LUCAS 12, 13-21

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (12,13-21): facebook pq

13 Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia».

14 Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?».

15 Después les dijo: «Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas».

LUCAS 12.15

16 Les dijo entonces una parábola: «Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho,

17 y se preguntaba a sí mismo “¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha”.

18 Después pensó: “Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes,

19 y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida”.

20 Pero Dios le dijo: “Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?”.

LUCAS 12.20

21 Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios».

San Basilio, Homilía 6, sobre las riquezas; PG 31, 261 s.

«¿Qué voy a hacer? ¡Construiré graneros más grandes!» ¿Por qué habían producido tanto las tierras de este hombre que no iba a hacer más que un mal uso de sus riquezas? Para que se manifiesta con mayor esplendor la inmensa bondad de Dios que da su gracia a todos, «porque hace caer la lluvia sobre justos e injustos, hace salir el sol tanto sobre los malvados como sobre los buenos» (Mt 5,45)… Los beneficios de Dios para este hombre rico eran: una tierra fecunda, un clima templado, abundantes semillas, bueyes para labrar, y todo lo que asegura la prosperidad. Y él ¿qué le devolvía? Un mal humor, misantropía y egoísmo. Es así como agradecía a su bienhechor.
Olvidaba que todos pertenecemos a la misma naturaleza humana; no pensó que era necesario distribuir lo superfluo a los pobres; no tuvo en cuenta ninguno de los preceptos divinos: «No niegues un favor a quien es debido, si en tu mano está el hacérselo» (Pr 3, 27), «la piedad y la lealtad no te abandonen» (3,3), «parte tu pan con el hambriento» (Is 58,7). Todos los profetas y los sabios le proclamaban estos preceptos, pero él se hacía el sordo. Sus graneros estaban a punto de romperse por demasiado estrechos para el trigo que metía, pero su corazón no estaba saciado…

No quería despojarse de nada aunque no llegara a poder guardar todo lo que poseía. Este problema le angustiaba: «¿Qué haré?» se repetía. ¿Quién no tendría lástima de un hombre tan obsesionado? La abundancia le hace desdichado… se lamenta igual como los indigentes: «¿Qué haré? ¿Qué comeré? ¿Con qué me vestiré?» Eso es lo que dice este rico. Sufre su corazón, la inquietud le devora, porque lo que a los demás les alegra, al avaro lo hunde. Que todos sus graneros estén llenos no le da la felicidad. Lo que atormenta a su alma es tener demasiadas riquezas al rebosar sus graneros…

Considera bien, hombre, quién te ha llenado de sus dones. Reflexiona un poco sobre ti mismo: ¿Quién eres? ¿Qué es lo que se te ha confiado? ¿De quién has recibido ese encargo? ¿Por qué te ha preferido a muchos otros? El Dios de toda bondad ha hecho de ti su intendente; te ha encargado preocuparte de tus compañeros de servicio: ¡no vayas a creer que todo se ha preparado para tu estómago solamente! Dispón de los bienes que tienes en tus manos como si fueran de otros. El placer que te procuran dura muy poco, muy pronto van a escapársete y desaparecer, y sin embargo te pedirán cuenta rigurosa de lo que has hecho con ellos. Luego lo guardas todo, puertas y cerraduras bien cerradas; pues aunque lo hayas cerrado todo, la ansiedad no te deja dormir…

«¿Qué haré?» Tenía una respuesta a punto: «Llenaré las almas de los hambrientos; abriré mis graneros e invitaré a todos los que pasan necesidad… Haré que oigan una palabra generosa: Venid a mí todos los que no tenéis pan, tomad la parte que os corresponde de los dones que Dios ha concedido, cada uno según su necesidad».

San Juan Crisóstomo: Hom. 77

Síguese un tercer consuelo: que juntamente con ellos será injuriado el Padre. Les dice: Todo esto harán con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. O sea que también a El lo injurian en eso. Además, declarando indignos a ésos de todo perdón, pone otro motivo de consuelo con estas palabras: Si Yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; con lo cual hace manifiesto que procederán injustamente contra El y contra los discípulos. Luego, como si éstos le dijeran: ¿Entonces por qué nos arrojaste a semejantes males? ¿Acaso no preveías las guerras y odios?, añade respondiendo: El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. No es pequeño el castigo que de antemano les anuncia. Puesto que continuamente alegaban que por amor al Padre lo perseguían. Con lo dicho les quita El toda defensa. No les queda ya excusa alguna. El los adoctrinó con sus palabras y los confirmó con palabras y obras, conforme a la Ley de Moisés; y El mismo a quien tal hace y dice, si sus palabras llevan a la piedad y están apoyadas en grandes milagros, ordena que se le obedezca como a El mismo en persona.

Pero no sólo se refirió Jesús a sus milagros, sino a que eran tales cuales nunca ningún otro llevó a cabo. Y testigos de esto eran los mismos judíos, pues decían: Jamás se vio cosa parecida en Israel; y también: Nunca jamás se oyó decir que alguien abrió los ojos a un ciego de nacimiento. Y lo mismo fue cuando lo de Lázaro. Y se podrían citar muchos milagros y también el modo de verificarlos, pues todo ahí era nuevo y estupendo. Entonces ¿por qué dices que a ti y a nosotros nos perseguirán?: Porque no sois de este mundo. Si fuerais de este mundo, el mundo amaría lo que es suyo.

Les trae desde luego a la memoria las palabras que ya había El dicho a sus hermanos; aunque allá las dijo más cautamente para no ofenderlos, mientras que acá lo revela todo. Pero ¿cómo se demuestra que por causa de El se nos persigue? Por lo que conmigo han hecho, les dice. ¿Cuál de mis palabras o de mis obras que pudieron acusar no utilizaron para no recibirme? Y como esto mismo fuera para nosotros increíble y admirable, añade la razón: es a saber, la perversidad de ellos. Y no se contentó con eso, sino que adujo al profeta, haciendo ver que éste, ya de antiguo, había anunciado y había dicho: Me odiaron gratuitamente.

