MATEO 16, 24-28

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (16, 24-28): facebook pq

24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

MATEO 16.24

25 Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

MATEO 16.25

26 ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

27 Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

28 Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino».

San Paulino de Nola, obispo
Carta: El sentido de la Cruz
Carta 38, 3-4.6
«El que tome su cruz que me siga» (cf. Mt 16,24)

Al cumplirse el misterioso designio de su bondad, el Señor tomó la condición de esclavo y se digno rebajarse hasta la muerte de cruz(Fl 2,8). Para realizar en nuestro corazón, por medio de una humillación visible, aquella celestial sublimación, para nosotros invisibles. Considera pues, de qué altura nos precipitamos desde el principio, y comprenderás que por voluntad de la divina sabiduría y por su bondad somos restituidos a la vida. Con Adán caímos en la soberbia; por eso somos humillados en Cristo para poder cancelar la antigua culpa con el remedio de la virtud contraria, de modo que los que con la soberbia ofendimos a Dios, le aplaquemos poniéndonos a su servicio.

Alegrémonos, y gocemos en aquel que nos ha hecho objeto de su lucha y de su victoria, diciendo:»Tened valor, oye vencido al mundo»(Jn 16,33)… El invencible, peleará por nosotros y vencerá en nosotros. Entonces el príncipe de las tinieblas será echado fuera, aunque no ciertamente fuera del mundo, sino fuera del hombre, cuando al penetrar en nosotros la fe, es obligado a salir fuera y dejar libre el puesto a Cristo; cuya presencia pone en fuga al pecado y significa el destierro de la derrota de la serpiente…

Que los oradores guarden su elocuencia, los filósofos su sabiduría, los reyes sus reinos; para nosotros la gloria las riquezas y el reino, es Cristo; nuestra sabiduría, es la locura del Evangelio; la fuerza es, la debilidad de la carne, y la gloria, es el escándalo de la cruz.

San Agustín:

¿Qué significa: Cargue con su cruz? Acepte todo lo que es molesto y sígame de esta forma. Cuando empiece a seguirme en mis ejemplos y preceptos, en seguida encontrará contradictores, muchos que intentarán prohibírselo, muchos que intentarán disuadirle, y los encontrará incluso entre los seguidores de Cristo. A Cristo acompañaban aquellos que querían hacer callar a los ciegos. Si quieres seguirle, acepta como cruz las amenazas, las seducciones y los obstáculos de cualquier clase; soporta, aguanta, mantente firme.

San Buenaventura, doctor de la Iglesia
Vida de San Francisco: La Cruz, un ardor maravilloso
Leyenda mayor, cap.13.
«El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt 16,24).

Dos años antes de entregar su espíritu a Dios… comenzó a experimentar en sí un mayor cúmulo de dones y gracias divinas… comprendió el varón lleno de Dios que como había imitado a Cristo en las acciones de su vida, así también debía configurarse con Él en las aflicciones y dolores de la pasión… no se intimidó en absoluto, sino que se sintió aún más fuertemente animado…y elevándose, pues, a Dios a impulsos del ardor seráfico de sus deseos y transformado por su tierna compasión en Aquel que a causa de su extremada caridad, quiso ser crucificado: cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, mientras oraba en uno de los flancos del monte Alverne, vio bajar de lo más alto del cielo a un serafín que tenía seis alas tan ígneas como resplandecientes. En vuelo rapidísimo avanzó hacia el lugar donde se encontraba el varón de Dios, deteniéndose en el aire. Apareció entonces entre las alas la efigie de un hombre crucificado, cuyas manos y pies estaban extendidos a modo de cruz y clavados a ella.

Ante tal aparición quedó lleno de estupor el Santo y experimentó en su corazón un gozo mezclado de dolor. Se alegraba, en efecto, con aquella graciosa mirada con que se veía contemplado por Cristo bajo la imagen de un serafín; pero, al mismo tiempo, el verlo clavado a la cruz era como una espada de dolor compasivo que atravesaba su alma.

