LUCAS 7, 1-10

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (7,1-10): facebook pq

EL CENTURIÓN DE CAFARNAUM

1 Cuando Jesús terminó de decir todas estas cosas al pueblo, entró en Cafarnaúm.

2 Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho.

3 Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a curar a su servidor.

4 Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: «El merece que le hagas este favor,

5 porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga».

6 Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa;

7 por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente. Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará.

8 Porque yo –que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes– cuando digo a uno: “Ve”, él va; y a otro: “Ven”, él viene; y cuando digo a mi sirviente: “¡Tienes que hacer esto!”, él lo hace».

9 Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: «Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe».

10 Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.

jesus-y-el-centurion

TÍTULO: Jesús y el centurión (1571) AUTOR: Pablo Veronés (1528?-1588) Pintura italiana (Siglo XVI) TÉCNICA: Óleo sobre lienzo MEDIDAS: 192 x 297 cm. MUSEO DEL PRADO

Agustín de Hipona
Interpretación Literal del Génesis: La humilde fe del centurión
«No soy digno…» (Lc 7,6)
62, 1.3-4: PL 38, 414-416. [Liturgia de las Horas] PL

Mientras se nos leía el evangelio, hemos oído el elogio de nuestra fe en base a su humildad. Habiendo prometido el Señor Jesús ir a casa del centurión para curar a su criado, él respondió: No soy yo quién para que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra y quedará sano. Confesándose indigno, se hizo digno de que Jesús entrase, no entre las cuatro paredes de su casa, sino en su corazón. Pues no hubiese hablado con tanta fe y humildad, si no albergase ya en su corazón a aquel a quien no se creía digno de recibir en su casa. Menguada habría sido la dicha si el Señor Jesús hubiera entrado dentro de sus cuatro paredes, y no estuviera aposentado en su corazón. Efectivamente, Jesús, maestro de humildad de palabra y con su ejemplo, se recostó asimismo a la mesa en casa de un soberbio fariseo, llamado Simón. Pero aun estando recostado en su casa, el Hijo del hombre no encontraba en su corazón dónde reclinar su cabeza.

Estaba, pues, recostado el Señor en casa del fariseo soberbio. Estaba en su casa, como acabo de decir, pero no estaba en su corazón. En cambio, no entró en la casa de este centurión, pero se posesionó de su corazón. El elogio de su fe tiene como base la humildad. Dijo en efecto: No soy yo quién para que entres bajo mi techo. Y el Señor: Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe: se entiende, en el Israel según la carne.

Porque según el espíritu, este centurión era ya israelita. El Señor había venido al Israel según la carne, es decir, a los judíos, a buscar primero allí las ovejas perdidas. En cuyo pueblo y de cuyo pueblo había también él asumido el cuerpo: Ni en Israel he encontrado tanta fe, afirma Jesús. Nosotros, como hombres, podemos medir la fe del hombre; él que veía el interior del hombre, él a quien nadie podía engañar, dio testimonio al corazón de aquel hombre, oyendo las palabras de humildad y pronunciando una sentencia de curación.

¿Y qué fue lo que le indujo a semejante conclusión? Porque yo —dijo— también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: «ve», y va; al otro: «ven», y viene; y a mi criado: «haz esto», y lo hace. Soy una autoridad con súbditos a mis órdenes, pero sometido a otra autoridad superior a mí. Por tanto —reflexiona— si yo, un hombre sometido al poder de otro, tengo el poder de mandar, ¿qué no podrás tú de quien depende toda potestad? Y el que esto decía era un pagano, centurión para más señas. Se comportaba allí como un soldado, como un soldado con grado de centurión; sometido a autoridad y constituido en autoridad; obediente como súbdito y dando órdenes a sus subordinados.

Y si bien el Señor estaba incorporado al pueblo judío, anunciaba ya que la Iglesia habría de propagarse por todo el orbe de la tierra, a la que más tarde enviaría a los Apóstoles: él, no visto pero creído por los paganos, visto y muerto por los judíos.

Y así como el Señor, sin entrar físicamente en la casa del centurión —ausente con el cuerpo, presente con su majestad—, sanó no obstante su fe y su misma familia, así también el Señor en persona sólo estuvo corporalmente en el pueblo judío; entre las demás gentes ni nació de una virgen, ni padeció, ni recorrió sus caminos, ni soportó las penalidades humanas, ni obra las maravillas divinas. Nada de esto en los otros pueblos. Y sin embargo, a propósito de Jesús se cumplió lo que se había dicho: Un pueblo extraño fue mi vasallo. ¿Pero cómo, si es un pueblo extraño? Me escuchaban y me obedecían. El mundo entero oyó y creyó.

solamente-ten-fe1

Francisco de Sales
Sermón: Si tienes fe, ¿dónde están los frutos?
«Jesús se maravilló y dijo: Os digo, que fe como ésta no la he hallado en Israel» (Lc 7, 9)
X, 218

Hay que distinguir entre fe muerta y fe viva. La muerta se parece a un árbol seco, que no tiene savia vital. Y por eso, cuando los otros árboles echan hojas y flores en primavera, éste no echa nada pues no tiene vigor.

Así les pasa a los que no están muertos pero sí mortecinos. Y eso es distinto, pues aunque en invierno se parecen a los árboles secos y muertos, pero luego, en primavera, tienen hojas y luego flores y frutos, lo que jamás ocurre con un árbol muerto.

Y éste es un árbol como los otros, pero está muerto y jamás dará flores ni fruto. También la fe muerta tiene aspecto de fe viva, pero con la diferencia de que la primera no lleva flores ni frutos de buenas obras y la segunda los lleva siempre y en todas las estaciones.

Pasa lo mismo con la fe que con la caridad. Por las obras que hace la caridad se sabe si la fe es viva o muerta. Si no produce obras buenas, decimos que está muerta, y si son pequeñas y lentas, está moribunda.

Pero lo mismo que hay una fe muerta, hay una fe viva que le es contraria. Esta fe es excelente porque, estando unida con la caridad y vivificada por ella, es fuerte, firme y constante. Hace muchas y buenas obras, que merece que se la alabe por ellas diciendo: ¡Oh, qué fe tan grande!. ¡Hágase lo que deseas!.

Cuando decimos que es una fe grande, no hablamos de que tenga catorce o quince anas de longitud. ¡No! Es grande por las buenas acciones que lleva a cabo y por la multitud de virtudes que la acompañan.

Y la caridad, unida a la fe, no solamente va seguida de todas las virtudes, sino que, como reina suya, ella las manda y todas obedecen y luchan por ella según las ordena.

Guardar

Anuncios

Publicado el 5 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Pingback: LUCAS 6-7 |

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: