MARCOS 6, 7-13

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (6,7-13):

7 Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros.

8 Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero;

9 que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

10 Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.

11 Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

12 Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión;

13 expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

MARCOS 6.7-13

SAN GREGORIO MAGNO

(CÓMO DEBE SER EL MISIONERO A CARGO DE LA COMUNIDAD)

EL PRELADO DEBE IR SIEMPRE DELANTE EN EL OBRAR

El prelado debe ser siempre el primero en obrar, para, con su ejemplo, mostrar a los súbditos el camino de la vida, y para que la grey que sigue la voz y costumbres del pastor camine guiada por los ejemplos más bien que por las palabras; pues quien, por deber de su puesto, tiene que decir cosas grandes, por el mismo deber viene obligado a mostrarlas; que más agradablemente penetra los corazones de los oyentes la palabra que lleva el aval de la vida del que habla, porque a la vez que, hablando, manda, ayuda a hacerlo mostrándolo con las obras. Por esto dice el profeta (Is. 40,9): Súbete sobre un alto monte tú, que anuncias buenas nuevas a Sión ; esto es, que quien predica cosas celestiales, dejadas al punto las obras terrenas, parezca estar fijo en la cumbre de todas ellas, y tanto más fácilmente atraiga a los súbditos a mejores obras cuanto desde mayor altura dama con el mérito de su vida.

He ahí por qué, según la ley divina (Ex. 29), el sacerdote toma la espaldilla derecha y la aparta para el sacrificio; significando que su proceder debe ser no sólo útil, sino también ejemplar; es decir, que no sólo sus obras sean buenas entre las de los malos, sino que, además, así como en el honor de su puesto supera también a los súbditos que obran rectamente, asimismo los aventaje en la bondad de sus costumbres. Al cual sacerdote está además reservado el comer el pechito con la espaldilla, para que aprenda a inmolar a Dios en sí mismo lo que se le prescribe comer del sacrificio, y para que no sólo medite en su pecho las cosas rectas, sino que, además, con la espaldilla de sus obras invite a cuantos le ven a pensar en cosas altas, y para que no apetezca prosperidad alguna de la vida presente ni tema adversidad alguna.

Teniendo, pues, presente el temor íntimo, desprecie los halagos del mundo, y la reflexión ahuyente los temores con el atractivo de la dulcedumbre interior. Por lo cual, también con mandato de la Palabra divina, el sacerdote se cubre ambos hombros con el velo del sobrehumeral, para que con el ornato de las virtudes se defienda siempre contra lo adverso y contra lo próspero, puesto que, según palabra de San Pablo (2 Cor. 6,7), con las armas de la justicia pueda combatir a la diestra y a la siniestra, esto es, que, proponiéndose sólo la rectitud, no decline a un lado ni a otro de la baja delectación: no le engrían las prosperidades, ni la adversidad le conturbe; no le cautiven las cosas lisonjeras hasta el extremo de apetecerlas ni le lleven hasta la desesperación las cosas desagradables; de suerte que, no rebajando con pasión alguna la rectitud del alma, muestre toda la hermosura del humeral con que se cubre ambos hombros.

Superhumeral que sabiamente se manda que esté hecho de oro, y de jacinto, y de púrpura, y de grana dos veces teñida, y de lino fino retorcido, para demostrar con cuánta variedad de virtudes debe resplandecer el sacerdote.

De manera que en la vestidura del sacerdote debe brillar ante todo el oro, para que en él sobresalga principalmente la inteligencia de la sabiduría.

Al cual se agrega el jacinto, que resplandece con el color del cielo; para que de todo lo que penetra con su inteligencia se levante, no a los amores de cosas bajas, sino al amor de las celestiales, no sea que, si, incauto, se deja conquistar por sus alabanzas, quede también despojado de la misma inteligencia de la verdad.

