MARCOS 6, 17-29

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (6,17-29): facebook pq

17 Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado.

18 Porque Juan decía a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano».

19 Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía,

20 porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía.

21 Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea.

22 La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras y te lo daré».

23 Y le aseguró bajo juramento: «Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».

24 Ella fue a preguntar a su madre: «¿Qué debo pedirle?». «La cabeza de Juan el Bautista», respondió esta.

25 La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: «Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».

26 El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla.

27 En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan.

28 El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre.

29 Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

DSC01444 SAN JUAN BAUTISTA

CABEZA DE SAN JUAN BAUTISTA EN LA BASILICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES (ROMA)

SAN JERÓNIMO

“Pues se había hecho ya célebre el nombre de Jesús”, etc., porque no es permitido ocultar la lámpara bajo el celemín. Y decían algunos del gentío: Sin duda que Juan Bautista ha resucitado de entre los muertos, y por eso tiene la virtud de hacer milagros.

O de otro modo: la cabeza de la ley, que es Cristo, es separada del propio cuerpo –del pueblo judío- y entregada a una joven pagana, esto es, a la Iglesia Romana, que se la da a su madre adúltera, es decir, a la Sinagoga, que vendrá al fin a la fe; y el cuerpo de San Juan es sepultado y su cabeza colocada en una fuente, representando así que la letra humana es ocultada y que el Espíritu es honrado y recibido en el altar.

San Juan es el único santo de quien la Iglesia conmemora el nacimiento y la muerte. Con su ejemplo lleno de fortaleza, el Precursor nos enseña a cumplir, a pesar de todos los obstáculos, la misión que cada uno hemos recibido de Dios.

SAN JUAN BAUTISTA DEGOLLACIÓN MASSIMO STANZIONE, MUSEO DEL PRADO (1624)

MASSIMO STANZIONE. SAN JUAN BAUTISTA DEGOLLACIÓN, MUSEO DEL PRADO (1634)

San Cipriano, obispo y mártir
Obras: Juan Bautista, mártir por la verdad
Exhortación al martirio, 13 : CSEL 3, 346
«Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron» (Mc 6,29).

“No existe comparación entre los sufrimientos del tiempo presente y la gloria que un día Dios nos revelará” (Rm 8,18). ¿Quién pues, no trabajaría con todas sus fuerzas para obtener tal gloria, para hacerse amigo de Dios, regocijarse para siempre en compañía de Jesucristo, y recibir la recompensa divina después de los tormentos y los suplicios de este mundo? Para los soldados de este mundo, es glorioso volver triunfalmente a su patria después de haber vencido al enemigo. ¿No es una gloria mucho mayor volver triunfalmente, después de haber vencido al demonio, al paraíso de donde Adán había sido expulsado a causa de su pecado? ¿De devolver el trofeo de la victoria después de haber abatido al que lo había perdido? ¿De ofrecerle a Dios, como botín magnífico, una fe intacta, un coraje espiritual sin desfallecimiento, una devoción digna de elogios?… ¿De llegar a ser coheredero con Cristo, de ser igualado a los ángeles, de gozar con felicidad del reino de los cielos con los patriarcas, los apóstoles, los profetas? ¿Qué persecución puede vencer tales pensamientos, que pueden ayudarnos a superar los suplicios?…

La tierra nos encarcela por sus persecuciones, pero el cielo permanece abierto… ¡Qué honor y qué seguridad salir de este mundo con alegría, de salir glorioso atravesando pruebas y sufrimientos! ¡Cerrar un instante los ojos que veían a los hombres y al mundo, para volverlos a abrir enseguida y ver a Dios y a Cristo!… Si la persecución asalta a un soldado tan preparado, no podrá vencer su coraje. Aunque seamos llamados al cielo antes de la lucha, la fe que se había preparado así, no quedará sin recompensa… En la persecución Dios corona a sus soldados; en la paz corona la buena conciencia.

SAN BEDA el Venerable (c.673-735), monje benedictino, doctor de la Iglesia
Himno para el martirio de san Juan Bautista; PL 94, 630
Precursor en la muerte como en la vida

Ilustre precursor de la gracia y mensajero de la verdad,
Juan Bautista, la antorcha de Cristo,
llega a ser el evangelista de la Luz eterna.
El testimonio profético que no cesó de dar,
en su mensaje, toda su vida y su actividad,
hoy lo signa con su sangre y su martirio.
Siempre había precedido a su Maestro:
Naciendo, había anunciado su venida al mundo.
Bautizando a los penitentes en el Jordán,
había prefigurado a aquél que venía a instituir su bautismo.
Y la muerte de Cristo Redentor, su Salvador,
que dio vida al mundo,
Juan Bautista la vivió también antes,
derramando su sangre por él, por amor.

