MATEO 18-19

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (18,1-5.10):

MATEO 18

1 En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?».

2 Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos

3 y dijo: «Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.

4 Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.

5 El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

6 Pero si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar.

7 ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Es inevitable que existan pero ¡ay de aquel que los causa!

8 Si tu mano o tu pie son para ti ocasión de pecado, córtalos y arrójalos lejos de ti, porque más te vale entrar en la Vida manco o lisiado, que ser arrojado con tus dos manos o tus pies en el fuego eterno.

9 Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo y tíralo lejos, porque más te vale entrar con un solo ojo en la Vida, que ser arrojado con tus dos ojos en la Gehena del fuego.

10 Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.

11 [Porque el Hijo del Hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido].

12 ¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?

13 Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.

14 De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

COMENTARIO:

Cuando un cristiano olvida la esperanza, o peor, pierda la esperanza, su vida no tiene sentido. Es como si la vida estuviera delante de un muro: nada. Pero el Señor nos consuela con la esperanza.
Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres. Esa imagen de llevar los corderos sobre el pecho y llevar dulcemente a las madres: esta es la ternura. El Señor nos consuela con ternura.
Dios es poderoso y no tiene miedo de la ternura. Él se hace ternura, se hace niño, se hace pequeño. El mismo Jesús lo dice:
“Así es la voluntad del Padre, que ni siquiera uno de estos pequeños se pierda”. A los ojos del Señor cada uno de nosotros es muy, muy importante. Y Él se da con ternura. Y así nos hace ir adelante, dándose con esperanza. Esto ha sido principalmente el trabajo de Jesús.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (18,15-20):

15 Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.

16 Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos.

17 Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o republicano.

18 Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

19 También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá.

20 Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos».

PADRES DE LA IGLESIA

San Agustín: «El Señor nos advierte que no debemos despreciar nuestros pecados, ni buscar lo que debemos reprender, sino ver lo que debemos corregir. Debemos corregir con amor, no con deseo de hacer daño, sino con intención de corregir; si no lo hacéis así, os hacéis peores que el que peca. Éste comete una injuria y cometiéndola se hiere a sí mismo con una herida profunda. Despreciáis vosotros la herida de vuestro hermano, pues vuestro silencio es peor que su ultraje».

«Por consiguiente, cuando peca alguno contra nosotros, debemos tener gran cuidado de olvidar nuestra injuria, pero no el mal que se ha hecho a nuestro hermano, no por nosotros, porque es una gloria el olvidar las injurias. Corrijámosle, pues, a solas y no nos ocupemos más que de la corrección y de perdonarle su vergüenza porque podrá suceder que él, a causa de la vergüenza que tiene, trate de defender su pecado y que vosotros, queriéndole corregir, le hagáis peor».

San Juan Crisóstomo: «Y no dice el Señor: acusad, reñid, pedid venganza, sino corregid; es decir, recordadle sus pecados; decidle lo que vosotros sufrís por causa de él, porque él está ebrio por la ira y la vergüenza y como sumergido en un sueño profundo, y vosotros que estáis sanos, debéis ir a aquel que está enfermo».

San Cipriano: «El Señor ha dicho: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Con esto nos quiere enseñar que no es el número más o menos grande de los que oran, sino su unanimidad lo que hace que obtengan el mayor número de gracias. “Si sobre la tierra dos de entre vosotros unen sus voces”: Cristo señala en primer término la unidad de las almas, pone como primero la concordia y la paz. Que haya un acuerdo total entre nosotros es lo que el Señor nos ha enseñado de manera firme y constante. Ahora bien, ¿cómo ponerse de acuerdo con otro si uno de ellos no está de acuerdo con el cuerpo de la Iglesia ni con el conjunto de los fieles?… El Señor habla de su Iglesia, habla de los que están en la Iglesia: si están de acuerdo entre ellos, si hacen su oración de manera conforme a las recomendaciones y consejos de ella, es decir, aunque sean tan sólo dos o tres los que oran con unanimidad, entonces estos dos o tres, pueden obtener lo que piden a la majestad de Dios».

San Pedro Crisólogo, Sermón 139 (PL 52, 573-575)

El número prescrito no limita, sino que dilata el perdón

Lo mismo que el oro se esconde en la tierra, así el sentido divino se oculta en las palabras humanas. Por eso, siempre que se nos proclama la palabra evangélica, debe la mente ponerse alerta y el ánimo prestar atención, para que el entendimiento pueda penetrar el secreto de la ciencia celeste. Digamos por qué el Señor comienza hoy con estas palabras: Tened cuidado. Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo. ¡Animo, hermano! Te lo manda Dios: perdona, perdona los pecados; sé misericordioso ante el delito, perdona los agravios de que has sido objeto, no pierdas ahora los poderes divinos que tienes; todo lo que tú no perdonares en otro, te lo niegas a ti mismo en otro.