También se mezcla con el oro y el jacinto la púrpura, para que se entienda que el corazón del sacerdote, esperando las cosas sublimes que predica, debe reprimir en sí mismo las sugestiones de los vicios y oponerse a ellas como con potestad regia, como quien tiene siempre presente la nobleza de la interna regeneración y preserva con sus costumbres la vestidura del reino celestial. En efecto, de esta nobleza del espíritu dice San Pedro (1 Pe 2,9): “Vosotros sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes” . También nos aseguramos de esta potestad, por la que reprimimos los vicios, con la palabra de San Juan, que dice (1,12): “A todos los que le recibieron, que son los que creen en su nombre, dióles poder de llegar a ser hijos de Dios” ; y el salmista encomia esta dignidad diciendo (Ps. 138,17): “Yo veo, Dios mío, que tú has honrado sobremanera a tus amigos; su imperio ha llegado a ser sumamente poderoso” ; porque, en verdad, el espíritu de los santos se levanta de un modo particular a las alturas, aun cuando exteriormente se les ve soportar resignados las cosas viles.

Y al oro, al jacinto y a la púrpura se agrega además la grana dos veces teñida, para que todos los bienes de las virtudes queden hermoseados por la caridad ante los ojos del Juez interior; y así, lo que ante los hombres brilla, ante los ojos del Juez oculto lo inflame la llama del amor interior; caridad que, en efecto, ilumina como con doble tintura al que ama a Dios y al prójimo. Luego quien por desear la hermosura de Dios abandona el cuidado del prójimo, o por cuidar de los prójimos se entibia en el amor divino, Por descuidar una cualquiera de estas dos cosas, no sabe tener en el ornato del superhumeral la grana dos veces teñida.

Pero, aunque el alma se entregue a cumplir los preceptos de la caridad, sin duda falta todavía que se mortifique la carne por medio de la abstinencia. Por lo cual, a la grana dos veces teñida se agrega el lino retorcido, Y pues de la tierra toma el lino su nítida belleza, ¿qué se significa por el lino sino la castidad, que resplandece con la hermosura de la pureza del cuerpo? Lino fino retorcido que también se agrega al ornamento del superhumeral, porque, cuando se mortifica la carne con la abstinencia, entonces llega la castidad al perfecto candor de la pureza.

De modo que, cuando entre las demás virtudes va también adelante el mérito de la carne mortificada, es como que entre la varia hermosura del superbumeral resplandece el lino retorcido.

EL PRELADO DEBE SER DISCRETO EN EL SILENCIO Y ÚTIL EN EL HABLAR

Sea el prelado discreto en el silencio y útil cuando hable, de modo que ni diga lo que se debe callar ni calle lo que se debe decir; porque así como el hablar imprudente conduce al error, así también el silencio indiscreto deja en el error a los que podían ser instruidos, pues con frecuencia los prelados imprudentes, temiendo perder el favor humano, no se atreven a decir libremente lo que se debe y, conforme a lo que dice la Verdad , ya no se cuidan de la grey con amor de pastores, sino cual mercenarios, puesto que cuando viene el lobo huyen, esto es, se resguardan bajo el silencio.

Y por esto el Señor los increpa por el profeta, diciendo (Is. 56, 10): “Perros mudos, impotentes para ladrar”. Por lo mismo, de nuevo se queja, diciendo (Ez. 13,5): “Vosotros no habéis hecho frente ni os habéis opuesto como muro a favor de la casa de Israel, para sostener la pelea en el día del Señor”. En efecto, hacer frente es oponerse a las potestades de este mundo, hablando con santa libertad en defensa del pueblo; y sostener la pelea en el día del Señor es resistir, por amor a la justicia, a los malos que pelean; y, aplicándolo al pastor, ¿qué otra cosa es no haberse atrevido a predicar la rectitud sino volver, callando, la espalda al enemigo? El cual pastor, si sale a la defensa de la grey, opone un muro a favor de la casa de Israel. Por eso, en otra parte se dice al pueblo delincuente (Ez, 13): “Tus profetas te anunciaron cosas falsas y necedades y no descubrieron tu iniquidad para excitarte a la penitencia”.

Es de saber que en la Sagrada Escritura se da algunas veces el nombre de profetas a los que enseñan. Los cuales profetas, cuando indican como presentes los sucesos, declaran los que han de suceder.

