LUCAS 17, 7-10

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (17,7-10):

7 Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”?

8 ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”?

9 ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?

10 Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber”».

LUCAS 17, 7-10

San Ambrosio de Milán, obispo y doctor de la Iglesia
Comentario: Gratitud.
Sobre el Evangelio de San Lucas 8, 31-32.
«Somos unos servidores sin importancia» (Lc 17,10).

Que nadie se gloríe de lo que hace, puesto que es, en la más simple justicia, que debemos al Señor nuestro servicio… Mientras vivimos, debemos trabajar para el Señor. Reconoce, pues, que eres un servidor dedicado a muchos servicios. No te pavonees de ser llamado «hijo de Dios» (1Jn 3,1): reconozcamos esta gracia, pero no olvidemos nunca nuestra naturaleza. No te envanezcas de haber servido bien, porque no has hecho más que lo que debías hacer. El sol cumple su función, la luna obedece, los ángeles hacen su servicio. San Pablo, «instrumento escogido por Dios para los paganos» (Hch 9,15), escribe: «No merezco ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios» (1Co 15,9). Y si en otra parte muestra que no tiene conciencia de falta alguna, añade seguidamente: «Pero no por eso quedo absuelto» (1 Co 4,4). Tampoco nosotros no pretendamos ser alabados por nosotros mismos, no adelantemos el juicio de Dios.

San Patricio, obispo
Confesión: Elección de Dios.
Confesión § 12-14, SC 249.
«Siervos inútiles somos» (Lc 17,10).

Yo que en un principio era un rústico, desterrado e indocto, que no sé prever para el futuro, pero sé muy cierto que, antes de ser humillado yo era como una piedra que yace en profundo lodo; y vino quien es poderoso y en su misericordia me tomó y verdaderamente me levantó y me puso en lo alto de un muro. Y por eso debía exclamar fuertemente, para retribuir algo al Señor por tantos beneficios, ahora y para siempre, que la mente de los hombres no puede estimar.

Por tanto admirad, grandes y pequeños que teméis al Señor , y vosotros, oradores ingeniosos, oíd por tanto y examinad. ¿Quién me eligió a mí, un necio, de entre aquellos que parecen ser sabios y expertos en leyes, poderosos en la palabra y en todo asunto? ¿Y quién me inspiró a mí más que a otros –yo que soy detestable en este mundo– para que, con miedo y reverencia, sin quejas, sea útil al pueblo al cual la caridad de Cristo me llevó? Y a él me entregó en mi propia vida, si yo soy digno, para servirlos en la humildad y la verdad.

Así, en la medida de mi fe en la Trinidad, me conviene distinguir y… dar a conocer el don de Dios y su “consolación eterna”. Sin temor y con confianza difundir en todas partes el nombre de Dios, con en fin de que después de mi muerte, deje una herencia a mis hermanos y a mis hijos, a tantos miles de hombres a quienes yo bauticé en el Señor.

San Agustín de Hipona, Comentario sobre el salmo 147 (3: CCL 40, 2140-2141)

Despierta a tu fe, mira la vida futura con los ojos de la fe

Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. Luego existe otra vida. Que cada cual interrogue al Cristo de su fe: pero la fe duerme. Con razón fluctúas, pues Cristo duerme en la barca. Dormía efectivamente Jesús en la barca, y la barca desaparecía entre las olas encrespadas. Fluctúa, pues, el corazón cuando Cristo duerme. Cristo está siempre en vela. ¿Qué significa entonces: «Cristo duerme?» Que duerme tu fe. ¿Por qué eres todavía zarandeado por la tempestad de la duda? Despierta a Cristo, despierta a tu fe: mira la vida futura con los ojos de la fe; por esa vida has creído tú, por esa vida has sido signado tú con la señal de aquel que vivió esta vida para mostrarte lo despreciable que es la vida que amabas y cuán deseable es la vida en la que tú no creías.

Si, pues, despertares la fe y fijares los ojos de la fe en las realidades últimas y en los goces del siglo futuro que disfrutaremos a raíz de la segunda venida del Señor, una vez celebrado el juicio, después de haber entregado el reino a los santos; si pensares en aquella vida y en el ocioso negocio de aquella vida, del que con frecuencia os hemos hablado, carísimos, entonces no zozobrará nuestro negocio, nuestro ocioso negocio lleno de una dulzura sin igual, no interrumpido por molestia alguna, no condicionado por la fatiga, no mediatizado por nube alguna.

Y ¿cuál será nuestro negocio? Alabar a Dios, amarle y alabarle; alabarle en el amor, amarle en las alabanzas. Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. ¿Porqué razón, sino porque estarán amándote siempre?¿Por qué razón, sino porque estarán viéndote siempre? Esto supuesto, hermanos míos, ¿cuál será el espectáculo que se nos ofrecerá en la visión de Dios? Nosotros, hermanos, si no perdemos de vista nuestra condición de miembros suyos, si le ansiamos, si perseveramos, lo veremos y nos gozaremos. Aquella ciudad estará compuesta por ciudadanos ya purificados, y no se admitirá en ella a ningún sedicioso o turbulento; aquel enemigo que, por envidia, hace ahora todo lo posible para que no lleguemos a la patria, allí no podrá acechar a ninguno, pues ni siquiera se le permitirá el acceso a ella. En efecto, si ahora es excluido del corazón de los creyentes, ¿cómo no va a ser excluido de la ciudad de los vivientes? ¿Qué no será, hermanos, qué no será —os pregunto— vivir en aquella ciudad, si simplemente hablar de ella reporta tanto gozo?

