LUCAS 18,1-8

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (18,1-8):

1 Después le enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse:

2 «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres;

3 y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario”.

4 Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres,

5 pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”.»

6 Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto.

7 Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?

8 Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?».

lucas-18-8

 

San Agustín (354-430), obispo y doctor de la Iglesia, Sermón 115, 1; PL 38, 655

«Cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra?»

¿Hay un medio más eficaz para animarnos a la oración que la parábola del juez injusto que nos ha contado el Señor? Evidentemente que el juez injusto no temía al Señor ni respetaba a los hombres. No experimentaba ninguna compasión por la viuda que recurrió a él y, sin embargo, vencido por el hastío, acabó escuchándola. Si él escuchó a esta mujer que le importunaba con sus ruegos, ¿cómo no vamos a ser escuchados nosotros por Aquel que nos invita a presentarle nuestras súplicas? Es por esto que el Señor nos ha propuesto esta comparación sacada de dos contrarios para hacernos comprender que «es necesario orar sin desanimarse». Después añade: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Si desaparece la fe, se extingue la oración. En efecto ¿quién podría orar para pedir lo que no cree? Mirad lo que dice el apóstol Pablo para exhortar a la oración: «Todos los que invocarán el nombre del Señor serán salvados». Después para hacernos ver que la fe es la fuente de la oración y que el riachuelo no puede correr si la fuente esta seca, añade: «¿Cómo van a invocar al Señor si no creen en él?» (Rm 10,13-14).

Creamos, pues, para poder orar y oremos para que la fe, que es el principio de la oración, no nos falte. La fe difunde la oración, y la oración, al difundirse obtiene, a su vez, la firmeza de la fe.

FE

Oración cristiana

San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, 3, capítulo 44, 4-5

4. Y en las demás ceremonias acerca del rezar y otras devociones, no quieran arrimar la voluntad a otras ceremonias y modos de oraciones de las que nos enseñó Cristo (Mt 6,9-13 Lc 11,1-2); que claro está que, cuando sus discípulos le rogaron que los enseñase a orar, les diría todo lo que hace al caso para que nos oyese el Padre Eterno, como el que tan bien conocía su condición y sólo les enseñó aquellas siete peticiones del Pater noster, en que se incluyen todas nuestras necesidades espirituales y temporales, y no les dijo otras muchas maneras de palabras y ceremonias, antes, en otra parte, les dijo que cuando oraban no quisiesen hablar mucho, porque bien sabía nuestro Padre celestial lo que nos convenía (Mt 6,7-8). Sólo encargó, con muchos encarecimientos, que perseverásemos en oración, es a saber, en la del Pater noster, diciendo en otra parte que conviene siempre orar y nunca faltar (Lc 18,1). Mas no enseñó variedades de peticiones, sino que éstas se repitiesen muchas veces y con fervor y con cuidado; porque, como digo, en éstas se encierra todo lo que es voluntad de Dios y todo lo que nos conviene. Que, por eso, cuando Su Majestad acudió tres veces al Padre Eterno, todas tres veces oró con la misma palabra del Pater noster, como dicen los Evangelistas, diciendo: Padre, si no puede ser sino que tengo de beber este cáliz, hágase tu voluntad (Mt 26,39).

Y las ceremonias con que él nos enseñó a orar sólo es una de dos: o que sea en el escondrijo de nuestro retrete, donde sin bullicio y sin dar cuenta a nadie lo podemos hacer con más entero y puro corazón, según él dijo, diciendo: Cuando tú orares, entra en tu retrete y, cerrada la puerta, ora (Mt 6,6); o, si no, a los desiertos solitarios, como él lo hacía, y en el mejor y más quieto tiempo de la noche (Lc 6,12). Y así, no hay para qué señalar limitado tiempo ni días limitados, ni señalar éstos más que aquéllos para nuestras devociones, ni hay para qué otros modos ni retruécanos de palabras ni oraciones, sino sólo las que usa la Iglesia y como las usa, porque todas se reducen a las que habemos dicho del Pater noster.