Repréndelo como juez, perdónalo como hermano, pues unida la caridad a la libertad y la libertad fusionada con la caridad expele el terror y anima al hermano: cuando el hermano te hiere está febricitante, cuando delinque está enfurecido, está fuera de sí, ha perdido todo sentimiento de humanidad: quien no acude en su ayuda por la compasión, quien no le cura mediante la paciencia, quien no le sana perdonándolo, no está sano, está malo, enfermo, no tiene entrañas, demuestra haber perdido los sentimientos humanitarios. El hermano está furioso, achácalo a enfermedad: tú ayúdalo como a hermano; todo lo que haga en semejante situación ponlo en el haber de la fiebre, y lo ocurrido no podrás imputarlo al hermano; y tú prudentemente echarás a la enfermedad la culpa y al hermano, el perdón; de esta suerte, su salud redundará en honor tuyo y el perdón te acarreará el premio.

Si tu hermano te ofende, repréndelo; si se arrepiente, perdónalo. Perdona al que peca, perdona al que se arrepiente, para que cuando a tu vez pecares, el perdón se te conceda como compensación, no como donación. Siempre es bueno el perdón, pero cuando es debido, resulta doblemente dulce. Aquel que, perdonando, se ha asegurado ya el perdón antes de pecar, ha evitado el castigo, ha prevenido al juez en su favor, ha eludido el juicio.

Si te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte: ¡lo siento , lo perdonarás. ¿Por qué constriñe con la ley, reduce en el número y pone un límite a un perdón al que tanto nos apremia por la misericordia y que tan fácilmente concede por la gracia? ¿Y si en lugar de siete te ofende ocho veces? ¿Va a prevalecer el número sobre la gracia?, ¿puede contraponerse el cálculo a la bondad?, ¿puede una sola culpa condenar al castigo a quien siete veces consecutivas ha obtenido ya el perdón? De ninguna manera. Si se proclama dichoso al que perdonó siete veces, mucho más dichoso será el que perdona setenta veces siete.

Olvidado de este mandato, Pedro interroga al Señor diciendo: Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por tanto, el número prescrito no limita, sino que dilata el perdón, y a lo que el precepto pone un límite, lo asume ilimitadamente la libre voluntad; de suerte que si perdonares hasta el límite de lo que manda el precepto, otro tanto se te computará a obediencia, se te computará a premio. Y si el número siete septuplicado por días, meses y años implica la concesión de la totalidad del perdón, calcule el cristiano y juzgue el oyente qué cotas no alcanzará el número siete septuplicado setenta veces siete. Entonces cesará realmente toda forma contractual de débitos y créditos, entonces se abolirá de verdad cualquier condición servil, entonces llegará aquella libertad sin fin, entonces será recuperado el campo eterno e inmortal, entonces llegará el verdadero perdón, cuando será incluso abolida la misma necesidad de pecar, cuando, cancelada toda inmundicia, el mundo dejará de ser inmundo, cuando con el retorno de la vida dejará de existir la muerte, cuando, establecido el reinado de Cristo, el diablo perecerá definitivamente.

Orad, hermanos, para que el Señor aumente en nosotros la fe y podamos finalmente creer, ver y poseer todos estos bienes.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (18,21-19.1):

21 Entonces se adelantó Pedro y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?».

22 Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

MATEO 18.21

23 Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.

24 Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.

25 Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.

26 El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”.

27 El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.

MATEO+18.27

28 Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”.

29 El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”.

30 Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

31 Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.

32 Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.

33 ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?”.

34 E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

35 Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos».

MATEO 19

1 Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

San Agustín de Hipona, Sermón 83 (2-4: PL 38, 515-516)

Perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros perdonamos a nuestros deudores

El Señor nos propuso esta parábola para nuestra instrucción y, al advertirnos, demostró no querer nuestra perdición. Lo mismo —dice– hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Ya veis, hermanos, la cosa está clara y la advertencia es útil: le debemos prestar una obediencia saludable, de suerte que se cumpla lo mandado. Porque todo hombre está en deuda con Dios y es al mismo tiempo acreedor de su hermano. ¿Quién puede no considerarse deudor de Dios sino aquel en quien no puede hallarse pecado? Y ¿quién es el que no tiene a su hermano por acreedor sino aquel a quien nadie ha ofendido? ¿Crees que pueda darse en todo el género humano alguien que no esté personalmente implicado en algún pecado contra su hermano? Por tanto, todo hombre es un deudor, que a su vez tiene acreedores. Por eso, Dios que es justo te ha dado para con tu deudor una regla, que él mismo observará contigo.

Dos son, en efecto, las obras de misericordia que nos liberan, y que el mismo Señor ha brevemente expuesto en el evangelio: Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará. La primera —perdonad y seréis perdonados— se refiere al perdón; la segunda —dad y se os dará—, en cambio, se refiere a la prestación de un servicio. Dos ejemplos. Referente al perdón: tú quieres ser perdonado cuando pecas y tienes a tu vez otro al que tú puedes perdonar. Referente a la prestación de un servicio: te pide un mendigo, y tú eres el mendigo de Dios. En efecto, cuando oramos, todos somos mendigos de Dios: estamos a la puerta de un gran propietario, más aún, nos postramos ante él, suplicamos entre sollozos deseando recibir algo, y ese algo es Dios.

¿Qué te pide el mendigo? Pan. Y tú, ¿qué es lo que pides a Dios, sino a Cristo, el cual dijo: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo? ¿Deseáis ser perdonados? Perdonad: Perdonad y seréis perdonados. ¿Queréis recibir? Dad y se os dará.

Si consideramos nuestros pecados y contabilizamos los cometidos por obra, de oídas, de pensamiento y mediante innumerables movimientos desordenados, me parece que nos acostaremos sin una blanca. Por eso, a diario pedimos, a diario llamamos importunando en la oración a Dios para que nos oiga, a diario nos postramos y decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Qué deudas? ¿Todas o sólo algunas? Responderás: Todas. Pues haz tú lo mismo con tu acreedor. Tú mismo te fijas esta norma, tú mismo pones esta condición. A este pacto y a este compromiso te remites cuando oras y dices: Perdónanos, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

COMENTARIO:

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Jesús ha hablado ya de la actitud que debernos adoptar con los pecadores, de la necesidad de volver a ganar al hermano que ha pecado (Mt 18,15-22) y de la oración común (18,1 9ss); ahora pasa al problema de cómo debe comportarse quien ha sido ofendido personalmente. El judaísmo conocía ya la obligación del perdón de las ofensas, pero había elaborado una especie de «tarifa» que variaba de una escuela a otra. Se comprende así que Pedro preguntara a Jesús cuál era su tarifa, preocupado por saber si era tan severa como la de la escuela que exigía el perdón del propio hermano hasta siete veces (18,21). Jesús responde a Pedro con una parábola que libera el perdón de toda tarifa, para convertirlo en el signo del perdón recibido de Dios, del Reino que se está instaurando en la tierra: «Porque con el Reino de los Cielos sucede lo que…» (18,23). La parábola comienza con las figuras de un rey y de alguien que le debe diez mil talentos; de este modo, subraya la inconmensurable debilidad del pecador frente a Dios. La acentuación de algunos rasgos (presencia del rey, caer a los pies del rey, postrarse, tener piedad… 18,26) evoca la escena del juicio final. La desproporción entre los diez mil talentos y los cien denarios (semejante a la desproporción que existe entre la viga y la paja: (cf. 7,1-5) permite comprender la diferencia radical entre las concepciones humanas y las divinas de la deuda y de la justicia. Por último, también el castigo infligido al siervo (una tortura que durará hasta que haya pagado toda la deuda: 18,34) hace pensar en un suplicio eterno. La clave de lectura nos la proporciona el último versículo: «Lo mismo hará con vosotros mí Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros» (18,35). El perdón de Dios, del que todos tenernos necesidad, se otorga con la condición de que nosotros también seamos capaces de perdonar. Sin embargo, si se lee con atención la parábola, se ve que el perdón que otorgamos a los otros no equivale ciertamente al perdón que Dios nos concede a nosotros. Nuestra misericordia es siempre limitada, aunque sea total; la de Dios es infinita. La nuestra, además, nace de la bondad infinita de Dios. Es un pálido esfuerzo destinado a intentar imitar al Padre (5,48). Dios es alguien que perdona inmensamente. Con la venida de Jesús, el perdón se vuelve inmediatamente perceptible. Para el evangelista Mateo, toda la obra de Jesús está caracterizada por la remisión de los pecados: así en la curación del paralítico (9,2—7), así con su sangre, «que se derrama por todos para el perdón de los pecados» (26,28). Jesús intercede en la cruz por los que le están crucificando: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). El perdón de Dios, otorgado con generosidad y misericordia, se vuelve normativo para las relaciones entre los discípulos: « ¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?». La experiencia de haber sido perdonados por Dios debe llevarnos al perdón de los hermanos. Nuestra relación con el otro debe reflejar la de Dios con nosotros; lo que él ha hecho por nosotros es el paradigma de lo que nosotros debemos hacer a los otros. Hay, en la enseñanza de Jesús, algunos «como» sobre los que no reflexionamos bastante. Cuando Jesús nos enseña el amor al prójimo, establece unos cuanto «como» que forman una progresión que no admite excusas: «Ama a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39; Gal 5,14), «como yo os he amado» (Jn 15,12), “como yo amo al Padre” (Jn 14,31)… En el Padre nuestro nos hace decir Jesús: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofende. Con este «como» no nos enseña Jesús que el precio para ser perdonados por Dios sea perdonar a nuestros hermanos. Ni nos enseña que lo único que debemos hacer para ser perdonados por él es perdonar; ni tampoco que si nosotros perdonamos imponemos al Dios omnipotente la obligación de perdonamos. El perdón de Dios no es simplemente el eco de nuestro espíritu de perdón. Es más bien lo contrario: el pensamiento de la grandeza del perdón de Dios debería amonestarnos y ablandar nuestro corazón hasta el punto de hacernos desear también a nosotros perdonar a los otros.

