganlos sentar». Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres.

11 Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.

12 Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada».

13 Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.

14 Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».

15 Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.

COMENTARIO:

Este milagro se repite en cada Eucaristía. Para los discípulos de Jesús, la clave de la solidaridad está en la eucaristía, el misterio y milagro que celebramos ininterrumpidamente. No se trata de que Dios multiplique el pan para darnos de comer, Dios mismo se hace pan en Jesús para ser el alimento que sacia el hambre de pan y todas las hambres del hombre.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,16-21):

16 Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar

17 y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaúm, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos.

Cafarnaúm

18 El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.

19 Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo.

20 El les dijo: «Soy yo, no teman».

21 Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,22-29):

22 Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.

23 Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,24-35):

24 Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús.

25 Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?».

26 Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse.

27 Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello».

28 Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?».

29 Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado».

30 Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?

JUAN 6.29-30

31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo».

32 Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo;

33 porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo».

34 Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan».

35 Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

PADRES DE LA IGLESIA

San Pedro Crisólogo: «Cristo mismo es el pan que, sembrado en la Virgen, florecido en la Carne, amasado en la Pasión, cocido en el Horno del sepulcro, reservado en la iglesia, llevado a los altares, suministra cada día a los fieles un alimento celestial». Sermo 67, 7

San Agustín: «La Eucaristía es nuestro pan cotidiano. La virtud propia de este divino alimento es una fuerza de unión: nos une al Cuerpo del Salvador y hace de nosotros sus miembros para que vengamos a ser lo que recibimos (…). Este pan cotidiano se encuentra, además, en las lecturas que oís cada día en la iglesia, en los himnos que se cantan y que vosotros cantáis. Todo eso es necesario en nuestra peregrinación».

San Justino: «Porque este pan y este vino han sido, según la expresión antigua “eucaristizados”, “llamamos a este alimento Eucaristía y nadie puede tomar parte en él si no cree en la verdad de lo que se enseña entre nosotros, si no ha recibido el baño para el perdón de los pecados y el nuevo nacimiento, y si no vive según los preceptos de Cristo”».

San Ambrosio de Milán:
Antes consideraba maravilloso el pan del cielo, pues está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Pero no era aquel el pan verdadero, sino sombra del futuro. El Pan del cielo, el verdadero, me lo reservó el Padre. Descendió para mí del cielo aquel pan de Dios, que da vida a este mundo. Este es el pan de vida: y el que come la vida no puede morir. Pues ¿cómo puede morir quien se alimenta de la vida?

¿Cómo va a desfallecer quien posee en sí mismo una sustancia vital? Acercaos a él y saciaos, pues es pan; acercaos a él y bebed, pues es la fuente; acercaos a él y quedaréis radiantes, pues es luz; acercaos a él y seréis liberados, pues donde hay el Espíritu del Señor, hay libertad; acercaos a él y seréis absueltos, pues es el perdón de los pecados. ¿Me preguntáis quién es éste? Oídselo a él mismo, que dice: Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Le habéis oído, le habéis visto y no habéis creído en él: por eso estáis muertos; creed al menos ahora, para que podáis vivir. Del cuerpo de Dios brotó para mí una fuente eterna; Cristo bebió mis amarguras para darme la suavidad de su gracia.

COMENTARIO:

Esto es mas que suficiente para tener plena confianza y seguridad que Jesús es la solución a muchos de nuestros problemas sino es que a todos; y esto lo decimos por la sencilla razón que en algunos casos la solución esta tan cerca de nosotros y en muchas ocasiones la tenemos en nosotros mismos, es decir, en una decisión nuestra. Es decisión personal aceptar a Jesús en el corazón como Salvador, como el YO SOY, que ha venido para libertar para sanar, para salvar, nadie puede tomar la decisión por otro, esto es personal.

EL PROBLEMA ES QUE TU ERES LA SOLUCION

COMENTARIO:

Cada uno como los israelitas tenemos que buscar nuestra tierra prometida, crecer como hombres y mujeres, y salir de nuestros desiertos para llegar a ser libres por medio de Dios, saliendo así de ese sufrimiento personal del que “sales” a través del Él para poder ayudar a otros a también ser libres cuando tu eres libre. En ese camino, para CREER en ÉL es necesario conocer bien su vida y tener una relación personal con Él, porque solo puedes creer en aquello que conoces. Y cuantos santos no han tenido una relación personal con Él que eran totalmente creíbles como personas… Santa Teresa, San Agustín.. La Comunión entre las personas, en el Amor, tu vives la vida de la otra persona, y la otra persona vive tu vida… y esa Comunión también es posible con Dios, porque Él quiere vivir en tu vida y quiere que vivas y conozcas la Suya…

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,35-40):

36 Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen.

37 Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré,

38 porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió.

39 La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

40 Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día».

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6, 41-51):

41 Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo».

42 Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madres. ¿Cómo puede decir ahora: «Yo he bajado del cielo»?

43 Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes.

44 Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.

45 Está escrito en el libro de los Profetas: “Todos serán instruidos por Dios”. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.

46 Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo él ha visto al Padre.

47 Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna.

COMENTARIO:

El hombre realmente es libre para elegir. No está condicionado en su toma de decisiones, en su libertad, y en la responsabilidad de sus acciones por sus “conexiones neuronales”, como algunos dicen. Es libre para buscar la Verdad. En esa búsqueda, grandes filósofos y científicos, y desde el estudio de la mente en psiquiatría,  -no necesariamente teólogos-, han concluido que no es que crean en Dios, sencillamente que Dios existe. ¿No eran creíbles personas como Santa Teresa de Jesús o San Agustín en sus vidas?. Ellos decían que era posible una relación con Dios. Es verdad que no creemos aquello que no conocemos y para ello Dios envía a su Hijo, y tenemos el regalo de su vida, y las Sagradas Escrituras que la documentan. Ese CREER está al alcance de ti y de mi, no es necesario ser santo para conocer a Jesús, aunque todos podamos llegar a ser santos. Dios nos espera a cada uno en el silencio del corazón, dentro de nosotros mismos, para liberarnos de las ataduras de lo terreno, para hablarnos desde el Amor, para que sintamos su presencia, y abramos los ojos a otra Vida que puede empezar ya, en este minuto, ahora…si despertamos a Él y disfrutamos de esa Luz nueva en nuestros días.

48 Yo soy el pan de Vida.

COMENTARIO:

En el amor, el amado habita en la vida de la amada y la amada en la vida del amado, en su corazón, en su mente. El sentimiento es el de querer poder traspasar a esa persona, estar en su ser, ir más allá de lo físico. Jesús quiere habitar en nuestra vida, y quiere que nosotros conozcamos la suya, la “habitemos” también. Cuando una madre, le dice a su hijo, te quiero, ¡te comería!, consigue en ese sentimiento de amor darle un beso, y ahí se tiene que conformar. Cuando Dios nos dice “Te quiero”, su amor no se queda en un beso, se quiere fundir con nosotros, con nuestra alma, con nuestro ser, con toda nuestra materia, y lo consigue hacer, … se funde con nosotros, nos traspasa, nos llega a cada célula, por medio del alimento de su Cuerpo, lo llegamos a comer… Un Amor así que no conoce barreras, solo tiene el límite de la libertad humana, que decide si quiere conocer, descubrir y vivir algo que no es imaginable, que está ahí aunque no podamos entenderlo, aunque nos sintamos quizá muy pequeños para ser merecedores de ese milagro. Está ahí, y ya está. Tu decides si quieres fundirte en el Amor con mayúsculas, ir a una aventura sin fin y sin fecha de caducidad, donde sentirás en la medida que te entregues, porque Él ya se ha entregado por completo, sin límite, para ti.

49 Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron.

50 Pero este es el pan que desciende del cielo, para que aquel que lo coma no muera.

COMENTARIO:

A veces pasa que la novia quiere al novio, y resulta que tiene que querer a la familia y los amigos del novio, y no los quiere tanto, … Dios nos pide, cuando lo queremos a Él que queramos también a “la familia y los amigos del novio”, que en este caso son todos nuestros hermanos; todos somos hijos de Dios,… y a veces resulta un esfuerzo que solo por amor a Él y viendo a Dios en las personas que nos rodean, es posible. El amor lo puede todo. Dios nos da el pan que todo lo puede. No nos deja que muramos en vida… Nos da el alimento que nos sostiene, y nos promete, si lo “conocemos”, si lo seguimos, si lo amamos -en Él y en los demás-, si verdaderamente creemos, no solo que no nos va a dejar “morir en vida”, sino que vamos a seguir viviendo siempre en el amor a Él. La palabra SIEMPRE, en este caso, es preciosa para un cristiano.

