MATEO 16, 13-19

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (16, 13-19): facebook pq

SAN PEDRO Y SAN PABLO

13 Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?».

14 Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

15 «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy?».

16 Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

17 Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.

18 Y yo te digo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.

19 Yo te dará las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

MATEO 16

San Clemente de Roma, papa del año 90 a 100 aproximadamente
Carta a los Corintios, 5-7 (trad. cf breviario 30/06)

El testimonio histórico más antiguo del martirio de Pedro y Pablo

Dejemos estos ejemplos de [persecución en el Antiguo Testamento] y vengamos a considerar los luchadores más cercanos a nosotros; expongamos los ejemplos de magnanimidad que han tenido lugar en nuestros tiempos. Aquellos que eran las máximas y más legítimas columnas de la Iglesia sufrieron persecución por emulación y por envidia y lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles: a Pedro que, por una hostil emulación, tuvo que soportar no una o dos, sino innumerables dificultades, hasta sufrir el martirio y llegar así a la posesión de la gloria merecida. Esta misma envidia y rivalidad dio a Pablo ocasión de alcanzar el premio debido a la paciencia: en repetidas ocasiones fue encarcelado, obligado a huir, apedreado y, habiéndose convertido en mensajero de la palabra en el Oriente y en el Occidente, su fe se hizo patente a todos, ya que, después de haber enseñado a todo el mundo el camino de la justicia, habiendo llegado hasta el extremo Occidente, sufrió el martirio de parte de las autoridades y, de este modo, partió de este mundo hacia el lugar santo, dejándonos un ejemplo perfecto de paciencia. A estos hombres, maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos también por emulación, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo…
Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para recordaros vuestra obligación, sino también para recordarnos la nuestra, ya que todos nos hallamos en la misma palestra y tenemos que luchar el mismo combate. Dejemos, pues, las preocupaciones inútiles y vanas y pongamos toda nuestra atención en la gloriosa y venerable regla de nuestra tradición. Tengamos los ojos fijos en lo que es bueno y agradable a los ojos de nuestro Hacedor, lo que nos acerca a él. Fijemos nuestra mirada en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos del Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ha traído al mundo entero la gracia de la conversión.

SAN PEDRO Y SAN PABLO

San Bernardo (1091-1153), monje Cisterciense y doctor de la Iglesia
3 Sermón para la Fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo
«Yo soy el menor de los apóstoles; no es mérito mío, llevar este nombre»  (1Co 15,19)

Es con razón, hermanos, que la Iglesia aplica a los apóstoles San Pedro y San Pablo estas palabras del sabio: “Son hombres de misericordia, cuyos beneficios no caen en el olvido; los bienes que dejaron a la posteridad siguen existiendo» (Sb 44,1-11). Sí, bien podemos llamarlos hombres de misericordia: porque han obtenido misericordia para ellos mismos, porque están llenos de misericordia, y porque es en su misericordia que Dios nos los ha dado.
Ved, en efecto, qué misericordia han obtenido. Si interrogáis a san Pablo sobre este punto…, él os dirá de sí mismo: “Yo empecé siendo un blasfemo, un perseguidor; pero he obtenido misericordia de Dios” (1Tm 1,13). En efecto, ¿quién no conoce todo el mal que hizo a los cristianos de Jerusalén…e incluso en toda Judea?… En lo que toca a san Pedro, tengo otra cosa que deciros, pero una cosa tan sublime, que es única. En efecto, si Pablo ha pecado, lo ha hecho sin saberlo, ya que no tenía la fe; Pedro, por el contrario, tenía los ojos bien abiertos en el momento de su caída (Mt 26, 69s). “Pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20)… Si san Pedro ha podido ascender a un grado tal de santidad después de haber sufrido una caída tan fuerte ¿quién podrá ahora desesperarse, por poco que quiera salir también de sus pecados? Observad lo que dice el Evangelio: «Salió y lloró amargamente» (v. 75)…
Habéis visto qué misericordia obtuvieron los apóstoles, y ahora ¿quién no será absuelto de sus faltas pasadas como lo fueron antes? … Si has pecado, ¿Pablo no ha pecado antes? Si has tenido una caída, Pedro ¿no hizo una más profunda que tú? Sin embargo, uno y otro, haciendo penitencia, no sólo obtuvieron la salvación sino que han llegado a ser grandes santos, e incluso se han convertido en los ministros de la salvación, los maestros de la santidad. Haz tú del mismo modo, hermano, ya que es por ti que la escritura los llama “los hombres de misericordia».