COMENTARIO:

para nuestros Mayores. Perdonar hasta setenta veces.

La presente sección se abre enunciando un principio básico de la vida cristiana: la reconciliación y el perdón. El lector del evangelio ya lo conoce por otras palabras de Jesús (5, 23ss.) y la oración específicamente cristiana, el Padrenuestro, lo recuerda constantemente. Los números utilizados por la pregunta de Pedro y, sobre todo, por la respuesta de Jesús hablan de un perdón ilimitado. El patrón que se tiene delante, tanto para la respuesta, es el de la venganza: si Caín fue vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete (Gén 4, 24). La contrapartida del principio pagano de la venganza sin límite es el principio cristiano del perdón ilimitado. La parábola que viene a continuación es una aclaración práctica y concreta del principio enunciado. La venganza era una ley sagrada en todo el Oriente; el perdón era humillante. Nuestra parábola es como un drama en cuatro actos:

deuda,
misericordia,
crueldad y
justicia.

Un hombre debía diez mil talentos. Una suma exorbitante: unos siete millones de dólares. El auditorio de Cristo no podía imaginar deuda semejante. Los oyentes de Jesús debían llegar a la conclusión siguiente: es imposible que el siervo en cuestión pueda pagar su deuda. En resumen, se trata de una deuda impagable. El acreedor da orden de venta de todo cuanto su deudor tiene: él mismo, su mujer; familiares y cosas. Es un rasgo parabólico: el dinero obtenido de la venta de todo y de todos sería una cantidad ridícula, absolutamente desproporcionada con la deuda. La orden de venta pretende únicamente poner de relieve la indignación del señor ante la deuda de aquel siervo suyo. Este reacciona de la única forma que le es posible: suplica y promete. Así se ha preparado ya la reacción del rey: le condonó toda la deuda .Su magnanimidad le hizo ir mucho más allá de lo que el siervo podía imaginarse. El deudor perdonado se convierte en deudor despiadado. La deuda que un compañero suyo tenía con él era absolutamente ridícula en comparación con la que el rey acababa de perdonarle a él. Quiere ahogarlo. Y ahora se repite la misma escena que había protagonizado él ante el rey: se aplica y promete. Pero en este caso todo resulta inútil y lo mete en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debía. Los compañeros que sabían todo lo que había ocurrido, se lo cuentan al rey. Este, indignado por aquel proceder incalificable, le retira el perdón y le aplica la justicia. Este deudor despiadado vivirá en adelante bajo el látigo de los torturadores, porque nunca será capaz de compensar su deuda con el rey. Así hará con vosotros mi Padre celestial si no perdonare cada uno a su hermano de todo corazón. La parábola describe las relaciones del hombre con Dios y de los hombres entre sí. La deuda de diez mil talentos, impagable en todo caso, simboliza la situación del hombre pecador, de todo hombre, a quien Dios perdona por pura gracia. La actitud del siervo despiadado retrata la ruindad del corazón humano, unos a otros nos debemos cien denarios. Una ridiculez en comparación con lo que nos ha sido perdonado. ¿Cuál debe ser la reacción del hombre frente al prójimo? Dios abre la gracia de su perdón de una manera insospechada para el hombre. Pero retira esta ola de indulgencia jubilar ante los corazones ruines que niegan el perdón al prójimo. Y en el día del juicio el deudor despiadado será medido con la medida de la justicia (ver el comentario a 7, 1.3).

COMENTARIO:

de Joven para Joven. ¿Cuántas veces debo perdonar?

