MARCOS 1, 1-8

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (1,1-8):

1 Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.

2 Como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.

3 Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”,

4 así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.

5 Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.

6 Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:

7 «Detrás de mi vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.

8 Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».

Catena Aurea: comentarios de los Padres de la Iglesia por versículos

San Jerónimo

1. Marcos evangelista, levita según su linaje, siendo sacerdote en Israel, convertido al Señor, escribió el Evangelio en Italia [1]. En él mostraba lo que Cristo debía a su linaje. Señalaba el principio del orden de la elección levítica, al decir: «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.». Y comenzaba el Evangelio con una exclamación profética sobre Juan, hijo de Zacarías.

Se llama Evangelio ( ευαγγελιον ), en griego, lo que en latín significa buena nueva. Porque se refiere propiamente al reino de Dios y a la remisión de los pecados, y porque es por el Evangelio por donde viene la redención de los fieles y la bienaventuranza de los santos. Los cuatro Evangelios, en realidad, no forman más que uno, ya que en cada uno se contienen los cuatro. En hebreo se dice Jesús, en griego Soter (σωτηρ ), y en latín Salvador. Cristo se dice en griego χριστος , que en hebreo es Mesías y en latín Ungido, esto es, Rey Sacerdote.

El camino por el que el Señor viene hasta los hombres es la penitencia, por la cual Dios baja a nosotros, y nosotros subimos a El. De aquí el principio de la predicación de San Juan: “Haced penitencia”.

3. «Voz del que clama en el desierto…» Se dice voz que clama, porque el clamor llega hasta los sordos y los que están lejos, y porque suele hacerse con furor. Voz que ciertamente llegó al pueblo judío, aunque la salvación no fue recibida por los pecadores ( Sal 118): “y cerraron éstos sus oídos como áspides, que se hacen los sordos” ( Sal 57,5), por lo que merecieron oír de Cristo indignación, enfado y tribulación.

Suena la voz y el clamor en el desierto, porque estaban desamparados del Espíritu de Dios, como casa desocupada y barrida; desamparados también del profeta, rey y sacerdote.

«Preparad el camino del Señor…», esto es, haced penitencia y predicad. “Haced rectos sus senderos”, para que, andando solemnemente el camino real, amemos a nuestros prójimos como a nosotros, y a nosotros mismos como a nuestros prójimos. Pues el que se ama a sí mismo y no ama al prójimo, se aparta del camino por la derecha, porque muchos obran bien y no corrigen bien, como fue Heli. Y aquel que ama al prójimo pero tiene aversión de sí mismo, se sale del camino hacia la izquierda, pues muchos corrigen bien, pero no obran bien, como fueron los escribas y fariseos. Mas los senderos siguen después del camino, porque los mandatos morales se explanan después de la penitencia.

4-5. «Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.» Según la anterior profecía de Isaías, San Juan prepara el camino del Señor por la fe, el bautismo y la penitencia. Los senderos rectos se hacen por los austeros indicios del vestido de cilicio y de la correa de cuero, y de la comida de langostas y de la miel silvestre, y de la voz muy humilde. Por esto se dice: “Juan estuvo en el desierto”. Juan y Jesús buscan, pues, lo que se ha perdido en el desierto. Donde venció el diablo, allí se vence; donde cayó el hombre, allí se levanta. Juan se interpreta gracia de Dios. Así, pues, la narración empieza por la gracia. Sigue luego bautizando. Por el bautismo se da la gracia, porque los pecados se perdonan por la gracia. Así los catecúmenos empiezan a ser instruidos por el sacerdote y son ungidos por el Obispo. Para señalar esto se añade: “Y predicando el bautismo de la penitencia”, etc.

Por San Juan, pues, como por el amigo del esposo, es conducida la esposa a Cristo, así como Rebeca a Isaac por su criado ( Gén 24). Y continúa: «Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.» Confesión y belleza en su presencia ( Sal 95,6), esto es en presencia del esposo. La esposa baja del camello así como ahora se humilla la Iglesia al ver a su esposo Isaac, esto es, a Jesucristo. La bajada al Jordán, donde se lavan los pecados, se interpreta ajena. Enajenados nosotros de Dios en otro tiempo por la soberbia, y ahora humillados por el símbolo del bautismo, nos levantamos a lo alto.

«Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.» El vestido de San Juan, la comida y todas sus obras, significan la vida austera de los que han de predicar, y significan también a las futuras gentes han de unirse dentro y fuera en la gracia de Dios, que es San Juan. Porque los ricos entre los hombres están representados por los pelos de camello; los pobres, muertos al mundo, por la correa de cuero; y los sabios del siglo, por las langostas errantes, las cuales, dejando las pajas secas a los judíos, se arrastran hacia los carros del trigo místico y en el calor de la fe se elevan dando saltos. Y por la miel silvestre, inspirados los fieles se ceban en inculta selva.

7. «Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo…» ¿Quién es más fuerte que la gracia -representada por San Juan Bautista- por la que se perdonan los pecados, sino Aquél que los perdona setenta veces siete? Ciertamente que la gracia antecede, pero perdona por el bautismo una sola vez los pecados, en tanto que la misericordia alcanza a los desdichados pecadores desde Adán a Jesucristo por setenta y siete generaciones, y llega hasta ciento cuarenta y cuatro mil.

«Y proclamaba: «Y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.» La sandalia está en la parte extrema del cuerpo, el Salvador en su Encarnación ha tenido como fin extremo la justicia. Por esto dice el profeta ( Sal 59,10 y 107): “Sujetaré la Idumea a mi imperio, o por la Idumea extenderé mis plantas”.

8. «Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» ¿Qué cosa hay diferente entre el agua y el Espíritu Santo, que era llevado sobre las aguas? El agua es misterio del hombre, pero el Espíritu es misterio de Dios.


Notas

[1] Según la más antigua tradición sobre el origen del Evangelio según San Marcos, que viene de los tiempos apostólicos, éste habría sido escrito en Roma, dependiente de la catequesis de San Pedro. Son muchas las razones para respaldar este antiguo testimonio, que llega a través de Eusebio de Cesarea, citando fuentes primitivas. Ya por lo circunstancial de las catequesis, ya porque San Pedro se une al Señor siendo adulto, es posible que en su predicación no se refiriese a los años previos de la vida de Jesús. En tal sentido Marcos también los omite.

Beda

1. «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.» Se ha de comparar, pues, el principio de este Evangelio con el principio del de San Mateo, que dice: “Libro de la generación de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham”. El es llamado en San Marcos: “Hijo de Dios”. Pero debemos entender que Nuestro Señor Jesucristo es llamado indistintamente Hijo de Dios e Hijo del hombre. Y con razón lo llama Hijo del hombre el primer evangelista, y el segundo Hijo de Dios, a fin de que nuestro pensamiento se eleve poco a poco de lo menor a lo mayor y llegue por la fe y los sacramentos de la humanidad al conocimiento de la eternidad divina. Con razón también el que había de describir la generación humana empezó por el Hijo del hombre, esto es, David o Abraham. Igualmente, el que empezaba su libro desde el principio de la predicación evangélica quiso mejor llamar Hijo de Dios a Jesucristo, porque era de naturaleza humana el tomar verdaderamente la carne de la descendencia de los patriarcas, y fue de potencia divina predicar el Evangelio al mundo.

2. Habiendo de escribir San Marcos el Evangelio, cita ante todo oportunamente el testimonio de los profetas, a fin de que mostrando lo que había sido predicho por éstos, admitieran todos sin escrúpulo ni duda alguna lo que él escribiese. Comenzando así su Evangelio, movió a los judíos, que habían recibido la Ley y los Profetas, a recibir la gracia del Evangelio y los sacramentos que habían sido predichos en las profecías. Juntamente lleva a los gentiles, que por las nuevas del Evangelio vinieron al Señor, también a recibir y venerar la autoridad de la Ley y los Profetas. Por lo que dice: «Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino.»

2. «Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino.» Aunque no se encuentren estas primeras palabras en Isaías, su sentido, sin embargo, se halla en otros muchos lugares, y más claramente en el que se añade: “Voz que clama en el desierto”. Pues lo que dijo Malaquías, que se ha de enviar el ángel delante de la faz del Señor, el cual ha de preparar su camino, es lo mismo que dijo Isaías con las palabras: “Voz que ha de oírse clamando en el desierto”, la cual debe decir: “Preparad el camino del Señor”. En una y otra sentencia, pues, se anuncia igualmente que ha de prepararse el camino del Señor. Pudo suceder también que al escribir el Evangelio se ofreciese Isaías por Malaquías a la memoria de San Marcos, como suele acontecer. Lo que con todo hubiera enmendado, sin ninguna duda, advertido al menos por algunos de los que pudieron leerlo en su tiempo. Salvo que hubiera pensado que a su memoria, que era regida por el Espíritu Santo, no en vano salía el nombre de un profeta por el de otro, pues así se insinúa que las cosas que dijo el Espíritu Santo por los profetas, cada una de ellas es de todos y todas de cada uno [1].

Juan, pues, es llamado Angel, no por participación de naturaleza, según la herejía (error) de Orígenes, sino por la dignidad del oficio, puesto que en griego se dice ángel y en latín mensajero, con cuyo nombre pudo llamarse muy acertadamente el hombre que fue enviado por Dios para que diese testimonio cierto de la luz ( Jn 1), y anunciase que el Señor había de venir en carne mortal al mundo; siendo constante que todos los que ejercen el sacerdocio pueden ser llamados ángeles por el cargo de evangelizar, según dice el profeta Malaquías (cap. 2): “Los labios del sacerdote guardan la ciencia, y se pedirá de su boca la ley, porque él es el ángel del Señor de los ejércitos”.

3. «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas…» Así como San Juan pudo ser llamado “ángel”, porque precedió al Señor evangelizando, así también pudo ser llamado “voz”, porque iba delante haciendo oír la palabra de Dios, por ello dice: “Voz que clama”, etc. Consta, también, que el Hijo unigénito se llama Verbo del Padre. Así, por nuestro mismo hablar conocemos que la voz suena antes y que no puede oírse la palabra sino después.

Qué clamaría, pues, se anuncia cuando dice: “Preparad el camino del Señor, haced rectos sus senderos”. Pues todo el que predica la recta fe y las buenas obras, ¿qué otra cosa prepara sino el camino del Señor, que va a los corazones de sus oyentes, para penetrarlos verdaderamente con la fuerza de su gracia e ilustrarlos con la luz de la verdad? Hace rectos los senderos, formando por la palabra de la predicación pensamientos puros en el alma.

4. «Apareció Juan bautizando en el desierto…» Sabido es que San Juan no sólo predicó el bautismo de la penitencia, sino que también bautizó a algunos. Sin embargo, no pudo aplicarles dicho bautismo en remisión de los pecados, porque la remisión de los pecados sólo nos es dada por el bautismo de Jesucristo. Así, pues, se dice: «Proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados», puesto que predicaba, porque no podía dar aquel bautismo que perdona los pecados. Esto era así para que, como con la palabra de la predicación precedía al Verbo encarnado del Padre, por el bautismo que daba, por el cual no podían perdonarse los pecados, así también precediese al bautismo de la penitencia, por el cual sí se perdonan.

5. «Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.» Para los que desean el bautismo se toma ejemplo de confesar los pecados y prometer una mejor vida. De ahí las siguientes palabras: “Los que confiesan sus pecados”.

6. «Juan llevaba un vestido de piel de camello…» Vestido, dice, de pelo, no de lana, pues el primero es indicio de vestido austero, y el último lo es de molicie. La correa de cuero con que se ceñía, como Elías ( 2Re 1), es indicio de mortificación. Lo que sigue después: «y se alimentaba de langostas y miel silvestre», como conviene al habitante del desierto, que no atiende al gusto de los manjares, sino a la necesidad de la naturaleza humana.

El vestido y el alimento de San Juan pueden también expresar la naturaleza de sus inclinaciones. Usaba vestidos austeros, porque no fomentaba la vida de los pecadores con halagos, sino que los increpaba con el vigor de un áspero enojo. Ceñía su cintura con una correa de cuero, porque crucificaba su carne con sus vicios y concupiscencias. Comía langostas y miel silvestre, porque su predicación tenía para el pueblo cierto sabor dulce, por lo que juzgaron las gentes que El era el Cristo. Sin embargo, pronto entendieron sus oyentes que no era él el Cristo, sino su precursor y profeta, porque la dulzura, en verdad, es propia de la miel, y el vuelo rápido lo es de las langostas.

