JUAN 20, 11-18

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (20, 11-18): facebook pq

11 María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro

12 y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.

13 Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

14 Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.

15 Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».

16 Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!».

JUAN 20, 11-17

17 Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: «Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes».

Obra del del Beato Angelico (1395-1455), el famoso Noli Me Tangere, situado en el Convento de San Marcos de Florencia. Toda la naturaleza que rodea a las dos figuras enmarca este encuentro y está lleno de simbolismo: el ciprés es signo de muerte; la palma de resurrección y el olivo de paz. El cromatismo de los colores simbólicos recuerdan las virtudes teologales que sostienen la vida de fe: el blanco de la roca y del manto de Jesús, símbolo de la fe; el verde de la naturaleza florida, símbolo de la esperanza; el rojo del vestido de María, símbolo de su gran amor y caridad. Esta imagen, de un gran lirismo, nos muestra el anhelo que subyace en el corazón de todo ser humano: es el deseo de esa Presencia, que es la única que puede llenar la vida.

Obra del del Beato Angelico (1395-1455), el famoso Noli Me Tangere, situado en el Convento de San Marcos de Florencia.
Toda la naturaleza que rodea a las dos figuras enmarca este encuentro y está lleno de simbolismo: el ciprés es signo de muerte; la palma de resurrección y el olivo de paz. El cromatismo de los colores simbólicos recuerdan las virtudes teologales que sostienen la vida de fe: el blanco de la roca y del manto de Jesús, símbolo de la fe; el verde de la naturaleza florida, símbolo de la esperanza; el rojo del vestido de María, símbolo de su gran amor y caridad. Esta imagen, de un gran lirismo, nos muestra el anhelo que subyace en el corazón de todo ser humano: es el deseo de esa Presencia, que es la única que puede llenar la vida.

18 María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

COMENTARIO:

“Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas? Al que buscas está contigo ¿no lo sabes? ¿Posees la verdadera, eterna felicidad y lloras? Tienes dentro de ti lo que buscas fuera. Y verdaderamente estás fuera, llorando al lado de una tumba. Pero Cristo te dice: tu corazón es mi sepulcro: en él no descanso muerto, sino que vivo eternamente. Tu alma es mi jardín. Tu llanto, tu amor y tu deseo son obra mía: tú me posees dentro sin saberlo, por eso me buscas fuera. Entonces apareceré ante ti fuera, para volver a llevarte a tu intimidad y hacer que encuentres dentro lo que buscas fuera. María, yo te conozco por tu nombre; aprende a conocerme por la fe. No me retengas… porque aún no he subido al Padre: tú aún no has creído que yo soy igual, coeterno y consustancial al Padre. Cree esto y será como si me hubieras tocado.Tú ves el hombre, por eso no crees, porque no se cree lo que se ve. A Dios no le ves: cree y verás” (San Bernardo, In Passione et resurrectione Domini, 15,38).

San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Sermón sobre el Cantar de los Cantares, n° 28, 9
¿Qué buscas?

Sólo el sentido del oído puede alcanzar la verdad, porque solo él entiende la palabra… “No me toques”, esto es: desentiéndete de ese sentido seductor;apóyate en la palabra y familiarízate con la fe. La fe ignora el error, la fe abarca lo invisible, no conoce la limitación de los sentidos; además trasciende los límites de la razón humana, el proceso de la naturaleza, los términos de la experiencia ¿Por qué le preguntas a la mirada lo que no puede saber? ¿Para qué se empeñan las manos en palpar lo que le supera? Todo lo que te pueden enseñar es de un nivel inferior. Pero la fe te dirá de mí cosas que no menguan en nada mi majestad. Aprende a poseer con más certeza, a seguir con más seguridad lo que ella te aconseja. “No me toques, que aun no estoy arriba con el Padre”. Como si cuando haya subido, quisiera que lo tocasen o fuese ello posible. Claro que podrá; pero con su afecto, no con sus manos; con el deseo, no con la mirada; con la fe, no con los sentidos. ¿Por qué quieres tocarme ahora, si valoras la gloria de mi resurrección por lo que te dicen los sentidos? ¿No sabes que durante el tiempo de mi mortalidad, los ojos de mis discípulos no pudieron soportar la gloria de mi cuerpo transfigurado, que aún debía morir? Todavía complaceré tus sentidos revistiéndome de siervo, para que puedas conocerme como antes. Pero mi gloria es extraordinaria…Prescinde, pues, de tu juicio… de un misterio reservado para la fe… Lo que el ojo nunca vio, ni oreja oyó, ni hombre alguno ha imaginado (1Co 2,9), la fe lo lleva cerrado y lo guarda sellado dentro de sí misma. Me tocará dignamente la fe, si me acepta sentado a la derecha del Padre (Mc 16,19; Sal. 109,1), no en la forma de siervo, sino en un cuerpo celestial idéntico al anterior, aunque de forma distinta. ¿Por qué quieres tocar mi cuerpo deforme? Espera un poco y tocarás mi cuerpo hermoso. Pues lo que ahora es deforme se volverá bello.

San Gregorio Palamás (1296-1359), monje, obispo y teólogo
Homilía 20: PG 151, 266.271
“Ve a buscar a mis hermanos”

Entre las mujeres que llevaron el perfume a la tumba de Cristo, María Magdalena, es la única de la cuál celebramos su memoria. Cristo había expulsado de ella siete demonios (Lc 8,2), para dar cabida a los siete dones del Espíritu. Su perseverancia en permanecer cerca de la tumba, le ha valido la visión y la conversación con los ángeles y luego, después de haber visto al Señor, se convierte en su apóstol ante los apóstoles. Instruida y plenamente garantizada por la boca misma de Dios, les va a anunciar que ha visto al Señor y a repetirles lo que le dijo.
Consideremos, hermanos míos, cómo María Magdalena le precede en dignidad a Pedro, el jefe de los apóstoles, y a Juan, el discípulo muy amado de Cristo, y cómo, por tanto, ella ha sido más favorecida que éstos. Ellos cuando se acercaron al sepulcro, no vieron más que las vendas y el sudario; pero, ella, que había permanecido hasta el final con una firme perseverancia en la puerta de la tumba, ha visto, antes que los apóstoles, no sólo a los ángeles, sino al mismo Señor de los ángeles resucitado, en la carne. Ha oído su voz y así Dios, se ha servido de su palabra.

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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