5. Y no condeno por eso, sino antes apruebo, algunos días que algunas personas a veces proponen de hacer devociones, como en ayunar y otras semejantes; sino el estribo que llevan en sus limitados modos y ceremonias con que las hacen. Como dijo Judit (Jdt 8,11-12) a los de Betulia, que los reprehendió porque habían limitado a Dios el tiempo que esperaban de Dios misericordias, diciendo: ¿vosotros ponéis a Dios tiempo de sus misericordias? No es, dice, esto para mover a Dios a clemencia, sino para despertar su ira.

San Juan de Ávila, Audi filia, capítulo 70

…Y por esto debiera decir San Dionisio, que en principio de toda obra hemos de comenzar por la oración. San Pablo (Rm 12,12) amonesta que entendamos con instancia en la oración; y el Señor dice (Lc 18,1), que conviene siempre orar, y no aflojar; que quiere decir, que se haga esta obra con frecuencia, diligencia y cuidado. Porque los que quieren valerse con tener cuidado de sí en hacer obras agradables a Dios, y no curan de tener oración, con sola una mano nadan, con sola una mano pelean, y con sólo un pie andan. Porque el Señor, dos nos enseñó ser necesarias, cuando dijo (Mt 26): Velad y orad, porque no entréis en tentación. Y lo mismo avisó cuando dijo (Lc 21,36): Velad, pues, en todo tiempo orando, que seáis hallados dignos de escapar de todas estas cosas que han de venir, y estar delante el hijo de la Virgen. Y entrambas cosas junta San Pablo (Ep 6,11), cuando arma al caballero cristiano en la guerra espiritual que tiene contra el demonio. Porque así como un hombre, por buenos manjares que coma, si no tiene reposo de sueño tendrá flaqueza, y aun corre el riesgo de perder el juicio, así acaecerá a quien bien obra y no ora. Porque aquello es la oración para el ánima, que el sueño al cuerpo. No hay hacienda, por gruesa que sea, que no se acabe, si gastan y no ganan; ni buenas obras que duren sin oración, porque en ella se alcanza lumbre y espíritu con que se recobra lo que con las ocupaciones, aunque buenas, se disminuye del fervor de la caridad e interior devoción.

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctora de la Iglesia, Manuscrito C, 25 rº

Orar sin desfallecer

¡Cuán grande es el poder de la oración! Se diría que es como una reina, que a cada instante tiene libre acceso a los aposentos del rey pudiendo obtener de él todo lo que le pide. Para ser escuchada, de ninguna manera, es necesario leer en un libro una bella fórmula compuesta para la circunstancia; si fuera así, ¡Ay! ¡Cuán digna de compasión sería yo! Fuera del Oficio Divino, que soy muy indigna de recitar, no tengo valor para esforzarme en buscar en los libros hermosas oraciones, eso me produce dolor de cabeza, ¡hay tantas! Y además, son todas, a cuál más bella. Yo no podría recitarlas todas, y no sabiendo cual escoger, hago como los niños que no saben leer, digo simplemente al Buen Dios lo que le quiero decir, sin hacer frases bonitas, y él me comprende siempre.

Para mí, la oración, es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en el interior de la prueba como cuando me invade el gozo; en fin, es una cosa muy grande, sobrenatural que me dilata el alma y me une a Jesús.

Isaac el Sirio (siglo VII), monje, Discursos ascéticos, 1ª serie, n. 21

Bienaventurado el hombre que conoce su propia debilidad, porque este conocimiento es en él, el fundamento, la raíz y el principio de toda bondad…

Cuando un hombre se ve privado de la ayuda divina, ora con frecuencia. Y cuanto más ora, más humilde se hace su corazón… cuando ha comprendido todo esto, guarda la oración en su alma, como un tesoro. Y es tan grande su alegría, que hace de su oración una acción de gracias… Llevado también por este conocimiento y admirable gracia de Dios, eleva la voz, alaba, glorifica a Dios, y le manifiesta su gratitud.