Hemos de preparar nuestros corazones para esta vida futura; quien dispone su corazón para la vida futura, desprecia totalmente la presente; y, despreciada ésta, podrá esperar tranquilo el día que el Señor nos amonestó a esperar con temor.

San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia
Sermón: Ser servidor
Sermón para la Ordenación de un obispo, 3, 9; Guelferbytanus n°32, PLS 2, 637.
«Ha hecho lo mandado…» (Lc 17,9).

El obispo, que está a vuestra cabeza, es vuestro servidor… Que el Señor nos otorgue, pues, con la ayuda de vuestras oraciones, ser y permanecer hasta el final siendo aquello que queréis que seamos…; que nos ayude a cumplir lo que nos ha sido encargado. Pero que lo que somos, no coloque en nosotros vuestra esperanza. Me permito deciros esto en calidad de obispo: quiero expresar nuestra satisfacción por vosotros y no henchirme de orgullo… Hablo ahora al pueblo de Dios en nombre de Cristo, hablo en la Iglesia de Dios, hablo como pobre siervo de Dios: no pongáis vuestra esperanza en nosotros, no pongáis vuestra esperanza en los hombres. ¿Somos buenos? Somos servidores. ¿Somos malos? Seguimos siendo servidores. Pero los buenos, los fieles servidores son los verdaderos servidores.

¿Cuál es nuestro servicio? Prestad atención: Si tenéis hambre y no os alimentamos, somos unos ingratos, observad de qué bodega sacamos las provisiones; pero en qué plato se sirve aquello de lo que tenéis avidez de comer, no lo miréis. «En una gran casa, no hay sólo vajilla de oro y plata, hay también vajilla de arcilla» (2Tm 2,20). ¿Acaso vuestro obispo es similar a un plato de dinero, un plato de oro, un plato de arcilla? Mirad si este plato contiene pan, y de quién procede este pan, y quién me lo da para que os lo sirva. Observad quién es aquel del que yo hablo, que me da el pan que se os sirve. Él es el pan: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (Jn 6,51). Servimos a Cristo, en lugar de Cristo…, para que él pueda llegar a vosotros y sea el juez de nuestro ministerio.

Santa Teresa de Calcuta, religiosa
Obras: Somos simples servidores.
A simple path (Un camino muy sencillo).
«Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado…» (Lc 17,10).

No os canséis de buscar la causa de los grandes problemas de la humanidad. Contentaos de hacer lo que está en vuestra mano para resolverlos aportando vuestra ayuda a los que tienen necesidad de ella. Algunos me dicen que haciendo caridad a los demás descargamos a los Estados de sus responsabilidades hacia los necesitados y los pobres. No me rompo la cabeza por ello porque, generalmente, los Estados no ofrecen amor. Hago simplemente todo lo que puedo hacer, el resto no es de mi competencia.

¡Dios ha sido tan bueno con nosotros! Trabajar con amor es siempre un medio para acercarnos a él. ¡Mirad lo que Cristo hizo durante su vida terrena! “Pasó haciendo el bien.” (Hch 10,38) Les recuerdo a mis hermanas que Cristo pasó los tres años de su vida pública curando enfermos, leprosos, niños y otros. Es exactamente lo que hacemos nosotras, predicando el evangelio con nuestras obras.

Consideramos que servir a los demás es un privilegio. Intentamos en cada momento hacerlo de todo corazón. Sabemos bien que nuestra acción no es más que una gota en el océano, pero sin nuestra acción esta gota faltaría.

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San Siluan, monje ruso
Escritos: Unos servidores sin importancia.
Referencia no indicada.
«Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer» (Lc 17,10).

Hay muchos grados de humildad. El que es obediente y se reprocha a sí mismo en todas las cosas, eso es humildad. Otro se arrepiente de sus pecados y se considera un miserable delante de Dios. Esto, también es humildad. Pero la humildad del que ha conocido al Señor por el Espíritu, es otra: su conocimiento y sus gustos son diferentes.

Cuando en el Espíritu Santo el alma ve cuán dulce y suave es el Señor, se humilla a sí misma hasta el máximo. Esta humildad es del todo particular y nadie puede describirla. Si los hombres pudieran saber, por el Santo Espíritu, qué Señor tenemos, cambiarían enteramente: los ricos despreciarían sus riquezas; los sabios, su ciencia; los gobernantes su poder y prestigio. Todos vivirían en una profunda paz y amor, y sobre la tierra reinaría un gozo grande.

San Francisco de Sales, obispo
Sermón: Dos “yo” a los que hay que renunciar.
Sermón del 26 de Julio de 1618. IX, 173.
«Así vosotros, cuando hayáis hecho lo que os está mandado, decid: somos siervos inútiles» (Lc 17,10).

El amor de Dios es esa perla preciosa que los negociantes del cielo encuentran y que para comprarla, tienen que vender todo cuanto poseen. Vemos que los antiguos cristianos no se contentaban con observar todos los mandamientos, sino que además ponían en práctica los consejos dejando todo, sin reserva.

A este renunciamiento perfecto estáis llamadas, mis queridas hijas. Es muy alta pretensión la de conquistar el amor de Dios puro, que es la perla preciosa que buscáis y que habéis encontrado, pero que no se puede comprar sino al precio de todo lo demás.

Si queréis poseerla, está en vosotras el conseguirlo pero a costa del perfecto abandono de todo, y lo que es aún más tendréis que dejaros a vosotras mismas, pues el amor de Dios no puede sufrir compañía alguna.

No sólo pide no tener rival, sino que quiere estar sólo en nuestro corazón, para reinar en él tranquilamente porque si cesa de reinar es que ya no está en él.

Dentro de nosotros hay dos “yo” a los cuales hay que renunciar totalmente y sin reserva alguna, para ser verdaderas religiosas.

El “yo” externo, que San Pablo llama “hombre viejo”; y tenemos otro: nuestro propio juicio y nuestra propia voluntad; y este “yo”es el que constituye el nudo del problema.

Claramente hay que renunciarse y mortificar el cuerpo, pero esto no basta, sobre todo hay que mortificar el espíritu.

Acordaos que los que tratan de transformar el metal en oro, tienen que trabajar mucho y poner todo su cuidado. De igual modo las almas que pretenden transformarse todas en Dios, ¿qué no tendrán que hacer hasta estar totalmente purificadas sin que les quede el menor residuo?.

San Juan de Ávila

Audi Filia: Huir de la soberbia

Capítulo 92

Que debemos grandemente huir la soberbia que se suele levantar de las buenas obras, viendo lo mucho que por ellas se merece; y de una doctrina de Cristo de que nos debemos aprovechar contra esta tentación.

Mucha diferencia va de saber una verdad a saber usar de ella como se debe usar. Porque lo primero sin lo segundo, no sólo no aprovecha, mas aun daña; pues como dice San Pablo (1Co 8,2), el que piensa que sabe algo, no ha sabido como debe saber. Y dícelo, porque algunos cristianos sabían que lo sacrificado a ídolos se podía comer como lo que no era sacrificado; y usaron mal de acuesta ciencia, pues comían delante de aquellos que se escandalizaban de verlo comer.

Y os he dicho esto, porque no os contentéis con saber esta verdad, que los que están en gracia del Señor son justos y agradables, con propia gracia y justicia; y que el valor de sus buenas obras es tan alto, que merece que les crezca la gracia y se les dé la gloria; mas procuréis de poner esta verdad en su lugar, pues que hay gentes que usan mal de ella, o por más, o por menos. Los primeros corren peligro de soberbia, y los segundos de pereza y pusilanimidad. Muchos he visto que, por la gracia de Dios, en breve tiempo son libres de grandes males en que mucho tiempo estuvieron, y no son libres en muchos años de los peligros que por las buenas obras que hacen se les ofrecen. Acordaos que dice Santo Rey y Profeta David (Ps 139,6), que le pusieron lazo los malos cerca de su camino, y que también (Ps 141,4) lo pusieron en el mismo camino. Porque no sólo pretenden nuestros enemigos sacarnos del buen camino, incitándonos a que hagamos mal, mas también lo ponen en el mismo camino de las buenas obras, incitándonos a que no usemos del bien como debemos, para que se verifique en nosotros lo que dice el Sabio (Ecl, 5, 12): Vi otro mal debajo del sol, riquezas allegadas para mal de su dueño; porque a quien usa mal de la cosa, mejor sería no la tener.

Acaece a éstos, que mirando las buenas obras que hacen, y oyendo decir lo mucho que por ellas se merece, se les anda la cabeza alrededor con vanidad y altivo complacimiento, sin mirar las muchas faltas que en ellas hacen, y sin tenerlas por merced de Dios, como lo son, y sin procurar de pasar adelante, como gente de pequeño y liviano corazón, que con pocas cosas se satisface, siendo razón, como dice San Bernardo, «que, no estemos descuidados mirando lo que tenemos de las cosas de Dios, mas cuidadosos por alcanzar lo mucho que nos falta». Y hay algunos tan ciegos con ignorante soberbia, que aunque su lengua diga otra cosa, mas su corazón siente muy de verdad que por sus merecimientos, sin mirar que son gracia de Dios, está obligado a darles lo que piden y lo que esperan, por tan pura justicia, que si algo les niega, se quejan en su corazón teniéndose por agraviados, y que sirviendo tan bien, no se les hace justicia, negándoles algo.