51 Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo».

JUAN 6.48

PADRES DE LA IGLESIA

San Efrén de Nísibe

LA CRUZ DE CRISTO, SALVACIÓN DEL GÉNERO HUMANO

Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.

La muerte le mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte. La muerte destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.

La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el abismo hubiera podido tragarle si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.
Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.

Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.

El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida. En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.

¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida!

¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!

Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.

Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos.

COMENTARIO:

Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.

POEMA

El pan
el más sencillo lenguaje,
el alimento más fraterno.

Que se llame pan,
arroz, maná o mijo
de todos los tiempos y todos los lugares,

El pan,
que une a los hombres del modo más fundamental
y por el que hacen la guerra,

El pan,
lo que me resulta más familiar
y también lo más necesario.

Dar un trozo depan
al que quiero amar,
es ya darse a uno mismo.

Recibir del cielo
mi pan de cada día
es levantar los ojos más allá de mí mismo.

Pan hecho de mil granos de trigo,
que a cambio de uno solo caído en tierra
se da cien veces a sí mismo.

Pan,
símbolo universal
de lo que se puede compartir.

Pan,
palabra silenciosa
del gesto de amistad.

Pan,
dado por el Amado
a aquel le ha traicionado.

Pan,
con el que el propio Dios
ha querido identificarse.

Pan,
que, cogido por las manos de Dios,
ha salvado a la humanidad.

Pan,
hecho de mil granos molidos,
amasado con todas nuestras heridas.

Pan,
en quien cada cual puede reconocerse
en su propia carne rota.

Pan,
sin el que ninguno de nosotros
podría sobrevivir.

Todos
tenemos hambre depan,
pero de mucho más aún.

El mundo
corre en todas direcciones
para ganarse el pan.

Hay hombres
que están dispuestos a cualquier cosa
por un mendrugo de pan.

En ciertas prisiones,
una miga de pan
valía su peso en oro.

Tirado a veces a la basura,
escandaliza los ojos demasiado grandes
de pequeños niños hambrientos.

Pan
no sirve de nada atesorarlo en el granero,
porque mañana se pudrirá u otro lo cogerá.

Pan
que Dios ha hecho llover del cielo,
pero que no se podía conservar de un día para otro.

Pan
que manos de tantas mujeres
han trenzado a lo largo de los siglos.

Pan
que por todo el mundo,
como una cadena invisible, ha amasado la humanidad.

Una monja

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6, 52-58):

52 Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».

53 Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.

54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

55 Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida.

56 El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

57 Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

58 Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».

COMENTARIO:

Por el contexto sabemos que hacía referencia clara y directa al maná con que Dios alimentó a su pueblo por el desierto en su camino a la tierra prometida. Aquel pan no era sino una prefiguración de otro pan que Dios daría a todo aquel que quisiese alcanzar la vida eterna. El Señor Jesús anuncia que Él es ese nuevo «pan bajado del cielo» (Jn 6,58) y junto con la similitud establece también una diferencia sustancial entre uno y otro pan enviado por Dios. A diferencia del maná, un alimento inerte que servía para sostener en la vida física a quienes comían de él, el Señor afirma que Él es el pan vivo o pan viviente, un pan que en sí mismo es vida.

Es importante tener en cuenta que la expresión “cuerpo y sangre” es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona. Por tanto, al decir que dará de comer su cuerpo y beber su sangre, el Señor Jesús afirma que no es “simplemente” un pedazo de carne o un poco de sangre lo que dará, sino que se dará Él mismo, íntegramente, en toda su Persona.

Sólo la noche de la Última Cena los discípulos comprenderían que la literalidad de la afirmación del Señor no consistía en que se cortaría en pedazos para darles de comer su carne o se cortaría las venas para darles de beber su sangre, sino que eran un anuncio del gran milagro de la Eucaristía. La Eucaristía es una actualización incruenta del sacrificio cruento del Señor en la Cruz, Altar en el que Él realmente ofreció su cuerpo y derramó su sangre «para la vida del mundo», para reconciliar a los hombres con Dios.

