MATEO 9, 9-13

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (9,9-13): facebook pq

9 Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme». El se levantó y lo siguió.

10 Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos.

11 Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: «¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?».

12 Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.

MATEO 9.12

13 Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».

SAN BEDA EL VENERABLE (hacia 673-735), monje, doctor del a Iglesia
Homilías sobre los Evangelios, I, 21 ; CCL 122, 149-151
«En la mesa con Jesús»

«Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían, un grupo de recaudadores y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos». Procuremos penetrar más profundamente el significado de estos hechos. Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete temporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su corazón tal como lo dicen aquellas palabras: «Estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y me abre, entraré y comeremos juntos» (Ap 3,20).
Sí, el Señor está a la puerta y llama cuando nuestro corazón está pronto y atento a cumplir su voluntad, ya sea a través de una palabra de los que enseñan, ya por una inspiración interior. Abrimos la puerta a la llamada de su voz cuando, libremente, habiendo comprendido lo que debemos hacer, lo realizamos. Él entra para comer con nosotros y nosotros con él porque habita en el corazón de sus amigos a través de la gracia de su amor, para, sin cesar, alimentarlos con la luz de su presencia. De esta manera sus deseos tienden cada vez más hacia las cosas celestiales, y él mismo se deleita en esos deseos como un manjar más delicioso.

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Jesús lo vio y porque lo amo, lo eligió:

Jesús lo vio a un hombre llamado Mateo sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amo, lo eligió, y le dijo: sígueme, “sígueme”, que quiere decir: “imítame” le dijo sígueme, más que con sus pasos, con un modo de obrar. Porque quien dice que está en Cristo debe andar de continuo como él anduvo.
Él -continúa el texto sagrado- Se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicacion imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas, y, dejando de lado toda su riqueza, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba con fuerza por su voz, lo iluminaba de un modo interior invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible. (Cfr. Mt 6,20)

SÍGUEME

SAN FRANCISCO DE ASÍS (1182-1226), fundador de los Hermanos Menores
Carta a un superior de la orden franciscana
“No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”
Y en esto quiero saber si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si haces esto, o sea que no haya ningún hermano en el mundo que, habiendo pecado todo lo que se puede pecar, y después de haber visto tus ojos, no se vaya nunca sin tu misericordia, si pidió misericordia. Y si no la pide, pregúntale tú a él si la quiere. Y si luego pecara mil veces ante tus ojos, ámalo más que a mí, para que lo atraigas al Señor; y compadécete siempre de esos tales…
Si alguno de los frailes peca mortalmente por instigación del enemigo, tendrá que recurrir, por obediencia, a su guardián. Y todos los frailes que sepan que ha pecado, no lo avergüencen ni hablan mal de él, mas tengan gran misericordia con él y tengan muy secreto el pecado de su hermano, porque no necesitan de médico los sanos, sino los enfermos. (Mt 9,12)… Igualmente estén obligados, por obediencia, a mandarlo a su custodio con un compañero. Y el custodio se comporte misericordiosamente con él, como quería que se comportaran con él, si se viese en un caso semejante.
Y si cayera en otro pecado venial, se confiese con un hermano suyo sacerdote. Y si no hubiese un sacerdote, se confiese con otro hermano suyo, hasta que haya un sacerdote que lo absuelva canónicamente, como se ha dicho. Y éste no tenga potestad de imponer más penitencia que esta: “Vete y no peques más”.(Jn 8,11)

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SAN AMBROSIO (c 340-397), obispo de Milán y maestro de San Agustín, doctor de la Iglesia
“Sígueme”
He aquí la misteriosa vocación del publicano. Cristo le da la orden de seguirle, no por una cuestión material sino por el movimiento de su corazón. Y este hombre que justo entonces sacaba ávidamente su provecho de las mercancías, que explotaba duramente las fatigas y los peligros de los marineros, deja todo sobre una palabra de llamada. El que tomaba los bienes de los otros, abandona sus propios bienes. El que estaba sentado detrás de su triste mostrador, el marcha con toda su alma a continuación del Señor. Y prepara una gran comida: el hombre que recibe a Cristo en su residencia interior es saciado en delicias sin medida, de sobreabundantes alegrías. En cuanto al Señor, entra con gusto, y se pone a la mesa preparada por el amor de este que ha creído.
De un solo golpe se revela la diferencia entre los que obedecen a la Ley y los discípulos de la gracia.