No os mueva esta mala soberbia; que días ha que se queja Dios de ella en Isaías (Is 58,2) diciendo: Pídenme juicios de justicia, y quiérense llegar a Dios y dicen: ¿Por qué ayunamos y no lo miraste, y humillamos nuestras ánimas y no lo aprobaste? Y porque esta ponzoña tan peligrosa no entre en vuestra ánima, con otras que de ella se siguen, debéis de tomar aquella excelente doctrina que Jesucristo nuestro Señor dijo en San Lucas (Lc 17,7) de esta manera: ¿Quién de vosotros tiene un siervo que ara o apacienta bueyes, que viniendo del campo, le diga: Luego vete a descansar; y no le diga: Aparéjame lo que he de cenar, y cíñete, y sírveme hasta que yo haya comido y bebido, y después comerás tú y beberás? ¿Por ventura agradece aquel señor a su siervo que hizo las cosas que le había mandado? Pienso que no. Pues así vosotros, cuando hubiereis hecho todas las cosas que os son mandadas, decid: Siervos desaprovechados somos; lo que éramos obligados a hacer, hicimos. De las cuales palabras debéis sacar cuan provechoso sentimiento es para el cristiano tenerse por esclavo de Dios; pues el Señor nos mandó que así nos llamemos; y esto no con el corazón con que suele servir el esclavo, que es temor y no amor; porque de éste dice San Pablo (Rm 8,15): No recibisteis el espíritu de servidumbre otra vez en temor, mas recibisteis el espíritu de adopción de hijos de Dios, en el cual clamamos, diciendo a Dios: Padre, Padre. Porque como San Agustín dice: La diferencia, en breve de la Ley vieja al Evangelio, es la que hay de temor a amor.

Y así, dejando aparte este espíritu de servidumbre, porque no es de hijos de Dios, y el espíritu del temor, por imperfecto—aunque no malo, pues es don de Dios temerle, aun por las penas—, entended por nombre de siervo a un hombre que se tiene por sujeto a Dios por más fuertes y justas obligaciones que ningún esclavo lo es de otro hombre, por muy caro que le haya costado. Y mirando a esto, todo lo que dentro de sí o fuera de sí hace de bien, todo lo hace para gloria y contentamiento de Dios, como un esclavo leal, que todo lo que gana lo da a su señor. Item, no es flojo ni descuidado en servir hoy, por haber servido muchos años pasados; ni se tiene por desobligado de hacer un servicio, porque ha hecho otro, como dice el Santo Evangelio; mas tiene de continuo una hambre y sed de justicia (Mt 5,6), que todo lo hecho tiene por poco, mirando lo mucho que ha recibido, y lo mucho que merece el Señor a quien sirve. Y así cumple lo que dice San Pablo (Flp 3,13), que olvidando las cosas pasadas, se esfuerza a servir de nuevo en lo porvenir. Y también entiende, que de lo que hace, por mucho que sea, ni le viene provecho a Dios, ni es Dios obligado a le agradecer a él lo que hace, mirando a las obras como a nacidas de solas nuestras fuerzas y natural, pues no le puede pagar aun lo que le debe. Y por esto dice el Santo Evangelio: Cuando hubiéredes hecho todas las cosas que os fueren mandadas, decid: Siervos somos sin provecho; lo que debíamos hacer hicimos, sin provecho digo, para Dios; que para sí ganan la vida eterna, como se dirá en el capítulo siguiente.

Y de esta manera entendido el nombre de esclavo, veréis que es nombre de humildad, obediencia, diligencia y amor. El cual sentimiento tuvo la sagrada Virgen María cuando, enseñada por el Espíritu Santo, respondió (Lc 1,39): He aquí la esclava del Señor; sea hecho en Mí según tu palabra. Su propia bajeza confiesa; su servicio y amor liberalmente ofrece, sin atribuirse a Sí misma otra honra ni otro interés, mas de tener cuenta de servir como esclava en lo que el Señor le mandase para gloria de Él, todo lo cual sintió y dijo en llamarse nombre de esclava. De este mismo nombre se precia y se nombra San Pablo, cuando dice (Rm 1,1): Pablo, siervo de Jesucristo. Y, finalmente, así lo han de sentir todos los que sirven a Dios, altos o bajos, si quieren que no se les torne en daño el servicio.

Aprovechaos, pues, vos, de esta verdad, y hallaréis gran remedio contra los peligros que de las buenas obras suelen nacer, no por naturaleza de ellas, sino por la imperfección de quien las hace. Y usad a decir con la boca y el corazón muchas veces: Esclava soy de Dios, por ser Dios quien es, y por mil cuentos de beneficios que de su mano he recibido; y por mucho que haga por Él, no le pagaré un paso que por mí dio hecho hombre, ni el menor de los tormentos que por mí pasó, ni un pecado que me ha perdonado, ni otro de que me haya librado, ni un propósito bueno que me ha dado para le servir, ni un día del cielo que espero alcanzar. Y menor soy, como dijo Jacob (Gn 32,10), que cualquiera de las misericordias de Dios. Y sí dice el Señor que los que hacen iodo lo que les es mandado se deben humillar y decir: Siervos somos sin provecho; lo que debíamos hacer hicimos, ¿cuánto más me debo yo humillar, pues en tantas faltas caigo por ignorancia, o flaqueza o malicia? Esclava soy, y mala esclava, y no sirvo a Dios como puedo ni debo; y si a lo que yo merezco hubiese mirado, ya ha días que me hubiera enviado al infierno por los pecados que he hecho, y por otros muchos en que justamente me pudiera haber dejado caer.

