MARCOS 3, 13-19

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (3,13-19):

13 Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él,

14 y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar

MARCOS 3.1415 con el poder de expulsar a los demonios.

16 Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro;

17 Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno;

18 luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo,

19 y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

Santa Teresa del Niño Jesús (1873-1897), carmelita descalza, doctor de la Iglesia Ms A, 2rº-vº
El misterio de la vocación

Sólo pretendo una cosa: comenzar a cantar lo que un día repetiré por toda la eternidad: «¡¡¡Las misericordias del Señor!!!» (Sl 88,1)…
Abriendo el Evangelio, mis ojos se encontraron con estas palabras: «Subió Jesús a una montaña y fue llamando a los que él quiso, y se fueron con él» (San Marcos, cap. II, v. 13). He ahí el misterio de mi vocación, de mi vida entera, y, sobretodo, el misterio de los privilegios que Jesús ha querido dispensar a mi alma… El no llama a los que son dignos, sino a los que él quiere, o, como dice san Pablo: «Tendré misericordia de quien quiera y me apiadaré de quien me plazca. No es, pues, cosa del que quiere o del que se afana, sino de Dios que es misericordioso» (Rm 9, 15-16).
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué tenía Dios preferencias, por qué no recibían todas las almas las gracias en igual medida. Me extrañaba verle prodigar favores extraordinarios a los santos que le habían ofendido, como san Pablo o san Agustín, a los que forzaba, por así decirlo, a recibir sus gracias; y cuando leía la vida de aquellos santos a los que el Señor quiso acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, retirando de su camino todos los obstáculos que pudieran impedirles elevarse hacia él… Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas… El ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando mira a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos…

San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia
Homilía:

Sermón 311, 2.

«Eligió a los Doce para que le siguieran y los envió a predicar» (Mc ,).

Los primeros apóstoles, carneros bienaventurados del rebaño santo, vieron al mismo Señor Jesús pendiente de la cruz, lloraron su muerte, se asustaron de su resurrección, lo amaron hecho poderoso y ellos mismos derramaron su propia sangre por la sangre que vieron. Pensad, hermanos, en lo que significa que unos hombres sean enviados por el orbe de la tierra a predicar que un hombre muerto resucitó y que ascendió al cielo, y que por esta predicación hayan sufrido cuanto la locura del mundo les ha infligido: privaciones, destierros, cadenas, tormentos, fuego, bestias, cruz y muertes. ¿Y esto lo sufrían por no sé qué cosa? ¿Acaso, hermanos míos, moría Pedro por su gloria o se predicaba a sí mismo?

Moría uno para que otro fuese honrado; se entregaba a la muerte uno para que otro fuese adorado. ¿Haría esto, acaso, si no estuviese a la raíz la fragancia de la caridad y la conciencia de la verdad? Habían visto lo que anunciaban; en efecto, ¿cuándo estarían dispuestos a morir por algo que no hubieran visto? Se les obligaba a negar lo que habían visto, mas no lo negaron: predicaban la muerte de quien sabían que estaba vivo. Sabían por qué vida despreciaban la vida; sabían por qué felicidad soportaban una infelicidad transitoria, por qué premios despreciaban estos males. Su fe no admite ponerse en la balanza con el mundo entero. Habían escuchado: ¿De qué sirve al hombre ganar todo el mundo si a cambio sufre detrimento en su alma?1 Los encantos del mundo no retrasaron su veloz carrera, ni los bienes pasajeros a quienes emigraban a otro lugar; sea cuanta sea y por deslumbrante que sea esta felicidad, hay que dejarla aquí, no puede ser traspasada a la otra vida; llegará el momento en que también los ahora vivos han de dejarla aquí.

SI NUNCA ESTAS DIPUESTO A MORIR POR UNA CAUSA

San Bernardo, abad
Homilía:

Homilías sobre el Cantar de los Cantares, 84, 1.5.

«Llamó a los que quiso…para que estuvieran con él» (Mc ,).

“De noche busqué al amor de mi alma.” (Ct 3,1) ¡Qué bien tan grande buscar a Dios! Para mí no hay bien mayor. El primer don de Dios no se añade a ninguna virtud, porque no hay virtud anterior a este don de buscar a Dios. ¿Qué virtud se podría atribuir a aquel que no busca a Dios, y qué límite poner a la búsqueda de Dios? “Buscad siempre su rostro” dice el salmo (104,4) Yo creo que incluso cuando se le haya encontrado no cesaremos de buscarlo.

No se busca a Dios corriendo hacia alguna parte sino deseándolo. Porque la felicidad de haberlo encontrado no apaga el deseo sino, al contrario, lo agranda. El colmo de la alegría…es más bien como aceite sobre el fuego, porque el deseo es una llama. La alegría será colmada (Jn 15,11) pero el deseo no tendrá fin, y tampoco la búsqueda…

Pero, que cada alma que busca a Dios sepa que Dios se le ha adelantado, que es buscada por él antes que ella se haya puesto en movimiento para buscarle. ..A esto os llama la bondad de aquel que os precede y os busca y os ha amado el primero. Pues, si no hubieseis sido buscados nunca os hubierais puesto a buscarle. Si él no os hubiera amado primero no lo amaríais. El os pasó delante, no por una gracia única sino por dos gracias: por el amor y por la búsqueda. El amor es la causa de la búsqueda. La búsqueda es el fruto del amor y es también la prueba del amor. A causa del amor no teméis de ser buscados. Y porque habéis sido buscados no seréis amados en vano.

Carta a Diogneto:

XI: SC 33, 79ss.

«… para enviarlos a predicar» (Mc ,).

No digo nada extraño, no busco paradojas sino, dócil a la enseñanza de los apóstoles quiero, a mi vez, enseñar a las naciones. Quiero transmitir exactamente la tradición a los que quieren, ellos también, hacerse discípulos de la verdad. ¿Quien…no se apresurará a aprender todo lo que el Verbo de Dios ha enseñado a sus discípulos? Porque, manifestándose este Verbo no fue comprendido por los que no creían en él; El Verbo manifestó la verdad a sus discípulos. Expresándose abiertamente, les dijo todo lo que sabía. Los reconoció como fieles a su palabra. Les dio a conocer los misterios del Padre.

Por esto, el Verbo los envió al mundo. Y para que se anuncie a todo el mundo…fue proclamado por los apóstoles para que las naciones creyeran en él. El que era desde el principio (cf Jn 1,1) se manifestó en los últimos tiempos y sus discípulos lo reconocieron. El Verbo renace constantemente joven en los corazones de los santos… Gracias a él, la Iglesia está colmada de riquezas, la gracia se expande, se multiplica en los santos, confiere la inteligencia de la fe, desvela los misterios del Padre, da a comprender los signos de los tiempos… La gracia ha sido ofrecido a los que la buscan respetando las reglas de la fe y guardando fielmente la tradición de los padres.

Por esto se cantan las glorias de la Ley, son reconocidos los profetas, afirmada la fe de los evangelios, conservada la tradición de los apóstoles. La gracia de la Iglesia retoza de alegría. No entristezcáis la gracia.

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Publicado el 20 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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