LUCAS 1,1-4. 4,14-21

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (1,1-4. 4,14-21):

1 Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros,

2 tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra.

3 Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado,

4 a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

14 Jesús volvió a Galilea con el poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región.

15 Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.

16 Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.

17 Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

18 “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos

LUCAS 4.18

19 y proclamar un año de gracia del Señor”.

20 Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.

21 Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Hugo de San Víctor (?-1141), canónigo regular, teólogo Tratado sobre los Sacramentos de la fe cristiana, II, 1-2; PL 176, 415
«Con la fuerza del Espíritu»

La santa Iglesia es el cuerpo de Cristo: un mismo Espíritu la vivifica, la unifica en la fe y la santifica. Los miembros de este cuerpo son los creyentes, los cuales, todos juntos forman un solo cuerpo gracias a un solo Espíritu y a una sola fe… Así pues, lo que cada uno posee como propio no es sólo para él; porque el que tan generosamente nos concede estos bienes y con tanta sabiduría los reparte quiere que cada cosa sea de todos y todas de cada uno. El que tiene la dicha de recibir un don de la gracia de Dios debe saber que no le pertenece a él solo aunque sólo él lo tenga.
Es por analogía con el cuerpo humano que a la Iglesia, es decir, al conjunto de los creyentes, se la llama cuerpo de Cristo, porque ha recibido el Espíritu de Cristo, cuya presencia en un hombre se indica con el nombre de «cristiano» que Cristo le confiere. En efecto, este nombre designa a los miembros de Cristo, a los que participan del Espíritu de Cristo, a los que reciben la unción de aquel que es el ungido, porque el nombre de cristiano le viene de Cristo, y «Cristo» quiere decir «ungido»; ungido con este aceite de júbilo, que, preferido entre todos sus compañeros (Sl 44,8), recibe en plenitud para compartirlo contados ellos, igual que la cabeza con los miembros del cuerpo. «Es como el aceite que, derramado sobre la cabeza, va bajando por la barba, hasta la franja de su ornamento» (Sl 132,2) para que llegue a todas parte y lo vivifique todo. Cuando aceptas ser cristiano, te conviertes en miembro de Cristo, miembro del cuerpo de Cristo, partícipe del Espíritu de Cristo.

BIBLIA

San Ambrosio (c 340-397), obispo de Milán y maestro de San Agustín, doctor de la Iglesia
Comentario al salmo 1, 33; CSEL 64, 28-30
“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”

Sacia tu sed en el Antiguo Testamento para, seguidamente, beber del Nuevo. Si tú no bebes del primero, no podrás beber del segundo. Bebe del primero para atenuar tu sed, del segundo para saciarla completamente… Bebe de la copa del Antiguo Testamento y del Nuevo, porque en los dos es a Cristo a quien bebes. Bebe a Cristo, porque es la vid (Jn 15,1), es la roca que hace brotar el agua (1Co, 10,3), es la fuente de la vida (Sal 36,10). Bebe a Cristo porque él es “el correr de las acequias que alegra la ciudad de Dios” (Sal 45,5), él es la paz (Ef 2,14) y “de su seno nacen los ríos de agua viva” (Jn 7,38). Bebe a Cristo para beber de la sangre de tu redención y del Verbo de Dios. El Antiguo Testamento es su palabra, el Nuevo lo es también. Se bebe la Santa Escritura y se la come; entonces, en las venas del espíritu y en la vida del alma desciende el Verbo eterno. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Dt 8,3; Mt 4,4). Bebe, pues de este Verbo, pero en el orden conveniente. Bebe primero del Antiguo Testamento, y después, sin tardar, del Nuevo.
Dice él mismo, como si tuviera prisa: “Pueblo que camina en las tinieblas, mira esta gran luz; tú, que habitas en un país de muerte, sobre ti se levanta una luz” (Is 9,1 LXX). Bebe, pues, y no esperes más y una gran luz te iluminará; no la luz normal de cada día, del sol o de la luna, sino esta luz que rechaza la sombra de la muerte.

LEER ES COMO BESAR

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Publicado el 1 enero, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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