Este, pues, sea el sentimiento que de vos tengáis, y éste sea el lugar donde os pongáis, pues de vuestra parte así lo merecéis. Y vuestro cuidado sea servir al Señor lo mejor que pudiereis, sin echar de ver en ello, y sin pensar que por ello os debe Dios agradecimiento, ni que podéis responder a lo que debéis, ni uno por mil, como dice Job (Jb 9,3). Y cuando oyereis decir lo mucho que merecen las buenas obras, no alivianéis vuestro corazón, sino decid: «Merced tuya es, Señor; gracias sean dadas a Ti, que tal valor das a nuestros indignos servicios.» De manera, que siempre os quedéis en vuestro lugar de negligente e indigna esclava.

San Atanasio
Vida de San Antonio Abad: Sobre las virtudes
n. 65
Sobre las virtudes

65 Un día en que él salió, vinieron todos los monjes y le pidieron una conferencia. El les hablo en lengua copta como sigue:

“Las Escrituras bastan realmente para nuestra instrucción. Sin embargo, es bueno para nosotros alentarnos unos a otros en la fe y usar de la palabra para estimularnos. Sean, por eso, como niños y tráiganle a su padre lo que sepan y díganselo, tal como yo, siendo el más antiguo, comparto con ustedes mi conocimiento y mi experiencia.

Para comenzar, tengamos todos el mismo celo, para no renunciar a lo que hemos comenzado, para no perder el ánimo, para no decir: “Hemos pasado demasiado tiempo en esta vida ascética.” No, comenzando de nuevo cada día, aumentemos nuestro celo. Toda la vida del hombre es muy breve comparada con el tiempo que ha de venir, de modo que todo nuestro tiempo es nada comparada con la vida eterna. En el mundo, todo se vende; y cada cosa se comercia según su valor por algo equivalente; pero la promesa de la vida eterna puede comprarse con muy poco. La Escritura dice: “Aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil” (Ps 89,10). Si, pues, todos vivimos ochenta años o incluso cien, en la práctica de la vida ascética, no vamos a reinar el mismo periodo de cien años, sino que en vez de los cien reinaremos para siempre. Y aunque nuestro esfuerzo es en la tierra, no recibiremos nuestra herencia en la tierra sino lo que se nos ha prometido en el cielo. Mas, aun, vamos a abandonar nuestro cuerpo corruptible y a recibirlo incorruptible (1Co 15,42).

Así, hijitos, no nos cansemos ni pensemos que estamos afanándonos mucho tiempo o que estamos haciendo algo grande. Pues los sufrimientos de la vida presente no pueden compararse con la gloria separada que nos ser revelada (Rm 8,18). No miremos hacia a través, hacia el mundo, que hemos renunciado a grandes cosas. Pues incluso todo el mundo, y no creamos que es muy trivial comparado con el cielo. Aunque fuéramos dueños de toda la tierra y renunciaremos a toda la tierra, nada seria comparado con el reino de los cielos. Tal como una persona despreciaría una moneda de cobre para ganar cien monedas de oro, así es que el dueño de la tierra y renuncia a ella, da realmente poco y recibe cien veces más (Mt 19,29). Pues, ni siquiera, toda la tierra equivale el valor del cielo, ciertamente el que entrega una poca tierra no debe jactarse ni apenarse; lo que abandona es prácticamente nada, aunque sea un hogar o una suma considerable de dinero de lo que se separa.

“Debemos además tener en cuenta que si no dejamos estas cosas por el amor a la virtud, después tendremos que abandonarlas de todos modos y a menudo también, como nos recuerda el Eclesiastés” (Si 2,18 Si 4,8 Si 6,2), a personas a las que no hubiéramos querido dejarlas. Entonces, ¿por qué no hacer de la necesidad virtud y entregarlas de modo que podamos heredar un reino por añadidura? Por eso, ninguno de nosotros tenga ni siquiera el deseo de poseer riquezas. ¿De qué nos sirve poseer lo que no podemos llevar con nosotros? ¿Por qué no poseer más bien aquellas cosas que podamos llevar con nosotros: prudencia, justicia, templanza, fortaleza, entendimiento, caridad, amor a los pobres, fe en Cristo, humildad, hospitalidad? Una vez que las poseamos, hallaremos que ellas van delante de nosotros, preparándonos la bienvenida en la tierra de los mansos (Lc 16,9 Mt 5,4).

“Con estos pensamientos cada uno debe convencerse que no hay que descuidarse sino considerar que se es servidor del Señor y atado al servicio de su Maestro. Pero un sirviente no se va atrever a decir: “Ya que trabajé ayer, no voy a trabajar hoy.” Tampoco se va a poner a calcular el tiempo que se ya ha servido y a descansar durante los día que le quedan por delante; no, día tras día, como está escrito en el Evangelio (Lc 12,35-38 Lc 17,7-10 Mt 24,45), muestra la misma buena voluntad para que pueda agradar a su patrón y no causar ninguna molestia. Perseveremos, pues, en la práctica diaria de la vida ascética, sabiendo que si somos negligentes un solo día, Él no nos va a perdonar en consideración al tiempo anterior, sino que se va a enojar con nosotros por nuestro descuido. Así lo hemos escuchado en Ezequiel (Ez 18,24-26 Ez 33,12ss); lo mismo Judas, que en una sola noche destruyo el trabajo de todo su pasado.