Estaba sumamente admirado ante una visión tan misteriosa, sabiendo que el dolor de la pasión de ningún modo podía avenirse con la dicha inmortal de un serafín. Por fin, el Señor le dio a entender que aquella visión le había sido presentada así por la divina Providencia, para que el amigo de Cristo supiera de antemano que había de ser transformado totalmente en la imagen de Cristo crucificado, no por el martirio de la carne, sino por el incendio de su espíritu. Así sucedió, porque al desaparecer la visión dejó en su corazón un ardor maravilloso, y no fue menos maravillosa la efigie de las señales que imprimió en su carne.

COMENTARIO

Dios quiere que al escuchar la palabra cruz, pensemos en la buena noticia; que la veamos como el instrumento que nos permite despojarnos de los lastres de nuestra vida —egoísmos, prejuicios, arrogancia— y experimentar una nueva comunión personal y directa con Dios. Acepta tú, hermano, la cruz que el Señor te da para que cambie tu manera de pensar, actuar y vivir, porque la cruz te muestra el camino hacia la vida eterna en la presencia de Dios, donde ya no habrá más dolor ni muerte.

Ciertamente, ser cristiano exige sacrificio: un sacrificio por amor al estar al servicio de los demás no por un par de hora o en el círculo familiar más cercano, sino en todo su quehacer. No basta con rezar, asistir a misa, dar limosna y cumplir con los ritos y normas eclesiales. Es sentir a Dios en el corazón y dejar que su espíritu alimente en plenitud nuestros pensamientos, actitudes y acciones en toda nuestra vida terrena. Invito a hacer una revisión de lo que hoy es nuestro afán y/o proyecto de vida personal a la luz de lo que Jesús nos señala al final de esta lectura: ¿De qué le serviría a uno ganar el mundo entero si se destruye a sí mismo?

Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es AMOR, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».

COMENTARIO:

Pedro y los Apóstoles esperaban encontrar la gloria humana, la fama y el poder al lado del Señor. No querían renunciar a su idea de un Mesías triunfante y glorioso, poderoso rey y caudillo. Confiaban que Él pronto instauraría el Reino de los Cielos en el mundo. Con el favor de Dios, rodeado de huestes angélicas, derrotaría sin esfuerzo a los enemigos de Israel, sometiéndolos definitivamente a su dominio. Cristo debía triunfar, humanamente hablando, y ellos estarían con Él, gozarían de su gloria, participarían de su espectacular triunfo. Mas el Señor les habla de otra cosa, radicalmente opuesta: deben prepararse para el rechazo, para sufrir la ignominia, para afrontar el fracaso humano, para ser perseguidos y para morir por Cristo y por el Evangelio.

¿Por qué es esto así? La razón la encontramos no en que Dios quiera ese sufrimiento, sino en el rechazo del mundo. “El mundo” que se encuentra sometido al poder del pecado, al poder de Satanás y de sus cómplices, no resiste la Luz, la rechaza, busca quitarla de en medio, apagarla (ver Jn 1,10-11). Ése fue el destino de los verdaderos profetas, ése el destino del mismo Hijo de Dios, que asumió la muerte en Cruz para la reconciliación entre Dios y los hombres. Mas Cristo hizo de su sufrimiento en la Cruz el camino a la verdadera e inmarcesible gloria. Por su Cruz nos redimió y por su resurrección venció el poder del pecado y de la muerte, abriendo para nosotros el camino a la vida eterna, en la plena comunión con Dios.

Es verdad que quisiéramos que en la vida cristiana todo fuese cuesta abajo, un “camino de rosas” sin espinas. Pero he aquí que el Señor advierte a quien quiera seguirlo que debe disponerse a transitar un camino sembrado de espinas, a veces muy punzantes: burlas, incomprensión, críticas furiosas, desprecio, rechazo, persecución, incluso la muerte. ¿Por qué? Porque quien quiera vivir como Cristo enseña, se encontrará con la mentalidad de un mundo que no resiste la presencia del Señor, que lo odia, que no admite sus enseñanzas, que no admite que Él pueda poseer y, menos aún, ser la verdad. Hoy que tanto se invoca la tolerancia, hoy que se tolera y aplaude incluso todo lo que es moralmente aberrante, no se tolera ni a Cristo ni a quienes son sus discípulos de verdad. No hablo de los cristianos que se mimetizan con el mundo, los que piensan “como piensan los hombres”, es decir, los que viven de acuerdo a los criterios del mundo sometido a Satanás, sino de los discípulos que aspiran a serlo de verdad, de los que se toman en serio las enseñanzas de Cristo, de los que siguiendo la recomendación del Apóstol de gentes no se adaptan a los criterios de este mundo, sino que se transforman por la renovación de la mente, para discernir y vivir de acuerdo a “lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable, lo perfecto.”

