LUCAS 7, 36-50

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (7,36-50): facebook pq

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

36 Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa.

37 Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume.

38 Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.

39 Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!»

40 Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro!, respondió él.

LUCAS 7.36-50

41 «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta.

42 Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos amará más?».

43 Simón contestó: «Pienso que aquel a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien».

44 Y volviéndose hacia la mujer, dijo de Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.

45 Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies.

46 Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies.

47 Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor».

48 Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».

49 Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?».

50 Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

LOS MILAGROS NO OCURREN CUANDO LLORAS SINO CUANDO CREES

COMENTARIO:

Papa Francisco
Audiencia general del miércoles 2 de octubre de 2013 (trad. © copyright Libreria Editrice Vaticana)

“Sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados”

La Iglesia ofrece a todos la posibilidad de recorrer el camino de la santidad, que es el camino del cristiano: nos hace encontrar a Jesucristo en los sacramentos, especialmente en la Confesión y en la Eucaristía; nos comunica la Palabra de Dios, nos hace vivir en la caridad, en el amor de Dios hacia todos. Preguntémonos entonces: ¿nos dejamos santificar? ¿Somos una Iglesia que llama y acoge con los brazos abiertos a los pecadores, que da valentía, esperanza, o somos una Iglesia cerrada en sí misma? ¿Somos una Iglesia en la que se vive el amor de Dios, en la que se presta atención al otro, en la que se reza los unos por los otros?

Una última pregunta: ¿qué puedo hacer yo que me siento débil, frágil, pecador? Dios te dice: no tengas miedo de la santidad, no tengas miedo de apuntar alto, de dejarte amar y purificar por Dios, no tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. Dejémonos contagiar por la santidad de Dios. Cada cristiano está llamado a la santidad (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 39-42); y la santidad no consiste ante todo en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar actuar a Dios. Es el encuentro de nuestra debilidad con la fuerza de su gracia, es tener confianza en su acción lo que nos permite vivir en la caridad, hacer todo con alegría y humildad, para la gloria de Dios y en el servicio al prójimo. Hay una frase célebre del escritor francés Léon Bloy; en los últimos momentos de su vida decía: «Existe una sola tristeza en la vida, la de no ser santos».

COMENTARIO:

El evangelio nos enseña que no debemos avergonzarnos de llorar nuestros pecados y nuestras faltas, nos hace ver que no debemos tener inconveniente en arrepentirnos, y que podemos acercarnos como pecadores con toda confianza a Jesús.
La pecadora debe haber clavado su mirada en Jesús, implorando su misericordia, reconociendo sus pecados, confiada totalmente en Jesús, y a esa mirada, Jesús responde con la suya, que esta llena de compasión y comprensión, respondiendo “Tus pecados te son perdonados”.
Decía nuestro santo Padre Juan Pablo II, “No tengan miedo de mirarlo a EL”, Dios Jesús, nos esta esperando que le miremos para darnos su paz y amor.
“Acallado el entendimiento, mire que le mira” (Santa Teresa de Jesús, V 13, 22) 

 TEN CUIDADO EN COMO MIRAS EL MUNDO PORQUE EL MUNDO SERÁ COMO LO MIRES

Anfiloquio de Iconio, Homilía sobre la mujer pecadora (PG 61, 745-751)

Dios no nos pide otra cosa que la conversión

Un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. ¡Oh gracia inenarrable!, ¡oh inefable bondad! El es médico y cura todas las enfermedades, para ser útil a todos: buenos y malos, ingratos y agradecidos. Por lo cual, invitado ahora por un fariseo, entra en aquella casa hasta el momento repleta de males. Dondequiera que moraba un fariseo, allí había un antro de maldad, una cueva de pecadores, el aposento de la arrogancia. Pero aunque la casa de aquel fariseo reuniese todas estas condiciones, el Señor no desdeñó aceptar la invitación. Y con razón.

Accede prontamente a la invitación del fariseo, y lo hace con delicadeza, sin reprocharle su conducta: en primer lugar, porque quería santificar a los invitados, y también al anfitrión, a su familia y la misma esplendidez de los manjares; en segundo lugar, acepta la invitación del fariseo porque sabía que iba a acudir una meretriz y había de hacer ostensión de su férvido y ardiente anhelo de conversión, para que, deplorando ella sus pecados en presencia de los letrados y los fariseos, le brindara oportunidad de enseñarles a ellos cómo hay que aplacar a Dios con lágrimas por los pecados cometidos.

Y una mujer de la ciudad, una pecadora —dice—, colocándose detrás, junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas. Alabemos, pues, a esta mujer que se ha granjeado el aplauso de todo el mundo. Tocó aquellos pies inmaculados, compartiendo con Juan el cuerpo de Cristo. Aquél, efectivamente, se apoyó sobre el pecho, de donde sacó la doctrina divina; ésta, en cambio, se abrazó a aquellos pies que por nosotros recorrían los caminos de la vida.

Por su parte, Cristo —que no se pronuncia sobre el pecado, pero alaba la penitencia; que no castiga el pasado, sino que sondea el porvenir—, haciendo caso omiso de las maldades pasadas, honra a la mujer, encomia su conversión, justifica sus lágrimas y premia su buen propósito; en cambio, el fariseo, al ver el milagro queda desconcertado y, trabajado por la envidia, se niega a admitir la conversión de aquella mujer: más aún, se desata en improperios contra la que así honraba al Señor, arroja el descrédito contra la dignidad del que era honrado, tachándolo de ignorante: Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando.

Jesús, tomando la palabra, se dirige al fariseo enfrascado en tal tipo de murmuraciones: Simón, tengo algo que decirte. ¡Oh gracia inefable!, ¡oh inenarrable bondad! Dios y el hombre dialogan: Cristo plantea un problema y traza una norma de bondad, para vencer la maldad del fariseo. El respondió: Dímelo, maestro. Un prestamista tenía dos deudores. Fíjate en la sabiduría de Dios: ni siquiera nombra a la mujer, para que el fariseo no falsee intencionadamente la respuesta. Uno —dice— le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, les perdonó a los dos. Perdonó a los que no tenían, no a los que no querían: una cosa es no tener y otra muy distinta no querer. Un ejemplo: Dios no nos pide otra cosa que la conversión: por eso quiere que estemos siempre alegres y nos demos prisa en acudir a la penitencia. Ahora bien, si teniendo voluntad de convertirnos, la multitud de nuestros pecados pone de manifiesto lo inadecuado de nuestro arrepentimiento, no porque no queremos sino porque no podemos, entonces nos perdona la deuda. Como no tenían con qué pagar, les perdonó a los dos.

¿Cuál de los dos lo amará más? Simón contestó: —Supongo que aquel a quien le perdonó más. Jesús le dijo: —Has juzgado rectamente. Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: —¿Ves a esta mujer pecadora, a la que tú rechazas y a la que yo acojo? Desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Por eso te digo, sus muchos pecados están perdonados. Porque tú, al recibirme como invitado, no me honraste con un beso, no me perfumaste con ungüento; ésta, en cambio, que impetró el olvido de sus muchos pecados, me ha hecho los honores hasta con sus lágrimas.

Por tanto, todos los aquí presentes, imitad lo que habéis oído y emulad el llanto de esta meretriz. Lavaos el cuerpo no con el agua, sino con las lágrimas; no os vistáis el manto de seda, sino la incontaminada túnica de la continencia, para que consigáis idéntica gloria, dando gracias al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él la gloria, el honor y la adoración, con el Padre y el Espíritu Santo ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Guillermo de Saint-Thierry (hacia 1085-1148) monje benedictino, después cisterciense
Oraciones meditativas, nº 5
«La casa se llenó de la fragancia del perfume»

Desde mi infancia que no he dejado de pecar, y tú no has dejado de hacerme el bien.. A pesar de ello, Señor, que tu juicio sea movido tan sólo por la misericordia. El pecado te da ocasión para condenar el pecado… ¡Quieras encontrar mi corazón digno del fuego de tu perfecto amor, que su intenso calor haga salir de mí y consuma todo el veneno del pecado! Que ponga al desnudo toda la infección de mi conciencia y ésa se ahogue con las lágrimas de mis ojos.
Que tu cruz crucifique toda la concupiscencia de la carne, de los ojos y el orgullo de la vida, que han consentido gracias a mi larga negligencia.
Señor, quienquiera podrá muy bien escucharme y burlarse de mi confesión: que me mire yaciendo, con tu pecadora, a los pies de tu misericordia, regándolos con las lágrimas de mi corazón, derramando sobre ellos el perfume de una tierna devoción (Lc 7,38). Que todos mis recursos, por pobres que sean, de cuerpo o alma, sean empleados para comprar este perfume que te complace. Lo derramaré sobre tu cabeza, sobre ti cuya cabeza es Dios; y sobre tus pies, sobre ti cuya franja es nuestra naturaleza enferma. Si el fariseo murmura, ¡tú, Dios mío, ten piedad de mí! Aunque el ladrón que conserva los cordones de la bolsa rechine de dientes, no temo en absoluto disgustar a quien sea con tal que yo te complazca.
¡Oh amor de mi corazón, que cada día,hasta sin parar, te derrame este perfume, porque derramándolo sobre ti, también lo derramo sobre mí mismo… Dame saber darte lealmente el don de todo lo que tengo, de todo lo que sé, de todo lo que soy, de todo lo que puedo! ¡Que no me reserve nada! Estoy ahí, a los pies de tu misericordia; es ahí que estaré siempre, que lloraré hasta que me hagas oír tu suave voz, el juicio de tu boca, la sentencia de tu justicia y de la mía: «Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor» (Lc 7,47)

MIEDO MUJER PECADORA

 

COMENTARIO:

PADRE JUAN MOLINA:

La mirada de Simon el fariseo, mirada de desprecio y prejuicio mantenía a aquella mujer del evangelio de hoy en una vida atrapada en una espiral de pecado… Con miedo! Pero la mirada de Jesús era sanadora, cargada de esperanza y fuerza para devolverle la dignidad como mujer… Para recordarla en lo más profundo de su ser que es hija de Dios, que es valiosa a sus ojos….

La mirada de Dios no genera miedo…. Genera Vida!

La mirada de Dios no nos hunde en nuestra miseria y nuestro pecado sino que nos levanta de él, nos libera y nos devuelve la dignidad de hijos!

El amor intenso escondido detrás del silencio

CARMEN CAÑADA

“Bebiste de mi agua en tu sed, y saciaste mi sed con AGUA VIVA. Supiste que de noche te buscaba, y escuché que decías: RENACE A VIDA NUEVA. Cenaste en mi casa, allí, conmigo, y en tu Casa encontré la del AMIGO. Me viste sin yo ver… en la tiniebla, y fue BARRO y AMOR… fue LUZ de estrellas. ¡PORQUE SÓLO TU AMOR VALE MÁS QUE LA VIDA!” (Carmen Cañada).

Una pecadora… vino con un frasco de perfume y ungía con el perfume. Una pecadora se acerca a Jesús. Empieza a amar y todo cambia. Esta mujer, a la que le han quitado el nombre y ya todos llaman ‘la pecadora’, ha intuido quién es Jesús. No entiende por qué la ama tanto, por qué no la condena. El amor de Jesús, tan gratuito y sorprendente, despierta en ella el perfume que llevaba escondido en el corazón y se pone a amar a Jesús con el callado amor, sin importarle lo que digan a su alrededor. La vida es aprender a amar. Una mujer se da decidido a ello. Saber que tú, Jesús, nos amas. Ahí está todo.

‘Simón, tengo algo que decirte’. Un fariseo, Simón, éste sí tiene nombre y renombre, ha invitado a Jesús a su casa. Especialista en juzgar y condenar, se aleja de la pecadora y desprecia a Jesús, porque se deja tocar por ella. Sabe mucho de normas, pero no de la ternura de Dios. Ve sombras en los demás, pero no ve las suyas. No tiene corazón, no sabe amar. No sabe que solo el amor puede cambiar los corazones. Parece que está vivo y está muerto. Jesús tiene algo que decirle, tiene mucho que decirle. Dinos, Jesús, lo que tienes que decirnos.

‘¿Ves a esta mujer?… Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor’. Jesús ofrece al fariseo los ojos de Dios, cuya santidad no se contamina al tocar nuestro pecado; le invita a que abandone la mirada de desprecio y estrene una mirada de bondad. Jesús todo lo pone del revés, presenta a la pecadora como una página preciosa del evangelio, porque ha amado mucho y el amor está por encima del pecado. Un gesto de amor, atrevido, hace feliz a Jesús, toca su corazón, le recuerda al Padre que solo sabe amar. El futuro es de los que aman, de los que quieren vivir el momento presente colmándolo de amor. Jesús, enséñanos a orar con el amor.

Jesús dijo a la mujer: ‘Tu fe te ha salvado, vete en paz’. La pecadora ha entrado en la dinámica del amor. La presencia amorosa de Jesús, su perdón gratuito, ha despertado su amor. La fuerza del amor de Jesús es irresistible y la mujer lo ha elegido como el amor de su vida. Ahora puede irse en paz, porque ha sido salvada por el amor de Jesús. Ahora puede caminar enamorada de verdad. Nunca había experimentado este amor tan hondo, tan liberador. Otros amores la habían dejado sola. Este amor le da dado sentido a su vida. Ella va con Jesús y Jesús va con ella. Nuestra oración termina con un acto de confianza en Jesús, con un acto de agradecimiento a los que se han atrevido a amar a Jesús. Él nos necesita para amar. Encontrarnos contigo, Jesús de Nazaret, es la dicha más grande de nuestra vida. Encontrarnos contigo, Jesús de Nazaret. Porque solo tu amor vale más que la vida.

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Publicado el 5 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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