El que ha llegado de verdad, y no imaginariamente, a tener estos signos y conocer tal experiencia, sabe lo que digo, y que nada puede ir en contra. Por tanto, cese ahora de desear cosas vanas. Que persevere en Dios por la continua oración, con el temor de verse privado de la abundancia de auxilio divino.

Todos estos bienes se dan al hombre cuando conoce su debilidad. Por su gran deseo del socorro de Dios, se acerca a Dios permaneciendo en la oración. Y tanto se acerca a Dios por su resolución, que Dios le concede sus dones, y no le quita su gracia, por su gran humildad. Por lo tanto, un hombre es como la viuda, que no cesa de importunar al juez, para que le haga justicia contra su adversario. Dios que es compasivo, retrasa las gracias, ya que esta reserva lleva al hombre a acercarse y a permanecer cerca de Él, de donde mana tanto bien, para que necesite de él.

Santa Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad, El amor más grande, c. 1

“Orar siempre”

Sólo mediante la oración mental y la lectura espiritual podemos cultivar el don de la oración. La simplicidad favorece enormemente la oración mental, es decir, olvidarse de sí misma trascendiendo el cuerpo y los sentidos y haciendo frecuentes aspiraciones que alimentan nuestra oración. San Juan Vianney dice: “Para practicar la oración mental cierra los ojos, cierra la boca y abre el corazón.” En la oración vocal hablamos a Dios; en la oración mental Él nos habla a nosotros; se derrama sobre nosotros.

Nuestras oraciones deberían ser palabras ardientes que provinieran del horno de un corazón lleno de amor. En tus oraciones habla a Dios con gran reverencia y confianza. No te quedes remoloneando, no corras por delante; no grites ni guardes silencio, ofrécele tu alabanza con toda el alma y todo el corazón, con devoción, con mucha dulzura, con natural simplicidad y sin afectación.

Por una vez permitamos que el amor de Dios tome absoluta y total posesión de nuestro corazón; permitámosle que se convierta en nuestro corazón, como una segunda naturaleza; que nuestro corazón no permita la entrada a nada contrario, que se interese constantemente por aumentar su amor a Dios, tratando de complacerlo en todas las cosas sin negarle nada; que acepte de su mano todo lo que le ocurra; que tenga la firme determinación de no cometer jamás una falta deliberadamente y a sabiendas, y que si alguna vez la comete, sea humilde y vuelva a levantarse inmediatamente. Un corazón así orará sin cesar.

Magisterio Pontificio

Juan Pablo II, Audiencia, 09-09-1992

La oración nos es tan necesaria como la respiración

1. “Señor enséñanos a orar” (Lc 11,1)

Cuando los Apóstoles se dirigieron a Jesús, en el monte de los Olivos, con estas palabras, no le plantearon una pregunta cualquiera, sino que manifestaron con confianza espontánea una de las necesidades más profundas del corazón humano.

Realmente a esa necesidad el mundo contemporáneo no dedica mucho espacio. El mismo ritmo frenético de las actividades diarias, junto con la invasión rumorosa y a menudo frívola de los medios de comunicación, no constituye ciertamente un elemento favorable para el recogimiento interior que requiere la oración. Además hay dificultades más profundas: en el hombre moderno se ha ido atenuando cada vez más la visión religiosa del mundo y de la vida. El proceso de secularización parece haberlo persuadido de que el curso de los acontecimientos tiene su explicación suficiente en el juego de las fuerzas inmanentes en este mundo, independientemente de intervenciones superiores. Además, las conquistas de la ciencia y de la técnica han alimentado en él la convicción de que puede dominar ya hoy en medida notable, y aún más mañana, las situaciones, orientándolas según sus propios deseos.