La Eucaristía es precisamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Cristo verdadera y realmente presente, todo Él, bajo el velo y la apariencia del pan y del vino. Una vez consagrados el pan y el vino, se han transformado substancialmente en Cuerpo y Sangre de Cristo. Esta es la comida y la bebida que transforma la vida del hombre y le abre el horizonte de la participación en la vida eterna. Al comulgar el Pan eucarístico el creyente come verdaderamente el Cuerpo y bebe la Sangre de Cristo, es decir, recibe a Cristo mismo y entra en comunión con Él. De ese modo Cristo, muerto y resucitado, es para el creyente Pan de Vida.

EUCARISTIA

SANTA TERESA DE CALCUTA:

La santa comunión, como la palabra misma implica, es la unión íntima de Jesús con nuestra alma y nuestro cuerpo. Si queremos tener la vida y poseerla abundantemente, debemos vivir de la carne de nuestro Señor. Los santos lo comprendieron tan bien, que podían pasar horas preparándose y más todavía en acción de gracias. ¿Quién podría explicar esto? “¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué incomprensibles son sus juicios, exclamaba Pablo, qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? “(Rm 11,33-34). Cuando acogéis a Cristo en vuestro corazón después de partir el Pan Vivo, acordaos de lo que Nuestra Señora debió sentir mientras el Espíritu Santo la envolvía con su sombra y Ella, que estaba llena de gracia, recibió el cuerpo de Cristo (Lc 1, 26s). El Espíritu estaba tan fuerte en Ella que inmediatamente “se levantó de prisa” (v. 39) para ir y servir.

HOMILIA:

San Cirilo de Alejandría, Comentarios elegantes [glaphyra] sobre el libro del Exodo (Lib 2, 3: PG 69, 455-459)

Nuestro Señor Jesucristo nos alimenta para la vida eterna

El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.

Pienso que el maná es sombra y tipo de la doctrina y dones de Cristo, que proceden de lo alto y nada tienen de terreno, sino que están más bien en franca oposición con esta carnal execración y que en realidad son pasto no sólo de los hombres, sino también de los ángeles. En efecto, el Hijo nos ha manifestado en sí mismo al Padre, y por medio de él hemos sido instruidos en la razón de ser de la santa y consustancial Trinidad, y hasta nos ha introducido egregiamente en el camino de todas las virtudes.

De hecho, el recto y sincero conocimiento de estas realidades es alimento del espíritu. Ahora bien, Cristo ha impartido en abundancia la doctrina a plena luz y de día. También el maná fue dado a los antepasados al irrumpir el día y a plena luz. Efectivamente, en nosotros, los creyentes, ya ha despuntado el día, como está escrito, y el lucero ha nacido en todos los corazones, y ha salido el sol de justicia, es decir, Cristo, el dador del maná inteligible. Y que aquel maná sensible fuera algo así como una figura, y éste, en cambio, el maná verdadero, Cristo mismo nos lo asegura con todas las garantías, cuando dice a los judíos: Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron.

El, por el contrario, es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Nuestro Señor Jesucristo nos alimenta para la vida eterna tanto con sus preceptos que estimulan a la piedad, como mediante sus místicos dones. El es, pues, realmente en persona aquel maná divino y vivificante.

El que comiere de él, no experimentará la futura corrupción y escapará a la muerte; no así los que comieron el maná sensible, pues el tipo no era portador de salvación, sino que era únicamente figura de la verdad. Al hacer Dios caer el maná del cielo en forma de lluvia, manda que cada uno recoja lo que pueda comer, y si quiere, puede recoger también para los que vivan en la misma tienda. Que cada uno —dice— recoja lo que pueda comer y para todas las personas que vivan en cada tienda. Que nadie guarde para mañana. Debemos estar bien imbuidos de la doctrina divina y evangélica.