A éstos acusa la Palabra divina de que anuncian falsedades, porque, cuando temen corregir las culpas, halagan con la impunidad a los delincuentes, pues nunca descubren la maldad de los que pecan, porque, en vez de increparlos, enmudecen; siendo así que la llave para descubrirlo es la palabra de la corrección, porque la acusación descubre la culpa que muchas veces desconoce hasta el mismo que la cometió. Por eso San Pablo dice (Tit. 1,9): “A fin de qué seas capaz de instruir en la sana doctrina y redargüir a los que contradijeren”. Por lo mismo se dice por Malaquías (2,7): “En los labios del sacerdote ha de estar el depósito de la ciencia, y de su boca se ha de aprender la Ley, puesto que él es el ángel del Señor de los ejércitos”. Y también el Señor amonesta por Isaías (40), diciendo: “Clama sin cesar, alza esforzadamente tu voz”.

Quienquiera, pues, qué se llegue al sacerdocio, recibe el oficio de pregonero, para que, antes de la llegada del Juez, que viene después con terror, él mismo le preceda clamando. Por tanto, si el sacerdote no sabe predicar, ¿qué voces dará el pregonero mudo? Que por esto el Espíritu Santo se asentó sobre los primeros pastores en forma de lenguas, precisamente porque a los que hubiere llenado en seguida los hace hablar. Por eso se manda a Moisés (Ex. 28) que el sacerdote, al entrar en el templo, lleve entremezcladas unas campanillas, para esto mismo, para que tenga palabras de predicación y no quebrante con su silencio el mandato del supremo Espectador; pues escrito está: que se oiga el sonido cuando entra o sale del santuario a vista del Señor y no pierda la vida; porque el sacerdote que entra y sale, si no se deja oír, muere; concita, pues, contra sí la ira del oculto Juez cuando entra o sale sin el sonido de la predicación. Y avisadamente se dice que en sus vestiduras lleve entremezcladas unas campanillas, porque ¿qué debemos entender por las vestiduras del sacerdote sino las buenas obras? Así lo atestigua el profeta, que dice (Ps. 131,9): “Revístanse de justicia tus sacerdotes”. Por tanto, las campanillas se entremezclan en sus vestiduras para que las mis mas obras buenas prediquen también, como el sonido de la lengua, el camino de la vida.

Mas, cuando el prelado se dispone para hablar, atienda a la gran cautela con que debe hablar, no sea que, si se lanza a hablar sin concierto, queden los corazones de los oyentes heridos con el dardo del error, y que tal vez, por parecer sabio, rompa neciamente la trabazón de la unidad. A propósito, pues, de esto dice la Verdad (Mc. 9,49): “Tened siempre en vosotros sal y guardad la paz entre vosotros. Por consiguiente quien se empeña en hablar a lo sabio, tema mucho, no sea que perturbe con su palabra la unión de sus oyentes”; que por esto San Pablo dice (Rom. 12,3): “En vuestro saber no os levantéis más alto de lo que debéis, sino que os contengáis dentro de los límites de la moderación”.

Por lo mismo, según mandato divino (Ex. 39), en el vestido del sacerdote se entrelazan granadas con las campanillas; pues ¿qué se significa por las granadas sino la unidad de la fe?; porque, así corno en la granada bajo una sola corteza están defendidos muchos granos en el interior, así la unidad de la fe protege a innumerables pueblos de la santa Iglesia, a los cuales mantiene dentro de ella una diversidad de méritos. Luego, para que el prelado no se arriesgue a hablar sin precaución, es por lo que la Verdad clama a los discípulos lo que antes hemos citado: Tened siempre en vosotros sal y guardad la paz entre vosotros; como si, valiéndose de la figura del Vestido del sacerdote, dijera: Juntad a las campanillas las granadas, a fin de que en todo lo que decís mantengáis con grande vigilancia la Unidad de la fe.

