LUCAS 11, 1-4

LUCAS 11

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (11,1-4):

1 Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».

LUCAS 11.1

2 El les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino,

3 danos cada día nuestro pan cotidiano;

4 perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».

LUCAS 11.4

San Francisco de Asís (1182-1226), fundador de los Hermanos Menores
Padrenuestro, parafraseado
“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1)

“Padre Nuestro”, santísimo,
nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Salvador y nuestro Consolador.

“Que estás en el cielo”
que estás en los ángeles, en los santos, iluminando a todos para que te conozcan,
porque tú eres, Señor, la luz;
tú los inflamas para que te amen, porque tú eres el Señor, el amor;
habitas en ellos llenándolos de tu divinidad para que sean felices, porque tú eres,
Señor, el bien supremo, el bien eterno.

“Santificado sea tu nombre”
Que se haga cada día más claro el conocimiento que tenemos de tu nombre,
Para que comprendamos la grandeza de tus beneficios,
La largueza de tus promesas y la altura de tu majestad,
La profundidad de tus juicios. (Ef 3,18)

“Venga a nosotros tu reino”
Reina en nosotros desde ahora por tu gracia
Introdúcenos un día en tu reino.
Donde te veremos, por fin, sin sombra alguna.
Donde te amaremos perfectamente.
Bienaventurada unión contigo y eterno gozo de estar contigo.

“Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”
Que te amemos
con todo corazón, pensando siempre en ti.
Con toda el alma, deseándote siempre.
Con todo nuestro espíritu, dirigiendo hacia ti nuestras fuerzas procurando
únicamente tu gloria.
Con todas nuestras fuerzas, gastando todas nuestras energías y nuestros sentidos
interiores y exteriores al servicio de tu amor y de nada más. (Mt 12,30)
Que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos.
Atrayéndolos a todos hacia tu amor según nuestras fuerzas.
Participando en su felicidad como si fuera la nuestra.
Ayudándoles a soportar sus males, sin ofenderlos nunca..

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Sergio Córdova

Se cuenta que el emperador romano Alejandro Severo, pagano, pero naturalmente honesto, tuvo un día entre sus manos un pergamino en donde se hallaba escrito el Padrenuestro. Lo leyó lleno de curiosidad y tanto le gustó que ordenó a los orfebres de su corte fundir una estatua de Jesucristo, de oro purísimo, para colocarla en su propio oratorio doméstico, entre las demás estatuas de sus dioses, ordenando pregonar en la vía pública las palabras de aquella oración. Una oración tan bella sólo podía venir del mismo Dios.

Se han escrito muchísimos comentarios sobre el Padrenuestro, y creo que nunca terminaríamos de agotar su contenido. No en vano fue la oración que Jesucristo mismo nos enseñó y que, con toda razón, se ha llamado la “oración del Señor”. Es la plegaria de los cristianos por antonomasia y la que, desde nuestra más tierna infancia, aprendemos a recitar de memoria, de los labios de nuestra propia madre.

En una iglesia de Palencia, se escribió hace unos años esta exigente admonición:

No digas “Padre”, si cada día no te portas como hijo.
No digas “nuestro”, si vives aislado en tu egoísmo.
No digas “que estás en los cielos”, si sólo piensas en cosas terrenas.
No digas “santificado sea tu nombre”, si no lo honras.
No digas “venga a nosotros tu Reino”, si lo confundes con el éxito material.
No digas “hágase tu voluntad”, si no la aceptas cuando es dolorosa.
No digas “el pan nuestro dánosle hoy”, si no te preocupas por la gente con hambre.
No digas “perdona nuestras ofensas”, si guardas rencor a tu hermano.
No digas “no nos dejes caer en la tentación”, si tienes intención de seguir pecando.
No digas “líbranos del mal”, si no tomas partido contra el mal.
No digas “amén”, si no has tomado en serio las palabras de esta oración.