Así pues, Cristo distribuye la gracia en igual medida a pequeños y grandes, y a todos alimenta igualmente para la vida; quiere reunir con los demás a los más débiles y que los fuertes se sacrifiquen por sus hermanos hasta asumir sobre sí los trabajos de ellos, y hacerles partícipes de la gracia celestial. Esto es lo que —a mi juicio— dijo a los mismos santos apóstoles: Gratis habéis recibido, dad gratis. Así pues, los que recogieron para sí abundante maná, se apresuraron a repartirlo entre los que vivían bajo las mismas tiendas, esto es, en la Iglesia. Exhortaban efectivamente los discípulos a todos y los estimulaban a las cosas más nobles; comunicaban a todos en abundancia la gracia que de Cristo habían conseguido.

un poema eucarístico

¡QUE BIEN SE ESTA CONTIGO…!(*)

¡Qué bien se está contigo,
Señor, junto al Sagrario!
¡Qué bien se está contigo…!
¿Por qué no vendré más?
Desde hace muchos años
vengo a verte a diario
y aquí te encuentro siempre,
amante solitario…
solo, pobre, escondido
pensando en mí quizás…

Tú no me dices nada
ni yo te digo nada,
si ya lo sabes todo,
¿qué te voy yo a decir?
Sabes todas mis penas,
todas mis alegrías,
sabes que vengo a verte
con las manos vacías
y que no tengo nada
que te pueda servir.

Siempre que vengo a verte,
siempre te encuentro solo.
¿Será que nadie sabe,
Señor, que estás aquí?
¡No sé! pero sé, en cambio,
que aunque nadie te amara
ni te lo agradeciera
aquí estarías siempre
esperándome a mi…

¿Por qué no vendré más…?
¡Qué ciego estoy, qué ciego!
Si sé por experiencia
que cuando a Ti me llego
siempre vuelvo cambiado,
siempre salgo mejor…
¿A dónde voy, mío,
cuando a mi Dios no vengo?
Si Tú me esperas siempre,
si a Ti siempre te tengo,
si jamás me has cerrado
las puertas de tu amor…

Por otros se recorren
a pie largos caminos;
acuden de muy lejos
cansados peregrinos
o pagan grandes sumas
que no han de recobrar.
Por Ti nadie pregunta,
de Ti nadie hace caso,
aquí, si alguno entra,
sólo es como de paso…
Aquí eres Tú quien paga
si alguno quiere entrar…

¿Por qué no vendré más,
si sé que aquí a tu lado
puedo encontrar, Dios mío,
lo que tanto he buscado?
Mi luz, mi fortaleza,
mi paz, mi único bien…
Si jamás he venido
que no te haya encontrado.
Si jamás he sufrido,
si jamás he llorado,
Señor, sin que conmigo
llorases Tú también…

¿Por qué no vendré más?
Si Tú lo estás deseando
si yo lo necesito…
Si sé que no sé nada
cuando no vengo aquí.
Si aquí me enseñarías
la ciencia de los santos,
esa ciencia bendita
que aquí aprendieron tantos
que fueron tus amigos
y gozan ya de Ti…

¿Por qué no vendré más,
si sé yo, Carmelita,
que tú eres el modelo
que mi necesita,
que nada se hace duro
mirándote a Ti aquí.
El sagrario es la celda
donde estás encerrado.
¡Qué pobre!, ¡qué obediente!
¡qué manso!, ¡qué callado!
¡Qué solo!, ¡qué escondido!
¡Nadie se fija en Ti!

¿Por qué no vendré más,
oh Bondad infinita?
¡Riqueza inestimable
que nada necesita
y que te has humillado
a mendigar mi amor!
¡Ábreme ya esa puerta,
sea ya esa mi vida
olvidada de todos,
de todos escondida!
¡Qué bien se está contigo!
¡Qué bien se está, Señor!

Poema de autor desconocido, que estaba entre las hojas del del Álvaro del Portillo.

59 Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6, 60-69):

60 Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?».

61 Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza?

62 ¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?

63 El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

64 Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

65 Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

66 Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.

67 Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?».

68 Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.

69 Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

70 Jesús continuó: «¿No soy yo, acaso, el que los eligió a ustedes, los Doce? Sin embargo, uno de ustedes es un demonio».

71 Jesús hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, que era uno de los Doce, el que lo iba a entregar.

JUAN 6.68

JUAN 6.68: Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna.

HOMILÍA

Balduino de Cantorbery, Tratado sobre el sacramento del altar (Parte 2, 3: SC 93, 296-300)

Sobre la fe de los apóstoles

Entre los discípulos de Cristo había quienes creían y quienes no creían, y entre los no creyentes se encontraba Judas, que lo iba entregar. Cristo los conocía a todos: a los creyentes y a los incrédulos; al que lo iba a entregar y a los que iban a separarse de él.