Estamos acostumbrados al lenguaje del evangelio y consideramos normal que Dios perdone los pecados y que nosotros mismos intentemos perdonamos mutuamente. Pero uno de los sentimientos primordiales del hombre es el sentido de la justicia que, de hecho, es muy agudo en los niños y en los pueblos primitivos. Cuando aún no había tribunales, la justicia se hacía con la sangre. Un enemigo asesinaba a un miembro de una familia y los demás se sentían obligados a vengar su sangre. Más aún, la venganza era deber y privilegio del jefe de la comunidad; sólo si este renuncia la podía realizarla otro. Entre los judíos, nómadas, la venganza de sangre era normal (Ex 2l, 23ss; Lv 24,19). Pero había un límite: el jefe de todas las familias y tribus de Israel es Dios mismo, que se reserva el derecho de la venganza (Dt 32,35). Es decir, la venganza hay que dejársela a Dios. Es el primer paso para superar el principio de la justicia primitiva que querría devolver mal por mal. Es necesario confiar en la justicia de Dios y dejarle a Él el juicio. ¿Hasta siete? Quien deja la venganza a Dios, después querría ver castigado al enemigo. Por ejemplo, el profeta Jeremías dice que pone su causa ante el Señor (Jr 20, 12) pero, después, desea la venganza de Dios (Jr 11, 20). Los pueblos antiguos crecían en las divinidades de la venganza: la Némesis griega, que alcanzaba al culpable estuviera donde estuviera, era un tema frecuente en las tragedias. También los salmos piden castigos divinos para los pecadores. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, esta venganza divina aparece bajo una luz nueva e imprevista: Dios castiga el mal tomándolo libremente sobre sí mismo, con todas sus consecuencias. Así sucede también cuando nos perdonamos recíprocamente. Reconocemos que el mal es mal, pero aceptamos libremente sus consecuencias. ¿Nos han robado el dinero? ¿Han dañado nuestro buen nombre? Debería sufrir quien ha cometido estos pecados pero, perdonando, sufrimos nosotros. ¿Es difícil? Muchas veces sí, otras un poco menos pero, en todo caso, tenemos la satisfacción de actuar como actúa Dios. No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete . L. N. Tolstoi difundía con ardor la advertencia del evangelio de no devolver el mal con el mal. El tema predilecto de sus relatos es la conversión al bien de quien ha sido perdonado por el mal que ha cometido. En realidad, esto no siempre ocurre: muchos criminales siguen haciendo el mal, precisamente porque nadie los castiga. Un proverbio popular dice: en todo mal hay quien lo hace y quien lo deja hacer. Entonces, ¿es realmente verdad que debemos perdonar siempre? La sabiduría responde: perdonar significa querer al prójimo; pero, a veces, a él y a la sociedad, les conviene más un castigo que el perdón. En cambio, el evangelio subraya otro aspecto del perdón: quizás el perdón no haga siempre bien a quien es perdonado, pero quien perdona obtiene un gran beneficio. Dios nos perdonará en la medida en que nosotros hayamos estado dispuestos a perdonar a los demás.

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2 Lo siguió una gran multitud y allí curó a los enfermos.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (19,3-12):

3 Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?».

4 El respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer;

5 y que dijo: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne”?

6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».

7 Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?».

8 El les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era sí.

9 Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio».

10 Los discípulos le dijeron: «Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse».

11 Y él les respondió: «No todos entienden este lenguaje, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido.

12 En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!».

amar-no-es-mirarse-el-uno-al-otro

COMENTARIO:

Las discusiones en torno al divorcio son más viejas que el evangelio. En tiempos de Jesús, la discusión sobre el tema estaba polarizada en dos escuelas:
una, laxista en grado sumo, admitía el divorcio por cualquier causa: era suficiente para despedir a la mujer y darle el libelo de repudio, que se le hubiese quemado o simplemente ahumado la comida, según su interpretación de la Ley genérica que autorizaba el divorcio si el marido «descubre en ella algo vergonzoso» (Dt 24,1).
La otra escuela, rigorista, entendía que la excepción del Deuteronomio se refería únicamente al caso de adulterio.
El asunto lo presentan los fariseos como pregunta capciosa. Jesús sube de una ley positiva, concesión más que imposición, al orden primordial establecido por Dios (Gn 1,27; 2,24; 5,2).
En aquella sociedad, dominada por los hombres, una mujer repudiada debía regresar a la casa de su padre llevando consigo el deshonor que afectaría a toda su familia de origen. La amenaza de divorcio era un arma implacable para asegurar la sumisión de la mujer a su marido. En este contexto, las palabras de Jesús son tremendamente liberadoras. La prohibición del divorcio es, eminentemente, una defensa de la mujer y una recuperación del designio de Dios establecido desde el principio.
Los discípulos se sorprenden ante la exigencia de un vínculo indisoluble (los fariseos ya no intervienen). Jesús no retira lo dicho, sino que da otro paso, proponiendo otra situación que tendrá cabida en su comunidad:
  • el celibato voluntario (12). El celibato cristiano es comprensible únicamente desde el misterio del reino. Por eso añade Jesús: «el que pueda entender que lo entienda» (12).