Nunca desistir

Por eso, hijos, perseveremos en la práctica del ascetismo y no nos desalentemos. También tenemos en esto al Señor que nos ayuda, según la Escritura: “Dios coopera para el bien” (Rm 8,28) con todo el que elige el bien. Y en cuanto a que no debemos descuidarnos, es bueno meditar lo que dice el apóstol: “muero cada día” (1Co 15,31). Realmente si nosotros también viviéramos como si en cada nuevo día fuéramos a morir, no pecaríamos. En cuanto a la cita, su sentido es este: Cuando nos despertamos cada día, deberíamos pensar que no vamos a vivir hasta la tarde; y de nuevo, cuando nos vamos a dormir, deberíamos pensar que no vamos a despertar. Nuestra vida es insegura por naturaleza y nos es medida diariamente por Providencia. Si con esta disposición vivimos nuestra vida diaria, no cometeremos pecado, no codiciaremos nada, no tendremos inquina a nadie, no acumularemos tesoros en la tierra; sino que como quien cada día espera morirse, seremos pobres y perdonaremos todo a todos. Desear mujeres u otros placeres sucios, tampoco tendremos semejantes deseos sino que le volveremos las espaldas como a algo transitorio combatiendo siempre y teniendo ante nuestros ojos el día del juicio. El mayor temor a juicio y el desasosiego por los tormentos, disipan invariablemente la fascinación del placer y fortalecen el ánimo vacilante.

“Ahora que hemos hecho un comienzo y estamos en la senda de la virtud, alarguemos nuestros pasos aun más para alcanzar lo que tenemos delante (FlpPh 3,13). No miremos atrás, como hizo la mujer de Lot (Gn 19,26), porque sobretodo el Señor ha dicho: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de los cielos” (Lc 9,62). Y este mirar hacia atrás no es otra cosa sino arrepentirse de lo comenzado y acordarse de nuevo de lo mundano.

Cuando oigan hablar de la virtud, no se asusten ni la traten como palabra extraña. Realmente no está lejos de nosotros ni su lugar está fuera de nosotros; no, ella está dentro de nosotros, y su cumplimiento es fácil camino y cruzan el mar para estudiar las letras; pero nosotros no tenemos necesidad de ponernos en camino por el reino de los cielos ni de cruzar el mar para alcanzar la virtud. El Señor nos lo dijo de antemano: “El reino de los cielos está dentro de nosotros y brota de nosotros.” La virtud existe cuando el alma se mantiene en su estado natural. Es mantenida en su estado natural cuando queda cuando vino al ser. Y vino al ser limpia y perfectamente integra (Si 7,30). Por eso Josué, el hijo de Nun, exhorto al pueblo con estas palabras: “Mantengan integro sus corazones ante el Señor, el Dios de Israel” (Jos 24,26); y Juan: “Enderecen sus caminos” (Mt 3,3). El alma es derecha cuando la mente se mantiene en el estado en que fue creada. Pero cuando se desvía y se pervierte de su condición natural, eso se llama vicio del alma.

La tarea no es difícil: si quedamos como fuimos creados, estamos en estado de virtud, pero si entregamos nuestra mente a cosas bajas, somos considerados perversos. Si este trabajo tuviese que ser realizado desde fuera, seria en verdad difícil; pero dado que está dentro de nosotros, cuidémonos de pensamientos sucios. Y habiendo recibido el alma como algo confiado a nosotros, guardémosla para el Señor, para que el pueda reconocer su obra como la misma que hizo.

“Luchemos, pues, para que la ira no sea nuestro dueño ni la concupiscencia nos esclavice. Pues está escrito ‘que la ira del hombre no hace lo que agrada a Dios’ (St 1,20). Y la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y de este pecado, cuando está desarrollado, nace la muerte” (St 1,15). Viviendo esta vida, mantengámonos cuidadosamente en guardia y, como está escrito, guardemos nuestro corazón con toda vigilancia (Pr 4,23). Tenemos enemigos poderosos y fuertes: son los demonios malvados; y contra ellos “es nuestra lucha”, como dice el apóstol, “no contra gente de carne y hueso, sino contra las fuerzas Espirituales de maldad en las regiones celestiales, es decir, los que tienen mando, autoridad y dominio en este mundo oscuro” (Ef 6,12). Grande es su número en el aire a nuestro alrededor, y no están lejos de nosotros. Pero la diferencia entre ellos es considerable. Nos llevaría mucho tiempo dar una explicación de su naturaleza y distinciones, tal disquisición es para otros más competentes que yo; lo único urgente y necesario para nosotros ahora es conocer solo sus villanías contra nosotros.

Mientras Antonio discurría sobre estos asuntos con ellos, todos se regocijaban. Aumentaba en algunos la virtud, en otros desaparecía la negligencia, y en otros la vanagloria era reprimida. Todos prestaban consejos sobre los ardides del enemigo, y se admiraban de la gracia dada a Antonio por el Señor para discernir los Espíritus.

Así sus solitarias celdas en las colinas eran como las tiendas llenas de coros divinos, cantando salmos, estudiando, ayunando, orando, gozando con la esperanza de la vida futura, trabajando para dar limosnas y preservando el amor y la armonía entre sí. Y en realidad, era como ver un país aparte, una tierra de piedad y justicia. No había malhechores ni víctimas del mal ni acusaciones del recaudador de impuestos, sino una multitud de ascetas, todos con un solo propósito: la virtud. Así, al ver estas celdas solitarias y la admirable alineación de los monjes, no se podía menos que elevar la voz y decir: “¡Qué hermosas son las tiendas, oh Jacob! ¡Tus habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como huertos junto al rio, como tiendas plantadas por el Señor, como cedros junto a las aguas” (Num 24,5).

Antonio volvió como de costumbre a su propia celda e intensifico sus prácticas ascéticas. Día tras día suspiraba en la meditación de las moradas celestiales (Jn 14,12), con todo anhelo por ellas, viendo la breve existencia del hombre. Al pensamiento de la naturaleza Espiritual del alma, se avergonzaba cuando debía aprestarse a comer o dormir o a ejecutar las otras necesidades corporales. A menudo, cuando iba a compartir su alimento con otros monjes, le sobrevenía el pensamiento del alimento Espiritual y rogando que le perdonaran, se alejaba de ellos, como si le diera vergüenza de que otros lo vieran comiendo. Comía, por supuesto, porque su cuerpo lo necesitaba, y frecuentemente lo hacía también con los hermanos, turbado a causa de ellos, pero hablándoles por la ayuda que sus palabras significaban para ellos. Acostumbraba a decir que se debía dar todo su tiempo al alma más bien que al cuerpo. Ciertamente, puesto que la necesidad lo exige, algo de tiempo tiene que darse al cuerpo, pero en general deberíamos dar nuestra primera atención al alma y buscar su progreso. Ella no debería ser arrastrada hacia abajo por los placeres del cuerpo, sino que el cuerpo debe ser puesto bajo sujeción del alma. Esto, decía, es lo que el Salvador expreso: “No se preocupen por la vida, por lo que van a comer o beber, ni estén inquietos ansiosamente; la gente del mundo busca todas esas cosas. Pero su Padre sabe que ustedes necesitan todo esto. Busquen primero su Reino y todo esto se les dar dado por añadidura” (Lc 12,22).

Santo Tomás de Aquino
Suma Teológica: La justicia, ¿es virtud?
II-II, q. 58 a.3
Artículo 3: La justicia, ¿es virtud?
Objeciones por las que parece que la justicia no es virtud:

Objeciones:
1. Dice, pues, Lc 17,10: “Cuando hiciereis todas las cosas que os son mandadas, decid: Siervos inútiles somos: lo que debimos hacer, hicimos. Pero no es inútil hacer obras de virtud, pues dice Ambrosio en II De offic.: No denominamos utilidad a la estimación del lucro monetario, sino a la adquisición de la piedad.
Luego hacer lo que uno debe hacer no es obra de virtud, mas sí obra de justicia.
De aquí que la justicia no sea virtud.

2. Lo que se hace por necesidad no es meritorio. Sin embargo, dar a cada uno lo suyo, lo cual pertenece a la justicia, es de necesidad. Por eso no es meritorio.
Sin embargo, merecemos por los actos de las virtudes. Luego la justicia no es virtud.

3. Toda virtud moral versa sobre las acciones. Pero aquellas cosas que se producen exteriormente no son acciones, sino sus efectos, como se pone de manifiesto por el Filósofo en IX Metaphys. Luego, al pertenecer a la justicia realizar exteriormente una obra justa en sí misma, parece que la justicia no es una virtud moral.

Contra esto:
Está Gregorio, que dice, en II Moral., que toda la estructura de una obra buena se levanta sobre cuatro virtudes; es decir: templanza, prudencia, fortaleza y justicia.

Respondo:
La virtud humana es la que hace bueno el acto humano y bueno al hombre mismo, lo cual, ciertamente, es propio de la justicia; pues el acto humano es bueno si se somete a la regla de la razón, según la cual se rectifican los actos humanos. Y ya que la justicia rectifica las operaciones humanas, es notorio que hace buena la obra del hombre; y, como dice Tulio en I De offic., por la justicia reciben principalmente su nombre de bien. De ahí que, como allí mismo dice, en ella está el mayor brillo de la virtud.

A las objeciones: Soluciones:
1. Cuando uno hace lo que debe, no aporta utilidad de ganancia a aquel a quien hace lo que debe, sino que solamente se abstiene de dañarle; en cambio, obtiene utilidad para sí en cuanto hace lo que debe con espontánea y pronta voluntad, lo cual es obrar virtuosamente. Por eso se dice en Sab 3,7 que la sabiduría de Dios enseña templanza, justicia, prudencia y fortaleza, que es lo más útil que hay en la vida para los hombres, es decir, para los virtuosos.

