MARCOS 1, 14-20

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (1,14-20):

14 Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo:

15 «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia». Los primeros discípulos

16 Mientras iba por la orilla del mar de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que echaban las redes en el agua, porque eran pescadores.

17 Jesús les dijo: «Síganme, y yo los haré pescadores de hombres».

18 Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron.

MARCOS 1.18

19 Y avanzando un poco, vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban también en su barca arreglando las redes. En seguida los llamó,

20 y con ellos, dejando en la barca a su padre Zebedeo con los jornaleros, lo siguieron.

 

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas Misioneras de la Caridad Testamento espiritual 

En seguida, dejando allí sus redes, lo siguieron

    Nuestra Señora estaba con San Juan, y, estoy segura, María Magdalena era la primera persona que oía el grito de Jesús: ¡Tengo sed!” (Jn 19,28) Ella conocía la intensidad y la profundidad de este ardiente deseo de Jesús. Os deseaba a vosotros y a los pobres. Pero nosotros ¿tenemos este deseo? ¿Lo sentimos como ella? (…) Tiempo atrás, Nuestra Señora me lo pedía a mí, pero ahora soy yo quien en nombre de María, os lo pido a vosotros y os suplico: “¡Oíd el grito de la sed de Jesús!” Que esto sea para cada uno una palabra de vida. ¿Cómo acercarnos a la sed de Jesús? El secreto es este: cuanto más nos acercamos a Jesús más conoceremos su sed.

Arrepentios y creed en la Buena Nueva!” nos dice Jesús. (Mc 1,15) ¿De qué hay que arrepentirse? De nuestra indiferencia, de nuestra dureza de corazón. ¿Y que hay que creer? Que Jesús tiene sede de vuestro corazón y de los pobres. Él conoce vuestra debilidad, desea sin embargo vuestro amor. Quiere simplemente que le deis una oportunidad para amaros. (…)

¡Escuchadlo, escuchadle pronunciar vuestro nombre. Y así, haced que mi alegría, y la vuestra, sea completa (cf 1Jn 1,4).

HOMILÍA

Tertuliano, Tratado sobre la penitencia (2, 3-7; 4,1-3: CCL 1, 322-323; 326)

Arrepiéntete y te salvaré

Después de tantos y tan grandes delitos de la humana temeridad, iniciados en Adán, el cabeza de serie del género humano; después de la condena del hombre y del mundo, su lote; después de ser expulsado del paraíso y sometido a la muerte, habiendo Dios llevado nuevamente a sazón su misericordia, consagró en sí mismo la penitencia: rasgada la sentencia de la antigua condena, determinó perdonar a su obra y su imagen.

Más aún: se escogió un pueblo y lo colmó de innumerables muestras de su bondad; y habiendo comprobado repetidas veces su obstinada ingratitud, no cesó de exhortarlo a penitencia mediante la predicación de todos los profetas. Por último, habiendo prometido la gracia con la que, al final de los tiempos, habría de iluminar el mundo entero por medio de su Espíritu, dispuso que esta gracia fuera precedida por el bautismo de penitencia, para de este modo disponer previamente mediante la confirmación de la penitencia, a los que gratuitamente pensaba llamar a tomar posesión de la promesa destinada a la estirpe de Abrahán.

Juan no se cansa de repetir: Convertíos. Y es que se acercaba la salvación de las naciones, es decir, se acercaba el Señor trayendo la salvación, de acuerdo con la promesa de Dios. El cual le había asignado como colaboradora la penitencia, con la misión de purificar las almas, de modo que todo lo que el antiguo error había manchado, todo lo que la ignorancia había contaminado en el corazón del hombre, todo esto fuera barrido, erradicado y arrojado fuera por la penitencia, disponiendo así en el corazón humano una morada limpia para el Espíritu Santo que estaba para llegar, en la que él se instale a gusto con todo el séquito de sus dones celestiales. Una sola es la titulación de estos dones: la salvación del hombre, precedida de la abolición de los antiguos pecados; ésta es la razón de ser de la penitencia, ésta su tarea, tarea que sale por los fueros de la divina misericordia: ventaja para el hombre, servicio para Dios.

El que asignó una pena judicial a los delitos cometidos bien en la carne bien en el alma, de acción o de intención; éste mismo prometió el perdón, previa penitencia, cuando dijo al pueblo: «Arrepiéntete y te salvaré». Y nuevamente dice: Por mi vida —dice el Señor —no me complazco en la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva. Luego la penitencia es una vida preferible a la muerte. Tú, pecador, semejante a mí —mejor dicho, inferior a mí: pues eneso de pecar te llevo ventaja—, lánzate a ella, abrázate a ella como se agarra el náufrago a la tabla de salvación. Ella te sacará del oleaje del pecado en que estás a punto de naufragar, y te conducirá al puerto de la divina clemencia. Coge al vuelo la ocasión de una inesperada felicidad, para que tú que en otro tiempo no eras ante el Señor más que una gotita en un cubo, tamo de la era, vasija de barro, puedas convertirte en árbol, en aquel árbol que se planta al borde de la acequia, no se marchitan sus hojas y da fruto en sazón; aquel árbol que no conoce ni el fuego ni el hacha del leñador.

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Publicado el 20 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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