Un tirano cruel lo escondió en una prisión y entre hierros,
en Cristo, las cadenas no pueden atar
a aquel a quien un corazón libre abre al Reino.
¿Cómo la oscuridad y las torturas de un oscuro calabozo
podían cambiar la razón de aquel que ve la gloria de Cristo,
y que de él recibe los dones del Espíritu?
Gustosamente ofrece su cabeza a la espada del verdugo;
¿cómo podía perder su cabeza aquel que tiene por Jefe a Cristo?

Es dichoso por acabar hoy su misión de precursor
saliendo de este mundo.
Aquel de quien había dado testimonio viviendo,
Cristo que viene y que está allí,
proclama hoy su muerte.
El país de los muertos
¿podía retener a este mensajero que se le escapa?
Los justos, los profetas y los mártires se gozan,
yendo con él al encuentro del Salvador.
Todos rodean a Juan con su alabanza y su amor.
Con él, suplican desde ahora a Cristo de ir hacia los suyos.

Oh gran precursor del Redentor, no va a tardar el que libera de la muerte para siempre.
¡Conducido por tu Señor, entra, con los santos, en la gloria!

MENTIRA UNA

Orígenes, presbítero
Homilía: Precursor de Cristo en su nacimiento y en su muerte.
Homilía 27 sobre san Lucas, 2-4.
«» (Mc ,).

Admiramos a san Juan Bautista, sobre todo, por el testimonio siguiente: “Entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan Bautista” (Lc 7,28); mereció que le tuvieran en una tal reputación que muchos llegaron a pensar que él era Cristo (Lc 3,15). Pero aún hay en él algo más admirable: el tetrarca Herodes gozaba de un poder real que podía, incluso, hacerle morir cuando quisiera. Pues bien, Herodes había cometido una acción injusta y contraria a la ley de Moisés quedándose con la mujer de su hermano. Juan, sin tenerle miedo, ni haciendo acepción de personas, sin preocuparse del poder real, sin temer a la muerte…, conociéndose todos estos peligros, con la libertad de los profetas reprendió a Herodes y le recriminó su matrimonio. Encarcelado por esta audacia, no se preocupó de la muerte, ni de un juicio cuyo fin era incierto, sino que, en medio de sus cadenas, sus pensamientos iban dirigidos a Cristo a quien había anunciado.

No pudiendo ir a su encuentro en persona, envía a sus discípulos para que se informen: “¿Eres tú el que ha de venir, o hemos de esperar a otro?” (Lc 7,19). Fijaos bien como, aún desde su cárcel, Juan enseñaba. Incluso estando en este lugar tenía discípulos; incluso estando encarcelado Juan cumplía con su deber de maestro e instruía a sus discípulos a través de las conversaciones sobre Dios que tenía con ellos. Es en estas circunstancias que salió el problema sobre Jesús, y Juan le envía, pues, algunos discípulos…

Los discípulos regresan y narran a su maestro lo que el Salvador les había encargado anunciarle. Esta respuesta es, para Juan, un arma para afrontar el combate; muere con esta certeza y a gusto se deja decapitar, asegurado, por la palabra del mismo Señor, que aquél en quien él creía era verdaderamente el Hijo de Dios. Tal sido la libertad de Juan Bautista, tal ha sido la locura de Herodes el cual añadió, a otros numerosos crímenes, primero el encarcelamiento, y después la muerte de Juan Bautista.

DESEO DECISIÓN

San Beda el Venerable, presbítero
Homilía: Juan Bautista, mártir de la verdad.
Homilía 23, libro 2: CCL 122, 356-357.
«» (Mc ,).

No cabe ninguna duda de que San Juan Bautista sufrió prisión por nuestro Redentor, a quien precedía con su testimonio, y que por él dio su vida. Porque aunque su perseguidor no le exigió negar a Cristo, sí le exigió que callase la verdad, y es por esto que murió por Cristo. En efecto, Cristo mismo dijo: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). Puesto que derramó su sangre por la verdad, ciertamente la derramó por Cristo. Con su nacimiento, Juan testimonió que Cristo iba a nacer; con su predicación testimonió que Cristo iba a predicar, y con su bautismo, que iba a bautizar. Al sufrir su pasión, significaba que Cristo también debía sufrirla…

Este hombre tan grande llegó pues al término de su vida derramando su sangre después de una larga y penosa cautividad. Habiendo anunciado la buena nueva de la libertad de una paz superior, fue arrojado en prisión por unos impíos. Fue encerrado en la lobreguez de un calabozo el que había venido a dar testimonio de la luz… En su propia sangre es bautizado el que tuvo el honroso encargo de bautizar al Redentor del mundo, de escuchar la voz del Padre dirigida a Cristo, y ver descender sobre él la gracia del Espíritu Santo.

