LUCAS 5, 1-11

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (5,1-11): facebook pq

1 En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret.

2 Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes.

3 Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca.

4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes».

5 Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes».

6 Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse.

7 Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

8 Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador».

9 El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido;

10 y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres».

11 Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

Pensamientos-del-Alma-de-San-Agustín-9

SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Sermón 43 (5-6: PL 38, 256- 257)

Cristo eligió para apóstoles a unos pescadores

Estando el bienaventurado Pedro con otros dos discípulos de Cristo, el Señor, Santiago y Juan, en la montaña con el mismo Señor, oyó una voz venida del cielo: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo. Recordando este episodio, el mencionado Apóstol escribe en su Carta: Esta voz traída del cielo la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada. Y luego continúa diciendo: Esto nos cerciora la palabra de los profetas. Se oyó aquella voz del cielo, y se cercioró la palabra de los profetas.

Este Pedro, que así habla, fue pescador: y en la actualidad es un inestimable timbre de gloria para un orador, ser capaz de comprender al pescador. Esta es la razón por la que el apóstol Pablo, hablando de los primeros cristianos, les decía: Fijaos, hermanos, en vuestra asamblea; no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios; lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar al fuerte. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta.

Si para dar comienzo a su obra, Cristo hubiera elegido un orador, el orador hubiera dicho: «He sido elegido en consideración a mi elocuencia». Si hubiera escogido a un senador, el senador hubiera dicho: «He sido escogido en atención a mi dignidad». Finalmente, si primeramente hubiera elegido a un emperador, el emperador hubiera dicho: «He sido elegido en consideración a mi poder». Descansen los tales y aguarden todavía un poco. Descansen un poco: no se prescinda de ellos ni se les desprecie; sean tan sólo aplazados quienes pueden gloriarse de sí mismos y en sí mismos.

Dame —dice— ese pescador, dame a ese ignorante, dame ese analfabeto, dame a ese con quien no se digna hablar el senador, ni siquiera al comprarle la pesca: dame a ese. Y cuando le haya colmado de mis dones, quedará patente que soy yo quien actúo. Aunque bien es verdad que me propongo hacer lo mismo con el senador, el orador y el emperador: lo haré llegado el momento también con el senador, pero con un pescador mi actuación es más evidente. Puede el senador gloriarse de sí mismo, y lo mismo el orador y el emperador: en cambio el pescador sólo puede gloriarse en Cristo. Que venga, que venga primero el pescador a enseñar la humildad que salva; por su medio será más fácilmente conducido a Cristo el emperador.

Acordaos, pues, del pescador santo, justo, bueno, lleno de Cristo, en cuyas redes, echadas por todo el mundo, había de ser pescado, junto con los demás, este pueblo africano; acordaos, pues, que él había dicho: Esto nos cerciora la palabra de los profetas.

MIEDO ARCA TITANIC

COMENTARIO:

También a nosotros el Señor, profundo conocedor del corazón humano, de tu corazón y del mío, nos dice: «¡No tengas miedo!» Sí, no tengas miedo a la verdad sobre ti mismo/a, esa verdad que requiere que mires cara a cara y aceptes con humildad tu propia debilidad, tu miseria e incluso tus pecados más vergonzosos y terribles, pero verdad que va más allá de todo eso. No tengas miedo de descubrir en Mí tu propia grandeza y dignidad, el sentido de tu vida, tu verdadera identidad, tu vocación y tu hermosa misión en el mundo. Sí, el Señor te alienta a no tener miedo de la verdad de ti mismo/a, pero de la verdad completa, íntegra, aquella que sólo Él puede revelarnos en toda su altura y profundidad, en toda su grandeza y plenitud. Y sí, descubrir la propia grandeza da miedo porque trae consigo una serie de exigencias, trae consigo la necesidad de responder a esa grandeza, da miedo ser lo que uno está llamado a ser, da miedo quebrar todo límite mezquino, romper las barreras que uno mismo se ha impuesto por largo tiempo y despojarse de toda falsa seguridad para lanzarse a conquistar día a día, con entusiasmo y coraje, el horizonte de santidad y plenitud humana que el Señor Jesús nos propone a cada uno.