Lo mismo hace Pablo. Pues como muchos se admiraran de la incredulidad de los judíos, les pone delante los profetas que ya antiguamente predijeron eso y pusieron el motivo de semejante incredulidad, que fue la arrogancia y perversidad de los mismos judíos. Pero entonces, Señor, si no obedecieron tus palabras, tampoco creerán en las nuestras; y si a Ti te persiguieron, también nos perseguirán a nosotros; y si presenciaron milagros tales como nadie nunca los hizo iguales; y si escucharon discursos como nunca se habían escuchado; y todo eso de nada sirvió, sino que odiaron a tu Padre y también a Ti ¿cómo podremos ser testigos fidedignos? ¿cuál de nuestros conciudadanos nos prestará oídos?

Para que semejantes pensamientos no los perturbaran, advierte el consuelo que les da. Cuando viniera el Paráclito que Yo os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, El dará testimonio de Mí. Y también vosotros daréis testimonio, ya que desde el principio estáis conmigo. El será fidedigno, puesto que será Espíritu de la verdad. Por tal motivo no lo llama Espíritu Santo, sino Espíritu de la verdad. Que procede del Padre quiere decir que todo lo conoce con exactitud, lo cual afirma también el mismo Cristo de Sí: Yo sé de dónde vengo y a dónde voy, lo dice hablando de la verdad.

Al cual Yo enviaré. De modo que no lo envía el Padre solo, sino juntamente lo envía el Hijo. Y también vosotros seréis fidedignos, pues habéis estado conmigo y no oísteis la doctrina de boca de otro. Los mismos apóstoles más tarde lo aseveran y dicen: Los que con El comimos y bebimos. Y que no les dijera eso únicamente por adulación, lo testifica el mismo Espíritu. Estas cosas os digo para que no desfallezcáis, cuando veáis que muchos no creen y que vosotros soportáis duros trabajos. OÍ echarán de las sinagogas. Ya habían decretado los judíos que si alguno confesaba a Cristo, fuera arrojado de la sinagoga.

Llega ya la hora en que todo el que os dé muerte crea que rinde un servicio a Dios. Tramarán vuestra muerte como quien piadosamente procede y agradando a Dios. Luego nuevamente los consuela diciendo: Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a Mí. Os sirve de suficiente consuelo que lo sufriréis por el Padre y por Mí. De modo que les trae a la memoria aquella bienaventuranza que profirió allá a los principios: Seréis bienaventurados cuando os insultaren y persiguieren y dijeren falsamente todo género de maldad contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos porque vuestra recompensa será grande en los Cielos.

Esto os he dicho para que cuando llegue la hora de estos sufrimientos, os acordéis de esto que Yo os predije; y así también todo lo demás lo tengáis por digno de fe. No podréis decir que Yo por adulación o por conseguir vuestro favor he dicho estas cosas, ni que mis palabras eran falaces. Si alguien quisiera engañaros, no os haría estas predicciones que podrían aterrorizaros. Os las he predicho para que no os tomen de repente y os conturben; y también no podáis decir que Yo no supe de antemano lo futuro. Acordaos, pues, de que os lo predije. Los judíos constantemente propalaban como causa de perseguir a los apóstoles el mal que éstos hacían, por lo cual los echaban fuera como a gente perniciosa. Pero esto ya no perturbaba a los discípulos, pues habían oído que así sucedería y sabían el motivo por el que padecían, motivo que era suficiente para levantarles el ánimo. Por esto en todas partes lo presenta Jesús diciendo: No me han conocido; y por mi causa lo harán; y por mi nombre sufrirán los discípulos y por mi Padre; y también: Yo el primero he padecido; y además: al hacer eso los perseguidores obran con injusticia.

Pues bien, al tiempo de las pruebas y tentaciones, meditemos estas cosas, sobre todo cuando algo padezcamos de parte de los malos. Atendamos a nuestro jefe y consumador de nuestra fe; ya que lo sufrimos de parte de los perversos, lo sufrimos por la virtud y por Cristo. Si esto meditamos, todo nos será fácil y tolerable. Si cualquiera se gloría de lo que ha sufrido por aquellos a quienes ama, ¿qué pena puede sentir por sus males aquel que los sufre por Dios? Cristo, por amor nuestro, a la cruz, cosa llena de oprobio, la llama gloria; pues mucho más debemos nosotros estimarla así.

Si de este modo podemos despreciar los sufrimientos, mucho más podremos después despreciar los dineros y la avaricia. De modo que es conveniente, cuando habernos de sufrir alguna cosa pesada, que pensemos no únicamente en el trabajo, sino además en las coronas. Así como los mercaderes piensan no sólo en los peligros del mar, sino también en las ganancias, así conviene que nosotros pensemos en el Cielo y tengamos la confianza según Dios. Si las riquezas te parecen agradables, piensa que Cristo no las quiere, y al punto dejarán de agradarte. Lo mismo, si te es molesto hacer limosna a los pobres, no pienses únicamente en lo que das, sino levanta tu ánimo rápidamente de la siembra a la cosecha. Si te parece duro abstenerte del amor a la mujer ajena, medita en la corona que esto te adquiere, y fácilmente apartarás el fuego y soportarás el trabajo. Dura cosa es la virtud, pero rodeémosla de las grandes promesas de bienes futuros. Los buenos tienen por hermosa la virtud por sí misma, haciendo a un lado las demás consideraciones, y por eso la ejercitan; y proceden en eso correctamente, no atendiendo a la recompensa sino al beneplácito divino. Estiman sobremanera la continencia no para evitar el castigo, sino porque ella es un mandato de Dios.

Mas, si alguno es más débil, piense en los premios. Y lo mismo procedamos respecto de la limosna y compadezcámonos de nuestros conciudadanos, y no los despreciemos al verlos muertos por el hambre. ¿Cómo no ha de ser absurdo estar nosotros sentados a la mesa riendo y entre placeres, mientras escuchamos a otros que lloran en las calles y ni siquiera los miramos, sino que se lo tomamos a mal y los llamamos mentirosos? ¿Qué dices, oh hombre? ¿Hay acaso alguno que por un pan teja mentiras? Pues bien, de éstos en especial debes moverte a compasión, si dices que sí los hay. A éstos sobre todo hay que librarlos de su necesidad. Y si nada quieres darles, a lo menos no los cargues de injurias. Si no quieres librarlos del naufragio, a lo menos no los precipites al abismo. Cuando rechazas a quien te pide, considera lo que tú podrás conseguir cuando ruegas a Dios. Porque El dice: Con la medida que midiereis seréis medidos. Considera cómo ese pobre a quien rechazaste se aparta con la cabeza inclinada, llorando y llevando una doble herida: la de la pobreza y la de la injuria. Si piensas que pedir limosna es una maldición, piensa también cuán grave tempestad se levanta en el alma de quien pide y no recibe y ha de apartarse cargado de injurias.

¿Hasta cuándo seremos semejantes a las fieras? ¿hasta cuándo, a causa de nuestra avaricia, despreciaremos nuestra propia naturaleza? Muchos de vosotros ahora lloráis. Pero yo deseo que no únicamente ahora, sino perpetuamente obtenga ella de vosotros esa misericordia. Piensa en aquel día en que nos presentaremos ante el tribunal de Cristo y cómo necesitaremos entonces de misericordia. ¿Qué será cuando nos diga: por un pan o por un óbolo suscitasteis en éstos tan horrible tempestad? ¿Qué responderemos? ¿qué defensa hallaremos? Y que El nos presentará así en público, óyelo con sus mismas palabras: Cuando no lo hicisteis con uno de estos pequeñuelos tampoco conmigo lo hicisteis. !!

Porque no serán entonces ellos quienes nos lo dirán, sino el mismo Cristo quien nos lo reprochará. El rico Epulón vio a Lázaro, pero Lázaro nada le dijo. Fue Abrahán quien habló en favor de Lázaro. Lo mismo sucederá con los pobres que ahora despreciamos. No los veremos extendiendo su mano, con míseros vestidos, sino ya puestos en descanso. Y seremos nosotros quienes nos vestiremos de sus hábitos; y ojalá sea solamente de sus hábitos y no, lo que es cosa más grave, nos revista el castigo. Porque el rico Epulón ahí no anhelaba saciarse de las migajas, sino que sufría el fuego y era horriblemente atormentado; y le dijeron: Recibiste bienes en tu vida y Lázaro

No pensemos que las riquezas son alguna cosa grande, puesto que nos servirán de viático que nos llevará al suplicio si no nos cuidamos; así como si nos cuidamos, la pobreza será para nosotros un complemento de quietud y de gozo. Si la llevamos con acciones de gracias, lavaremos nuestros pecados y lograremos ante Dios grande confianza. En conclusión: no busquemos siempre y en todo el descanso, sino emprendamos los trabajos de la virtud. Cortemos lo superfluo y no busquemos más. Todo lo que poseemos démoslo a los pobres. ¿Qué excusa podemos alegar cuando Cristo nos promete el Cielo y nosotros en cambio ni siquiera un pan le suministramos; y eso que El hace nacer cada día el sol para ti?

El pone a tu servicio todas las criaturas y tú en cambio no le suministras ni siquiera un vestido, ni lo alojas bajo tu techo. Pero ¿qué digo el sol y las demás creaturas? Te ha dado su cuerpo y su sangre preciosa, ¿y tú no le das ni siquiera de beber? Dirás que ya le diste una vez. Pero eso no es misericordia. Mientras teniendo tú algo que dar no lo dieres, todavía no has cumplido con El. También las vírgenes necias tenían sus lámparas y tenían su aceite, pero no era suficiente en cantidad. Convenía que dieras de lo tuyo y no fueras tan parco en dar. Ahora, en cambio, cuando no das de lo tuyo, sino de lo que a Dios pertenece ¿por qué eres tan corto en dar, tan tenaz en retener?

¿Queréis que os exponga el motivo de semejante inhumanidad? Los que por avaricia amontonan riquezas, son siempre lentos para dar; porque quien ha aprendido ese modo de amontonar ganancias, no sabe gastar. Mas ¿cómo se convertirá quien así se halla dispuesto para la rapiña? El que anda arrebatando lo ajeno ¿cómo podrá dar de lo suyo? El perro que ya se acostumbró a devorar carne no puede en adelante ser guardián del rebaño. Por tal motivo los pastores a tales perros los matan. Pues bien, nosotros, para que eso no nos acontezca, abstengámonos de semejante alimento. Se alimentan de carne quienes causan la muerte por hambre al necesitado.

¿No adviertes cómo Dios todas las cosas las hizo comunes para todos? Si permitió que hubiera pobres fue en gracia de los ricos, para que éstos pudieran mediante la limosna redimir sus pecados. Pero tú te vuelves inhumano y cruel. Por donde se ve que si tuvieras esa potestad en cosas mayores, cometerías cantidad de asesinatos y habrías privado de la luz del día y de la vida a todos. Para que esto no sucediera, cortó el Señor, mediante esa tendencia insaciable, el camino para aquello.

Si os molestáis con estas cosas, mucho más me molesta a mí el verlas. ¿Hasta cuándo serás tú rico y el otro será pobre? Hasta la tarde de la vida. Más allá es imposible. Tan corta es la existencia de acá. Todo lo futuro está ya a las puertas y todo lo hemos de juzgar como el breve tiempo de una hora. ¿Qué necesidad tienes de una despensa rebosante, ni de rebaños de criados y de administradores? ¿Por qué, en vez de eso, no te apañas miles de pregoneros tuyos mediante la limosna? La despensa repleta sin lanzar voces atrae a cantidad de ladrones; en cambio la despensa dedicada a los pobres sube hasta Dios, suaviza la vida presente, libra de todos los pecados y logra gloria ante Dios y honra ante los hombres.

¿Por qué, pues, te privas de bienes tan numerosos y grandes? Más que a los pobres a ti mismo te beneficias, puesto que a ellos tú les proporcionas bienes de la vida presente, y en cambio te apañas la gloria futura y la confianza ante Dios. Ojalá todos la consigamos por gracia y benignidad de nuestro Señor Jesucristo, al cual sean la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Juan Pablo II, Homilía el 3-8-1980 (Domingo XVIII Tiempo Ordinario)

En el conjunto de las lecturas de la liturgia de hoy está contenida una profunda paradoja, la paradoja entre “la vanidad y el valor”. Las primeras palabras del libro del Qohelet hablan de la vanidad de todas las cosas; en cierto sentido, de la vanidad de los esfuerzos, de las actividades del hombre en esta vida, de la vanidad de todas las criaturas en cierto modo; de la vanidad del hombre, él también una criatura a pasar y a la muerte.

En este Salmo que cantamos en la liturgia de hoy, escuchamos, inmediatamente después, el elogio a lo creado. Por otra parte, ese elogio es un lejano eco primogénito contenido en todo el Génesis, del elogio a la creación: cuando Dios dijo que toda su obra fue un bien, o más aún, vio que fue un bien del hombre, creado a su imagen y semejanza, dijo que era muy bueno. Vio que era muy bueno. Por tanto nos encontramos ante un interrogante: ¿por qué la vanidad y por qué el valor? ¿Qué relación los une entre sí? La respuesta, al menos la principal, se encuentra en el Evangelio que hemos leído hoy. No se trata de dar un juicio sobre lo creado. Se trata del camino de la sabiduría. No olvidemos que el Génesis es, ante todo, un libro (tengo presente sus primeros capítulos). Es pues un libro sobre el mundo, en cierto sentido un libro-manual teológico sobre la cosmología y la creación. El libro del Cohelet, en cambio, es un libro sobre la sabiduría. Enseña cómo vivir. Y lo que dice Cristo en el Evangelio de hoy es una prolongación de esa sabiduría del Antiguo Testamento. Cristo habla a través de ejemplos y parábolas: habla del hombre que ha limitado el sentido de su vida a los bienes de este mundo. Los ha poseído en tan cantidad que ha tenido que construir nuevos graneros para poder contenerlos todos. El programa de la vida, pues, es acumular y usar. Y a esto debe limitarse la felicidad. A un hombre así, Cristo le contesta: “necio, esta misma noche pedirán tu alma”.

Si has interpretado así el sentido del valor, entonces se volverá contra ti la ley de la vanidad. Y ésta es ya una respuesta. No se trata, pues, de juicio sobre el mundo, sino de sabiduría del hombre; de su manera de actuar. Es necesario establecer, en la propia vida, una jerarquía de valores. Cristo, a través de todo lo que ha dicho y, sobre todo, a través de todo lo que Él ha sido, a través de todo el misterio pascual, ha establecido la jerarquía de valores en la vida del hombre.

En la segunda lectura de hoy, San Pablo enlaza precisamente con esta Jerarquía cuando dice que debemos buscar lo que está en lo alto. Por tanto, el hombre no puede encerrar el horizonte de su vida en la temporalidad; no puede reducir el sentido de su vida al usufructo de los bienes que le han sido concedidos por la naturaleza, por la creación, que lo rodean y se encuentran también dentro de él. No puede encerrar así la primacía de su existencia, sino que tiene que ir más allá de sí mismo. Estando hecho a imagen y semejanza de Dios, debe verse a sí mismo en un lugar más alto y debe buscar para sí mismo un sentido en aquello que está por encima de él.
El Evangelio contiene la verdad sobre el hombre porque contiene todo aquello que está por encima del hombre y que, al mismo tiempo, el hombre puede alcanzar en Cristo colaborando con la acción de Dios que actúa dentro del hombre. Este es el camino de la sabiduría. Y sobre este camino de la sabiduría se resuelve la paradoja entre la vanidad y el valor; la paradoja que a menudo vive el hombre.

Muchas veces el hombre es propenso a mirar su vida desde el punto de vista de la vanidad. Sin embargo Cristo quiere que la veamos desde el punto de vista del valor, pero teniendo siempre cuidado de utilizar la justa jerarquía de valores, la justa escala de valores.

Y cuando la liturgia de hoy, junto con la palabra aleluya, nos recuerda también la bienaventuranza “Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”, resume en ella ese programa de vida.

Cristo ha exhortado al hombre a la pobreza, a adquirir una actitud que no le haga encerrarse en la temporalidad, que no le haga ver en ella el fin último de la propia existencia y no le haga basar todo en el consumo, en el goce. Un hombre así es pobre en este sentido, porque está continuamente abierto. Abierto a Dios y abierto a estos valores que nos vienen de su acción, de su gracia, de su creación, de su redención y de su Cristo.

Es éste el breve resumen de los pensamientos encerrados en la liturgia de hoy; pensamientos siempre importantes. Nunca pierden su significado; permanecen perpetuamente actuales.

En cierto sentido buscábamos siempre una contestación a la pregunta: ¿qué quiere decir ser un cristiano? ¿Qué quiere decir ser un cristiano en el mundo moderno?: ¿ser cristiano cada día, siendo, al mismo tiempo, un profesor de universidad, un ingeniero, un médico, un hombre contemporáneo y, antes aún, un o una estudiante?
¿Qué quiere decir ser cristiano? Y descubriendo este valor y, sobre todo, este contenido de la palabra “cristiano” y el valor congénito en ella, encontrábamos también la alegría. No sólo un consuelo inmediato, sino una afirmación continua. Y aquí encuentra su afirmación una respuesta a la pregunta sobre si vale la pena vivir. Con tal comprensión de la jerarquía de valores vale la pena vivir. Y vale la pena esforzarse y padecer, porque la vida humana no está libre de ello.