Deben también los prelados cuidar con solícita atención no sólo de no decir jamás cosas malas, sino, además, de no proferir inmoderada y desconcertantemente las cosas buenas; porque con frecuencia se pierde la eficacia de lo que se dice, cuando se presenta a los oyentes con imprudente e inoportuna locuacidad; pues esta misma locuacidad que no sabe aprovechar a los oyentes, perjudica también su autor. Por lo cual, acertadamente se dice por Moisés (Lev. 15, 2): “El hombre que padece gonorrea será inmundo”. La calidad del discurso que se ha oído es en la mente de los que oyen semilla del futuro pensamiento, porque, cuando la palabra se percibe por el oído, se engendra el pensamiento en la mente; por eso, aun los sabios de este mundo llaman sembrador de doctrina al egregio predicador. Por tanto, se dice que es inmundo quien padece gonorrea, porque quien padece de locuacidad, por ella se hace inmundo, ya que, si expusiera ordenadamente, podría engendrar prole de buenos pensamientos en los corazones de los oyentes, mientras que, deslizándose incautamente por la locuacidad, derrama semilla no para engendrar, sino para mancillarse.

Por lo mismo, también San Pablo, cuando aconseja a su discípulo la insistencia en la predicación, dice (2 Tim, 4, s): “Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar a vivos y muertos al tiempo de su venida y de su reino: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella”. Antes de decir: sin ocasión, puso delante: con ocasión; precisamente porque, si el hablar sin ocasión no sabe ser oportuno, pierde su utilidad para la mente de los que oyen.

EL PRELADO DEBE COMPADECERSE DE CADA UNO DE LOS PRÓJIMOS

Y DEBE AVENTAJAR A TODOS EN LA CONTEMPLACIÓN

Sea el prelado prójimo de cada uno por la compasión y aventaje a todos en la contemplación; esto es, que con sus entrañas de piedad haga suyas las dolencias de los otros, y que, elevándose a las alturas de la contemplación, se sobreponga también a sí mismo, deseando las cosas invisibles; de manera que ni por aspirar a lo celestial desatienda las flaquezas de los prójimos, ni por atender a las debilidades de los prójimos deje de aspirar a lo celeste. He ahí San Pablo, que es llevado en rapto al paraíso y trata de penetrar los arcanos del tercer cielo; y, no obstante de haber sido levantado a contemplación de aquellas cosas invisibles, vuelve su atención a tálamo conyugal y dispone cómo deben realizar su vida diciendo (1 Cor. 7,2): “Mas, por evitar la fornicación, viva cada uno con su mujer y cada una con su marido. El marido pague a la mujer el débito, y de la misma suerte la mujer al marido”. Y poco después: “No queráis defraudaros el derecho recíproco, si no es por algún tiempo de común acuerdo, para dedicaros a la oración”. Y de nuevo agrega “Y después volved a cohabitar, no sea que os tiente Satanás por vuestra incontinencia. Vedle; ya está fijo en los secretos celestiales, y, sin embargo, con entrañas de condescendencia escudriña el lecho nupcial; y a quien la contemplación levanta arrebatado hasta lo invisible, la compasión le baja hasta los secretos de los flacos; traspone los cielos por medio de la contemplación, pero, con todo, no descuida su solicitud por la situación de los carnales; porque, unido a la vez a lo más alto y a lo más bajo por el lazo de la caridad, en sí mismo es arrebatado poderosamente a lo alto por la fuerza del espíritu, y por la piedad, con ánimo tranquilo, enferma con los otros; que por eso dice (2 Cor. 11,99): “¿Quién enferma que no enferme yo con él? ¿Quién es escandalizado que yo no me requeme?”; y, por lo mismo, en otra parte dice (1 Cor. 9,20): “Con los judíos he vivido como judío, lo cual declara, no por cierto desmintiendo la fe, sino manifestando su piedad, con el fin de que, transfigurándose en la persona de los infieles, aprendiera por sí mismo cómo debía compadecerse de los otros, por lo mismo que ofrecía a los demás lo que, si él fuera tal, habría querido que se le ofreciera debidamente. Por esto dice de nuevo (2 Cor. 5,13): Pues nosotros, si extáticos nos enajenamos, es por respeto a Dios; si nos moderarnos, es por vosotros, por que sabía elevarse a sí mismo en la contemplación y atemperarse a sus oyentes abajándose.