7-8. «Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.» San Juan no llama aún al Señor manifiestamente Dios o Hijo de Dios, sino tan solamente varón más fuerte que él, porque sus oyentes, aún ignorantes, no comprendían lo insondable de tan gran misterio. ¿Cómo era que el Hijo Eterno de Dios hubiese nacido de nuevo, tomando forma humana de la Virgen? Por ello, poco a poco habían de ser introducidos en la fe de la divinidad eterna por el conocimiento de la humildad glorificada. Sin embargo, aunque ocultamente, les declaraba que éste era el Dios verdadero al decir: «Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» ¿Quién puede dudar, pues, que nadie además de Dios puede dar la gracia del Espíritu Santo?

8. «Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» Somos bautizados por el Señor en el Espíritu Santo, no sólo cuando el día del bautismo fuimos lavados en la fuente de la vida para remisión de los pecados, sino también cada día cuando la gracia del mismo Espíritu nos inflama para hacer lo que agrada a Dios.


Notas

[1] Estas disquisiciones, que muchos aún hoy hacen, aunque en otro sentido, se podían haber comprendido mejor si se toma en cuenta que probablemente la primera parte del pasaje es del Exodo 23,20 en conjunción de Malaquía 3,1, y la segunda lo es de Isaías. La yuxtaposición de los dos textos sigue la costumbre judía del tiempo: citar un pasaje profético como comentario de la ley (Farrer; Camacho).

San Juan Crisóstomo
2. «Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino.» Marcos reunió en una dos profecías anunciadas por los dos profetas en distintos lugares; pues en Isaías profeta, después de la historia de Ezequías, se lee ( Is 40,3): “Voz que clama en el desierto”; y en Malaquías ( Mal 3,1): “He aquí que envío a mi ángel”. Cortando, pues, el evangelista, puso las dos profecías como de Isaías [1], y las refiere a una lectura, no expresando quién dice: “He aquí que envío al ángel” (homil. 1 sobre San Marcos).

3. «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas…» Cuando dice “en el desierto”, manifiestamente significa en la profecía que la doctrina divina no ha de predicarse en Jerusalén, sino en el desierto. Juan Bautista lo cumplía a la letra anunciando en el desierto del Jordán la saludable aparición del Verbo de Dios. Enseña también el pasaje profético que, además del desierto que mostró Moisés, en donde abría sus senderos, había otro desierto, en el cual se halla la salvación de Cristo (homil. 1 sobre San Marcos).

6. Porque San Juan predicaba penitencia, daba ejemplo de ella en el vestido y la comida. Así se dice: «Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.» (In Matth. hom., 10).

7. «Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.» Para que no se piense que se compara con Cristo al decir esto, añade: “Y no soy yo digno”, etc. Ahora bien, no es lo mismo desatar la correa de sus sandalias (esto es lo que dice San Marcos) que descalzar las sandalias (esto es lo que dice San Mateo). Y ciertamente, siguiendo el orden de la narración y no engañándose por esto en nada, dicen los evangelistas que, de acuerdo al significado de la afirmación, San Juan Bautista dijo lo uno y lo otro. En cuanto a los comentadores, cada uno lo expone de diferente modo, teniendo en cuenta que se llama correa a la ligadura de las sandalias. Así, pues, San Juan dice esto para ensalzar la excelencia del poder de Cristo y la grandeza de su divinidad. Es como si dijera: ni siquiera soy digno de figurar en el orden de sus ministros. Así, pues, es asunto de la mayor importancia el considerar las cosas que pertenecen al Cuerpo de Cristo como inclinándose en tierra, desde donde hay que mirar la imagen de las cosas superiores para descifrar cada uno de los inexplicables tesoros que se refieren al misterio de la encarnación (In Matth. hom., 11).


Notas

[1] La referencia de San Marcos, bajo el nombre de Isaías se puede desdoblar en dos partes. La primera estaría tomada del Exodo 23,20, en paralelo de precisión con Malaquías 3,1. La segunda parte efectivamente viene de Isaías 40,3. Esta forma de citar puede bien responder a una costumbre de la época en que un texto de la ley era esclarecido a modo de comentario por uno de los profetas (Farrer; Camacho).

Teofilacto

2. «Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino.» Así que el precursor de Cristo se llama ángel a causa de su vida angélica y de su excelsa honra. Por eso cuando se dice: “ante tu faz”, es como si se dijera: “junto a ti está tu mensajero”, por lo que se manifiesta lo cercano que está el precursor de Cristo. Pues los que andan alrededor de los reyes son los que están más cerca de ellos. Y sigue: “El cual preparará tu camino ante ti, pues preparó por el bautismo las almas de los judíos para que recibiesen a Cristo”.

