MATEO 13,1-9

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (13,1-9): facebook pq

1 Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar.

2 Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.

3 Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar.

4 Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.

5 Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;

6 pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.

7 Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.

8 Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.

9 ¡El que tenga oídos, que oiga!».

MATEO 13 PARABOLA DEL SEMBRADOR

San Máximo de Turín, Sermón para la fiesta de San Cipriano
«Había un padre de familia que plantó una viña» (Mt 21, 33)

La viña del Señor, dice el profeta, es la casa de Israel. (Is 5,7) Ahora bien, esta casa somos nosotros…y pues somos Israel, somos también la viña del Señor. Vigilemos, pues, que no nazca de nuestros sarmientos, en lugar de la uva dulce, el fruto de la cólera. (Ap 14,19), para que no diga: «Esperaba uvas y dio agraces» (cf Is 5,7) ¡Qué tierra tan ingrata! La que tenía que dar a su amo frutos de dulzura, lo atravesó con espinas agudas. Así, sus enemigos, los que tenían que haber acogido a su Salvador con toda la devoción de su fe, lo coronaron con espinas en la pasión. Para ellos, esta corona significaba ultraje e injuria, pero, a los ojos del Señor, era la corona de las virtudes…

Prestad atención, hermanos, que no se diga a vuestro propósito: «Esperaba buenos frutos y dieron agraces». Estemos atentos a que nuestras malas acciones no hieran la cabeza del Salvador como espinas crueles. Hay espinas del corazón que han herido hasta la misma palabra de Dios, como lo dice el Señor en el evangelio cuando narra que el grano del sembrador cayó entre espinos, éstos crecieron y ahogaron la semilla. (cf Mt 13,7)… Vigilad, pues, que vuestra viña no produzca espinos en lugar de racimos, que vuestra vendimia no dé vinagre en lugar de vino. Cualquiera que haga la vendimia sin distribuir a los pobres sus bienes, recoge vinagre en lugar de vino. Y aquel que mete su cosecha en los graneros sin dar alimento a los indigentes, no recoge el fruto de la limosna sino el rastrojo de la avaricia.

SEMBRAR PAZ

San Agustín, escritos varios

1. «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar.» La palabra: “en aquel día” indica suficientemente que El salió inmediatamente después de lo que precede o poco tiempo después, a no ser que la palabra día se tome en el sentido que lo toma algunas veces la Escritura, es decir, como tiempo indefinido (de consensu evangelistarum, 2,41).