He ahí por qué Jacob, estando el Señor apoyado arriba y la piedra ungida abajo, vió a los ángeles que subían y bajaban; es a saber, porque los santos predicadores no sólo desean llegar a lo alto con templando al que es cabeza de la Iglesia, esto es, al Señor, sino que también descienden a lo bajo teniendo compasión de los miembros de ella.

Por eso Moisés entra y sale frecuentemente del tabernáculo; y así, el que dentro se extasía en la contemplación, afuera se ve ungido por los negocios de los débiles: dentro contempla los arcanos de Dios; afuera soporta las obras de los carnales, El cual también recurre al tabernáculo en los asuntos dudosos y consulta el Señor delante del arca del testamento, sin duda por dar ejemplo a los prelados, para que, cuando afuera duden acerca de lo que deben disponer, vuelvan siempre a la reflexión, como quien dice al tabernáculo, y consulten al Señor, como delante del arca del testamento, cuando en las cosas de que dudan repasan en el interior de sí mismos las páginas de la Sagrada Escritura. Por eso la Verdad, que, tomando nuestra humanidad, se nos hizo visible, en el monte se entrega a la oración y en las ciudades obra milagros, ofreciendo así ejemplo que deben imitar los buenos prelados. De modo que, si es verdad que deben apetecer la contemplación de las cosas celestiales, deben, no obstante, intervenir compasivos en las necesidades de los fieles; porque entonces es más perfecta la caridad cuando hace suyas misericordiosamente las flaquezas de los prójimos, porque después de haber descendido benignamente a lo bajo, más eficaz mente vuelve de nuevo a lo alto.

Muéstrense, pues, los prelados de tal manera, que los súbditos se avergüencen de manifestarles sus secretos, para que, cuando 1os párvulos se hallen fluctuando en medio de las tentaciones, reirán, como al regazo de una madre, a ponerlo en conocimiento del pastor, y laven con el consuelo de su exhortación y con las lágrimas de la oración las manchas de la culpa tentadora con que piensan haberse mancillado Que por eso también ( Reg. 7) ante las columnas del pórtico del templo cargan con un baño grande para lavarse las manos doce bueyes, los cuales muestran visibles al exterior sus partes delanteras, pero quedan ocultas las posteriores. Pues ¿qué significan los doce bueyes sino todo el orden d los prelados?, refiriéndose a los cuales, San Pablo cita la Ley, que dice (1 Cor. 9,9): “No pongas bozal al buey que trilla”. Nosotros vemos las obras exteriores de ellos, pero desconocemos lo que interiormente queda para la oculta retribución del rectísimo Juez Y cuando ellos, con paciencia, se disponen condescendientes a borrar las culpas que los prójimos confiesan, es como si cargan con el baño ante las puertas del templo, con el fin de que quien quiera entrar por la puerta de la eternidad, muestre sus tentaciones que las conozca el pastor, y, como en el buen baño, se lave las nos del pensamiento o de la obra.

Mas ocurre con frecuencia que, cuando el prelado conoce afable las tentaciones ajenas, con oír las tentaciones también él se siente tentado, porque, sin duda, la misma agua del baño en que se lava la multitud del pueblo también se mancha. Y es porque, al recibir las manchas de los que se lavan, como que pierde el sosiego de su pureza. Pero nunca debe temerlo el pastor, porque, por la gracia de Dios, que todo lo dispone sabiamente, con tanta mayor facilidad sale ileso de su tentación cuanto más misericordioso se ha mostrado en trabajar contra la tentación ajena.

(San Gregorio Magno, Regla Pastoral , BAC, Madrid, 1958, Pág. 124-130)

MARCOS 6.7-13 BIS

COMENTARIO:

Lo más importante para la misión emana del interior. No son los medios materiales los que dan frutos de salvación, sino la caridad. Por eso el auténtico celo misionero, va unido a la caridad. El alma de la misión es el amor. La caridad es el único criterio que debe guiarnos en todo nuestro trabajo por Cristo y por los demás.¡Quien ama de verdad a Cristo no busca su propio interés sino la gloria del Padre y el mayor bien del prójimo!

SABIDURIA CRISTIANA

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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