pedroypablo

San León Magno (?-c.461), papa y doctor de la Iglesia 4º sermón para el aniversario de su ordenación, PL 54, 14ª SC 200 (Trad. breviario 22 febrero)
“Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”

Nada estaba fuera de la sabiduría y el poder de Cristo: los elementos de la naturaleza estaban a su servicio, los espíritus le obedecían, los ángeles le servían… Y, sin embargo, en todo el universo, tan sólo Pedro es escogido para presidir a todos los pueblos llamados, dirigir a todos los apóstoles y a todos los Padres de la Iglesia. De tal manera que aunque haya en el pueblo de Dios muchos presbíteros y muchos pastores, es Pedro en persona quien los gobernaría a todos, ya que Cristo es quien los gobierna por ser la cabeza…
El Señor pregunta a los apóstoles cuál es la opinión que los hombres tienen de él. Y todos, a lo largo del tiempo que exponen las dudas que provienen de la ignorancia humana, dicen lo mismo. Pero cuando el Señor quiere conocer los sentimientos de los mismos discípulos, el primero en confesar al Señor es aquel que es el primero en la dignidad de apóstol. Puesto que dijo: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”. Es decir: Dichoso tú porque es mi Padre quien te ha enseñado; la opinión de los hombres no te ha hecho extraviar, sino que te ha instruido una inspiración venida del cielo; no son ni la carne ni la sangre que han permitido me descubrieras, sino aquél de quien yo soy el Hijo único. “Y yo te digo”, es decir: Igual que mi Padre te ha manifestado mi divinidad, yo te hago conocer tu superioridad. “Tú eres Pedro”, es decir: Yo soy la roca inconmovible, la piedra angular que de dos pueblos hago uno solo, el fundamento fuera del cual nadie puede poner otro (1C 3,11), pero tú también eres piedra, porque eres sólido por mi fuerza, y lo que yo tengo como propio por mi poder, tú lo tienes en común conmigo por el hecho de que tú participas de mi poder. “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Sobre la solidez de este fundamento, dice, edificaré un templo eterno, y mi Iglesia, cuya cumbre debe ser introducida en el cielo, se edificará sobre la firmeza de esta fe.

San Elredo de Rievaulx (1110-1167), monje cisterciense
Para la fiesta de san Pedro y San Pablo. Sermón XVI.
«Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»

Columnas de la tierra (Ps 75,4), todos los Apóstoles lo son, pero en primer lugar los dos de los que celebramos la fiesta. Son los dos pilares que sostienen la iglesia por su enseñanza, su oración y el ejemplo de su constancia. Estas columnas, es el Señor mismo quien las ha construido. Primeramente, eran débiles y no podían sostenerse, ni ellos ni los otros. Y aquí apareció el gran deseo del Señor: si habían sido siempre fuertes, se hubiera podido pensar que su fuerza dimanaba de ellos.
También el Señor antes de fortalecerlas, ha querido mostrar de lo que eran capaces para que todos supieran que su fuerza viene de Dios.
Es el señor quien ha construido estos pilares de la tierra, es decir, de la santa Iglesia. Es por lo que debemos alabad de todo corazón a nuestros SANTOS PADRES que han soportado tantas penas por el Señor y que han perseverado con tanta fuerza. No es nada perseverar en la alegría, en la prosperidad y la paciencia. Pero he aquí quien es grande, ser lapidado, flagelado, golpeado por Cristo, y a pesar de esto perseverar con Cristo (2Co 11,25). Es grande con Pablo ser maldecido y bendecir …ser como el desecho del mundo y de ello glorificarse (1 Co 4, 12-13)… ¿Qué decir de Pedro? Incluso si no hubiera padecido nada por Cristo, bastaría para festejarlo hoy que ha sido crucificado por él. La cruz fue su camino…