15. «Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.» Cerraron sus ojos para no ver con ellos, esto es, ellos mismos dieron motivo para que Dios les cerrase los ojos; y otro evangelista dice: “Cegó sus ojos” (Jn 12,40); ¿pero acaso para que no volvieran a ver? ¿o acaso para que no vean de manera que les cause tedio su ceguera y puedan, condoliéndose humillados y conmovidos, confesar sus pecados y buscar a Dios con arrepentimiento? Porque así lo expresa San Marcos: “Por si se convierten y se les perdonan los pecados” (Mc 4,12); de donde resulta que merecieron por sus pecados el no entender, y aun en esto brilla la misericordia de Dios, porque de este modo podían conocer sus pecados, convertirse y merecer el perdón. San Juan refiere este pasaje en estos términos: “No podían ellos creer, porque Isaías dijo: Cegó los ojos de ellos, endureció su corazón, para que no vean con los ojos, ni comprendan con su corazón, no sea que se conviertan, y yo los sane” (Jn 12,39-40). Este texto parece oponerse a la interpretación anterior y nos obliga a entender las palabras: nequando videant oculis, no: ” Para que jamás vean con los ojos”, no en el sentido de que ellos puedan ver alguna vez con sus ojos, sino en el sentido de que jamás vean. San Juan efectivamente lo dice muy claro: “Para que no vean con los ojos”, y añade: “Y por esto no podían creer”. Se ve bien claro que no quedaron ciegos a fin de que en alguna ocasión se convirtiesen por la penitencia (cosa que no podían hacer sin preceder la fe; de suerte que con la fe debían ser convertidos, con la conversión sanados y con la salud podían comprender), sino que nos manifiesta el evangelista que quedaron ciegos para que no creyesen. Porque dice muy claramente: “Por esta razón no podían creer”. Y si esto es así, ¿quién no se levanta a defender a los judíos y dice en voz alta que ellos no son culpables si no creyeron? Si ellos no han creído es porque Dios les ha cerrado sus ojos; pero siendo imposible que Dios sea culpable, nos vemos precisados a confesar que merecieron por ciertos pecados anteriores quedar de tal manera ciegos, que quedaron incapaces de creer, porque las palabras de San Juan son éstas: “No podían creer, porque también dijo Isaías: Cegó los ojos de ellos”. En vano intentamos entender que quedaron ciegos para que se convirtiesen, siendo así que sin la fe era imposible su conversión, y no podían tener fe porque estaban ciegos. No es un absurdo decir que hubo algunos judíos que podían ser sanados, pero, sin embargo, estaban en tan grande peligro por su desmedida soberbia, que no les convino creer primero. Y quedaron éstos [1] ciegos para que no comprendiesen las parábolas del Señor, y no comprendiéndolas no creyesen en El, y no creyendo en El le crucificasen en unión con los demás desesperados, para que así, después de la resurrección se convirtiesen y amasen más con la humillación y arrepentimiento de la muerte del Señor a Aquel que les había perdonado tan enorme crimen. Era tan grande su soberbia, que era preciso abatirla con esa humillación. Y si alguno cree que todo esto no está en su lugar, que reflexione sobre las palabras que se leen en los Hechos de los Apóstoles (Hch 12), conformes completamente con lo que dice San Juan: “Por eso no podían creer, porque les cegó sus ojos para que no vean”, palabras que nos dan a entender que quedaron ciegos a fin de que se convirtiesen. Esto es, quedaron ciegos para las verdades del Señor, ocultas en sus parábolas, a fin de que se arrepintiesen después de la resurrección mediante una penitencia más saludable. Porque cegados ellos por la oscuridad del discurso del Señor, no comprendieron sus palabras, y no entendiéndolas, no creyeron en El; no creyendo en El, lo crucificaron; pero después de la resurrección, asombrados de los milagros que se hacían en su nombre, se arrepintieron a la vista de su gran crimen, y abatidos hicieron penitencia. En seguida, después de aceptado el perdón, su conversión se apoyó en un amor intensísimo, pero a algunos de ellos aquella ceguera no sirvió para que se convirtiesen (quaestiones evangeliorum, 14).

Opinan algunos que es preciso entender este pasaje en el sentido de que los santos, según sus méritos, libran los unos cien almas, otros sesenta y otros treinta (añaden que esto se verificará en el día del juicio, mas no después del juicio.) Pero uno, al ver que muchas personas abusaban de esta opinión, y se prometían con toda malicia una completa impunidad, puesto que de esta manera todos podían creer que estaban libres, responde que se debe vivir bien para que cada uno se pueda encontrar entre aquellos por cuya intercesión se libran otros; no suceda que sean tan pocos que atendiendo cada uno al número que se le ha asignado, resulte que muchos queden sin ser librados de las penas por la intercesión de los santos. Por esta razón sería una gran temeridad sin fundamento el confiarse de esta manera a la intercesión de otro (de civitate Dei, 21,27).

O de otra manera, el número ciento es el fruto de los mártires, a causa de la santidad de su vida y el desprecio de su muerte; el sesenta, el de las vírgenes, por su tranquilidad interior, porque no combaten contra la costumbre de la carne; suele también concederse el descanso a los sexagenarios en la carrera militar y en otros empleos públicos; el número treinta es el de los casados, porque es la edad del combate, y ellos tienen que sostener rudos asaltos para no ser víctimas de sus pasiones. O de otra manera, tienen que luchar con el amor de los bienes temporales para no ser vencidos, y deben domarlo y sujetarlo a fin de reprimirlo con facilidad, o extinguirlo de tal manera que no pueda producir emoción alguna. De aquí proviene, el que unos afronten la muerte por la verdad con energía, otros con tranquilidad y otros con placer. A estos tres grados de virtud corresponden las tres clases de frutos que da la tierra: el treinta, el sesenta y el ciento. En alguno de estos tres grados debe encontrarse el hombre que piensa partir bien de esta vida (quaestiones evangeliorum, 1,10-11).