Pero antes que se separen los que han de dejarlo, les aclara que la fe no es de todos, sino de aquellos a quienes el Padre les concede acercarse a él. Pues el misterio de la fe no puede revelarlo nadie de carne y hueso, sino el Padre que está en el cielo. Es él quien a unos otorga el don de creer y a otros no. Por qué a algunos no les otorga este don, él lo sabe: a nosotros no nos es dado saberlo; y ante una realidad tan incomprensible y tan escondida a nuestros ojos, no nos cabe otra posibilidad que exclamar y decir llenos de admiración: ¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!

Muchos de los discípulos que no habían creído se echaron atrás y se fueron, no en pos de Jesús sino en pos de Satanás. Entonces dijo Jesús a los Doce que se habían quedado con él: ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Si nos apartamos de ti, ¿dónde encontraremos la vida y la verdad?, ¿dónde encontraremos al autor de la vida?, ¿dónde a un doctor de la verdad como tú? Tú tienes palabras de vida eterna. Tus palabras, escuchadas con reverencia y conservadas con fe profunda, dan la vida eterna. Tus palabras nos prometen la vida eterna mediante la administración de tu cuerpo y de tu sangre.

Y nosotros, dando fe a tus palabras, creemos y sabemos que tú mismo eres el Mesías, el Hijo de Dios; es decir, creemos que tú eres la vida eterna, y que en tu carne y en tu sangre no nos das sino lo que tú eres. Creemos —dice—y sabemos que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios; esto es, creemos y sabemos que tú eres el Hijo de Dios; por tanto, es normal que tú tengas palabras de vida eterna, y todo lo que has dicho respecto a comer tu carne y a beber tu sangre, creemos y sabemos que es verdad, porque tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.

No dijo sabemos y creemos, sino creemos y sabemos. Esto puede entenderse de aquel conocimiento que se va formando en la mente mediante el crecimiento de la fe. De este conocimiento está escrito: Si no creéis, no podréis comprender. Ya la misma fe es cierto conocimiento incluso en aquellos que creen simplemente, sin comprender las razones de la fe. En cambio, el conocimiento que llega a ser formulado en conceptos es propio de aquellos que con la práctica tienen una sensibilidad entrenada para conocer más plenamente las razones de la fe, siempre prontos para dar razón de nuestra fe y de nuestra esperanza a todo el que se la pidiere.

San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia

Comentario:

Comentario al evangelio de Juan, 4, 4 : PG 73, 613.

«Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68)

“¿A quién pues iremos?”, dice Pedro. Quiere decir: “¿quién nos instruirá como tú de los misterios divinos?“, o incluso: “¿Al lado de quién encontraremos algo mejor? Tú tienes palabras de vida eterna”. No son intolerables, como dicen otros discípulos. Al contrario, todas ellas conducen a la realidad más extraordinaria, la vida infinita, la vida imperecedera. Estas palabras nos muestran bien que debemos permanecer a los pies de Cristo, tomándolo por nuestro solo y único dueño, y mantenernos constantemente cerca de él…

El Antiguo Testamento también nos enseña que hay que seguir a Cristo, siempre unidos a Él. Efectivamente, cuando los israelitas, liberados de la opresión egipcia, se apresuraban hacia la Tierra prometida, Dios permitió que se desviaran del camino. El que les dio la Ley no les permitió ir a cualquier lugar de su agrado. En efecto, sin guía, ciertamente se habrían extraviado; los israelitas encontraban su salvación permaneciendo con su guía. Hoy, también hacemos el nuestro negándonos a separarnos de Cristo, porque es Él quien se manifestó a los antiguos bajo la apariencia de una tienda, un nubarrón y fuego (Ex 13,21; 26,1s)…

“El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, también estará mi servidor ” (Jn 12,26)… Claro, el camino en compañía y al lado de Cristo Salvador no se hace en un sentido material, sino más bien por las obras de la virtud. Los discípulos más sabios, se comprometieron firmemente a esto con todo su corazón…; con razón dicen: “¿A dónde iremos?” En otros términos: ” Estaremos siempre contigo, cumpliremos tus mandamientos, acogeremos tus palabras, sin recriminar nada. No creeremos, como los ignorantes, que tu enseñanza es dura a oír. Al contrario, diremos: ‘qué dulce al paladar tu promesa: ¡más que miel en mi boca!’” (Sal. 118,103).

