JEREMÍAS 1-3

JEREMÍAS 1

1 Palabras de Jeremías, hijo de Jilquías, uno de los sacerdotes de Anatot, en territorio de Benjamín.

2 La palabra del Señor le llegó en los días de Josías, hijo de Amón, rey de Judá, en el año decimotercero de su reinado;

3 y también en los días de Joaquím, hijo de Josías, rey de Judá, hasta el fin del undécimo año de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, es decir, hasta la deportación de Jerusalén en el quinto mes.

4 La palabra del Señor llegó a mí en estos términos:

5 «Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones».

JEREMIAS 1.5

6 Yo respondí: «¡Ah, Señor! Mira que no sé hablar, porque soy demasiado joven».

7 El Señor me dijo: «No digas: «Soy demasiado joven», porque tú irás adonde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene.

8 No temas delante de ellos, porque yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor –».

JEREMIAS 1.8

9 El Señor extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: «Yo pongo mis palabras en tu boca.

10 Yo te establezco en este día sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y derribar, para perder y demoler, para edificar y plantar».

11 La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: «¿Qué ves, Jeremías?». Yo respondí: «Veo una rama de almendro».

12 Entonces el Señor me dijo: «Has visto bien, porque yo vigilo sobre mi palabra para realizarla».

13 La palabra del Señor llegó a mí por segunda vez, en estos términos: «¿Qué ves?». Yo respondí: «Veo una olla hirviendo, que se vuelca desde el Norte».

14 Entonces el Señor me dijo: «Del Norte se desencadenará la desgracia contra todos los habitantes del país.

15 Porque ahora voy a convocar a todas las familias de los reinos del Norte –oráculo del Señor–. Ellos vendrán, y cada uno instalará su trono a la entrada de las puertas de Jerusalén, contra todos los muros que la rodean y contra todas las ciudades de Judá.

16 Pronunciaré mis sentencias contra ellos, por todas sus maldades, porque me han abandonado, han quemado incienso a dioses extraños, y se han postrado ante las obras de sus manos.

LECTURA DEL LIBRO DE JEREMÍAS (1,17-19):

17 En cuanto a ti, cíñete la cintura, levántate y diles todo lo que yo te ordene. No te dejes intimidar por ellos, no sea que te intimide yo delante de ellos.

18 Mira que hoy hago de ti una plaza fuerte, una columna de hierro, una muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes de Judá y a sus jefes, a sus sacerdotes y al pueblo del país.

19 Ellos combatirán contra ti, pero no te derrotarán, porque yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor –».

JEREMÍAS 2

1 La palabra del Señor llegó a mí en estos términos:

2 Ve a gritar a los oídos de Jerusalén: Así habla el Señor: Recuerdo muy bien la fidelidad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin cultivar.

3 Israel era algo sagrado para el Señor, las primicias de tu cosecha: todos los que comían de él se hacían culpables, les sobrevenía una desgracia –oráculo del Señor –

4 ¡Escuchen la palabra del Señor, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel!

5 Así habla el Señor: ¿Qué injusticia encontraron en mí sus padres para que se alejaran de mí y fueran detrás de ídolos vanos, volviéndose así vanos ellos mismos?

6 Ellos no preguntaron: «¿Donde está el Señor, que nos hizo subir del país de Egipto, el que nos condujo por el desierto, por una tierra de estepas y barrancos, por una tierra árida y tenebrosa, por una tierra que nadie atraviesa y donde no habita ningún hombre?».

7 Yo los hice entrar en un país de vergeles, para que comieran de sus frutos y sus bienes; pero ustedes entraron y contaminaron mi país e hicieron de mi herencia una abominación.

8 Los sacerdotes no preguntaron: «¿Dónde está el Señor?, los depositarios de la Ley no me conocieron, los pastores se rebelaron contra mí, los profetas profetizaron en nombre de Baal y fueron detrás de los que no sirven de nada.

9 Por eso, voy a entrar todavía en pleito con ustedes –oráculo del Señor– y también con los hijos de sus hijos.

10 ¡Sí, crucen a las costas de los Quitím y miren, envíen gente a Quedar y fíjense bien, a ver si ha sucedido una cosa igual!

11 ¿Cambia de dioses una nación? –¡y sin embargo, esos no son dioses!–. Pero mi pueblo ha cambiado su Gloria por algo que no sirve de nada.

12 ¡Espántense de esto, cielos, horrorícense y queden paralizados! –oráculo del Señor–.

13 Por que mi pueblo ha cometido dos maldades: me abandonaron a mí, la fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua.

14 ¿Acaso Israel fue adquirido como esclavo o nació en la esclavitud? ¿Por qué entonces se ha convertido en una presa?

15 Los cachorros de león rugen contra él, hacen oír sus bramidos, han hecho de su país una desolación, sus ciudades son incendiadas, se quedan sin habitantes.

16 ¡Hasta los hijos de Nof y de Tafnes te han rapado el cráneo!

17 ¿Acaso no te sucede todo esto, por haber abandonado al Señor, tu Dios, mientras él te conducía por el camino?

18 Y Ahora, ¿por qué tienes que tomar el camino de Egipto para beber el agua del Sijor? ¿Por qué tienes que tomar el camino de Asiria para beber el agua del Río?

19 ¡Que tu propia maldad te corrija y tus apostasías te sirvan de escarmiento! Reconoce, entonces, y mira qué cosa tan mala y amarga es abandonar al Señor, tu Dios, y dejar de temerme –oráculo del Señor de los ejércitos –

20 Sí, hace mucho que has quebrado tu yugo, has roto tus ataduras y has dicho: «¡No serviré». Sí, sobre toda colina elevada y bajo todo árbol frondoso, te has acostado, te has prostituido.

21 ¡Y eso que yo te había plantado con cepas escogidas, todas de simiente genuina! ¿Cómo entonces te has vuelto una planta degenerada, una viña bastarda?

22 Por más que te laves con potasa y no mezquines la lejía, permanecerá la mancha de iniquidad ante mi –oráculo del Señor–.

23 ¿Cómo puedes decir: «No me he contaminado, no he ido detrás de los Baales»? Mira tu conducta en el Valle, reconoce lo que has hechos. ¡Camella veloz, que va de una lado para otro!

24 ¡Asna salvaje, habituada al desierto! En el ardor de su deseo aspira el viento: ¿quién puede refrenar su ansiedad? Los que la buscan no necesitan fatigarse, en su tiempo de celo se la encuentra.

25 No dejes que tus pies queden descalzos ni que tu garganta sienta sed. Pero tú dices: «¡No hay nada que hacer! ¡No! A mí gustan los extranjeros y quiero ir detrás de ellos».

26 Como se turba un ladrón al ser sorprendido, así quedarán turbados los de la casa de Israel, ellos, sus reyes y sus príncipes, sus sacerdotes y sus profetas,

27 lo que dicen a un trozo de madera: «Tú me has dado a luz!» Porque ellos me vuelven la espalda, no la cara, y después, en el tiempo de su desgracia, dicen: «¡Levántate y sálvanos!».

28 ¿Dónde están tus dioses, esos que te has fabricado? ¡Que se levante, si es que pueden salvarte en el tiempo de tu desgracia! Porque tan numerosos como tus ciudades son tus dioses, Judá.

29 ¿Por qué me recriminan, si todos ustedes se han rebelado contra mí? –oráculo del Señor–.

30 En vano he golpeado a los hijos de ustedes: ellos no aprendieron la lección; la espada de ustedes devoró a sus profetas como un león que lo destruye todo.

31 ¡Qué clase de gente son ustedes! Vean lo que dice el Señor: ¿Acaso he sido yo para Israel un desierto o una tierra tenebrosa? ¿Por qué dice mi pueblo: «Somos libres, ya no acudiremos a ti»?

32 ¿Olvida una joven sus atavíos, una novia sus ceñidores? ¡Pero mi pueblo se ha olvidado de mí hace ya un sinnúmero de días!

33 ¡Qué bien te abres camino para ir en busca del amor! Así, también tú te has habituado a los caminos de la maldad.

34 Hasta en los bordes de tu vestido se encuentra sangre de gente pobre, inocente, que tú no habías sorprendido perforando una pared. Y a pesar de todo esto,

35 tú dices: «Sí, soy inocente, seguramente su ira se ha apartado de mí». Pero yo entro en juicio contigo, porque tú dices: «No tengo pecado».

36 ¡Con qué ligereza cambias de camino! También serás defraudada por Egipto, como lo fuiste por Asiria.

37 También de allí tendrás que salir con las manos sobre tu cabeza, porque el Señor ha rechazado a aquellos en los confías, y no te irá bien con ellos.

JEREMÍAS 3

1 La palabra del Señor llegó a mí en estos términos: Si un hombre repudia a su mujer y ella, al irse de lado, llega a ser la mujer de otro, ¿puede aquel volver de nuevo a ella? ¿No está acaso esa mujer irremediablemente mancillada? Y tú, que te has prostituido con tantos amantes, ¿podrás volver a mí? –oráculo del Señor–.