MEDIA NARANJA

COMENTARIO:

1) Durante los primeros cinco siglos de la era cristiana no se puede encontrar ningún decreto de un Concilio, ni ninguna declaración de un Padre de la Iglesia que sostenga la posibilidad de disolución del vínculo matrimonial. Cuando, en el siglo II, Justino, Atenágoras, Teófilo de Antioquía, hacen mención a la evangélica prohibición del divorcio, no dan ninguna indicación de una excepción. Tertuliano y San Clemente de Alejandría son aún más explícitos. Y Orígenes, en la búsqueda de alguna justificación para la práctica adoptada por algunos obispos, afirma que está en contradicción con la Escritura y la Tradición de la Iglesia (Comment. in Mat., XIV, c. 23, en: Patrología Griega, vol. 13, col. 1245).

2) Dos de los primeros concilios de la Iglesia, el de Elvira (306) y el de Arles (314), lo reiteran claramente. En todas partes del mundo, la Iglesia sostenía que la disolución del vínculo era contraria a la ley de Dios y el divorcio con el derecho a casarse de nuevo era completamente desconocido.

3) Entre los Padres de la Iglesia que tratan más ampliamente la cuestión de la indisolubilidad matrimonial, justamente, está San Agustín y su De Coniugiis adulterinis; y en muchas otras obras refuta a los que se lamentaban de la severidad de la Iglesia en materia matrimonial, demostrando que, una vez que se ha hecho el contrato ya no se puede romper por cualquier motivo o circunstancia.

4) En cuanto a San Basilio baste con leer sus cartas, y a encontrar en ellas un pasaje que autorice explícitamente el segundo matrimonio. Su pensamiento se resume en lo que escribe en la Ethica: No es lícito a un hombre repudiar a su esposa y casarse con otra. Tampoco está permitido que un hombre se case con una mujer que está divorciada de su marido (Ethica, Regula 73, c. 2 en: Patrística griega, vol. 31, col. 852).

5) San Gregorio Nacianceno, quien escribe:el divorcio es absolutamente contrario a nuestras leyes, aunque sean distintas de las leyes del juez Romano (Epístola 144, en: Patrística griega, vol 37, col. 248).

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (19,13-15):

13 Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron,

14 pero Jesús les dijo: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos».

15 Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (19,16-22):

16 Luego se le acercó un hombre y le preguntó: «Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?».

17 Jesús le dijo: «¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos».

18 «¿Cuáles?», preguntó el hombre. Jesús le respondió: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio,

19 honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo».

20 El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?».

21 «Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».

22 Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.

San Agustín de Hipona, Sermón 86 (2.3.5: PL 38, 523-525)

Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, y vente conmigo

Hemos oído cómo un rico pedía consejo al Maestro bueno, preguntando qué debía hacer para obtener la vida eterna. Gran cosa era lo que amaba, y vil lo que a despreciar se negaba. Por eso, oyendo con corazón perverso a quien ya calificara de Maestro bueno, por amar más lo que es vil perdió la posesión de la caridad. Si no hubiera deseado obtener la vida eterna, no hubiese pedido consejo sobre el modo de conseguirla. ¿Por qué, hermanos, rechazó las palabras del que él calificara de Maestro bueno y que le enseñaba la verdad? ¿Es que este maestro es bueno antes de enseñar, y malo después de haber enseñado? Antes de enseñar es llamado bueno. No oyó lo que quería, pero oyó lo que debía; había venido deseoso, pero se fue perezoso. ¿Qué habría ocurrido de decirle: «Pierde lo que tienes», si se fue triste porque se le dijo: «Pon a buen recaudo lo que posees?» Vete —le dijo—, vende lo que tienes y da el dinero a los pobres. ¿Temes quizá perderlo? Atiende a lo que sigue: así tendrás un tesoro en el cielo. Tal vez hubieras confiado la custodia de tus tesoros a uno cualquiera de tus criados: el custodio de tu oro será tu Dios. El que te lo dio en la tierra, te lo guarda en el cielo. Es muy posible que no hubiera dudado en confiar a Cristo lo que tenía, y se fue triste precisamente porque se le dijo: dalo a los pobres. Es como si se dijera en su interior: Si me hubieras dicho: «Dámelo, yo te lo guardaré en el cielo» no hubiera dudado en dárselo a mi Señor, al Maestro. bueno: pero me ha dicho: dalo a los pobres.

Que nadie tema dar a los pobres; que nadie piense que lo recibe aquel cuya mano, ve. Lo recibe el que mandó dar. Y no lo digo por una corazonada mía y por simples conjeturas humanas: escucha al que te lo aconseja y al que te firma el recibo: Tuve hambre—dice—y me disteis de comer. Y cuando, después de enumerar sus obras de misericordia, le dicen los justos: ¿Cuándo te vimos con hambre?, él responde: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

¿Y qué es lo que he recibido?; ¿qué es lo que doy a cambio? Tuve hambre —dice— y me disteis de comer.