APUNTES
El Señor Jesús, el Verbo divino que por obra del Espíritu Santo se encarnó de María Virgen, es un hombre de acción y oración. El anuncio de la Buena Nueva, sus signos y milagros, la obra de la Reconciliación obrada en su Muerte y Resurrección son ante todo acción, acción que se sustenta en la comunión profunda y en el diálogo continuo con el Padre, acción que es ella misma un acto de ininterrumpida alabanza al Padre porque es fiel cumplimiento de sus amorosos designios divinos: «Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.» (Jn 17,4) En efecto, llevando a cabo la obra que el Padre le ha encomendado, el Hijo glorifica al Padre porque hace de su acción una liturgia continua, una oración que no se interrumpe. El Señor Jesús vive así ese binomio entre la acción y oración que todo discípulo suyo está llamado a vivir.
Es en medio de la intensa actividad que realiza en su camino a Jerusalén, actividad que es ella misma oración, que el Señor no deja de buscar los necesarios “momentos fuertes” de diálogo y encuentro íntimo con el Padre. Él estaba «orando en cierto lugar», empieza diciendo Lucas en el Evangelio. Ésta es una de las tantas ocasiones en las que Jesús busca al Padre en el silencio y la soledad de la oración. En medio de la actividad el Señor se muestra como un hombre de oración (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2599-2606), constituyéndose en modelo que «con su oración atrae a la oración» (Catecismo de la Iglesia Católica, 520). El discípulo que contempla a su Maestro en oración, experimenta la necesidad de orar él mismo, experimenta el deseo de aprender de quien es Maestro de oración. Es así que cuando terminó de orar, le dijo uno de sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar».

SEÑOR ENSEÑANOS A ORAR
Mas el Señor ante la pregunta no les enseña a sus discípulos propiamente “cómo” orar, no establece un método de oración, sino que les enseña qué decir en el momento de orar. Es así que les propone una plegaria muy breve y concreta, cuyo contenido va a lo esencial: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».
En los Evangelios encontramos dos versiones del Padrenuestro, una la de San Lucas y la otra de San Mateo (6,9-13), que es más completa que la de San Lucas, y es la que hoy rezamos. Lucas coloca la enseñanza del Padrenuestro luego del episodio de Betania, mientras Mateo la sitúa en el Sermón de la Montaña. Hemos de suponer que el Señor no enseñó esta oración sólo una vez, sino en diversas oportunidades, como hace un maestro que en diversos momentos repite lecciones importantes para ser aprendidas por cada vez más discípulos.
En esta oración la primera palabra que debe dirigir el creyente a Dios es la de “Padre”. Es verdaderamente hijo, en Jesucristo y por Jesucristo, quien con Él ha sido sepultado en el Bautismo y quien con Él ha resucitado también a una vida nueva (2ª. lectura). La reconciliación que el Señor ha obrado por su pasión, muerte y resurrección, es perdón de los pecados, cancelación de «la nota de cargo que había contra nosotros». Todo bautizado ha sido vivificado en Cristo y hecho hijo en el Hijo: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1Jn 3,1) Gracias a Jesucristo y en comunión con Él, el creyente es verdaderamente hijo de Dios, y se puede dirigir a Él como Padre.
Luego de enseñar a sus discípulos esta fundamental plegaria, el Señor continúa su instrucción sobre la oración para enseñar ahora que la perseverancia y la confianza han de ser sus principales cualidades. Con la parábola del amigo importuno enseña cuán persistente debe ser la súplica dirigida al Padre. También Abraham se muestra tercamente insistente al suplicar a Dios que no destruya las ciudades inicuas de Sodoma y Gomorra, en favor de los pocos justos que allí hubieran (1ª. lectura). Jesús concluye su parábola dándoles la certeza de que serán atendidos por Dios en sus plegarias: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». Sin embargo, deja entrever que si no reciben lo que piden, es porque no están pidiendo lo que conviene. La razón de no recibir lo que se pide hay que buscarla no en que Dios no escucha, sino en que como Padre Él no dará a sus hijos lo que no conviene. Y a veces, lo que más conviene es la Cruz, a la que el Padre en sus misteriosos designios invita a abrazarse con firmeza, aun cuando se la ve como una maldición, un cáliz amargo que se quiere rechazar. En esas circunstancias, el Hijo por excelencia es también modelo y maestro de cómo se ha de rezar: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.» (Mt 26,39)

PADRENUESTRO

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA
Al ver al maestro en oración, un discípulo experimenta esa necesidad de aprender también él a rezar, necesidad que tantas veces experimentamos también nosotros: ¿Cómo debemos rezar? “Señor, ¡enséñanos a orar!”
El Señor inicia a sus discípulos en la oración proponiéndoles una plegaria concreta: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino…». ¡Cuánto nos enseñan estas palabras! ¡Qué importante es rezar con esta oración que el Señor mismo nos ha dejado como una preciosísima herencia! ¡Bastaría que rezáramos bien esta oración todos los días, dándole el verdadero peso y sentido a cada una de sus palabras, para que nuestra vida estuviera tan llena de la presencia de Dios! Pero cuántas veces, por la rutina, no hacemos sino recitarla como loros que repiten una y otra vez unos sonidos que no comprenden en absoluto, unas palabras vaciadas de sentido, y lo hacemos apuradamente y cansados sólo al final del día, antes de acostarnos, como si eso fuera rezar!
Por ello, es importante que profundicemos en el sentido de lo que rezamos en esta preciosa oración, elaborada por el Señor mismo para que la recemos. La primera palabra es aquella con la que el Señor Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios: “¡Padre!” Sí, Dios es verdaderamente Padre, un Padre rico en misericordia y ternura, es mi Padre y verdaderamente me ama y quiere mi máximo bien (ver 1Jn 3,1; Lc 15,11-32).
Pero Dios, a quien el Señor Jesús me invita a dirigirme con confianza filial, no sólo es mi Padre: es también Padre de Jesucristo, Padre mío y tuyo, de todos los que hemos recibido la vida nueva en Cristo, es “Padre nuestro. Sí, el Señor nos enseña que su Padre es también Padre nuestro y eso nos hace a ti y a mí hermanos, verdaderamente hermanos, unidos por un vínculo más profundo que el de la sangre, el vínculo del Espíritu que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Y si somos hijos de un mismo Padre, no podemos consentir divisiones entre quienes somos de Cristo, más aún, somos responsables los unos de los otros, somos responsables de trabajar por nuestra unidad, por vivir reconciliados en el amor del Señor. No hay fraternidad más profunda y real que esa: la que se sustenta en la dignidad y condición de ser hijos de un mismo Padre: Dios.
Podríamos así profundizar en cada una de las palabras y peticiones que el Señor ha querido poner no sólo en nuestros labios, sino más aún en nuestros corazones. Eso queda como tarea para cada uno, y en esta tarea nos ayudará muchísimo la lectura y meditación del Catecismo de la Iglesia Católica, números 2779 al 2856.
Procuremos además rezar todos los días el Padrenuestro pausadamente, en la mañana antes de empezar nuestra jornada, tomando conciencia de cada una de las palabras que pronunciamos con nuestros labios y procurando con la gracia de Dios vivirlas intensamente durante nuestra jornada.

LUCAS 11.1

PADRES DE LA IGLESIA

San Cipriano:

«Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «El pan mío dámelo hoy», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.»
«El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a su casa –dice el Evangelio– y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en los cielos.»
«Santificado sea tu nombre, no en el sentido de que Dios pueda ser santificado por nuestras oraciones, sino en el sentido de que pedimos a Dios que su nombre sea santificado en nosotros. Por lo demás, ¿por quién podría Dios ser santificado, si es él mismo quien santifica? Mas, como sea que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo, por esto, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el Bautismo, perseveremos en esta santificación inicial. Y esto lo pedimos cada día. Necesitamos, en efecto, de esta santificación cotidiana, ya que todos los días delinquimos, y por esto necesitamos ser purificados mediante esta continua y renovada santificación.»
«“Venga a nosotros tu reino”. Pedimos que el reino de Dios de realice, en el mismo sentido en que imploramos que su nombre sea santificado en nosotros. En efecto, ¿cuándo es que Dios no reina? ¿Cuándo ha comenzado a ser lo que en El siempre ha existido y jamás dejará de existir? Pedimos, pues, que venga nuestro reino, el que Dios nos ha prometido, aquel que Cristo nos ha alcanzado por su Pasión y su Sangre. Así, después de haber sido esclavos en este mundo, seremos reyes cuando Cristo será soberano, tal como él mismo nos lo ha prometido cuando dice: “Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34).»
«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, no en el sentido de que Dios haga lo que quiera, sino que nosotros seamos capaces de hacer lo que Dios quiere. ¿Quién, en efecto, puede impedir que Dios haga lo que quiere? Pero a nosotros sí que el diablo puede impedirnos nuestra total sumisión a Dios en sentimientos y acciones; por esto pedimos que se haga en nosotros la voluntad de Dios, y para ello necesitamos de la voluntad de Dios, es decir, de su protección y ayuda, ya que nadie puede confiar en sus propias fuerzas, sino que la seguridad nos viene de la benignidad y misericordia divinas.»
«Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios

CATECISMO DE LA IGLESIA
Toda la Cuarta parte, segunda sección del Catecismo trata sobre la oración del Padrenuestro: nn. 2759-2854.
2761: «La Oración dominical [el Padrenuestro] es, en verdad, el resumen de todo el Evangelio». «Cuando el Señor hubo legado esta fórmula de oración, añadió: “Pedid y se os dará” (Lc 11, 9). Por tanto, cada uno puede dirigir al cielo diversas oraciones según sus necesidades, pero comenzando siempre por la oración del Señor que sigue siendo la oración fundamental».
2764: El Sermón de la Montaña es doctrina de vida, la Oración dominical es plegaria, pero en uno y otra el Espíritu del Señor da forma nueva a nuestros deseos, esos movimientos interiores que animan nuestra vida. Jesús nos enseña esta vida nueva por medio de sus palabras y nos enseña a pedirla por medio de la oración. De la rectitud de nuestra oración dependerá la de nuestra vida en El.
2765: La expresión tradicional «Oración dominical» [es decir «Oración del Señor»] significa que la oración al Padre nos la enseñó y nos la dio el Señor Jesús. Esta oración que nos viene de Jesús es verdaderamente única: ella es «del Señor». Por una parte, en efecto, por las palabras de esta oración el Hijo único nos da las palabras que el Padre le ha dado: El es el Maestro de nuestra oración. Por otra parte, como Verbo encarnado, conoce en su corazón de hombre las necesidades de sus hermanos y hermanas los hombres, y nos las revela: es el Modelo de nuestra oración.
2766: Pero Jesús no nos deja una fórmula para repetirla de modo mecánico. Como en toda oración vocal, el Espíritu Santo, a través de la Palabra de Dios, enseña a los hijos de Dios a hablar con su Padre. Jesús no sólo nos enseña las palabras de la oración filial, sino que nos da también el Espíritu por el que éstas se hacen en nosotros «espíritu y vida» (Jn 6, 63). Más todavía: la prueba y la posibilidad de nuestra oración filial es que el Padre «ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”» (Gal 4, 6). Ya que nuestra oración interpreta nuestros deseos ante Dios, es también «el que escruta los corazones», el Padre, quien «conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión en favor de los santos es según Dios» (Rom 8, 27). La oración al Padre se inserta en la misión misteriosa del Hijo y del Espíritu.
2767: Este don indisociable de las palabras del Señor y del Espíritu Santo que les da vida en el corazón de los creyentes ha sido recibido y vivido por la Iglesia desde los comienzos. Las primeras comunidades recitan la Oración del Señor «tres veces al día», en lugar de las «Dieciocho bendiciones» de la piedad judía.
2769: En el Bautismo y la Confirmación, la entrega [«traditio»] de la Oración del Señor significa el nuevo nacimiento a la vida divina. Como la oración cristiana es hablar con Dios con la misma Palabra de Dios, «los que son engendrados de nuevo por la Palabra del Dios vivo» (1 Pe 1, 23) aprenden a invocar a su Padre con la única Palabra que El escucha siempre. Y pueden hacerlo de ahora en adelante porque el Sello de la Unción del Espíritu Santo ha sido grabado indeleble en sus corazones, sus oídos, sus labios, en todo su ser filial. Por eso, la mayor parte de los comentarios patrísticos del Padre Nuestro están dirigidos a los catecúmenos y a los neófitos. Cuando la Iglesia reza la Oración del Señor, es siempre el Pueblo de los «neófitos» el que ora y obtiene misericordia.

 

Anuncios

Publicado el 17 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: