JUAN 1-2

JUAN 1

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1, 1-18):

1 Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.

2 Al principio estaba junto a Dios.

3 Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.

4 En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.

5 La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

6 Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.

7 Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.

8 El no era luz, sino el testigo de la luz.

9 La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.

10 Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.

11 Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.

12 Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.

13 Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

14 Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

JUAN 1.14

15 Juan da testimonio de él, al declarar: «Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo».

16 De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:

17 porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.

18 Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Hijo único,
que está en el seno del Padre.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1, 19-28):

19 Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?».

20 El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías».

21 «¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió.

22 Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»

23 Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».

24 Algunos de los enviados eran fariseos,

25 y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».

26 Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:

27 él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».

28 Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán donde Juan bautizaba.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1, 29-34):

29 Al día siguiente, Juan vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

juan 1.29

30 A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo.

31 Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel».

32 Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él.

33 Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

34 Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios».

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1, 35-42):

35 Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos

36 y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios».

37 Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.

38 El se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?».

39 «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.

40 Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro.

41 Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo.

42 Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1, 43-51):

43 Al día siguiente, Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme».

44 Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro.

45 Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret».

46 Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe.

JUAN 1.43

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (1, 47-51):

47 Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez».

48 «¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael. Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».

49 Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

50 Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees. Verás cosas más grandes todavía».

51 Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Bartolomé, también llamado Nathanael, fue uno de los Apóstoles de Jesús. Su nombre procede del patronímico arameo bar-Tôlmay,

Bartolomé, también llamado Nathanael, fue uno de los Apóstoles de Jesús. Su nombre procede del patronímico arameo bar-Tôlmay, “hijo de Tôlmay” o “hijo de Ptolomeo”

HOMILÍA

San Gregorio de Nisa, Homilía 15 sobre el libro del Cantar de los cantares (PG 44, 1087-1090)

La Palabra ha dado testimonio de él

El apóstol Felipe era del mismo pueblo que Pedro y Andrés. Me da la impresión que es ya para Felipe un cierto encomio el hecho de presentarlo como coterráneo de aquellos dos hermanos a los que el evangelio expresa su primera admiración por lo que les sucedió. Así, Andrés, después que el Bautista le señaló quién era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no se limita a reflexionar a solas sobre este misterio y, una vez averiguado dónde vivía, va tras el que le había indicado, sino que lleva a su hermano la alegre noticia: aquel a quien hace tiempo vaticinaron los profetas ha llegado.

Pedro, como si hubiera creído aun antes de escuchar la noticia, se une a aquel Cordero con toda su alma, y, juntamente con el nombre, es también él transformado por el Señor en una condición divina: en vez de Simón, se le llama y hace Pedro. Y el gran Pedro no llegó gradualmente a esta gracia, sino que, al instante, dio oídos a su hermano, creyó en el Cordero y llegó a la perfección de la fe, y, cimentado sobre la piedra, se convirtió en Pedro.

Así pues, Felipe —digno de tales y tan grandes conciudadanos—, después de haber sido encontrado por el Señor —como se dice en el evangelio que Jesús encontró a Felipe—, fue también seguidor del Verbo, que le dijo: Sígueme. Y una vez conducido a la luz verdadera, retuvo, cual lámpara, parte del esplendor, y envolvió en esta luz incluso a Natanael, como pasándole la antorcha del misterio de la piedad. Estas son sus propias palabras: Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas lo hemos encontrado: A Jesús, hijo de José, de Nazaret.

Natanael, por su parte, acogió ponderadamente esta alegre noticia, pues era muy versado en el misterio del Señor a través de los libros de los profetas y sabía que la primera manifestación corporal de Dios habría de tener lugar en Belén y que, más tarde, por ‘haber vivido en Nazaret, sería llamado Nazareno. Por eso, Natanael, considerando ambos aspectos y reflexionando cómo el misterio debía actuarse, por lo que se refiere al nacimiento corporal —gruta, pañales, pesebre—, en Belén, la ciudad de David, y, por otra parte, que a Galilea debía corresponderle un día darle su propio nombre, a causa que el Verbo se habría establecido voluntariamente en la Galilea de los gentiles, cotejando finalmente la aseveración de quien le había mostrado el esplendor de tal conocimiento, se despachó con aquellas palabras: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?

Entonces, Felipe se le ofrece resueltamente como guía a esta gracia, diciéndole: Ven y verás. A esta invitación, Natanael, abandonando la higuera de la ley, cuya sombra le impedía recibir la luz, llegó a aquel que secó las hojas de la higuera, de la higuera estéril, de la higuera que no daba fruto. Por este motivo, la Palabra dio testimonio de él, diciendo que era un israelita de verdad, porque demostraba en sí mismo el carácter del patriarca Israel, libre de toda intención engañosa. Ahí tenéis —dijo— a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.

COMENTARIO:

El cuarto Evangelio cuenta que, después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael y le dice:  “Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas:  Jesús el hijo de José, de Nazaret” (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael —”¿De Nazaret puede salir algo bueno?”—, Felipe no se rinde y replica con decisión:  “Ven y lo verás” (Jn 1, 46). Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo:  no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió:  “Venid y lo veréis” (cf. Jn 1, 38-39).

Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael:  “Ven y lo verás”. El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella.
BENEDICTO XVI (Audiencia General Miércoles 6 de septiembre de 2006)

confianza ASC

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JUAN 2

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (2,1-11):

1 Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.

2 Jesús también fue invitado con sus discípulos.

3 Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino».

4 Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía».

5 Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».

6 Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una.

7 Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde.

8 «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.

9 El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su o rigen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo

10 y les dijo: «Siempre se sirve primero el bu en vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».

JUAN 2, 1-10

11 Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

12 Después de esto, descendió a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y permanecieron allí unos pocos días.

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LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (2,13-22):

13 Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén

14 y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.

15 Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas

16 y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».

17 Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

18 Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».

19 Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».

20 Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».

21 Pero él se refería al templo de su cuerpo.

22 Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

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23 Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba.

24 Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos

25 y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.

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Publicado el 16 agosto, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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