MATEO 17, 1-9

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (17, 1-9):

1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado.

2 Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz.

3 De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús.

4 Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantará aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».

6 Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor.

7 Jesús se acercó a ellos, y tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo».

8 Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo.

9 Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

El Monte Tabor

También conocido como Har Tavor, Itabyrium, Jebel et-Tur, Monte de la Transfiguración

La Basílica de la Transfiguración (en hebreo: כנסיית ההשתנות) es una iglesia franciscana ubicada en el Monte Tabor en Israel. La iglesia actual, parte de un complejo de un monasterio franciscano, fue terminada en 1924. El arquitecto fue Antonio Barluzzi. Fue construida sobre las ruinas de una antigua iglesia bizantina (4º-6.º siglo) y una iglesia del siglo XII de la época de las Cruzadas. Hay también una iglesia ortodoxa griega situada en el Monte Tabor, dedicada a la misma finalidad.

POEMA DE GERARDO DIEGO

(Poeta y escritor español 1896-1987)

Transfigúrame. 
Señor, transfigúrame.
Traspáseme tu rayo rosa y blanco.
Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla
en tu más alta catedral.

Quiero ser yo mismo, sí, mi historia,
pero de Ti en tu gloria traspasado.
Quiero poder mirarte sin cegarme,
convertirme en tu luz, tu fuego altísimo
que arde de Ti y no quema ni consume.

Déjame mirarte, contemplarte
a través de mi carne y mi figura,
de la historia de mi vida y de mi sueño,
inédito capítulo en tu Biblia.

Si he de transfigurarme hasta tu esencia,
menester fue primero ser ese ser con límites,
hecho vicisitud camino de figura,
pues solo la figura puede trans-figurarse.

Pero a mí solo no. Como a los tuyos,
como a Moisés (fuego blanco de zarza),
como a Elías (carro de ardiente aluminio),
cada uno en su tienda, a ti acampados,
purifica también a todos los hijos de tu padre,
que te rezan conmigo o te rezaron
o acaso ni una madre tuvieron
que les guiara a balbucir el padrenuestro.

Purifica a todos, a todos transfigúralos.
Si acaso no te saben, o te dudan,
o te blasfeman, límpiales piadoso
(como a ti la Verónica) su frente;
descórreles las densas cataratas de sus ojos,
que te vean, Señor, y te conozcan;
espéjate en su río subterráneo,
dibújate en su alma
sin quitarles la santa libertad
de ser uno por uno tan suyos, tan distintos.

Mira, Jesús, a la adúltera
y al violento homicida
y al mal ladrón y al rebelde soberbio
y a la horrenda –¡piedad! – madre desnaturada
y al teólogo necio que pretende
apresarte en su malla farisea
y al avaro de oídos tupidos y tapiados
y al sacrificador de rebaños humanos.

[A cada uno de ellos] sálvale Tú,
despiértale la confianza.
Allégatele bien, que sienta
su corazón cobarde contra el tuyo
coincidentes los dos en solo un ritmo.

Que todos puedan en la misma nube,
vestidura de ti, sutilísima fimbria de luz,
despojarse y revestirse
de su figura vieja y en ti transfigurada.
Y a mí con ellos todos, te lo pido,
la frente prosternada hasta hundirla en el polvo,
a mí también, el último, Señor,
preserva mi figura, transfigúrame.

MONTE TABOR

COMENTARIO:

“Maestro; qué bien se está aquí” (Mc 9,2-10) Para sentir algo tan difícil como el bienestar interno y externo necesitamos buscar “Tabores” que nos conviertan en personas nuevas. Experiencias personales donde el traje de nuestra vida y de nuestras actitudes resplandezcan en un blanco deslumbrador por el secreto escondido que todos llevamos dentro: la presencia de Dios. Sólo cuando seamos capaces de alejarnos del ruido, de correr y rasgar los velos que el mundo pone delante de nosotros, reconoceremos el papel que juega Jesús en nuestra existencia y lo que pretende de ella.

–Tabor son aquellas situaciones que Dios nos regala y donde, de una forma sorprendente, comprobamos que El camina junto a nosotros.

–Tabor es el monte idílico del que nunca quisiéramos descender para no enfrentarnos a las numerosas cruces que nos aguardan. Es la otra cara de la moneda: las dificultades de nuestra misión cristiana como paso previo a la Resurrección.

–Tabor es la claridad que nos hace ver, leer, escrutar y asombrarnos ante la huella de Dios por su Palabra y en sus Misterios

–Tabor es, ante todo, aquel momento que Dios nos brinda para adquirir la capacidad de comprensión y entendimiento: detrás de la humanidad de Jesús se descubre la grandeza y el poderío de Dios.