2 Alza tus ojos a los montes desolados y mira: ¿dónde no has sido violada? Te sentabas a la espera junto a los caminos, como el árabe en el desierto; así has contaminado el país con tus prostituciones y tu maldad.

3 Por eso se detuvieron los aguaceros y no hubo lluvia de primavera. Pero tú tenías frente de prostituta, rehusabas avergonzarte.

4 Y aún ahora me gritas: «¡Padre mío! ¡Tú eres el amigo de mi juventud!

5 ¿Acaso él guardará rencor eternamente? ¿Mantendrá su ira para siempre?». ¡Tú hablas así y haces el mal a más no poder!

6 El Señor me dijo en los días del rey Josías: ¿Has visto lo que hizo la apóstata Israel? Se ha ido a toda montaña elevada y bajo todo árbol frondoso, para prostituirse allí.

7 Yo pensaba: Después de hacer todo esto, ella volverá otra vez a mí. ¡Pero no ha vuelto! Su hermana, la traidora Judá, ha visto esto:

8 ella vio que, por todos los adulterios había cometido la apóstata Israel, yo la había repudiado y le había dado el acta de divorcio, Pero la traidora Judá, su hermana, no sintió ningún temor, sino que fue y también ella se prostituyó.

9 Así, con su frívola prostitución profanó el país, cometiendo el adulterio con la piedra y la madera.

10 A pesar de todo esto, su hermana, la traidora Judá, no volvió a mí de todo corazón, sino sólo engañosamente –oráculo del Señor–.

11 El Señor me dijo: La apóstata Israel se ha mostrado más justa que la traidora Judá.

12 Ve entonces a gritar estas palabras hacia el Norte: ¡Vuelve, apóstata Israel –oráculo del Señor– y no te mostraré un rostro severo, porque yo soy misericordioso –oráculo del Señor– y no guardo rencor para siempre.

13 Pero reconoce tu culpa, porque te has rebelado contra el Señor, tu Dios, y has prodigado tus favores a los extranjeros, bajo todo árbol frondoso: ¡ustedes no han escuchado mi voz! –oráculo del Señor–.

14 ¡Vuelvan, hijos apóstatas –oráculo del Señor– porque yo soy el dueño de ustedes! Yo los tomaré, a uno de una ciudad y a dos de una familia, y los conduciré a Sión.

15 Después les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia.

16 Y cuando ustedes se hayan multiplicado y fructificado en el país, en aquellos días –oráculo del Señor– ya no se hablará más del Arca de la Alianza del Señor, ni se pensará más en ella; no se la recordará, ni se la echará de menos, ni se la volverá a fabricar.

17 En aquel tiempo, se llamará a Jerusalén «Trono del Señor»; todas las naciones se reunirán en ella, y ya no seguirán más los impulsos de su corazón obstinado y perverso.

18 En aquellos días, la casa de Judá irá hacia la casa de Israel, y ellas vendrán juntas del país del Norte a la tierra que yo di a sus padres en herencia.

19 Yo me había dicho: ¡Cómo quisiera contarte entre mis hijos y darte una tierra deliciosa, la herencia más hermosa de las naciones! Yo me había dicho: Tú me llamarás «Mi padre», y nunca dejarás de ir detrás de mí.

20 Pero como una mujer traiciona a su marido, así me han traicionado ustedes, casa de Israel –oráculo del Señor–.

21 En los montes desolados se escucha una voz: son llantos y súplicas de los hijos de Israel, porque han tomado por un camino torcido, se han olvidado del Señor, su Dios.

22 –¡Vuelvan, hijos apóstatas, yo los sanaré de sus apostasías! –Aquí estamos, venimos hacia ti, porque tú eres el Señor, nuestro Dios.

23 ¡Sí, son una mentira las colinas y el tumulto de las montañas! ¡Sí, en el Señor, nuestro Dios, está la salvación de Israel!

24 La Ignominia ha devorado las ganancias de nuestros padres desde nuestra juventud: sus ovejas y sus vacas, sus hijos y sus hijas.

25 Acostémonos en nuestra ignominia y que nos cubra nuestra vergüenza, porque hemos pecado contra el Señor, nuestro Dios, nosotros y nuestros padres, desde nuestra juventud hasta el día de hoy, y no hemos escuchado la voz del Señor, nuestro Dios.

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Publicado el 13 agosto, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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