San Juan Crisóstomo (hacia 345-407), presbítero de Antioquía más tarde
obispo de Constantinopla, doctor de la Iglesia
Homilia sobre San Pedro y San Elias, 1
«Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»

Pedro debía recibir las llaves de la iglesia, más todavía las llaves de los cielos, y el gobierno de un pueblo numeroso le había sido a él confiado… Si Pedro con su tendencia severa, quedaba sin pecado, ¿cómo sería prueba de misericordia para sus discípulos? Por una disposición de la gracia divina, el ha caído en el pecado, bien es que después de haber tenido el mismo experiencia de su miseria, ha podido mostrarse bien hacia los otros.
Rinde cuentas tú: el que ha cedido al pecado, es Pedro, el jefe de los Apóstoles, fundamento sólido, la roca indestructible, el guía de la Iglesia, puerto asegurado, la torre inigualable, que había dicho a Cristo: «Aunque tenga que morir no renegaré de ti»( Mt 26,35); él que, por una divina revelación, había confesado la verdad: «Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Ahora bien, el evangelio añade que la noche misma en que Cristo fue entregado…, una joven mujer dice a Pedro: «Tú también, ayer, estabas con ese hombre, y Pedro le responde: «Yo no conozco a este hombre»( Mt 26,69-72)…El, la columna, la muralla, se libra de las sospechas de una mujer… Jesús fija su mirada sobre él… Pedro ha comprendido, se arrepiente de su falta y se pone a llorar. Pero el Señor misericordioso le concede su perdón…
El ha sido sometido al pecado pero la conciencia de su falta y el perdón recibido del Señor le conducen a perdonar a los otros por amor. El ha cumplido así una disposición providencial conforme a la manera de actuar de Dios. El ha hecho que Pedro, a quien la iglesia debía ser confiada, columna de las Iglesias, puerto de la fe, doctor del mundo, se muestre débil y pecador. Era en verdad, para que él pudiese encontrar en su debilidad una razón al ejercer su bondad hacia los otros hombres.

II. APUNTES

El Evangelista nos ubica espacialmente en la escena que está a punto de narrar: “Al llegar a la región de Cesarea de Filipo”. Se refiere a la ciudad que era la capital de la tetrarquía gobernada en aquella época por Filipo, hijo de Herodes el grande. La ciudad estaba situada a unos cuarenta kilómetros al norte de Cafarnaúm, fuera de Galilea. Originalmente la ciudad se llamaba Paneas, por ser un centro de culto del dios griego Pan. El emperador romano Augusto le concedió el gobierno de la región a Herodes el Grande, rey de Judea, quien en esa ciudad mandó construir un templo dedicado al César Augusto. El así llamado “Templo de Augusto” fue construido con mármol blanco sobre un peñón de roca basáltica, es decir, roca muy sólida y oscura. En la altura de la roca aquel templo dominaba sobre la ciudad y sobre el campo, de modo que la vista de este impresionante templo bien pudo haber servido al Señor Jesús como figura para hablar a sus Apóstoles de “Su Iglesia” que Él iba a construir sobre otra roca: Simón, “Kefas”, “Piedra”, debido a que el Señor se valía de esas imágenes o estampas de la vida cotidiana para hacer sus comparaciones.