2.- ¡Hagamos miles de tiendas! Tres tiendas pretendía levantar Pedro movido por una atmósfera de paz y de éxtasis espiritual y miles de tiendas, quisiéramos construir muchos de nosotros, para vivir cosidos al Maestro permanentemente. Para que nuestra vida no tuviera resquicio de duda ni de pecado, de división ni de dificultades.

-Tres tiendas quería Pedro y vivir de espaldas al llano que le aguardaba, del martirio y de las complicaciones que le traería el ser discípulo de Jesús. Otras tantas, que protegen y fortalecen la vida cristiana, podemos tener nosotros:

-Cuando vivimos con intensidad una eucaristía: nuestro interior resplandece a la luz de la Fe.

-Cuando, como penitentes, reconocemos que en el Sacramento de la Reconciliación se alcanza la paz consigo mismo y, sobre todo, con el mismo Dios.

-Cuando escuchamos la Palabra de Dios que nos propone caminos para ser hombres y mujeres enteramente nuevos.

-Cuando en las situaciones de cada día descubrimos que Jesús se transfigura en los pequeños detalles, en las grandes opciones que realizamos, en las cruces que abrazamos.

3.- ¡Hagamos miles de tiendas, Señor! No para estar ajenos a la realidad que nos produce hastío o cicatrices en el cuerpo, en el corazón o en el alma:

-Una tienda cuyo techo sea el cielo que nos habla de tu presencia Señor.

-Una tienda, sin puerta de entrada ni salida, para que siempre nos encuentres en vela, despiertos y contemplando tu realeza.

-Una tienda en la que todos aprendamos que la CRUZ es condición necesaria e insoslayable en la fidelidad cristiana.

-Una tienda que nos ayude a entender que aquí todos somos nómadas. Que no importa tanto el estar instalados cuanto estar siempre cayendo en la cuenta de que todo es fugaz y pasajero.

-Una tienda, Señor, que nos proteja de las inclemencias de los fracasos y tumbos de nuestra vida cristiana. -Una tienda, Señor, que nos ayude a ESCUCHAR tu voz en el silencio del desierto.

-Una tienda, Señor, donde permanentemente sintamos cómo se mueve su débil estructura al soplo de tu voz: “Tú eres mi Hijo amado”.

SAN AGUSTÍN
Desciende, Pedro, a trabajar a la tierra, a servir en la tierra

Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo humano, dice: Señor, bueno es estarnos aquí (Mt 17,4). Sufría el tedio de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de aquel lugar hacia las fatigas y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías (ib.). Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió, no obstante, una respuesta, pues mientras decía esto, vino una nube refulgente y los cubrió. Él buscaba tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido humano quería dividir. Cristo es la Palabra de Dios, Palabra de Dios en la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir, Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la unidad.

Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda, sonó desde ella una voz que decía: Éste es mi Hijo amado (ib., 5). Allí estaba Moisés, allí estaba Elías. No se dijo: «Éstos son mis amados». Una cosa es, en efecto, el único, y otra los adoptados. Se recomienda a aquél de donde procedía la gloria a la ley y a los profetas. Éste es, dice, mi Hijo amado, en quien me he complacido; escuchadle (ib.), puesto que en los profetas fue a él a quien escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él? Oído esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban.

El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no vieron a nadie más que a Jesús solo (ib., 8). ¿Qué significa esto? Cuando se leía el Apóstol, oísteis que ahora vemos en un espejo, en misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas desaparecerán cuando llegue lo que ahora esperamos y creemos. En el caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la carne: Tierra eres y a la tierra volverás (Gn 3,19). Y cuando el Señor los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés. Te queda sólo: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn 1, I). Te queda el que Dios es todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de entre los muertos y entrase en su gloria. Así se cumple lo que Dios prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le vas a dar?». Y me mostraré a él (Jn 14,21). ¡Gran don y gran promesa! El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico, pero si no tienes a Dios ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a Dios, ¿qué no tiene?

Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende, predica la palabra, insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta, increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por el candor y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. Cuando se lee al Apóstol, oímos que dice en elogio de la caridad: No busca lo propio (1 Cor 13,5). No busca lo propio, porque entrega lo que tiene. Y en otro lugar dijo algo, que si no lo entiendes bien, puede ser peligroso; siempre con referencia a la caridad, el Apóstol ordena a los miembros fieles de Cristo: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno (1 Cor 10,24). Oído esto, la avaricia, como buscando lo ajeno a modo de negocio, maquina fraudes para embaucar a alguien y conseguir, no lo propio, sino lo ajeno. Reprímase la avaricia y salga adelante la justicia.

Escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo propio, sino lo ajeno. Pero a ti, avaro, que ofreces resistencia y te amparas en este precepto para desear lo ajeno, hay que decirte: «Pierde lo tuyo». En la medida en que te conozco, quieres poseer lo tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para poseer lo ajeno; sufre un robo que te haga perder lo tuyo, tú que no quieres buscar lo tuyo, sino que quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, avaro; escucha. En otro lugar te expone el Apóstol con más claridad estas palabras: Nadie busque lo suyo, sino lo ajeno. Dice de sí mismo: Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven (ib., 33). Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no obstante, dice: «Desciende a trabajar a la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre; bajó el Camino para cansarse en el camino; descendió el Manantial para sentir sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas.-Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad».

COMENTARIO:

“Tomemos parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas del Señor” no solo con las nuestras… saliendo de nuestra tierra, de nuestras comodidades como Abraham y bajando a los encuentros con el Señor, a la vida de cada día como en el evangelio

Pedro el Venerable, abad
Sermón 1º para la Transfiguración: PL 189, 959
«Su rostro resplandecía como el sol» (Mt 17,2)

¿Por qué nos asombra que la cara de Jesús resplandeciera como el sol, si él mismo era el sol? Era el sol, pero escondido detrás de una nube. Ahora la nube se aparta, y resplandece por un instante. ¿Qué es esta nube que se aparta? No es la carne misma, sino la debilidad de la carne que desaparece por un instante. Esta nube, es aquella de la que habla el profeta: “El Señor ascenderá ligero sobre una nube” (Is 19,1): nube de carne que cubre la divinidad, ligera porque esta carne no lleva nada malo en sí misma; nube que vela el esplendor divino y ligero porque debe elevarse hasta el esplendor eterno. Es la nube sobre la que se ha dicho en el Cantar de los Cantares: “Desearía yacer a su sombra…” (Ct 2,3). Nube ligera porque esta carne es la del “Cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); y una vez quitados éstos, el mundo asciende a los cielos, liberado del lastre del peso de todos sus pecados.

El sol velado por esta carne no es “el que sale para buenos y malos” (Mt 5,45), sino “el Sol de justicia” (Ml 3,20) que sale exclusivamente para los que temen a Dios. Habitualmente velado por la nube de la carne, esta “luz que alumbra a todos los hombres” (Jn 1,9) brilla hoy con todo su esplendor. Hoy glorifica a la misma carne; la muestra deificada a los apóstoles, para que los apóstoles la revelen al mundo.

«Su rostro resplandecía como el sol» (Mt 17,2)…Revestido de la nube de la carne, hoy, la luz que ilumina a todo hombre (Jn 1,9) ha resplandecido. Hoy glorifica esta misma carne, la muestra deificada a los apóstoles para que ellos mismos la revelen al mundo. Y tú, ciudad dichosa, gozarás eternamente de la contemplación de este Sol, cuando «descenderás del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo» (Ap 21,2). Nunca jamás este Sol se pondrá para ti; permaneciendo él mismo eternamente, lucirá una mañana eterna. Este Sol nunca jamás se verá velado por ninguna nube, sino que brillará sin cesar, y te alegrará con una luz sin ocaso. Este Sol nunca más deslumbrará tus ojos sino que te dará la fuerza para mirarlo y te dejará encantada por su esplendor divino… «No habrá más muerte, ni luto, ni gemidos, ni penas» (Ap 21,4) que puedan ensombrecer el resplandor que Dios te ha dado porque, como dice Juan: «El mundo ha pasado».

Este es el Sol del que habla el profeta: «Nunca más tendrás necesidad del sol para alumbrarte ni de la luna para iluminarte, porque el Señor tu Dios será tu luz para siempre» (Is 60,19). Esta es la luz eterna que brilla para ti en el rostro del Señor. Oyes la voz del Señor, contemplas su rostro resplandeciente, y llegas a ser como el sol. Porque es en su rostro que se reconoce a alguien, y reconocerle, es como ser iluminado por él. Aquí abajo lo crees en la fe; allí le reconocerás. Aquí lo captas por la inteligencia; allí serás captado por ella. Aquí ves «como en un espejo»; allí le verás «cara a cara» (1C 13,12)… Entonces se cumplirá este deseo del profeta: «Que haga brillar su rostro sobre nosotros» (Sl 66, 2)… Te gozarás sin fin en esta luz; con esta luz caminarás sin cansarte. En esta luz verás la luz eterna.

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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