¿Qué hacer con esas espinas que encontrarás en el camino? Acéptalas, asume reciamente el dolor que ellas te produzcan, pues quien quiere alcanzar la corona de la vida eterna y la gloria que sólo Cristo puede ofrecer, debe aceptar también la corona del dolor que purifica, que eleva, que hace crecer y madurar hasta alcanzar la misma estatura de Cristo.

Por ello, en el fiel seguimiento del Señor, acoge las espinas que te vaya ofreciendo la vida. No les temas. No les huyas. Sus heridas son superficiales. Teje con ellas una corona y ciñe con ellas tu corazón, a semejanza del Señor y de tu Madre amantísima. Esas espinas florecerán con rosas de inmortalidad y de auténtica realización. No son espinas que destruyen, como aquellas que portan las “rosas del mundo” y sus placeres. Esas espinas sí son venenosas. Yacen ocultas detrás de las rosas y traicioneramente te hieren cuando menos lo esperas. ¡Considéralo bien! Las rosas que recoge el mundo para hacerse una corona de gloria se marchitan, se deshojan, y finalmente sólo quedan las espinas que punzarán eternamente. Mas con las espinas que los discípulos de Cristo encontramos en el camino, es al revés. Éstas, aceptadas con paciencia y fortaleza, ocultan las blancas rosas que de botones devienen en armoniosas y bellas flores.

Así pues, de las espinas no te escapas. Escoge tú. O aquellas ocultas traicioneramente tras las rosas del mundo que con su punzada te hunden el veneno que lleva a la muerte, o aquellas que tras la vara espinosa encierran la potencia de los capullos que romperán en inmarcesible belleza y fragancia imperecedera.

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Tomás de Kempis
Imitación de Cristo: Si desechas una cruz hallarás otra peor.
Libro II, caps. 11-12
«Él que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga» (Mt16,24).

Jesucristo tiene ahora muchos amadores de su reino celestial, mas muy pocos que lleven su cruz. Tiene muchos que desean la consolación, y muy pocos que quieran la tribulación. Encuentra muchos compañeros para la mesa, y pocos para la abstinencia. Todos quieren gozar con El, mas pocos quieren sufrir algo por El. Muchos siguen a Jesús hasta el partir del pan (Lc 24,35), más pocos hasta beber el cáliz de la pasión (Mt 20,22). Muchos honran sus milagros, mas pocos siguen el vituperio de la cruz. Muchos aman a Jesús, cuando no hay adversidades. Muchos le alaban y bendicen cuando reciben de El algunas consolaciones: mas si Jesús se escondiese y los dejase un poco, caerían en una profunda desesperación.

Más los que aman a Jesús, por el mismo Jesús, y no por alguna propia consolación suya, lo bendicen en toda tribulación y angustia del corazón, tanto como en tiempo de consolación. Y aunque nunca más les quisiese dar consolación, siempre le alabarían, y le querrían dar gracias. ¡Oh! ¡Cuánto puede el amor puro de Jesús sin mezcla del propio provecho o interés!

Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará, y guiará al fin deseado, adonde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea. Si contra tu voluntad la llevas, cargas y te la haces más pesada: y sin embargo conviene que sufras. Si desechas una cruz, sin duda hallarás otra, y puede ser que más grave.

¿Piensas tu escapar de lo que ninguno de los mortales pudo? ¿Quién de los Santos fue en el mundo sin cruz y tribulación? Nuestro Señor Jesucristo por cierto, en cuanto vivió en este mundo, no estuvo una hora sin dolor de pasión. Porque convenía, dice, que Cristo padeciese, y resucitase de los muertos, y así entrase en su gloria (Lc 24,46s). Pues ¿cómo buscas tú otro camino sino este camino real, que es la vida de la santa cruz?