Ese miedo que experimentó Pedro está también muy presente en nuestras vidas. El seguimiento del Señor causa mucho temor: el temor de comprometerse hasta el fondo y de por vida con Él, el miedo de no saber por dónde nos puede llevar ese compromiso o cuánto nos va a exigir, el miedo de no ser yo quien controle mi propia vida según mis planes, el miedo enorme de dar ese “salto al vacío” que tantas veces exige la fe, de ese decirle al Señor, “aquí me tienes, hágase en mí según tu palabra”. ¡Cuántos siguen al Señor “de lejos”! ¡Cuantos se echan atrás cuando el Señor les muestra un horizonte más grande, cuando los invita a renunciar a su comodidad, a sus planes, a sus seguridades, para lanzarse a la gran aventura de seguir lo que Dios les pide, de someterse a lo inseguro, e incluso a lo doloroso, para cooperar con Él a cambiar el mundo, según su Evangelio!

¡Nunca le digas “no” al Señor por más miedo que tengas! ¡No te cierres a lo que el Señor te quiera mostrar y pedir! ¡No te dejes vencer por el miedo! ¡Decirle ‘no’ al Señor es decirte ‘no’ a ti mismo!

El miedo se resuelve en un profundo acto de confianza en Dios: «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.» (Sal 40,5) «En la confianza estará vuestra fortaleza» (Is 30,15). Ante el miedo que podemos experimentar se nos invita a confiar en Dios y lanzarnos hacia adelante para conquistar el horizonte que el Señor nos propone: el horizonte de la propia grandeza, el horizonte de ser también nosotros pescadores de hombres, según la vocación particular a la que el Señor te llame: el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada.

Renovemos nuestra confianza en Dios especialmente en los momentos más difíciles de la vida, cuando experimentemos que “hemos trabajado en vano toda la noche”, cuando más nos cueste aceptar el plan de Dios, o cuando experimentemos miedos que en la vida espiritual o apostólica quieran paralizarnos o impedirnos avanzar. ¡Hay que confiar en Dios!

LA PESCA MILAGROSA DE RAFAEL SANTI

LA PESCA MILAGROSA DE RAFAEL SANTI

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia
Tratado: Fecunda humildad.
Tratado sobre el evangelio de San Lucas, IV, 71-76: SC 45, 180.
«Remad mar adentro y echad vuestras redes para pescar» (Lc 5,4).

“Rema lago adentro”, es decir en la alta mar de los debates. ¿Hay abismos comparables a “…la profanidad de riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios” (cf Rm 11,33) a la proclamación de la filiación divina?… La Iglesia es conducida por Pedro en la alta mar del testimonio, para contemplar al Hijo de Dios resucitado y al Espíritu derramado.

¿Cuáles son las redes que Cristo manda a los apóstoles de echar al agua? No es el conjunto de las palabras, los discursos, la profanidad de los argumentos que no dejan escapar a los que se han quedado en sus redes? Estos instrumentos de pesca de los apóstoles no hacen perecer a la presa sino que la conservan, la salvan de los abismos y la sacan a la luz, conduciéndola de los fondos bajos hacia las alturas…

“Maestro, dice Pedro, hemos estado toda la noche faenando y no hemos cogido nada, pero puesto que tú lo dices, echaré las redes.” Yo también, Señor, sé que para mí es de noche si tú no me guías. Todavía no he convertido a nadie por mis palabras, todavía es de noche. He hablado el día de la Epifanía; he echado las redes y no he pescado nada. He echado las redes de día. Espero que tú me mandes echar las redes. A tu palabra la volveré a echar. La confianza en uno mismo no vale nada mientras que la humildad es fecunda. Los apóstoles, que hasta entonces no habían pescado nada, a la voz del Señor, capturaron una gran cantidad de peces.

HUMILDAD TRIUNFO

San Máximo de Turín, obispo
Sermón: Pesca espiritual.
Sermón 39, atribuido
«De ahora en adelante serás pescador de hombres» (Lc 5,10).