Recibí tierra y otorgo cielo:
recibí beneficios temporales y restituyo bienes eternos;
recibí pan y os doy la vida. Me atrevo a decir aún más:
recibí pan, pan daré;
me disteis de beber, os daré de beber;
me habéis hospedado, os daré una casa;
me visitasteis cuando estaba enfermo, os daré la salud,
fui visitado en la cárcel, os daré la libertad.

El pan que disteis a mis pobres se acabó; el pan que yo os daré fortalece y permanece. Que el Señor nos dé el pan, aquel pan que ha bajado del cielo. Cuando nos dé el pan, él mismo se nos dará con el pan.

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COMENTARIO:

El texto ha sido muy utilizado ideológicamente, muchas veces bajo ideas teológicas, a favor de los ricos y contra ellos.  Supongamos que la intención de Jesús, por lo que conocemos de él, era ayudar al joven a encontrar su camino y su paz interior, porque obviamente él no se sentía seguro y tranquilo.
Jesús lanza mano de su pedagogía predilecta, preguntar al contrario de contestar para que su interlocutor pueda reflexionar.  Y así hace.  El muchacho, por sus respuestas por lo menos, parece creerse casi perfecto porque cumple todos los mandamientos de la ley/tradición judaica.

Jesús le da una lección, a él y a todos nosotros: conocer la ley y sus mandamientos y cumplirlos como regla de vida no significan que uno esté totalmente agradando a Dios.  ¿Qué le falta?  Le falta cambiar la obligación por la gratuidad.  Le falta no hacer “hacer negocios”, yo hago eso y gano lo otro.

Es con el corazón puro y humilde que podemos seguir a Jesús.  Dios no tiene, o por lo menos no usa, algo para medir qué leyes y mandamientos hemos cumplido.  Su justicia es misericordia, o sea, su justicia no es retributiva sino restaurativa.  Dios quiere gestos de amor y compasión.  En ello están resumidos los mandamientos.  Dios no retribuye lo que hagamos, El restaura, para nuestra vida eterna a Su lado, lo bueno y amoroso que hicimos.

Por supuesto mientras más bienes materiales tenga alguien más difícil despojarse.  Y muchas veces despojarse puede significar poner a servicio y uso de los demás, especialmente los que necesitan, especialmente para los desposeídos.  Es la “regla de oro” para todos y todas.

Tal vez la exigencia de Jesús nos suene exagerada, poco práctica, inútil con el tiempo, etc.  Para quien se presenta como ejemplar sólo el seguimiento radical serviría de respuesta.  Distinto, por ejemplo, de lo que pasa con Zaqueo a quien Jesús no pide cosa alguna, sólo se le acerca.  Zaqueo que se conocía muy bien siente el llamado de Jesús y le acoge con el gesto de devolver a los pobres y a los que defraudó.

El seguimiento es radical, seguir a Jesús, ser discípula y discípulo exige de nosotros una entrega total de nuestro ser y hasta de nuestros bienes, como lo hizo Madre Teresa de Calcuta, P. Hurtado y tantos otros.  Sin embargo, no dejaremos de seguirle y de servir a los hermanos y hermanas si no podemos despojarnos totalmente.

Es importante que tengamos en la razón, en el corazón, en el espíritu, escrito en la frente y en la mano, lo que nos pide Dios, quien es considerado “padre de los huérfanos y tutor de las viudas”. (Sl 68, 5)  Dios nos pide que “aprendamos a hacer el bien, que busquemos lo que es justo, que demos sus derechos al oprimido, justicia al huérfano, ayuda a las viudas” (Is 1, 17).

Mientras haya una persona hambrienta, desnuda, enferma, etc la Creación estará enferma dependiente de nuestro actuar como cristianos, discípulas y discípulos de Jesús, el Cristo.

Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Si invertimos esta frase, diremos que ahi donde esta vuestro corazon, estara vuestro tesoro. Y donde esta nuestro corazon? Solo nosotros sabemos, y eso que mas queremos es nuestro tesoro. Anhelemos pues la vida eterna y el servicio a Dios, que todo lo demas vendra por anadidura. Si somos hijos de Dios, seremos siempre ricos y millonarios en nuestro corazon, porque lo que amamos es servir y dar lo que tenemos. En las arcas de Dios no hay miseria, y cuanto mas damos mas recibimos. El que nada da, nada recibe, ese si que es verdaderamente pobre.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (19,23-30):

23 Jesús dijo entonces a sus discípulos: «Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos.

24 Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos».

25 Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dijeron: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?».

26 Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero para dios todo es posible».

27 Pedro, tomando la palabra, dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?».

28 Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.

29 Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.

30 Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros.