En esta perspectiva vale la pena esforzarse y padecer, porque “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

“Así se formaba la Iglesia en sus comienzos, así empezó a formarla Cristo mismo, y así ella se formaba gracias al ministerio de los Apóstoles y de sus Sucesores, y así se forma aún hoy. Construid la Iglesia en esta dimensión de la vida de la que sois partícipes”.

Benedicto XVI

Ángelus del 5-8-2007

En este XVIII domingo del tiempo ordinario, la palabra de Dios nos estimula a reflexionar sobre cómo debe ser nuestra relación con los bienes materiales. La riqueza, aun siendo en sí un bien, no se debe considerar un bien absoluto. Sobre todo, no garantiza la salvación; más aún, podría incluso ponerla seriamente en peligro. En la página evangélica de hoy, Jesús pone en guardia a sus discípulos precisamente contra este riesgo. Es sabiduría y virtud no apegar el corazón a los bienes de este mundo, porque todo pasa, todo puede terminar bruscamente. Para los cristianos, el verdadero tesoro que debemos buscar sin cesar se halla en las “cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios”. Nos lo recuerda hoy san Pablo en la carta a los Colosenses, añadiendo que nuestra vida “está oculta con Cristo en Dios” (Col 3, 1-3).

…La Virgen, que participó en el misterio de Cristo más que ninguna otra criatura, nos sostenga en nuestro camino de fe para que, como la liturgia nos invita a orar hoy, “al trabajar con nuestras fuerzas para subyugar la tierra, no nos dejemos dominar por la avaricia y el egoísmo, sino que busquemos siempre lo que vale delante de Dios” (cf. Oración colecta).

Ángelus del 1-8-2010

Estos días se celebra la memoria litúrgica de algunos santos… Empeño común de estos santos fue salvar a las almas y servir a la Iglesia con sus respectivos carismas, contribuyendo a renovarla y a enriquecerla. Estos hombres adquirieron «un corazón sabio» (Sal 89, 12) acumulando lo que no se corrompe y desechando cuanto irremediablemente es voluble en el tiempo: el poder, la riqueza y los placeres efímeros. Al elegir a Dios, poseyeron todo lo necesario, pregustando desde la vida terrena la eternidad (cf. Qo 1, 1-5).

En el Evangelio de este domingo, la enseñanza de Jesús se refiere precisamente a la verdadera sabiduría y está introducida por la petición de uno entre la multitud: «Maestro, di a mi hermano que reparta conmigo la herencia» (Lc 12, 13). Jesús, respondiendo, pone en guardia a quienes le oyen sobre la avidez de los bienes terrenos con la parábola del rico necio, quien, habiendo acumulado para él una abundante cosecha, deja de trabajar, consume sus bienes divirtiéndose y se hace la ilusión hasta de poder alejar la muerte. Pero Dios le dijo: “Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, para quién serán?” (Lc 12, 20).

El hombre necio, en la Biblia, es aquel que no quiere darse cuenta, desde la experiencia de las cosas visibles, de que nada dura para siempre, sino que todo pasa: la juventud y la fuerza física, las comodidades y los cargos de poder. Hacer que la propia vida dependa de realidades tan pasajeras es, por lo tanto, necedad.

El hombre que confía en el Señor, en cambio, no teme las adversidades de la vida, ni siquiera la realidad ineludible de la muerte: es el hombre que ha adquirido «un corazón sabio», como los santos…

Catena Aurea: Comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia Sermón 34, sobre el salmo 149

“Ser rico según la mirada de Dios”

Hermanos, examinad con atención vuestras moradas interiores, abrid los ojos y considerad cual es vuestro mayor amor, y después aumentad la cantidad que habréis descubierto en vosotros mismos. Poned atención a este tesoro vuestro a fin de ser ricos interiormente. Decimos que son caros los bienes que tienen un gran precio y con razón…

Pero ¿qué hay de más apreciado que el amor, hermanos míos? Según vuestro parecer ¿cuál es su precio? Y, ¿cómo pagarlo? El precio de una tierra, el del trigo, es tu dinero; el precio de una perla, es tu oro; pero el precio de tu amor, eres tú mismo. Si quieres comprar un campo, una joya, un animal, buscas los fondos necesarios, miras alrededor tuyo. Pero si deseas poseer el amor, no busques más que a ti mismo, es preciso que te encuentres a ti mismo.

¿Qué es lo que temes dándote? ¿Perderte? Al contrario, es rechazando darte que te pierdes. El mismo Amor se expresa por boca de la Sabiduría y con una palabra apacigua el desasosiego en la que te mete esta palabra: “¡Date a ti mismo!” Si alguien quisiera venderte un terreno te diría: “Dame tu dinero” o para otra cosa: “Dame tu moneda”. Escucha lo que te dice el Amor por boca de la Sabiduría: “Hijo, dame tu corazón” (Pr 23,26). Tu corazón estaba mal cuando era tuyo; eras presa de tus futilezas, es decir, de las malas pasiones. ¡Quítalas de ahí! ¿Dónde llevarlas? ¡A quién ofrecérselas? “Hijo, ¡dame tu corazón!” dice la Sabiduría. Que sea mío, y no lo perderás…

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (Mt 22,37)… El que te creó te quiere todo entero.

AUTOESTIMA

San Ambrosio

13-15 Todo lo que precede nos enseña a sufrir por confesar al Señor, o por el menosprecio de la muerte, o por la esperanza del premio, o por la amenaza del castigo eterno, del que nunca se obtiene el perdón. Y como la avaricia suele tentar con frecuencia la virtud, nos da un precepto y un ejemplo para combatir esta pasión; por eso cuando dice: “Entonces le dijo uno del pueblo: Maestro, di a mi hermano que me dé la parte que me toca de la herencia”.