Cuando el Señor, sentado en la barca, dice a Pedro: «Avanza mar adentro, y soltad las redes para pescar», no le aconseja tanto tirar los instrumentos de pesca en la profundidad de las aguas, como propagar en el fondo de los corazones las palabras de la predicación. Este abismo de los corazones lo ha penetrado san Pablo lanzando la palabra que dice: «¡Oh abismo de riqueza, sabiduría y ciencia de Dios!» (Rm 11,33) […] Así como los pliegues de la red arrastra hasta la nave los peces que ha cogido, el seno de la fe conduce hacia el reposo a todos los hombres que ella reúne.

Para hacer comprender siempre mejor que el Señor hablaba de la pesca espiritual, Pedro dice: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos cogido nada, pero porque tú lo dices, echaré las redes» […] El Verbo, la Palabra de Dios, es el Señor nuestro Salvador. […] Puesto que Pedro lanza su red según el Verbo, propaga su elocuencia según Cristo. Despliega las redes tejidas según las prescripciones de su maestro; en nombre del Señor lanza unas palabras más claras y más eficaces que permiten salvar, no a criaturas irracionales, sino a hombres.

«Hemos estado bregando, dice, toda la noche y no hemos cogido nada.» Sí, Pedro había estado trabajando toda la noche […]; cuando ha brillado la luz del Salvador, las tinieblas se han disipado y su fe le ha permitido distinguir, en lo más profundo de las aguas, lo que sus ojos no podían ver. Pedro, efectivamente, ha estado sufriendo toda la noche, hasta que el día, que es Cristo, viene en su ayuda. Eso es lo que ha hecho que apóstol Pablo pueda decir: «La noche está avanzada, el día ha llegado» (Rm 13,12).

San Patricio, obispo
Obras: Consagrarse a la pesca como es debido.
Confesión, 38-40
«No temáis, desde ahora os haré pescadores de hombre» (Lc 5,10).

Estoy enormemente agradecido a Dios que me ha concedido una gracia tan grande que, por mi medio, como intermediario, “pueblos numerosos” han renacido para Dios…: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”… Es así que quiero esperar lo que ha prometido, aquel que no falta nunca a su palabra, tal como nos lo asegura en el Evangelio: “Vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob”. Así confiamos que los creyentes vendrán de todas partes del mundo.

Por eso es importante consagrarse a la pesca como es debido y vigilantes, según la exhortación y la enseñanza del Señor que dice: “Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres”. Y dice también por los profetas: He aquí que envío pescadores y cazadores en gran número”. Por eso era importante lanzar nuestras redes, a fin de que “una gran multitud [de peces]”, que “una multitud” sea cogida por Dios y que, para bautizar y exhortar al pueblo, por todas partes haya presbíteros, según la palabra del Señor: “Id y haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolos a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Ludolfo de Sajonia, monje
Obras: La Palabra de Dios es semejante al anzuelo del pescador.
La Vida de Jesucristo, I, ch. 29, 9-11.
«Estáis sin temor, en adelante estos son los hombres que tomarás» (cf. Lc 5,10).

Pedro se lanza con humildad a las rodillas de Jesús. Le reconoce su Señor y le dice: “Retírate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” y yo no soy digno de estar en tu compañía. Retírate de mí, pues yo sólo soy un hombre y tu eres el Dios-Hombre, yo soy pecador y tú eres santo, yo el servidor y tu Señor. Una distancia te separa de mi que estoy separado de ti por la fragilidad de mi naturaleza, la vileza de mis faltas y la debilidad de mi poder…

Pero el Señor consuela a Pedro mostrándole que la captura de pescados significa que será pescador de hombres. “No temas”, él le dice, no te asustes; cree más bien y alégrate, pues estás llamado a una pesca más bien grande; otra barca y otras redes te serán dadas. Hasta ahora tu has cogido peces con tus redes, en adelante por la palabra pescarás hombres. Por la sana doctrina tu les atraerás al camino de la salvación, pues tú has sido llamado al servicio de la predicación. La palabra de Dios es semejante al anzuelo del pescador. Lo mismo que el anzuelo no toma el pescado sino después de haber sido primero cogido por el, así la palabra de Dios, no toma al hombre para la vida eterna si esta palabra primero no penetra en su espíritu. En adelante estos son los hombres que tú tomarás. Es decir, después que eso pase, después del testimonio de tu humildad, tú tendrás el encargo de tomar a los hombres; pues la humildad es una fuerza de atracción, y para mandar a los otros es bueno saber no gloriarse en su poder.

San Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia
Sermón: Fiarse de Cristo.
Sermones para el domingo y fiestas de los santos
«No temas: desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10).

«Por tu palabra, echaré las redes.» Es contando con la gracia celestial y la inspiración sobrenatural que hay que echar las redes de la predicación. Si no es así, es en vano que el predicador echa las líneas que marcan sus palabras. La fe de los pueblos no se obtiene a través de sermones muy bien compuestos sino por la gracia de la llamada divina… ¡Oh fructuosa humildad! Cuando los que en un momento determinado no habían recogido nada, se fían de la palabra de Cristo y recogen una multitud de peces…

«Por tu palabra, echaré las redes.» Cada vez que le he echado por mi cuenta, he querido conservar para mí lo que te pertenece. Soy yo quien ha predicado, y no tú; mis palabras y no las tuyas. Por eso no he recogido nada. O bien si he recogido alguna cosa, no es pescado sino ranas, que sólo sirven como charlatanas de mis alabanzas…

«Por tu palabra, echaré las redes.» Extender las redes sobre la palabra de Jesucristo, es no atribuirse nada a sí mismo, sino atribuírselo todo a él; es vivir conforme a lo que cada uno predica. Es entonces que se cogen gran cantidad de peces.

San Francisco de Sales, obispo
Sermón del 2- 10-1622. X, 397.
«Jesús dijo a Simón: no temas, en adelante vas a ser pescador de hombres. Y atracando en tierra las barcas, lo dejaron todo y le siguieron» (Lc 5, 10-11).

Me preguntará alguno que por qué hay que renunciar a todo. Que los que nada tienen, o muy poco, a qué pueden renunciar. Yo les diré que está claro que el que tiene poco, deja poco y el que tiene mucho deja mucho.

San Pedro, que era un simple pescador, abandonó sus redes, poca cosa; San Mateo, que era un rico banquero, dejó su gran fortuna; pero los dos obedecieron igualmente a la orden, eran iguales en la voluntad.

Y lo que es más: ambos eran igualmente ricos, ya que hablando con propiedad, nosotros no poseemos los bienes del mundo, eso es cosa clara…

Realmente no poseemos sino una partecita de nosotros mismos; no somos dueños de nuestra fantasía pues no podemos defendernos de un número casi infinito de ilusiones e imaginaciones que nos asaltan; lo mismo se puede decir de la memoria; ¿cuántas veces quisiéramos acordarnos de cosas y no podemos, o al contrario, no recordar otras que no logramos olvidar?

En fin, recorred cuanto queráis todo lo que hay en nosotros; no encontraréis ni una partecita de la que seamos dueños: la voluntad sí, la voluntad la poseemos de tal manera que ni el mismo Dios se ha reservado la parte superior de ella y ha dado al hombre el derecho, o de abrazar el mal o de seguir el bien; como mejor le plazca.

San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), presbítero, fundador
Homilía: Acompañemos a Cristo en esta pesca divina.
Homilía en Amigos de Dios
«Desde ahora serás pescador de hombres» (Lc 5,10).

«He aquí que envío a muchos pescadores – oráculo del Señor – y los pescarán» (Jr 16,16). Es así como el Señor nos precisa nuestra gran misión: la pesca. A veces se dice o se escribe que el mundo es como un mar. Es buena esta comparación. En la vida humana, como en el mar, hay períodos de calma y otros de tempestad, de tranquilidad y de vientos violentos. Frecuentemente los hombres se encuentran en amargas aguas, en medio de grandes olas; avanzan entre tormentas, tristes navegantes, aunque aparenten estar gozosos, e incluso exuberantes: sus carcajadas sólo buscan disimular su abatimiento, su decepción, su vida sin caridad ni comprensión. Hacen como los peces: se devoran unos a otros.

Procurar que todos los hombres entren a gusto en las redes divinas y se amen unos a otros, es tarea de los hijos de Dios. Si somos cristianos debemos transformarnos en estos pescadores que, en forma de metáfora, describe el profeta Jeremías y que, más tarde, también Jesucristo emplea en diversos momentos: «Seguidme y os haré pescadores de hombres» dice a Pedro y a Andrés.

Acompañemos a Cristo en esta pesca divina. Jesús se encuentra en la orilla del lago de Genesaret y la gente se amontona a su alrededor deseosa de escuchar la palabra de Dios. (Lc 5,1) ¡Igual que hoy! ¿No lo veis?

Voy a perderme en Él” (Beata Isabel de la Trinidad)

‘Rema mar adentro y echad las redes para pescar’. Jesús nos invita a tener un encuentro con Él en la interioridad. Nos llama desde el mar a los que buscamos la seguridad en la orilla, para que entremos y gocemos de la belleza del abandono confiado y nos atrevamos a vivir la vida de forma creativa. No tiene en cuenta nuestra pequeñez ni nuestra vulnerabilidad; le agrada la audacia de la fe y de la entrega. Su palabra, desafío a ir más allá de lo que hacemos y vivimos, merece confianza. Entremos en la interioridad y vayamos sin miedo a su encuentro. Jesús, tú, nos invitas a crecer como personas, a volar como las águilas. Gracias por tu amor.

‘Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes’. Hemos trabajado y no hemos visto el fruto. Parece esto una legítima excusa para abandonar. ¿Qué sentido tiene ir al encuentro con Jesús desde el fracaso, con las manos vacías? Al ver la desproporción entre la propuesta de Jesús y nuestra nada, preferiríamos quedarnos en la orilla. ¡Tantas veces hemos probado lo que dan de sí nuestras fuerzas! Pero cuando todo parecía terminar, comienza el camino de la fe, que nos invita a salir de nuestros límites. La palabra de Jesús es más fuerte que todas nuestras razones. Su luz rompe nuestra noche, su valentía aleja nuestros miedos. Si Tú lo dices, echaremos las redes.

Hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. La generosidad de Jesús es desbordante. ¡Quién más amigo de dar que Él! Su palabra nunca defrauda. Solo aguarda nuestra fe en Él para mostrar su derroche de amor. Su plenitud revienta nuestros esquemas. Su grandeza no avasalla nuestra libertad. Nos lleva al asombro. Salimos a buscarte en la noche y Tú vienes al encuentro con tu amor. Gracias, Señor.

Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: ‘Apártate de mí, Señor, que soy un pecador’. La presencia salvadora de Jesús deja al descubierto nuestro pecado. ¡Somos tan vulnerables! ¿Qué hacer? Es comprensible la actitud de Pedro. Nos dan ganas de huir y de escapar de la presencia de Jesús. No somos dignos. Pero Jesús no ha venido a alejar sino a acercar y llamar a los perdidos. La santidad del Padre, que Él anuncia, es el colmo de la bondad y la ternura, de la misericordia. Gratuitamente, nos abre su corazón y nos abraza. Dios es así. ¿Cómo puede el Bien hacernos mal? Jesús, puestos a tus pies, reconocemos nuestro pecado.

Jesús dijo a Simón: ‘No temas: desde ahora, serás pescador de hombres’. Al asombro le sigue la llamada de Jesús a colaborar en su Reino. ‘No temas’. El estar con Él nos ha hecho nuevos, hermanos. Su poder nos da la fuerza para ser misioneros de su libertad, perdonadores de los pecados que destrozan la vida y ahuyentan la alegría. Jesús nos envía, como cirios de luz en la vida cotidiana, a crear una nueva humanidad a base de misericordia. Nosotros, ponemos sus pies en sus pisadas, vamos con Él. Te damos gracias, Jesús; sin ti, nuestra vida no sería lo que es. ¡Qué gran amigo eres!

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Publicado el 5 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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