LUCAS 9, 46-50

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (9, 46-50):

¿Quién será el mayor?

46 Entonces se les ocurrió preguntarse quién sería el más grande.

47 Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, tomó a un niño y acercándolo,

48 les dijo: «El que recibe a este niño en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe a aquel que me envió; porque el más pequeño de ustedes, ese es el más grande».

49 Juan, dirigiéndose a Jesús, le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre y tratamos de impedírselo, porque no es de los nuestros».

50 Pero Jesús le dijo: «No se lo impidan, porque el que no está contra ustedes, está con ustedes».

SAN CIRILO. El demonio asedia de muchos modos a los que quieren emprender una vida mejor. Por ello es que estimula sus pasiones para poder someter su alma, por medio de las excitaciones de la carne. Y cuando alguno se propone huir de sus lazos, excita la pasión de la codicia de la gloria, pasión que llegó a apoderarse de algunos de los apóstoles. Por lo que dice el Evangelista: “Y les vino el pensamiento, quién de ellos sería el mayor”. El que esto piensa es que desea hacerse superior a los demás. Creo que no serían todos los discípulos atacados de esta misma enfermedad y, por ello, el Evangelista, para que no se forme mal juicio sobre alguno de los discípulos, dice en general que les vino el pensamiento.

El Señor que sabe salvar, cuando vio que se suscitaba esta idea en la mente de sus discípulos como un germen de amargura, antes que tomase incremento, la arrancó de raíz. Cuando brotan las pasiones en nuestro corazón, se arrancan fácilmente, pero cuando crecen es difícil deshacerse de ellas. Por lo cual prosigue: “Mas Jesús, viendo lo que pensaban en su corazón”, etc. Sepa que yerra aquel que cree que Jesús es un puro hombre. Aun cuando el Verbo se hizo carne, continuó siendo Dios; pues sólo Dios es quien puede conocer lo que sucede en los corazones y en las entrañas. Cuando tomó al niño y lo puso en su presencia, se proponía la utilidad de sus apóstoles y la nuestra. Porque el mal de la vanagloria se ceba especialmente en aquellos que sobresalen sobre los demás. Mas el niño tiene el alma sincera, el corazón inmaculado, y permanece en la sencillez de sus pensamientos; no ambiciona los honores, ni conoce las prerrogativas, ni teme ser poco considerado, ni se ocupa de las cosas con gran interés. A tales, pues, ama y abraza el Señor; se digna tenerlos cerca de sí, pues lo imitan. Por esto dice el Señor (Mt 11,29): “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. De donde prosigue: “Y les dijo: El que recibiere a este niño en mi nombre, a mí me recibe”. Como diciendo: Puesto que es una misma la recompensa para los que honran a los santos, ya sean acaso ignorados, ya preclaros en honor y gloria, toda vez que se recibe en ellos a Cristo, ¿cómo no será vano disputarse la preeminencia?

Aún insinúa más el sentido de las palabras, diciendo: “Porque el que es menor entre todos vosotros, éste es el mayor”. Dice esto del modesto, que nada sublime cree de sí por modestia.

Pero convenía más bien pensar que éste mismo no era el autor de los milagros, sino la gracia que está en aquel que obra los milagros, por virtud de Cristo. ¿Por qué, pues, no se cuentan con los apóstoles aquellos que son coronados con la gracia de Cristo? Son muchas las diferencias de los dones de Cristo; y como había concedido a los apóstoles el de arrojar los demonios de los cuerpos de los hombres, creyeron que sólo a ellos era lícito ejercer ese poder. Por ello acuden preguntando si será lícito hacer esto a otros.

TEOFILACTO. Parece que esta pasión nació de que no habían podido curar al endemoniado y, disputando ellos sobre esto, habría dicho uno que no había sido por su propia impotencia, sino por la del otro. Y de aquí nació la cuestión, acerca de cuál de ellos sería mayor.

Como el Señor había dicho: “El que es menor entre vosotros todos, éste es el mayor”, temió San Juan si habrían hecho algún mal, prohibiendo con autoridad propia a cierto hombre. Porque la prohibición no da a entender que el que prohíbe es menor, sino mayor, y que sabe algo más. Por lo que prosigue: “Entonces Juan, tomando la palabra, dijo: Maestro, hemos visto a uno que lanzaba los demonios en tu nombre, y se lo vedamos”. No lo hizo por envidia, sino juzgando mal de sus milagros. No había recibido con ellos poder para hacer milagros, ni el Señor le había enviado como a ellos, ni seguía a Jesús en todas las cosas. De donde añade: “Porque no te sigue con nosotros”.

Admirad el poder de Cristo y cómo su gracia obra por medio de los que no son dignos y no son sus discípulos. Así como por los sacerdotes se santifican los hombres, aunque los sacerdotes no sean santos.

Como diciendo: Por vosotros, que amáis a Cristo, hay algunos que quieren seguir las cosas que pertenecen a su gloria, coronados con la gracia del mismo.