Notas

[1] Los que podían ser sanados.

SEMBRAR ACTO

Rábano

1. «Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a orillas del mar.» No sólo las palabras y las acciones del Señor, sino hasta los caminos y los lugares que recorrió, están llenos de enseñanzas divinas. Porque después del discurso que tuvo en la casa donde se pronunció la horrible blasfemia de que tenía el demonio, se salió de allí, y enseñó en las riberas del mar, para manifestar que abandonando la Judea a causa de su perfidia, pasaría a otras naciones para salvarlas, porque los corazones de los gentiles, por mucho tiempo soberbios e incrédulos, se parecen a las soberbias y amargas olas del mar. ¿Quién ignora que la casa del Señor era la Judea consagrada a El por la fe?

2b. «… hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera.» Al entrar en la nave y sentarse en el mar, significa que Cristo subiría por la fe hasta las almas de los gentiles y que colocaría la Iglesia en el mar, es decir, en medio de las naciones perseguidoras. La turba que se quedaba en la ribera, y no estaba ni en la nave ni en el mar, figura a los que reciben la palabra de Dios y por la fe están separados del mar, esto es, de los réprobos, pero que aún no están imbuidos en los misterios celestiales.

3b. «Una vez salió un sembrador a sembrar.» O también salió cuando, después de abandonar la Judea, pasó a otras naciones.

4-8. Debemos recorrer ligeramente el camino que el Señor dejó a nuestra inteligencia. El camino es el alma llena de celo, pisoteada y desecada por el miedo de los malos pensamientos; la piedra, la dureza del alma procaz; la tierra, la facilidad del alma obediente; y el sol, el ardor de la persecución que se ensaña; la profundidad de la tierra es la probidad del alma formada según las enseñanzas divinas. Ya hemos dicho que unas mismas cosas no siempre tienen un mismo sentido en las interpretaciones alegóricas.
Rábano
15. «Porque se ha embotado el corazón de este pueblo…» El corazón de los judíos ha sido engrosado por el peso de la malicia, y por la multitud de sus pecados comprendieron mal las palabras del Señor y las reciben con ingratitud.

También Isaías (Is 6) y Miqueas (Miq 7), y otros muchos profetas vieron la gloria del Señor y por eso fueron llamados los que ven (1Sam 9).

22. Con razón se llaman espinas, porque hieren el alma con las punzadas de sus pensamientos y oprimiéndola, no la dejan llevar los frutos espirituales de la virtud.

Remigio

9. «”El que tenga oídos, que oiga.”» Las orejas para oír son las orejas del alma, que deben servir para comprender y practicar los mandamientos de Dios.

10. «”Y acercándose los discípulos le dijeron: «¿Por qué les hablas en parábolas?”» Dice el evangelista: “Y llegándose”, para manifestar que efectivamente le preguntaron y se pudieron acercar a El, aunque fuese corta la distancia que los separaba.

11. «El les respondió: “Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no.”» A vosotros, digo, que me seguís y creéis en mí. Llama misterios del reino de los cielos a la doctrina del Evangelio, que no es dado conocer a aquellos, esto es, a los que están fuera, y no quieren creer en El, es decir, a los escribas, a los fariseos, y a todos los demás que continúan en la incredulidad. Acerquémonos, pues, al Señor con un corazón puro, en compañía de los discípulos, para que se digne interpretarnos la doctrina evangélica, según aquello: “Los que se acercan a los pies de El, reciben su doctrina” (Dt 33,3).

12. «Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará.» El que tiene deseo de leer, recibirá la facultad de entender, y al que no tiene deseo de leer, le serán quitados los dones que recibió de la naturaleza. O al que tiene caridad, se le darán las demás virtudes, y al que no la tiene, se le quitarán las otras virtudes, porque sin caridad no puede haber bien alguno.

13. «Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden.» Es de notar que no sólo eran parábolas sus palabras, sino hasta sus mismas acciones, es decir, que eran símbolos de cosas espirituales, lo que se ve claramente cuando dice: “A fin de que los que ven, no vean”; y las palabras no se ven, sino que se oyen.

15. «Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane.» También puede entenderse este pasaje de esta manera: sobreentiéndese en cada miembro la partícula no; esto es, a fin de que no vean con los ojos, y que no oigan con los oídos, y de que no entiendan con el corazón, y de que no se conviertan, y de que no los sane.