Ya lo dijo el apóstol Pablo: «A vosotros se os ha dado la gracia de creer en Jesucristo y aún de padecer por él» (Flp 1,29). Y si dice que sufrir por Cristo es un don que éste concede a sus elegidos, es porque, tal como dice en otro lugar: «Considero que los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá» (Rm 8,18).

Beato Guerrico de Igny, abad
Homilía:
Sermón para Todos los Santos: PL 85, 205.
«Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mc ,).

“Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. El Nuevo Testamento, al principio, es totalmente gozoso y lleno de la nueva gracia; e incluso un poco provoca al no creyente o al perezoso a que escuche, y quizás más todavía, a actuar, prometiendo la felicidad al desdichado y el Reino de los cielos al exiliado, a los que viven en la desgracia. El principio de la Nueva Ley es agradable de escuchar y comienza bajo felices auspicios ya que, desde el principio, el legislador pronuncia tantas palabras llenas de felicidad. Así los que se sienten atraídos por ellas caminarán de virtud en virtud subiendo los ocho peldaños que el Evangelio ha construido y puesto en su lugar en nuestro corazón… Porque se trata, claro está, de la subida que deben hacer los corazones y del progreso de los méritos a través de ocho grados de virtud, que gradualmente conducen al hombre desde lo más bajo hasta los niveles más altos de perfección evangélica. De tal manera que entrará al fin a ver al Dios de los dioses en Sión (Sl 83,3), en su templo, del cual el profeta dice: “Se subía a él por ocho peldaños” (Ez 40, 37).

La primera virtud de los principiantes es la renuncia al mundo a través de la cual llegamos a ser pobres de corazón; la segunda es la mansedumbre, por la cual nos sometemos a la obediencia y nos acostumbramos a ella; después el dolor con el cual lloramos nuestros pecados, o bien en medio del llanto, pedimos las virtudes. Las gustamos, ciertamente, allí donde más sentíamos hambre y sed de justicia, tanto para nosotros como para los demás, y comenzamos a sentir celo por los pecadores. Ahora bien para que un ardor inmoderado no se convierta en falta, debe venir acompañado de misericordia que temperará el ardor. Aplicándose y ejercitándose en esta virtud, cuando habrá aprendido a ser justo y misericordioso, quizás será capaz de entrar en la contemplación y dedicarse a purificar su corazón con el fin de ver a Dios.

Lansperge el Cartujano
Sermón: Vivió y murió para Cristo
Sermón para la fiesta del martirio de S. Juan Bautista. Opera omnia II, p., 514- 515; 518-519
«Juan decía a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”» (Mc 6,18).

La muerte de Cristo está al origen de un multitud de creyentes. Por la fuerza del mismo Señor Jesús, y gracias a su bondad, la muerte preciosa de sus mártires y de sus santos ha hecho nacer una gran multitud de cristianos. Jamás, en efecto, la religión cristiana ha podido ser aniquilada por la persecución de los tiranos y la muerte injustificable de inocentes: ella más bien ha obtenido cada vez más un gran aumento.

Nosotros tenemos un ejemplo en San Juan, el que bautizó a Cristo y por tanto nosotros festejamos hoy el santo martirio. Herodes, ese rey infiel, quiso, por fidelidad a su juramento, borrar completamente de la memoria de los hombres el recuerdo de Juan. Pues, no solamente Juan no fue aniquilado, sino millares de hombres inflamados por su ejemplo, acogerán la muerte con alegría por la justicia y la verdad… ¿qué cristiano, digno de tal nombre, no venera hoy a Juan, el que bautizó al Señor? Por todo el mundo los cristianos celebran su memoria, todos las generaciones lo proclaman bienaventurado y sus virtudes llenan la Iglesia de su perfume. Juan no ha vencido él solo y no ha muerto él solo.

Juan Bautista, muere por Cristo Juan no vivió para él mismo ni murió para él mismo. ¡A cuántos hombres, cargados de pecados, no habrá llevado a la conversión con su vida dura y austera! ¡Cuántos se habrán visto confortados en sus penas por el ejemplo de su muerte inmerecida! Y a nosotros, ¿de dónde nos viene hoy la ocasión de poder dar gracias a Dios sino por el recuerdo de Juan, asesinado por la justicia, es decir, por Cristo?…

Sí, Juan Bautista ha ofrecido generosamente su vida terrena por amor a Cristo; ha preferido desobedecer las órdenes del tirano a desobedecer las de Dios. Este ejemplo nos tiene que mostrar que nada ha de ser más importante que la voluntad de Dios. Agradar a los hombres no sirve para mucho; incluso, a menudo perjudica en gran manera… Por tanto, con todos los amigos de Dios, muramos a nuestros pecados y a nuestras preocupaciones, aplastemos nuestro amor propio desviado y procuremos que crezca en nosotros el amor ardiente a Cristo.

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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