Herodes Filipo, hijo de Herodes el Grande, decidió rebautizar esta ciudad luego de embellecerla y engrandecerla con nuevos edificios. De Paneas pasó a llamarse Cesarea, en honor al César, el emperador romano. En la época de Jesús se la conocía como Cesarea de Filipo para distinguirla de Cesarea marítima, puerto ubicado en la costa de Palestina.

Así pues, al llegar a la región de Cesarea de Filipo el Señor inicia el diálogo que va a dar pie al acto fundacional de Su Iglesia, preguntando a los Apóstoles sobre lo que la gente dice de Él. Los discípulos habían recogido muchas opiniones: “Unos dicen que Juan Bautista, otros, Elías, y otros, Jeremías o uno de los profetas.”

Que Jesús no era Juan Bautista, es evidente por los mismos relatos evangélicos: ambos nacieron con pocos meses de diferencia, Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán, etc. Jesús no era Juan que había “resucitado” (ver Lc 9,7).

¿Era Jesús la reencarnación de Elías? Según la Escritura y la creencia de los judíos, Elías no había muerto, sino que había sido llevado al Cielo en un carro de fuego (Eclo 48,9), y desde allí volvería para preparar la inmediata aparición del Mesías. (ver Mal 3,23; Mt 17,10-12) No podían creer que Jesús fuese una reencarnación quienes pensaban que Elías nunca había muerto.

¿Jesús era Jeremías que había vuelto a la vida, u otro gran profeta de Israel? Tampoco. Evidentemente los grandes milagros que realizaba el Señor hacían pensar que se trataba de un gran profeta. Sin embargo, aunque todos convienen en pensar que Jesús es «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19), hay confusión en cuanto a su identidad: no saben quién es verdaderamente. Por ello, todos se equivocan, nadie acierta. Jesús no es Juan que ha resucitado, no es Elías que ha vuelto del Cielo, no es Jeremías u otro profeta que ha vuelto a la vida. La respuesta acertada habrá que buscarla en aquellos que lo conocen de cerca, sus Apóstoles: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Ante la pregunta Pedro tomó la palabra y respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Pedro afirma que Jesús es más que cualquiera de los grandes profetas, es más grande que Juan el Bautista, que Elías, que Jeremías o cualquier profeta. Pedro afirma que Jesucristo es el Mesías prometido por Dios para instaurar Su Reino. Pero la respuesta va aún más allá: Tú eres “el Hijo de Dios vivo.”

Tal respuesta es de un alcance inusitado. Decir que Jesús era “el Hijo de Dios vivo”, implicaba afirmar que participaba de la misma naturaleza divina de su Padre. La de Pedro es por tanto la primera profesión de fe en la divinidad de Jesucristo.

¿Cómo llega Pedro al conocimiento de la íntima identidad de Jesucristo? “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo”. Esta intuición y conocimiento íntimo de la identidad divina de Jesucristo no le viene de “nadie de carne y hueso”, sino que le ha sido revelada por Dios. “Carne y hueso” es la traducción litúrgica de lo que literalmente se traduce como “carne y sangre”, un hebraísmo para decir lo mismo que la totalidad de la persona, el ser humano. Ninguna persona humana puede haberle revelado a Pedro lo que sólo podía conocer mediante la participación del conocimiento que el Padre celestial tiene de su Hijo. Y es que «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mt 11,27) y sólo puede conocer al Hijo aquel a quien el Padre se lo quiera revelar (ver Mt 11,25). El Señor Jesús, con tal afirmación, deja bien en claro que la razón humana no puede alcanzar por sí misma ese conocimiento. Sólo mediante la Revelación es posible reconocer en Jesucristo al Hijo de Dios, su naturaleza divina.