Por esta causa prescinde de lo terreno Aquel que había descendido por las cosas divinas. No quiere ser juez de los pleitos, ni árbitro de las facultades, siendo juez de los vivos y de los muertos y el árbitro de los méritos. Por esto hay que considerar no lo que pides sino de quién lo pides; además procura no llamar hacia cosas de menor importancia la atención del que se ocupa de otras más interesantes [ref] “La petición cristiana está centrada en el deseo y en la búsqueda de Reino que viene, conforme a las enseñanzas de Jesús. Hay una jerarquía en las peticiones: primero el Reino, a continuación lo que es necesario para acogerlo y para cooperar a su venida (…) Al orar, todo bautizado trabaja en la Venida del Reino. Cuando se participa así en el amor salvador de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de petición” Catecismo de la Iglesia Católica, 2632-2633.[/ref].

Por esta causa es rechazado con razón aquel hermano que procuraba ocupar al Dispensador de las gracias celestiales en las cosas corruptibles, cuando entre hermanos no debe ser el juez, sino el cariño, el que medie en la partición del patrimonio. Y los hombres han de mirar más al patrimonio de la inmortalidad que al de las riquezas.

16-21  En vano amontona riquezas el que no sabe si habrá de usar de ellas; ni tampoco son nuestras aquellas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud es la que acompaña a los difuntos. Unicamente nos sigue la caridad, que obtiene la vida eterna a los que mueren.

San Basilio, hom. de divit. agri fertilis

16-21 Si este hombre no hizo buen uso de la abundancia de sus frutos -frutos en los que se patentiza la generosidad divina, que extiende su bondad hasta los malos, lloviendo lo mismo sobre los justos que sobre los injustos-, ¿de qué modo paga, pues, a su bienhechor? Este hombre olvida la condición de su naturaleza y no cree que debe darse lo que sobra a los pobres. Los graneros no podían contener la abundancia de los frutos, pero el alma avara nunca se ve llena. Y no queriendo dar los frutos antiguos por la avaricia, ni pudiendo recoger los nuevos por su abundancia, sus consejos eran imperfectos y sus cuidados estériles. Por lo cual sigue: “Y él pensaba entre sí mismo”, etc. Se quejaba también como los pobres, pues el el oprimido por la miseria se pregunta, ¿qué haré?, ¿en dónde comeré?, ¿dónde me calzaré? También este rico dice lo mismo, porque oprimen su alma las riquezas que proceden de sus rentas. Y no quiere desprenderse de ellas para que no aprovechen a los pobres, a semejanza de los glotones que prefieren morir de hartura a dar a los pobres lo que les sobra.

Debía haber dicho “abriré mis graneros y convocaré a los pobres”. Pero piensa, no en repartir, sino en amontonar. Continúa, pues: “Y dijo, esto haré; derribaré mis graneros”. Hace bien, porque son dignos de destrucción las adquisiciones de la maldad: destruye tu también tus graneros, porque de ellos nadie ha obtenido consuelo. Añade: “Y los haré mayores”. Y si también llenas éstos, ¿volverás acaso a destruirlos? ¿Qué cosa más necia que trabajar indefinidamente? Los graneros son para ti -si tú quieres- las casas de los pobres; pero dirás: ¿a quién ofendo conservando lo que es mío? Y prosigue: “Y allí recogeré todos mis frutos y mis bienes”. Dime, ¿qué bienes son los tuyos? ¿De dónde los has tomado para llevarlos en la vida? Como los que llegan temprano a un espectáculo, impiden que participen los que llegan después, tomando para sí lo que está ordenado para el uso común de todos, así son los ricos, que apoderándose antes de lo que es común, lo estiman como si fuese suyo. Porque si cualquiera que habiendo recibido lo necesario para satisfacer sus necesidades, dejase lo sobrante para los pobres, no habría ni ricos ni pobres.

Pero si confiesas que los frutos provienen del cielo, ¿será injusto Dios cuando nos distribuye sus dones de una manera desigual? ¿Por qué tú vives en la abundancia y el otro pide limosna, sino para que consiga el primero el mérito de la caridad y el último el que se alcanza con la paciencia? ¿No serás por ventura despojador, reputando tuyo lo que has recibido para distribuirlo? Es el pan del hambriento el que tú tienes, el vestido del desnudo el que conservas en tu guardarropa, es el calzado del descalzo el que amontonas y la plata del indigente la que escondes bajo la tierra. Cometes, pues, tantas injusticias cuantas son las cosas que puedes dar.

San Basilio, hom 6 super destruam horrea mea

16-21 Piensas tan poco en los bienes de tu alma, que ofreces a ésta los alimentos del cuerpo. Sin embargo si tiene virtud, si es fecunda en buenas obras, si se unió a Dios, posee muchos bienes y disfruta de grande alegría. Pero como eres todo carnal y estás sujeto a las pasiones, tu devoción depende del vientre y no del alma.

Se le permite deliberar sobre todas las cosas y manifestar su propósito con el fin de que reciban sus pasiones el castigo que merecen. Pero mientras habla en secreto, sus palabras son examinadas en el cielo, de donde le viene la respuesta. Y continúa: “Mas Dios le dijo: necio, esta noche te vuelven a pedir el alma”, etc. Atiende al nombre de necio, que te corresponde, que no te ha impuesto ningún hombre, sino el mismo Dios.

San Cirilo, in Cat. graec. Patr

16-21 Es de notar lo inconsiderado de sus palabras cuando dice: “Allí recogeré todos mis frutos”, creyendo que sus riquezas no le vienen de Dios, sino que son el fruto de sus trabajos.

El rico no prepara graneros permanentes, sino caducos y, lo que es más necio, se promete una larga vida. Sigue pues: “Y diré a mi alma: alma, muchos bienes tienes allegados para muchos años”. Pero, oh rico, tienes frutos en tu granero ciertamente, pero ¿cómo podrás obtener muchos años de vida?

Crisóstomo, varios escritos

16-21 También se equivoca el que toma como bienes lo que es indiferente; porque hay cosas que son buenas, otras malas y otras medianas. La castidad, la humildad y otras virtudes semejantes, son de las primeras; y cuando el hombre las elige, hace el bien. Las opuestas a éstas son las malas, y hace el mal el hombre que las acepta. Y, en fin, las medianas, como por ejemplo las riquezas, son las que se destinan al bien, como en la limosna, o al mal, como en la avaricia. Lo mismo sucede respecto de la pobreza, que lleva a la blasfemia o a la sabiduría, según los sentimientos de los que la padecen. (hom 8 in ep. 2 ad Tim)

No conviene, pues, darse a las delicias de la vida, engordar el cuerpo y enflaquecer el alma, cargarla de peso, envolverla en tinieblas y en un espeso velo; porque en las delicias se avasalla el alma que debe ser la que domine, y domina el cuerpo que debe ser esclavo. El cuerpo no necesita de placeres sino de alimento, para que se aliente, y no se destruya y sucumba; y no solamente para el alma, sino que también para el cuerpo son nocivos los placeres, porque el que es fuerte se hace débil, el sano enfermo, el ligero pesado, el hermoso deforme y viejo el joven. (hom. 39, in 1 ad Cor)

“Te pedirán”. Pedía, pues, su alma sin duda algún valioso poder enviado al efecto. Porque, si cuando pasamos de una ciudad a otra necesitamos quien nos guíe, con mucha mayor razón necesitará el alma separada del cuerpo ser guiada cuando pase a la vida futura. Por esto el alma resiste muchas veces y se abisma cuando debe salir del cuerpo; porque siempre nos asusta el conocimiento de nuestros pecados especialmente cuando debemos ser presentados ante el juicio terrible de Dios. Entonces se presenta a nuestra vista la serie de nuestros crímenes, y teniéndolos delante de nuestros ojos, nuestra imaginación se estremece. Además, como los encarcelados que siempre están afligidos, pero particularmente cuando deben presentarse al juez, así el alma se atormenta y duele por sus pecados, sobre todo en este momento, y mucho más al salir del cuerpo. (in Matthaeum hom. 29)

Aquí lo dejarás todo, no solamente no recibiendo ventaja ninguna, sino llevando sobre tus hombros la carga de tus pecados. Y todo lo que has amontonado, acaso vendrá a parar a mano de tus enemigos, siendo tú, sin embargo, a quien se pedirá cuenta de ello. Prosigue: “Así es el que atesora para sí y no es rico para Dios”. (in Cat. grac. Patr., ex hom. 23, in Gener)

San Atanasio, contra Antigonum ex eadem Cat. graec

16-21 Si alguno vive como si hubiese de morir todos los días -porque es incierta nuestra vida por naturaleza-, no pecará, puesto que el temor grande mata siempre la mayor parte de las voluptuosidades; y al contrario, el que se promete una vida larga, aspira a ellas. Prosigue, pues: “Descansa -esto es, del trabajo-, come, bebe y goza”; esto es, disfruta de gran aparato.

San Gregorio moralium 22, 12, super Iob 31,24 y 15, 1 super Iob 34,19

16-21 Desaparece aquella misma noche el que se prometía vivir mucho tiempo; de modo que el que había previsto una larga vida para él, amontonando medios de subsistencia, no vio el día siguiente de aquel en que vivía.

Es arrebatada el alma por la noche, cuando se exhala en la oscuridad del corazón; es arrebatada por la noche cuando no quiso tener la luz de la inteligencia con que debía prever lo que podía padecer.
Añade pues: “¿Lo que has allegado para quién será?”.

Comentarios y resumenes generales

Manuel Garrido Bonaño, OSB, Año litúrgico patrístico

Antífonas y oraciones de la Misa
Entrada: «Dios mío, dígnate librarme; Señor, date prisa en socorrerme. Que tú eres mi auxilio y mi liberación; Señor, no tardes» (Sal 69,2.6).

  • Colecta (del Veronense, retocada con textos del Gelasiano y Gregoriano): «Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como creador y como guía».
  • Ofrendas (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Santifica, Señor, estos dones; acepta la ofrenda de este sacrificio espiritual y a nosotros transfórmanos en oblación perenne».
  • Comunión: «Nos has dado pan del cielo, Señor, que brinda toda delicia y sacia todos los gustos» (Sab 16,20); o bien: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed, dice el Señor» (Jn 6,35).
  • Postcomunión (del Misal anterior, retocada con textos del Gelasiano): «A quienes has renovado con el pan del cielo, protégelos siempre, Señor, y, ya que no cesas de reconfortarlos, haz que sean dignos de la redención eterna».

La codicia de que nos habla el Evangelio de hoy está relacionada con la primera lectura: «Vaciedad sin sentido; todo es vaciedad». Nueva vida, nos dice San Pablo, han de vivir los que han sido bautizados, pues son un hombre nuevo. Esto hace que caminemos hacia el encuentro del Señor.
Las lecturas de este domingo nos recuerdan el «principio y fundamento» de los Ejercicios de San Ignacio de Loyola: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios y mediante esto salvar su alma». Todo lo demás vale «tanto» en «cuanto». Caminamos hacia Dios. Somos peregrinos. Nos realizamos en Cristo.

–Eclesiástico 1,2; 2,21-23: ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo?. El insondable misterio de la muerte y de la limitación de la felicidad humana, sin perspectivas de eternidad, son una fuente permanente de defraudación, que sólo la fidelidad en Dios puede esperar». Dice San Gregorio Magno:
«Cosas vanas hacemos cuando pensamos en las cosas transitorias; y de aquí es que se dice envanecer lo que de repente es quitado de los ojos de los que lo miran… Así que “las cosas que pasan son vanas”, según que dice Salomón (Ecl. 1,2). Pero convenientemente después de la vanidad sigue luego la maldad, porque, cuando somos llevados por algunas cosas transitorias, somos atados culpablemente en algunas de ellas; y como el alma no tiene estado de firmeza, procediendo de sí misma con inconstancia, cae en los vicios. Así que de la vanidad se cae en la maldad, porque el alma, acostumbrada a las cosas mudables, como siempre salta de unas cosas a otras, allégase a las culpas que nuevamente nacen» (Tratados morales sobre el libro de Job  10,20-21).

–El Salmo 94 recuerda al pueblo judío, y ahora a nosotros, las prevaricaciones de tiempos pasados: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto». Podemos encontrarnos también nosotros en situaciones semejantes. Es mejor: «aclamar al Señor, postrados por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro», no sólo con nuestros labios, sino, sobre todo, con el corazón y las obras buenas.

Colosenses 3,1-5.9-11: Buscad los bienes de arriba, donde está Cristo. Incorporado al misterio redentor por la renuncia al «hombre viejo» y por la «nueva vida en Cristo», el auténtico cristiano puede superar a diario el riesgo de frustración de su vida para la eternidad. San Agustín ha comentado con frecuencia este pasaje paulino en sus sermones. Escogemos un sermón predicado en Hipona en la octava de Pascua:
«Escuchemos lo que dice el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo… ¿Cómo vamos a resucitar si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con esas palabras? ¿Acaso Él hubiera resucitado si o hubiera muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que aún no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto?
« Ved lo que dice: “si habéis resucitado con Cristo saboread las cosas de arriba, buscad las cosas de arriba…” Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien, en cambio, aún no ha muerto ni resucitado, vive mal todavía; y, si vive mal, no vive; muera para no morir. ¿Qué significa muera para no morir? Cambie para no ser condenado… A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vive mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado… Por tanto, mientras vivimos en esta carne corruptible, muramos con Cristo, mediante el cambio de vida, y vivamos con Cristo, mediante el amor a la justicia. La vida feliz no hemos de recibirla más que cuando lleguemos a Aquel que vino hasta nosotros y comencemos a vivir con quien murió por nosotros»
(Sermón 231,3ss).

Lucas 12,13-21: Lo que has acumulado ¿de quién será? La misión redentora de Cristo de Cristo Jesús no fue la de solucionarnos la felicidad materialista en el tiempo, sino la de abrir nuestras vidas íntegras a los verdaderos valores de la eternidad, que nos llevan hasta el Padre. Lo afirma San Ambrosio:
«El que había descendido para razones divinas, con toda justicia rechaza las terrenas, y no se digna hacerse juez de pleitos ni repartidor de herencias terrenas, puesto que Él tenía que juzgar y decidir sobre los méritos de los vivos y de los muertos. Debes, pues, mirar no lo que pides, sino a quien se lo pides, y no creas que un espíritu dedicado a cosas mayores puede ser importunado por menudencias. Por esto, no sin razón es rechazado este hermano que pretendía que el Dispensador de los bienes celestiales se ocupara en cosas materiales, cuando precisamente no debe ser un juez el mediador en el pleito de la repartición de un patrimonio, sino el amor fraterno.
«Aunque, en realidad, lo que debe buscar un hombre no es el patrimonio del dinero, sino el de la inmortalidad; pues vanamente reúne riquezas el que no sabe si podrá disfrutar de ellas, como aquél que, pensando derribar los graneros repletos para recoger las nuevas mieses, preparaba otros mayores para las abundantes cosechas, sin saber para quien las amontonaba (Sal 38,7). Ya que todas las cosas de este mundo se quedan en él y nos abandona todo aquello que acaparamos para nuestros herederos; y, en realidad, dejan de ser nuestras todas esas cosas que no podemos llevar con nosotros. Sólo la virtud acompaña a los difuntos, sólo la misericordia nos sirve de compañera, esa misericordia que actúa en nuestra vida como norte y guía hacia las mansiones celestiales, y logra conseguir para los difuntos, a cambio del despreciable dinero los eternos tabernáculos»
(Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VII,122).

Julio Alonso Ampuero, Meditaciones bíblicas sobre el Año litúrgico

Necedad y sensatez
El evangelio nos presenta el reverso de lo que es el núcleo esencial del mensaje de Cristo. Jesús ha venido a comunicarnos que somos hijos de Dios, que nuestro Padre nos cuida y que, por consiguiente, es preciso hacerse como niños, confiar en el Padre que sabe lo que necesitamos y dejarnos cuidar (Mt 6,25-34).
El pecado del hombre del evangelio es que no se ha hecho como un niño: ha atesorado, fiándose de sus propios bienes, en vez de confiar en el Padre. La clave la dan las palabras de Jesús al principio: «Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes». Por eso este hombre es calificado como «necio». Su absurda insensatez consiste en olvidarse de Dios buscando apoyarse en lo que posee, creyendo encontrar seguridad fuera de Dios.

En efecto, la autosuficiencia es el gran pecado y la raíz de todos los pecados, desde Adán hasta nosotros. La autosuficiencia que nace de no querer depender de Dios, sino de uno mismo, y lleva a acumular dinero, conocimientos, bienestar, ideas, amistades, poder, cariño e incluso virtudes o prácticas religiosas. Justamente lo contrario del hacerse como niño es el sensato; su humildad y confianza le abren a recibir todo como un don, incluidas las inmensas riquezas de «los bienes de allá arriba». El que busca afianzarse en sí mismo en lugar de recibirlo todo como don es necio y antes o después acabará percibiendo que todo es «vaciedad sin sentido».

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Publicado el 18 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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