3. «Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas…» El camino es el Nuevo Testamento, estando ya como allanados los del Antiguo. Era, pues, necesario prepararse para el camino, es decir, para el Nuevo Testamento, porque convenía que se hiciesen rectos los senderos del Antiguo Testamento.

4. «Apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.» Aunque el bautismo de San Juan no llevara en sí la remisión de los pecados, inducía, sin embargo, a los hombres a la penitencia. “Pues yo soy, predicaba, el bautismo de la penitencia”. Esta predicación de la penitencia conducía a la remisión de los pecados, así como los penitentes que recibieran a Cristo, recibirían con El la remisión de sus pecados.

6. «Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.» El vestido de pelos de camellos era una señal del dolor que por indicación de San Juan conviene que sienta el penitente; pues el saco significa dolor, pero la correa de cuero significa la mortificación del pueblo judío. La comida de San Juan señala, no sólo la abstinencia, sino que es también significado del alimento del alma, con el que se alimentaba entonces el pueblo, que, aunque no entendiendo las cosas superiores, sin embargo se elevaba a lo alto y se abatía de nuevo al igual que la langosta que se eleva a saltos para luego caer otra vez. Así el pueblo ciertamente se alimentaba de la miel, que es obra de las abejas, esto es, de los profetas: miel no trabajada, sino silvestre. Los hebreos tenían las Escrituras como esta miel, pero no las entendían bien.

7b. «Y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.» Se entiende también así: Todos los que se acercaban y eran bautizados por San Juan, creyendo en Cristo eran librados de la ligadura de los pecados por la penitencia. De este modo desataba San Juan la correa de todos los demás, es decir, la ligadura de los pecados. Pero esto no valió para Jesús, porque no encontró pecado en El.

San Agustín, de quaest. novi et veteri testamentorum, 57

2. «Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino.» Sabiendo que ha de referirse al autor todo lo que sea suyo, atribuyó estas palabras a Isaías, que fue el primero que les dio este sentido. Finalmente, después de las palabras de Malaquías, añade en seguida: “Voz que clama en el desierto”, para unir las palabras de uno y otro profeta, que tienen el mismo sentido, en la persona del primero.

San Gregorio

6b. «… Se alimentaba de langostas y miel silvestre.» Por la misma especie de alimentos designó su precursor al Señor. El, que en verdad vino para nuestra redención, comió la miel silvestre, porque tomó la dulzura del infructuoso gentilismo. Y, porque verdaderamente convirtió en parte a muchos judíos, tomó por alimento langostas, las cuales dando súbitos saltos caen al punto en tierra. Y, como ellas, los judíos daban saltos cuando prometían llenar los preceptos de Dios y caían en tierra cuando por sus malas obras negaban haberlo oído. Así, pues, se levantaban por las palabras y caían por los hechos (31 Mor., cap. 19, super Job 39, 20).

7b. «Y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.» Las sandalias se hacen también de los animales muertos. Al encarnarse apareció como calzado el Señor, Aquel que en su divinidad tomó para sí lo mortal de nuestra corrupción. O de otro modo: Era costumbre entre los antiguos el que, si alguno no quería recibir por esposa a la que se pretendiera para él por derecho de parentesco, desatase su calzado el que debía ser su esposo. Por esta razón anuncia que él es indigno de desatar la correa de sus sandalias, como diciendo abiertamente: “Yo no soy digno de descalzar al Redentor, porque no usurpo el nombre de esposo, que no merezco” (hom. 7, sobre el Evang).

San Hilario, De la Trininidad, lib. 2 ante medium

1. «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.» No confirmó, pues, a Cristo Hijo de Dios sólo en el nombre, sino también en su naturaleza. Nosotros somos hijos de Dios, pero no lo somos como El, ya que El lo era por principio, en sentido propio y verdadero, y no por adopción. Lo era por verdad, no por promesa; por origen, no por creación.

Glosa

7. «Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias.» Decía esto para hacer cambiar de opinión a la muchedumbre que creía que él era el Cristo. Anunciaba que Cristo era más fuerte. Este había de perdonar los pecados, cosa que él no podía hacer.

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Publicado el 20 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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