MARCOS 3, 22-30

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (3, 22-30):

22 Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios».

23 Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás?

24 Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir,

25 Y una familia dividida tampoco puede subsistir.

26 Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llega a su fin.

27 Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

28 Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran.

29 Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre».

30 Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».

pecado-peor

¿Por qué la blasfemia contra el Espíritu Santo es imperdonable?

Porque se trata del rechazo radical a la gracia que Dios ofrece para la conversión. Según Santo Tomás de Aquino es un pecado “irremisible por su misma naturaleza porque excluye los elementos gracias a los cuales se concede la remisión de los pecados”.
La blasfemia contra el Espíritu Santo es presumir y reivindicar el “derecho” de perseverar en el mal. Es un rechazo al perdón y a la redención que Cristo ofrece. La blasfemia contra el Espíritu Santo es la obstinación contra Dios llevada hasta el final. Es negarse deliberadamente a recibir la misericordia divina.

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el # 1864:

No hay límites a la misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la misericordia de Dios, mediante el arrepentimiento, rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo (Cf. DV 46). Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna.
El pecado contra el Espíritu Santo consiste, pues, en la negación de parte de la persona, a aceptar la salvación y el perdón dados por Dios. Cuando el corazón de una persona se obstina de tal manera que no acepta que necesita arrepentirse de sus pecados y se resiste a esta gracia, comete el pecado contra el Espíritu Santo el cual puede llevarlo al infierno. ¿Por qué? No porque la Iglesia y el Señor no puedan perdonarle, todo lo contrario, sino mas bien porque la persona misma, voluntariamente ha rechazado este perdón y salvación dadas por Dios.

Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 14, a. 3
¿Es irremisible el pecado contra el Espíritu Santo?

Objeciones por las que parece que no sea irremisible el pecado contra el Espíritu Santo:

1. En palabras de San Agustín, en el libro De verb. Dom., no hay que desesperar de nadie mientras la paciencia del Señor atraiga a penitencia. Pues bien, si se diera algún pecado irremisible, habría que desesperar de algún pecador. No es, pues, irremisible el pecado contra el Espíritu Santo.

2. El pecado no se perdona sino porque Dios sana al alma. Ahora bien, las palabras de la Escritura cura todas tus enfermedades (Ps 102,3) las comenta la Glosa: Para el médico todopoderoso no hay mal alguno incurable. En consecuencia, no es irremisible el pecado contra el Espíritu Santo.

3. El libre albedrío es indiferente para el bien y para el mal. Pero mientras dure el estado de viador, puede uno apartarse de la virtud, ya que también el ángel cayó del cielo, y por eso se dice: Si… aun a sus ángeles achaca desvarío, cuánto más a los que habitan estas casas de arcilla (Jb 4,18-19). Luego, por la misma razón, puede uno volver de cualquier pecado al estado de justicia. Por lo tanto, el pecado contra el Espíritu Santo no es irremisible.

Contra esto:

Está lo que leemos en San Mateo: Al que diga una palabra contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro (Mt 12,32).

Y San Agustín, por su parte, en el libro de De Serm. Dom., escribe: Tan grande es la mancha de este pecado, que no puede borrarla la humildad suplicante.

Respondo:

La condición irremisible del pecado contra el Espíritu Santo hay que valorarla en función de las diversas acepciones de ese pecado. Y así, si se le considera en cuanto impenitencia final, es irremisible, pues de ninguna manera se perdona. Efectivamente, el pecado mortal en el que persevera el hombre hasta la muerte, dado que no se perdona en esta vida por la penitencia, tampoco en la futura. Pero, según las otras dos acepciones, se dice que es irremisible, mas no en el sentido de que no pueda ser perdonado de ninguna manera, sino en el de que, de suyo, no merece ser perdonado.

Esto acontece de dos maneras. La primera, en cuanto a la pena. En verdad, quien peca por ignorancia o debilidad, merece pena menor; pero quien peca con malicia manifiesta no tiene excusa alguna que disminuya su pena. De igual suerte que quien blasfemaba contra el Hijo del hombre cuando su divinidad no estaba aún revelada, podía tener alguna excusa, por la flaqueza de la carne que veía en El, y por eso merecía menor castigo. No tenía, en cambio, excusa alguna que disminuyera su pena quien blasfemaba de su divinidad atribuyendo al diablo las obras del Espíritu Santo. Por eso se dice, siguiendo la interpretación de San Juan Crisóstomo, que ese pecado no se les perdonaba a los judíos ni en esta vida ni en la otra, y por él padecieron, en la vida presente, de los romanos, y en la vida futura, con las penas del infierno. En el mismo sentido aduce San Atanasio el ejemplo de sus padres, quienes primero se alzaron contra Moisés por la falta de agua y del pan, cosa que el Señor toleró pacientemente, ya que tenían excusa en la debilidad de la carne. Pero después pecaron con mayor gravedad contra el Espíritu Santo, atribuyendo al diablo los beneficios recibidos de Dios que les había sacado de Egipto, y así dijeron: Estos son, Israel, tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto (Ex 32,4). Por eso quiso Dios que fueran castigados también temporalmente, ya que murieron aquel día unos tres mil hombres (Ex 32,28), y de cara al futuro les amenaza con el castigo diciendo: En el día de la venganza visitaré yo su pecado (Ex 32,34).