Luego que Pedro ha reconocido y proclamado la verdadera identidad de Jesús, el Señor le revela asimismo a Simón quién es él: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En efecto, a Simón, hijo de Juan, el Señor le impone un nuevo nombre que refleja su profunda identidad y futura misión: «Tú te llamarás Cefas» (Jn 1, 42), que traducido significa piedra, de donde deriva el nombre Pedro. Sobre una persona Él quiso asentar y construir su Iglesia. Pedro es fundamento sólido, la roca sobre la que él va a construir su “templo”.

Este “templo” es llamado por el Señor “mi Iglesia”. Iglesia viene del griego ecclesía, que traducido significa asamblea, reunión de aquellos que han sido convocados por Él, de aquellos que se congregan en torno a Él. A esta Iglesia, fundada sobre Pedro, la llama suya. Es la Iglesia que le pertenece a Él, la Iglesia que Él ama y custodia, Iglesia a la que Él hace esta promesa: “el poder del infierno no la derrotará.” En otras palabras, ninguna fuerza humana ni tampoco las fuerzas demoníacas podrán jamás destruirla. En virtud de esta promesa la Iglesia del Señor, fundada sobre Pedro, es la cosa más fuerte que existe, aunque fundada sobre la cosa más débil, es decir, sobre la tremenda fragilidad de un ser humano.

Es en este solemne momento cuando Cristo anuncia a Pedro la entrega de «las llaves del Reino de los Cielos». Las llaves indican potestad, indican la facultad de disponer, de abrir y de cerrar las puertas de una casa. La entrega de las llaves simboliza el poder con que el dueño de la casa reviste a su siervo para administrar todos los asuntos de su casa. El Señor le entrega a Pedro las llaves del Reino de los Cielos y le confía el poder de “atar y desatar”. “Atar” y “desatar” eran términos propios del lenguaje rabínico referidos primeramente a la expulsión o excomunión de un judío de la asamblea. Atar significaba “condenar” y desatar “absolver” a alguien. Posteriormente se amplió su uso para referirse a las decisiones doctrinales o jurídicas, significando “atar” el prohibir y “desatar” el permitir. A Pedro el Señor Jesús le confía por tanto la misión de ejercer la disciplina en su Iglesia, tiene el poder de admitir o excluir de ella a quien así lo juzgue, tiene la responsabilidad de ordenar la vida de fe y moral de la comunidad por medio de decisiones oportunas. Sus decisiones serán ratificadas por Dios.

También hoy el Señor te hace a ti la misma pregunta que entonces le hizo a sus Apóstoles: ¿Y tú, quién dices que soy yo? ¿Qué responderías?

¿No debería ser Él la persona más importante en mi vida, por encima de cualquier otra persona, incluso de aquellos a quienes más amo? ¿No debería reflejarse esta convicción en un deseo de conocerlo cada día más, de conocer sus enseñanzas, de vivir de acuerdo a sus enseñanzas, de crecer en la amistad con Él a través de la oración perseverante, de buscar darle gracias y renovar mis fuerzas en la Comunión con Él en la Misa de cada Domingo?

Por ello la pregunta del Señor no puede dejarnos indiferentes, tiene que cuestionarnos hasta lo más profundo, tiene que sacudirnos, tiene que hacernos reaccionar: ¿Quién dices tú que soy yo? ¿Quién soy yo para ti?
Con su pregunta el Señor nos invita a descubrir y redescubrir día a día su verdadera identidad, a mantenernos firmes en la verdad revelada por Dios a Pedro, a no dejarnos seducir por las modas de opinión que tan fácilmente se difunden por el mundo entero, a no dejarnos llevar por lo que dicen aquellos que no conocen de cerca de Cristo. Sólo la Iglesia de Cristo fundada sobre Pedro posee y custodia la verdad sobre Jesucristo, sólo ella es capaz de dar la respuesta acertada sobre la identidad de su Señor. Por ello, si andamos confundidos por las miles de opiniones que se dan sobre la identidad de Jesús, acudamos a la Iglesia, escuchemos su voz maternal, confiemos en lo que ella también hoy nos revela sobre Jesucristo.

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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