ABRAMOS NUESTRO CORAZON A ESE NIÑO

BEDA. Como habían visto que Pedro, Santiago y San Juan, habían sido llamados aparte y llevados al monte; y como se habían ofrecido a Pedro las llaves del cielo, creyeron que, o bien los tres, o bien sólo Pedro había de ser quien presidiese a los demás. O porque habían visto a Pedro igualado al Señor en el pago del tributo, creían que se le distinguía sobre los demás. Pero el lector diligente halla esta cuestión, agitada entre ellos, antes del pago del tributo . Finalmente, San Mateo (Mt 18) hace mención de esto, como sucedido en Cafarnaúm. Dice San Marcos (Mc 9,33-34): “Y vinieron a Cafarnaúm, y hallándose en la casa, les preguntaba: ¿De qué hablabais en el camino? Mas ellos callaban; porque en el camino habían disputado entre sí sobre cuál de ellos sería el mayor”.
En esto o enseña simplemente que los que quieren ser más grandes deben recibir a los pobres de Cristo por su honor, o bien los exhorta a ser párvulos en la malicia. Por esto, cuando dice: “El que recibiere a este niño”, añadió: “En mi nombre”; para que el modelo de virtud que el niño observa, guiado por la naturaleza, lo imiten ellos, guiados por la razón, por el nombre de Cristo. Mas como enseña que El es recibido en el niño y que El nació niño para nosotros, para que no se creyese que era sólo lo que se veía, añade: “Y cualquiera que a Mí recibiere, recibe a Aquel que me envió”; queriendo así que se le crea semejante e igual al Padre.

Por eso, respecto de los herejes o malos cristianos, nosotros no debemos detestar ni impedir las prácticas que les son comunes con nosotros, y que no son contra nosotros. Lo que hay que detestar es la división, contraria a la paz y a la verdad, con la que están contra nosotros.

LA PERSONA HUMILDE ES AQUELLA QUE IMITA A CRISTO

SAN AMBROSIO. El que recibe a alguno que imita a Cristo, recibe al mismo Cristo; y el que recibe la imagen de Dios, recibe al mismo Dios. Y como no podíamos ver la imagen de Dios, se nos dio a conocer por medio de la encarnación del Verbo, para reconciliarnos con la Divinidad que está sobre nosotros.
San Juan, como amaba mucho y era correspondido, cree que no debe dispensarse esta gracia a aquel que no es acreedor a ella.
No fue reprendido San Juan porque decía esto en virtud del amor que profesaba a Jesús. Pero se le dio a entender la diferencia que hay entre los enfermos y los fuertes. Y por tanto, si bien es verdad que Dios recompensa a los que son fuertes en su servicio, sin embargo no excluye a los débiles. Por lo cual sigue: “Y Jesús le dijo: No se lo vedéis; porque el que no es contra vosotros, por vosotros es”. Y decía bien el Salvador, porque José y Nicodemus, discípulos ocultos por el miedo, cuando llegó el tiempo oportuno no negaron su fidelidad. Pero como en otro lugar había dicho el Salvador: “El que no está conmigo está contra mí, y el que no coge conmigo, desperdicia” (Lc 11,23), se hace preciso conocer el verdadero sentido, para que no se crea que hay contrariedad. Creo que, si uno considera al escudriñador de las mentes, no debe dudar de que la acción de cada uno es discernida conforme a su intención.

¿Cómo se explica que aquí no permita Jesús estorbar a otros que lancen los demonios en su nombre, por medio de la imposición de manos, cuando según San Mateo dice a éstos: “No os conozco” (Mt 7,23)? Pero debemos advertir que no hay diferencia entre una sentencia y otra, sino pensar que no sólo se requieren en el clérigo las obras de su oficio, sino también las de la virtud; y que el nombre de Cristo es tan grande, que sirve para el bien, aun a los que no son santos, aunque no sirva para su propia salvación. Por eso ninguno debe apropiarse la gracia de la curación de un hombre, en el cual ha operado la virtud del nombre de Dios, pues el diablo no es vencido por tu mérito, sino por su odio contra Dios.

CRISÓSTOMO. Allí dijo: “El que no está conmigo, está contra mí”; y en ello da a entender que el diablo y los judíos son sus enemigos. Aquí manifiesta que el que arroja los demonios en nombre de Cristo tiene alguna parte con El.

BUSCA A DIOS

San Clemente de Alejandría
Obras: Pequeños a imagen de Cristo.
El Pedagogo, I, 21-24.
«Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mi» (Lc 9,48).

“Llevarán en brazos, dice la Escritura, a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo” (Is 66 12-13). La madre atrae hacia sí a sus hijos pequeños y nosotros buscamos a nuestra madre, la Iglesia. Todo ser débil y tierno, cuya debilidad tiene necesidad de ayuda, es gracioso, atrayente, hermosos; Dios no rechaza su ayuda a un ser tan joven. Los padres dedican una ternura especial a sus pequeños…De la misma manera, el Padre de toda la creación, acoge a los que se refugian en él, los regenera por el Espíritu y los adopta como hijos; conoce cuan dulces son y a ellos solos ama, ayuda, protege; y por ello les llama sus hijos pequeños (cf Jn 13, 33)…

El Santo Espíritu, por boca de Isaías, aplica al mismo Señor el término hijo pequeño: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado…” (Is 9,5). ¿Quién es este hijo pequeño, este recién nacido, a imagen del cual somos hijos pequeños? Por el mismo profeta, el Espíritu nos describe su grandeza: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz” (v. 6).

¡Oh el gran Dios! ¡Oh el niño perfecto! El Hijo está en el Padre y el Padre está en el Hijo ¿Podría no ser perfecta la instrucción que nos da este niño pequeño? Ella nos engloba a todos para guiarnos a nosotros, sus hijos pequeños. Ha extendido sus manos sobre nosotros y en ellas hemos puesto toda nuestra confianza. Es de este hijo pequeño de quien Juan Bautista da testimonio: “He aquí, dice, el cordero de Dios” (Jn 1,29). Puesto que la Escritura nombra corderos a los hijos pequeños, llama “cordero de Dios” al Verbo de Dios que se ha hecho hombre por nosotros y ha querido ser, en todo, semejante a nosotros, él, el Hijo de Dios, el hijito del Padre.

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Publicado el 10 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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