Agarrarse a la Ley, es sufrir en un corazón en ayunas un hambre sin remedio; acoger internamente la Palabra, recibirla en el alma, es encontrar la renovación en la abundancia de la comida y de la fuente eterna, es no tener jamás más hambre, jamás más sed.

Si el Señor come con los pecadores ¿será para prohibirnos juntarnos a la mesa y hacer vida común con los paganos? El nos dice: “No son los sanos los que necesitan del médico sino los enfermos.” (Mt 9,12) Un nuevo remedio se nos ofrece por el Maestro nuevo. No es un producto de la tierra ni ninguna ciencia sería capaz de descubrirlo.

HOMILÍA

SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Comentario sobre el salmo 58 (1,7: CCL, 39, 733-734)

He venido a llamar a los pecadores a que se conviertan

Existe otra clase de fuertes que presumen, no de riqueza, ni de fuerza física, ni de haber temporalmente desempeñado algún cargo importante, sino de su justicia. Este tipo de fuertes ha de ser evitado, temido, rehuido, no imitado, precisamente porque presumen —repito— no de tipo, ni de bienes de fortuna, ni de estirpe, ni de honores —¿quién no ve que todos estos títulos son temporales, lábiles, caducos y pasajeros?—, sino que presumen de su propia justicia. Este tipo de fortaleza es el que impidió a los judíos pasar por el ojo de una aguja.

Pues presumiendo de justos y teniéndose por sanos, rehusaron la medicina y mataron al mismo médico. No ha venido a llamar a estos fuertes, a estos sanos, aquel que dijo: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Estos eran los fuertes que insultaban a los discípulos de Cristo, porque su maestro entraba en casa de los enfermos y comía con los enfermos.

¿Cómo es que —dicen— vuestro maestro come con publicanos y pecadores? ¡Oh fuertes, que no tenéis necesidad de médico! Esta vuestra fortaleza no es síntoma de salud, sino de insania. ¡Dios nos libre de imitar a estos fuertes! Pues es de temer que a alguien se le ocurra imitarlos.

En cambio, el doctor de humildad, partícipe de nuestra debilidad, que nos hizo partícipes de su divinidad, y que bajó del cielo para esto: para mostrarnos el camino y hacerse él mismo camino, se dignó recomendarnos muy particularmente su propia humildad. Por eso no desdeñó ser bautizado por el siervo, para enseñarnos a confesar nuestros pecados, a aceptar nuestra debilidad para llegar a ser fuertes, prefiriendo hacer nuestras las palabras del Apóstol, que afirma: Cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Por el contrario, los que pretendieron ser fuertes, esto es, los que presumieron de su virtud teniéndose por justos, tropezaron con el obstáculo de esa Piedra: confundieron el Cordero con un cabrito, y como lo mataron como cabrito no merecieron ser redimidos por el Cordero. Estos son los mismos fuertes que arremetieron contra Cristo, alardeando de su propia justicia. Escuchad a estos fuertes: Cuando algunos de Jerusalén, enviados por ellos a prender a Cristo, no se atrevieron a ponerle la mano encima, les dijeron: ¿Por qué no lo habéis traído? Respondieron: Jamás ha hablado nadie así. Y aquellos fuertes replicaron: ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Sólo esa gente que no entiende de la ley.

Se pusieron al frente de una turba enferma que corría tras del médico; por eso, porque eran fuertes y, lo que es más grave, con su fortaleza arrastraron tras de sí también a toda la turba, acabaron por matar al médico universal. Pero él, precisamente por haber muerto, elaboró con su sangre un medicamento para los enfermos.

SOY FUERTE PORQUE SOY DEBIL

SAN MATEO

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Publicado el 6 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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