2. La necesidad es doble. La primera es la de coacción, y ésta, ya que es opuesta a la voluntad, destruye la noción de mérito. La segunda, sin embargo, es la necesidad de obligación de precepto o necesidad de fin, es decir, cuando alguno no puede conseguir el fin de una virtud sin poner un medio determinado.
Y tal necesidad no excluye la noción de mérito, en cuanto alguien hace voluntariamente lo que es de este modo necesario. Excluye, en cambio, la gloria de la supererogación, según aquello de 1Co 9,16: Si predico el Evangelio, no tengo de qué gloriarme, porque me es impuesta necesidad.

3. La justicia no consiste en las cosas exteriores en cuanto al hacer, que es propio del arte, sino en cuanto al usar de ellas para otros.

Suma Teológica: ¿Puede el hombre merecer algo de Dios?

I-II, q. 114, a.1

Artículo 1: ¿Puede el hombre merecer algo de Dios?

Objeciones por las que no parece que el hombre pueda merecer algo de Dios.

Objeciones:
1. No parece que se merezca recompensa alguna por dar a otro lo que se le debe. Mas con todas nuestras buenas obras nunca llegaremos a pagar a Dios lo que le debemos ni dejaremos de ser siempre deudores suyos, según el mismo Filósofo afirma en VIII Ethic. Por lo cual se lee en Lc 17,10: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: No somos más que unos pobres criados, hemos hecho lo que temamos que hacer.

2. El bien que uno se hace a sí mismo no parece que sea meritorio ante aquel a quien nada aprovecha. Mas cuando el hombre hace una obra buena se beneficia a sí mismo o a otro hombre, pero no a Dios, pues se dice en Jb 35,7: Y con ser Justo, ¿qué le das?; ¿qué recibe él de tu mano? Luego el hombre no puede merecer ante Dios.

3. Aquel ante quien adquirimos un mérito se convierte en nuestro deudor, pues constituye una deuda el dar su retribución al que la ha merecido. Pero Dios no es deudor de nadie, pues se dice en Rm 11,35: ¿Quién le dio a él primero para tener derecho a retribución? Luego nadie puede merecer nada ante Dios.

Contra esto: está lo que se lee en Jr 31,16: “Tendrán recompensa tus obras”.

Pero se llama recompensa o retribución a lo que se da en razón de un mérito.

Luego parece que el hombre puede adquirir méritos ante Dios.

Respondo:
El mérito y la retribución hacen referencia al mismo objeto, pues se llama retribución a lo que se retribuye a alguien en compensación por una obra o trabajo que ha hecho, como si fuera su precio. Por eso, así como es un acto de justicia pagar el justo precio por una mercancía, también lo es el dar una retribución proporcionada por una obra o trabajo. Ahora bien, la justicia es una especie de igualdad, según enseña el Filósofo en V Ethic. De ahí que la justicia estricta no se dé más que entre aquellos qué son estrictamente iguales. Donde no existe esta igualdad perfecta no puede hablarse de justicia en sentido pleno, aunque sí puede encontrarse alguna suerte de justicia, como la que permite hablar de un derecho paterno o de un derecho doméstico, según expone el Filósofo en el mismo libro. Por consiguiente, donde hay relaciones de justicia estricta, se dan también el mérito y la retribución en sentido estricto. Pero donde sólo existe una justicia relativa y no perfecta, no cabe hablar de mérito en sentido absoluto, sino de un mérito relativo, proporcionado a esa razón de justicia imperfecta. Y así es como el hijo puede merecer algo de su padre y el siervo de su señor.

Ahora bien, es manifiesto que entre Dios y el hombre reina la máxima desigualdad, pues hay entre ellos una distancia infinita y, además, todo lo que hay de bueno en el hombre procede de Dios. Por eso, en la relación del hombre para con Dios no se puede hablar de una justicia basada en la igualdad perfecta, sino en cierta igualdad proporcional, o en cuanto uno y otro obran según su modo propio. Mas el modo y la medida de la capacidad operativa del hombre le viene de Dios; y, en consecuencia, el hombre no puede merecer nada ante Dios más que en el supuesto de un orden previamente establecido por Dios, en virtud del cual el hombre ha de recibir de Dios a modo de retribución por sus obras aquello que Dios quiso que alcanzara al concederle la facultad de obrar. Es lo que sucede también con las cosas naturales, que con sus movimientos y operaciones alcanzan aquello a lo que Dios las ha destinado. Con una diferencia, sin embargo: que la criatura racional se mueve ella misma a obrar merced a su libre albedrío, y por eso sus acciones son meritorias, y esto no acontece con las demás criaturas.

A las objeciones: Soluciones:
1. El hombre merece cuando hace voluntariamente lo que debe; de lo contrario no sería meritorio el acto de justicia por el que se restituye lo que se adeuda.

2. Dios no busca en nuestra obra su utilidad, sino su gloria, es decir, la manifestación de su bondad, que tal es lo que persigue también en sus obras.

No es él quien se beneficia con el culto que le tributamos, sino nosotros. Por eso, cuando merecemos algo de Dios no es porque nuestras obras le procuren algún beneficio, sino porque trabajamos por su gloria.

3. Si bien nuestras obras se hacen meritorias en virtud de una ordenación divina previamente establecida, no se sigue de ahí que Dios se haga absolutamente deudor para con nosotros, sino para consigo mismo, por el hecho de que su ordenación debe cumplirse.

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Publicado el 19 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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