Incluso en los mismos ambientes cristianos se ha ido difundiendo una visión “funcional” de la oración, que corre el riesgo de comprometer su carácter trascendente. El verdadero encuentro con Dios —afirman algunos— se realiza en la apertura al prójimo. La oración no sería, pues, un substraerse a la disipación del mundo para recogerse en el diálogo con Dios; más bien, se expresaría en el compromiso incondicional de caridad hacia los otros. Oración auténtica serían, por tanto, las obras de caridad y solamente ellas.

2. En realidad, el ser humano, que en cuanto criatura es en sí mismo incompleto e indigente, se dirige espontáneamente hacia el que es la fuente de todo don, para alabarlo, suplicarle y buscar apagar en él la angustiosa nostalgia que abrasa su corazón. San Agustín lo había comprendido bien cuando anotaba: “Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Confesiones 1, 1).

Precisamente por esto la experiencia de la oración, como acto fundamental del creyente, es común a todas las religiones, incluso a aquellas en las que la fe en un Dios personal es más bien vaga o está ofuscada por falsas representaciones.

En particular, es propia de la religión cristiana, en la que ocupa un lugar central. Jesús exhorta a “orar siempre, sin desfallecer” (Lc 18,1). El cristiano sabe que la oración le es tan necesaria como la respiración y, una vez que ha gustado la dulzura del coloquio íntimo con Dios, no duda en sumergirse en él con abandono confiado.

Juan Pablo II Audiencia,n. 5, 04-04-2001

5. La oración cristiana nace, se alimenta y se desarrolla en torno al evento por excelencia de la fe: el misterio pascual de Cristo. De esta forma, por la mañana y por la tarde, al salir y al ponerse el sol, se recordaba la Pascua, el paso del Señor de la muerte a la vida. El símbolo de Cristo “luz del mundo” es la lámpara encendida durante la oración de Vísperas, que por eso se llama también lucernario. Las horas del día remiten, a su vez al relato de la pasión del Señor, y la hora Tertia también a la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Por último, la oración de la noche tiene carácter escatológico, pues evoca la vigilancia recomendada por Jesús en la espera de su vuelta (cf. Mc 13,35-37).

Al hacer su oración con esta cadencia, los cristianos respondieron al mandato del Señor de “orar sin cesar” (cf. Lc 18,1 Lc 21,36; 1Tm 5,17 Ep 6,18), pero sin olvidar que, de algún modo, toda la vida debe convertirse en oración. A este respecto escribe Orígenes: “Ora sin cesar quien une oración a las obras y obras a la oración” (Sobre la oración XII, 2: PG 11,452).

Este horizonte en su conjunto constituye el hábitat natural del rezo de los salmos. Si se sienten y se viven así, la doxología trinitaria que corona todo salmo se transforma, para cada creyente en Cristo, en una continua inmersión, en la ola del Espíritu y en comunión con todo el pueblo de Dios, en el océano de vida y de paz en el que se halla sumergido con el bautismo, o sea, en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Magisterio de la Iglesia

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 675-677

Oración y perseverancia

La última prueba de la Iglesia

675. Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc Lc 18,8 Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc Lc 21,12 Jn Jn 15,19-20) desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2Tm 2,4-12 1Ts 1Tm 5,2-3 1Tm 2 Jn Jn 7 1Jn 2,18 1Jn 2,22).

676. Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, “intrínsecamente perverso” (cf. Pío XI, carta enc. Divini Redemptoris, condenando “los errores presentados bajo un falso sentido místico” “de esta especie de falseada redención de los más humildes”; GS GS 20-21).

677. La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19,1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13,8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20,7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21,2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20,12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2P 3,12-13).

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica

Tomás se vale de este evangelio para responder a dos cuestiones.

El vicio de la impavidez (II-II, q. 126, a. 1)

¿La impavidez [1] es pecado?

Objeciones:
Por las que parece que la impavidez no es pecado.

1. Lo que se pone como laudable en el varón justo no es pecado. Pero entre las alabanzas del justo leemos en Pr 28,1: El justo va sin temor, como cachorro de león. Por tanto, ser impávido no es pecado.

2. Según el Filósofo en III Ethic., la muerte es lo más terrible. Pero ni siquiera hemos de temer la muerte, por lo que se nos dice en Mt 10,28: No temáis a los que matan al cuerpo, ni nada que puedan hacernos los hombres, conforme al dicho de Is 51,12: ¿Por qué temes tú a un hombre mortal? Por tanto, ser impávido no es pecado.

3. Como se ha visto (II-II 125,2), el temor nace del amor. Pero no amar nada en el mundo es propio de la virtud perfecta, ya que, según San Agustín en XIV De Civ. Dei, el amor de Dios hasta el desprecio de uno mismo nos hace ciudadanos de la ciudad celestial. Por tanto, no temer nada humano no parece que sea pecado.

Contra esto:
Está lo que se dice en Lc 18,2 del juez inicuo, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres.

Respondo:
Puesto que el temor nace del amor, lo que se diga de uno hay que decirlo del otro. Se trata aquí del temor de los males temporales, que proviene del amor a tales bienes. Pero es innato y natural en cada hombre amar la propia vida y lo que a ella se ordena, pero de un modo debido, es decir, no amándolo como fin, sino como medio de que nos servimos para el fin último. De ahí que el apartarse de su debido amor va contra la inclinación natural, y, por consiguiente, es pecado. Pero nunca está uno libre de semejante amor, porque lo natural no puede perderse totalmente. Por eso dice el Apóstol (Ep 5,29) que nadie aborrece jamás su propia carne. Por eso incluso los que se suicidan lo hacen por amor a su carne, a la cual quieren librar de las angustias de esta vida. Por tanto, puede suceder que se teman la muerte y otros males temporales menos de lo debido porque se los ama menos de lo debido. En cambio, el no temerlos en absoluto no puede provenir de una falta total de amor, sino de pensar que no pueden sobrevenir los males opuestos a los bienes que ama. Esto ocurre unas veces por la soberbia de ánimo, que presume de sí y desprecia a los demás, según leemos en Jb 41,24-25: Hecho para no tener miedo, todo lo ve desde arriba. Otras veces sucede por defecto de razón, como dice el Filósofo en III Ethic de los celtas, que, debido a su necedad, no tienen miedo a nada. Por tanto, es evidente que el ser impávido es pecado, ya tenga su origen en la falta de amor, ya en la soberbia del espíritu, o en la necedad, aunque ésta excusa de pecado si es invencible.

A las objeciones: Soluciones:

1. El justo es recomendado porque el temor no lo aparta del bien, no por falta de temor. Pues dice Si 1,28: El que está sin temor no puede justificarse.

2. La muerte, o todo lo que puede infligir a un hombre, no debe temerse hasta el punto de apartarnos de la justicia. Pero debe temerse en cuanto puede significar un obstáculo para las obras virtuosas, bien sea para provecho propio o de los demás. Por eso leemos en Pr 14,16: El sabio teme y se aparta del mal.

3. Los bienes temporales deben despreciarse si nos impiden el amor y el temor de Dios. Por esta misma razón, tampoco deben ser temidos; de ahí que se diga en Si 34,16: Al que teme al Señor, nada le asusta. Con todo, no deben despreciarse los bienes temporales, en cuanto nos sirven de instrumento para obrar según el amor y temor de Dios.


Notas

[1]El impávido es una persona insensible que es incapaz de alterar su ánimo por una emoción o sentimiento. Es la actitud del juez de que habla el evangelio.

¿Es conveniente orar? (II-II, q. 83, a. 2)

Objeciones:
Por las que parece que no es conveniente orar.

1. Porque la oración parece ser necesaria para que se entere la persona a quien pedimos de lo que necesitamos. Pero, como se nos dice en Mt 6,32: Sabe vuestro Padre que de todo esto tenéis necesidad. Luego no es conveniente orar a Dios.

2. Por medio de la oración se doblega el ánimo de aquel a quien se ora para que haga lo que se le pide. Pero el ánimo de Dios es inmutable e inflexible, según aquel texto de 1S 15,29: Por cierto que el triunfador de Israel no perdonará ni, arrepentido, se doblegará. Luego no es conveniente que oremos a Dios.

3. Es mayor liberalidad dar algo a quien no lo pide que a quien lo pide, porque, como dice Séneca, nada resulta más caro que lo comprado con súplicas. Pero Dios es liberalísimo. Luego no parece conveniente que oremos a Dios.

Contra esto:
Está lo que se lee en Lc 18,1: Es preciso orar con perseverancia y no desfallecer.

Respondo:
Que fueron tres los errores de los antiguos acerca de la oración.

Unos dieron por supuesto que la Providencia no dirige los asuntos humanos, de donde se sigue que la oración y el culto a Dios son algo inútil. A ellos se aplica lo que se lee en Ml 3,14: Dijisteis: frívolo es quien sirve a Dios.

La segunda opinión fue la de quienes suponían que todo, también las cosas humanas, sucede necesariamente: por la inmutabilidad de la divina Providencia, por la influencia ineludible de los astros o por la conexión de las causas. Según éstos, queda asimismo excluida la utilidad de la oración.

La tercera fue la opinión de los que suponían que los sucesos humanos están regidos por la divina Providencia y que no acontecen necesariamente; pero decían asimismo que la disposición de la divina Providencia es variable y que se la hace cambiar con nuestras oraciones u otras prácticas del culto divino.

Todo esto quedó ya refutado (I 19,7-8; q.22 a.2,4; q. 115 a.6; q. 116); por tanto, nos es preciso mostrar la utilidad de la oración en tales términos que ni impongamos necesidad a las cosas humanas, sujetas a la divina Providencia, ni tengamos tampoco por mudable la disposición divina. Así, pues, para que esto que decimos resulte evidente, hay que tener en cuenta que la divina Providencia no se limita a disponer la producción de los efectos, sino que también señala cuáles han de ser sus causas y en qué orden deben producirse.

Ahora bien: entre las otras causas, también los actos humanos causan algunos efectos. De donde se deduce que es preciso que los hombres realicen algunos actos, no para alterar con ellos la disposición divina, sino para lograr, actuando, determinados efectos, según el orden establecido por Dios. Esto mismo acontece con las causas naturales. Y algo semejante ocurre también con la oración; pues no oramos para alterar la disposición divina, sino para impetrar aquello que Dios tiene dispuesto que se cumpla mediante las oraciones de los santos, es decir: Para que los hombres merezcan recibir, pidiéndolo, lo que Dios todopoderoso había determinado darles, desde antes del comiendo de los siglos, como dice San Gregorio.

A las objeciones: Soluciones:

1. No es necesario que dirijamos a Dios nuestras preces para darle a conocer nuestras indigencias y deseos, sino para que nosotros mismos nos convenzamos de que en tales casos hay que recurrir al auxilio divino.

2. Como antes expusimos, nuestra oración no se ordena a mudar en otra la disposición divina, sino a obtener mediante nuestras preces lo que Dios había dispuesto.

3. Dios, por su liberalidad, nos concede muchos bienes aunque no se los hayamos pedido. Y el que quiera otorgarnos algunos, sólo en el caso de que se los pidamos, es para utilidad nuestra: para que así vayamos tomando alguna confianza en el recurso a Dios y para que reconozcamos que El es el autor de nuestros bienes. De ahí lo que dice el Crisóstomo: Considera qué gran felicidad se te ha concedido y qué gran gloria es la tuya: hablar con Dios por la oración, conversar con Cristo, solicitar lo que quieres, pedir lo que deseas.

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Publicado el 19 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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