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia

Homilía:

Homilía sobre el evangelio de Mateo, n° 82 : PG 58, 743.

«Mis palabras son espíritu y vida» (Jn 6,63).

“Tomad y comed, dice Jesús, esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (cf 1Co 11,24). ¿Por qué los discípulos no se turbaron al oír estas palabras? Porque Cristo ya les había dicho muchas grandes cosas al respecto (Jn 6)… Confiemos, también nosotros, plenamente en Dios. No le hagamos objeciones, aunque lo que diga parezca contrario a nuestros razonamientos y contrario a lo que vemos. Que su palabra sea la principal guía de nuestra razón y de nuestra vista. Tengamos esta actitud frente a los misterios sagrados: no veamos solamente lo que está bajo nuestros sentidos, sino que tengamos en cuenta sobre todo las palabras del Señor.

Su palabra no puede engañarnos, mientras que nuestros sentidos nos engañan fácilmente; ésta jamás es cogida en falta, en cambio ellos faltan muy a menudo. Cuando el Verbo dice: “Esto es mi cuerpo”, fiémonos de él, creamos y contemplémosle con los ojos del espíritu…

Cuánta gente dice hoy: “Querría ver a Cristo en persona, su cara, sus vestidos, sus zapatos”. ¡Pues bien, en la eucaristía es a él al qué ves, al que tocas, al que recibes! Deseabas ver sus vestidos; y es él mismo el que se te da no sólo para verle, sino para tocarlo, comerlo, acogerlo en tu corazón. Por tanto, que nadie se acerque con indiferencia o dejadez; ya que todos van a él, animados por un amor ardiente.

San Padre Pío de Pietrelcina

Carta: Acerquémonos a la mesa con amor y respeto.

Epistolario 3, 980; GF, 196s.

«Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

Ten paciencia y persevera en la práctica de la meditación. Al principio conténtate con no adelantar sino a pasos pequeños. Más adelante tendrás piernas que no desearán sino correr, mejor aún, alas para volar.

Conténtate con obedecer. No es nunca fácil, pero es a Dios a quien hemos escogido. Acepta no ser sino una pequeña abeja en el nido de la colmena; muy pronto llegarás a ser una de estas grandes obreras hábiles para la fabricación de la miel. Permanece siempre delante de Dios y de los hombres, humilde en el amor. Entonces el Señor te hablará en verdad y te enriquecerá con sus dones.

Ocurre a menudo que las abejas, al atravesar los prados, recorren grandes distancias antes de llegar a las flores que han escogido; seguidamente, fatigadas pero satisfechas y cargadas de polen, vuelven a entrar en la colmena para realizar allí la transformación silenciosa, pero fecunda, del néctar de las flores en néctar de vida. Haz tú lo mismo: después de escuchar la Palabra, medítala atentamente, examina los diversos elementos que contiene, busca su significado profundo. Entonces se te hará clara y luminosa; tendrá el poder de transformar tus inclinaciones naturales en una pura elevación del espíritu; y tu corazón estará cada vez más estrechamente unido al corazón de Cristo.

San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia

Carta:

Carta 53 a Paulino.

San Jerónimo (347-420), presbítero, traductor de la Biblia,

«Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6,63).

Leemos las Santas Escrituras y entiendo que el Evangelio es el cuerpo de Jesús, y que las Santas Escrituras son su doctrina. Sin duda que el texto «El que come mi carne y bebe mi sangre» tiene una aplicación total en el misterio eucarístico; pero es verdad también que la palabra de las Escrituras es verdadero Cuerpo de Cristo y su verdadera Sangre, es doctrina divina. Si cuando celebramos los santos misterios cae una partícula, nos inquieta. Si cuando escuchamos la palabra de Dios, mientras entra en nuestros oídos se nos ocurre pensar en otra cosa, ¿a qué responsabilidad no nos exponemos?

Siendo la carne del Señor una verdadera comida y su sangre una verdadera bebida, nuestro único bien es comer su carne y beber su sangre, pero no sólo en el misterio eucarístico sino también en la lectura de la Escritura.

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Publicado el 26 julio, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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