En segundo lugar, en cuanto se refiere a la culpa. Sucede algo análogo a lo que se dice de una enfermedad que por su misma naturaleza es incurable, porque no hay base de recuperación, sea porque se destruye la virtud de la naturaleza, sea porque causa náuseas de la comida o de la medicina, aunque esa dolencia pueda curarla Dios. Así sucede con el pecado contra el Espíritu Santo. Se dice de él que es irremisible por su naturaleza, en cuanto que excluye lo que causa la remisión del pecado. No queda, sin embargo, cerrado del todo el camino del perdón y de la salud a la omnipotencia y misericordia de Dios, la cual, como por milagro, sana a veces espiritualmente a esos impenitentes.

A las objeciones: Soluciones:

1. Consideradas la omnipotencia y misericordia divinas, de nadie se debe desesperar en esta vida. Pero si se considera la condición del pecado, se dice de algunos que son hijos de la desconfianza, como se lee en el Apóstol (Ep 2,2).

2. Esa razón arguye por parte de la omnipotencia de Dios, no por la condición del pecado.

3. El libre albedrío permanece siempre mudable en esta vida. Sin embargo, a veces rechaza de sí, en cuanto está en su mano, lo que le puede inducir al bien. De ahí que, de su parte, el pecado es irremisible, aunque Dios lo pueda perdonar.

PECADO
George Herbert (1593-1633)

Señor, con qué prolijidad nos has encerrado!
Primero nos sazonan nuestros padres;
Luego los maestros nos entregan las leyes;
Nos envían amordazados hacia las reglas de la razón,
Los santos mensajeros, los púlpitos y los domingos;
El dolor que espía al pecado,
Las variadas aflicciones,
Angustias de todo tamaño,
Finas redes y engaños para cazarnos,
Biblias abiertas descuidadamente,
Millones de sorpresas;
Bendiciones previas,
Lazos de gratitud,
Melodías de gloria resonando en nuestros oídos;
Afuera, nuestra vergüenza;
Adentro, nuestras conciencias;
Ángeles y perdón,
Eternas esperanzas y temores.
Y sin embargo,
Un íntimo y perverso pecado
Destruye todas estas vallas,
Toda esta celestial edificación.

San Agustín de Hipona, Sermón 71 (1.13.14.19.20: PL 38, 445.451-452.454-456)
La penitencia obtiene el perdón en esta vida,
valedero para la futura

La lectura evangélica que acabamos de oír plantea un arduo problema, que no estamos en situación de resolver con nuestras solas fuerzas: pero nuestra capacidad nos viene de Dios, en la medida en que somos capaces de recibir u obtener su ayuda:

En Marcos hallamos escrito: Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Quien blasfemare de cualquier modo contra el Espíritu Santo, no habría motivo para estar indagando de qué tipo de blasfemia se trata, pues se referiría a toda blasfemia, sin excepción. Pero no se puede pensar que a los paganos, a los judíos, a los herejes y a toda esa caterva de hombres que, con sus diversos errores y contradicciones, blasfeman contra el Espíritu Santo, se les quite toda esperanza de perdón si llegaren a enmendarse. No queda más remedio que en el pasaje en que se dice: El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, haya de entenderse no del que de cualquier modo blasfemare contra el Espíritu Santo, sino del que lo hiciere de un modo tal, que su pecado resulte irremisible.

Para disponernos a la vida eterna, que se nos otorgará en el último día, el primer don que Dios nos concede al abrazar la fe es el perdón de los pecados. Pues mientras ellos permanecieren en nosotros, somos en cierto modo enemigos de Dios y estamos alejados de él a causa de nuestra depravación. En efecto, la Escritura no nos miente cuando dice: Son vuestras culpas las que crean separación entre vosotros y vuestro Dios. Por tanto, Dios no deposita en nosotros sus bienes, sin antes retirar nuestros males. Aquéllos crecen en la medida en que decrecen éstos; ni llegarán aquéllos a su plenitud en tanto éstos no hayan totalmente desaparecido. Hemos, pues, de admitir que el primer beneficio que recibimos de la bondad divina es el perdón de los pecados en el Espíritu Santo. Pues en el Espíritu Santo —por el que el pueblo de Dios es congregado en la unidad— es arrojado el espíritu inmundo, que está en guerra civil.

Contra este don gratuito, contra esta gracia de Dios habla el corazón impenitente. Pues bien, esta impenitencia es precisamente la blasfemia contra el Espíritu, que no tendrá perdón ni en esta vida ni en la futura. En efecto, contra el Espíritu Santo, en quien son bautizados los que reciben el perdón de los pecados y al que la Iglesia recibe para que a quien perdonare los pecados le queden perdonados, contra este Espíritu habla, o con el pensamiento o con la lengua, palabras perversas e impías en exceso aquel que, cuando la paciencia de Dios le estimula a penitencia, con la dureza de su corazón impenitente se está almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras.

Esta impenitencia contra la que clamaban al unísono el pregonero y el juez, diciendo: Convertíos, porque está cerca el reino de Dios, esta empedernida impenitencia es la que no tiene perdón ni en esta vida ni en la otra, pues la penitencia obtiene el perdón en esta vida, valedero para la futura.

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Publicado el 20 septiembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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