[…] Mas este tal así afligido de tantas maneras, no está sin el alivio de la consolación; porque siente el gran fruto que le crece con llevar su cruz. Porque cuando se sujeta a ella de su voluntad, toda la carga de la tribulación se convierte en confianza de la divina consolación. […] Esto no es virtud humana, sino gracia de Cristo, que tanto puede y hace en la carne flaca, que lo que naturalmente siempre aborrece y huye, lo acometa y acabe con fervor de espíritu. No es según la condición humana llevar la cruz, amar la cruz […]. Si miras a ti, no podrás por ti cosa alguna de éstas: mas si confías en Dios, El te enviará fortaleza del cielo, y hará que te estén sujetos el mundo y la carne. Y no temerás al diablo tu enemigo, si estuvieses armado de fe, y señalado con la cruz de Cristo.

San Cesáreo de Arles,obispo
Sermón: Quien quiera seguir de verdad a Cristo encontrará contradicciones
Sermon 159 : CCL 104, 650.
«¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,26).

Pecando, el hombre había cubierto su ruta de obstáculos, pero ésta ha sido superada cuando Cristo la pisó con su resurrección e hizo, de un sendero estrecho, una avenida digna de un Rey. La humildad y la caridad son los dos pies que permiten desplazarse con rapidez. Todos somos atraídos por las alturas de la caridad, pero la humildad es el primer escalón que es preciso subir. ¿Por qué levantas el pie más alto que tú mismo? ¿Quieres caer y no subir? Comienza por el primer escalón, es decir por la humildad, y después ella te hará subir.

Por ello nuestro Señor y Salvador no se limitó a decir: “que renuncie a sí mismo”, sino que añadió: “que coja su cruz y que me siga”. ¿Qué significa, que coja su cruz? Que soporte todo lo que le es penoso, y así es como llegará a mi casa. Desde que haya comenzado a seguirme, conformándose a mi vida y a mis mandamientos, encontrará en su camino bastante gente que le contradecirá, que tratarán de desviarlo, que no sólo se burlaran de él, sino que le perseguirán. Estas personas no se encuentran únicamente entre los paganos que están fuera de la Iglesia; sino incluso entre los que parecen estar en la Iglesia, si se juzgan externamente…

Por consiguiente, si tú deseas seguir a Cristo, lleva su Cruz sin más demora y sobrelleva a los malvados sin dejarte vencer… «Si alguno quiere caminar en pos de mí, que coja su cruz y que me siga». En consecuencia, si queremos poner esto en práctica, tratemos, con la ayuda de Dios, de hacer nuestra la palabra del apóstol san Pablo: “Si tenemos qué comer y qué vestir, démonos por satisfechos”. Es de temer, que si deseamos más bienes terrestres de los que necesitamos, «queriéndonos enriquecer”, no “caigamos en la trampa de la tentación, en una multitud de deseos absurdos y peligrosos, que conducen a las personas a la ruina y la perdición” (1Tm 6,8-9). Se digne, el Señor, tomarnos bajo su protección y nos libre de esta tentación.

San [Padre] Pío de Pietrelcina
FSP, 119; Ep 3, 441; CE, 21; Ep 3, 413
«Que tome su cruz y me siga» (Mt 16,24)

A lo largo de tu vida Cristo no te pide que lleves con él toda su pesada cruz, sino tan sólo una pequeña parte aceptando tus sufrimientos. No tienes nada que temer. Por el contrario, tente por muy dichosa de haber sido juzgada digna de tener parte en los sufrimientos del Hombre-Dios. Por parte del Señor, no se trata de un abandono ni de un castigo; por el contrario, es un testimonio de su amor, de un gran amor para contigo. Debes dar gracias al Señor y resignarte a beber el cáliz de Getsemaní.

A veces el Señor te hace sentir el peso de la cruz, este peso te parece insoportable y, sin embargo, lo llevas porque el Señor, rico en amor y misericordia, te tiende la mano y te da la fuerza necesaria. El Señor, ante la falta de compasión de los hombres, tiene necesidad de personas que sufran con él. Es por esta razón por la que te lleva por los caminos dolorosos de los que me hablas en tu carta. Así pues, que el Señor sea siempre bendito, porque su amor trae suavidad en medio de la amargura; él cambia los sufrimientos pasajeros de esta vida en méritos para la eternidad.

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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