Camello y aguja

San Gregorio Magno (c. 540-604), papa y doctor de la Iglesia
Homilía 5 sobre el Evangelio.
«He aquí que nosotros hemos dejado todo por seguirte»

Vosotros habéis entendido, mis queridos hermanos, que Pedro y Andrés han abandonado sus redes para seguir al Redentor a la primera voz de su llamada (Mt 4, 20)… Puede ser que alguno se diga todo bajo: Para obedecer a la llamada del Señor, ¿que es lo que estos dos pescadores han abandonado, ellos que no tenían casi nada? Pero en esta materia, nosotros debemos considerar las disposiciones del corazón antes que la fortuna. Ha dejado mucho, el que nada retenía para él; ha dejado mucho el que ha abandonado todo, lo mismo si es poca cosa. Nosotros que poseemos, lo conservamos con pasión, y esto que no tenemos, lo perseguimos nosotros con el deseo. Sí, Pedro y Andrés han dejado mucho, puesto que el uno y el otro han abandonado el deseo de poseer. Ellos han abandonado mucho, puesto que han renunciado a sus bienes y también han renunciado a sus codicias. Siguiendo al Señor, ellos han renunciado a todo lo que habrían podido desear si no le hubieran seguido.

San Ireneo de Lión (hacia 130) obispo, mártir, doctor de la Iglesia
Contra las herejías, IV, 14,1; SC 100, pag. 537
“Ven, y sígueme!” (Mt 19,21)

Por haber seguido la Palabra de Dios, su llamada, espontánea y libremente con la generosidad de su fe, Abrahán fue “el amigo de Dios” (Sant 2,23). No era a causa de una indigencia que el Verbo de Dios adquirió esta amistad de Abrahán, ya que el Verbo es perfecto desde su origen. “Antes que Abrahán, Yo soy!” (Jn 8,58) Lo hizo en su gran bondad para poder dar a Abrahán la vida eterna… Tampoco en el principio, cuando Dios modeló a Adán, no lo hizo por una necesidad sino por tener a alguien en quien depositar sus beneficios.
Del mismo modo, Jesús tampoco necesita nuestro servicio, sino que nos llama a su seguimiento para darnos la salvación. Ya que seguir al Señor es tener parte en la salvación, como el que sigue la luz tiene parte en la luz. Cuando los hombres caminan en la luz, no son ellos los que iluminan la luz ni la hacen brillar, antes bien son iluminados y resplandecientes gracias a ella… Dios concede sus beneficios a los que le sirven porque le sirven y a los que lo siguen porque le siguen. Pero no recibe de ellos beneficio alguno ya que él es perfecto y no necesita nada.
Si Dios solicita los servicios de los hombres es para poder conceder sus beneficios de bondad y misericordia a los que perseveran en su servicio. Porque, si Dios no necesita nada, el hombre sí que necesita de la comunión con Dios. La gloria del hombre es que persevere en el servicio de Dios. Por esto, el Señor dijo a sus discípulos: “No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros,” (Jn 15,16) indicando así que…por haber seguido al Hijo de Dios, serían glorificados con él: “Padre, quiero que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo, para que contemplen la gloria que me has dado, porque tú me amaste antes de la creación del mundo.” (Jn 17,24)

San Pedro Damián (1007-1072), ermitaño, después obispo, doctor de la Iglesia
Sermón 9; PL 144, 549-553
Dejarlo todo para seguir a Cristo

En verdad es una gran cosa «dejarlo todo», pero hay una cosa todavía más grande que es «seguir a Cristo» porque, tal como nos lo enseñan los libros, son muchos los que lo han dejado todo pero no han seguido a Cristo. Seguir a Cristo es nuestra tarea, nuestro trabajo, en esto consiste lo esencial de la salvación del hombre, pero no podemos seguir a Cristo si no abandonamos todo lo que nos impide seguirle. Porque «sale contento como un héroe» (sal 18,6), y nadie puede seguirle si lleva una pesada carga.
«He aquí, dice Pedro, que nosotros lo hemos dejado todo», no solamente los bienes de este mundo sino también los deseos de nuestra alma. Porque no lo ha dejado todo el que sigue atado aunque sólo sea a sí mismo. Más aún, de nada sirve haber dejado todo lo demás a excepción de sí mismo, porque no hay carga más pesada para el hombre que su propio yo. ¿Qué tirano hay más cruel, amo más despiadado para el hombre que su voluntad propia?… Por consiguiente, es preciso que abandonemos nuestras posesiones y nuestra voluntad propia si queremos seguir a aquel que no tenía «donde reclinar la cabeza» (Lc 9,58), y que ha venido «no para hacer su voluntad, sino la voluntad del que le ha enviado» (Jn 6,38).

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Publicado el 26 julio, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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