18-23. El Señor expone con estas palabras lo que es la semilla, es decir, la palabra del reino (esto es, de la doctrina del Evangelio). Porque hay algunos que no reciben la palabra de Dios con devoción, y por eso los demonios arrebatan la semilla de la palabra divina que ha caído en sus corazones como si fuera semilla sembrada en un camino traqueteado. Sigue: “La que ha sido sembrada sobre piedra”, es aquel que oye la palabra mas no tiene raíces, etc. Porque la semilla o la palabra de Dios que se siembra en la piedra, esto es, en el corazón duro e indómito, no puede llevar fruto; porque es grande su dureza y nulo el deseo por las cosas celestiales, y por esa demasiada dureza no tiene raíz en sí.

Y es de saber que en estas tres clases de tierra mala están comprendidos todos los que pueden oír la palabra de Dios, pero sin embargo no pueden alcanzar la salud. Exceptúanse los gentiles, que ni aun oír merecieron. Sigue: «Pero el que fue sembrado en tierra buena…». La tierra buena es la conciencia fiel de los elegidos, o el alma de los santos que reciben con gozo, con deseo y con devoción del corazón la palabra de Dios, y la conservan varonilmente en la prosperidad y en la adversidad, y producen frutos. Y por eso se dice: «… da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.».

El que da fruto como treinta, es el que enseña la fe en la Santísima Trinidad; como sesenta, el que recomienda la perfección de las buenas obras, porque el número seis es el tiempo que Dios empleó en hacer el mundo (Gén 2); como ciento, el que promete la vida eterna; porque el número ciento pasa de la izquierda a la derecha, entendiéndose por izquierda la vida presente, y por derecha la futura. En otro sentido: la semilla de la Palabra de Dios da fruto como treinta, cuando produce el buen pensamiento, como sesenta, cuando engendra la buena palabra, y como ciento, cuando conduce a la buena obra.

San Hilario, in Matthaeum, 13

3a. «Y les habló muchas cosas en parábolas…» Se ve por el contexto que el Señor se sentó en una nave y que las turbas se quedaron en la ribera. Les habló con parábolas para darnos a entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden comprender las conversaciones divinas. La nave representa la Iglesia, dentro de la cual es depositada y predicada la palabra de vida, palabra que no pueden comprender quienes están fuera de la Iglesia, como si fueran arena estéril.

12. «Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará.» Los judíos, que no tienen fe, perdieron hasta la ley que habían tenido. Y por eso la fe en el Evangelio tiene la plenitud de los dones, porque una vez recibida nos enriquece con nuevos frutos, mientras que si se rechaza nos quita los dones que hemos recibido en el primer estado de naturaleza.

16-17. «¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!» Habla aquí de la dicha del tiempo de los Apóstoles, cuyos ojos y oídos tuvieron la felicidad de ver y comprender la salud de Dios, cosa que los profetas y los justos desearon ver y comprender, y que estaba reservada para la plenitud de los tiempos. Por eso sigue: «Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron.»

SEMBRAR

Glosa

18-23. De aquí es que cuando exponiendo la parábola añade: “Todo el que oye la palabra del reino, y no la entiende”; debe construirse de esta manera: Todo el que oye la palabra (esto es, mi predicación, que le hace apto para alcanzar el reino de los cielos) y no la entiende (y añade por qué no la entiende: “Porque viene el malo, esto es, el diablo, y arrebata lo que se sembró en el corazón de aquel”), éste tal es aquél que fue sembrado cerca del camino. Es de notar que la palabra sembrar se toma en distintos sentidos. Así se dice que una semilla está sembrada y que un campo está sembrado. Estas dos maneras de tomar dicha palabra, las vemos empleadas en este pasaje. Pero cuando dice: “Arrebata lo que ha sido sembrado”, aquí se entiende: arrebata la semilla. Pero cuando dice: “Cayó cerca del camino”, no debe entenderse de la semilla, sino del lugar en que cayó la semilla; esto es, en el hombre, que es como el campo sembrado con la semilla de la palabra de Dios.

FUENTE: deiverbum


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Publicado el 7 diciembre, 2015 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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