LUCAS 9,28b-36

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (9,28b-36): facebook pq

28 Unos ocho días después de decir esto, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar.

29 Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante.

30 Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,

31 que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

LUCAS 9.31

32 Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos, y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él.

33 Mientras estos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «¡Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El no sabía lo que decía.

34 Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor.

35 Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo».

36 Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.

TRANSFIGURACION - TIZIANO

La Transfiguración. 1566. Obra de Tiziano Vecellio . Óleo sobre lienzo 245×297 cm Iglesia de San Salvador, Venecia Italia

Anastasio del Sinaí (?-después del 700), monje
Homilía sobre la Transfiguración
«Moisés y Elías, que aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que
iba a consumar en Jerusalén»

Hoy, en lo alto del monte Tabor, aparece misteriosamente la condición de la vida futura y el Reino del gozo. Hoy, de manera sorprendente, los antiguos mensajeros de la Antigua y de la Nueva Alianza, portadores de un misterio lleno de paradoja, se reúnen en el monte junto a Dios. Hoy, en lo alto del Tabor, se esboza el misterio de la cruz que, a través de la muerte, da la vida: así como Cristo fue crucificado entre dos hombres en el monte Calvario, asimismo se levanta lleno de su majestad divina entre Moisés y Elías. La fiesta de hoy nos muestra este otro Sinaí, montaña tanto más preciosa que el Sinaí por sus maravillas y sus acontecimientos: por su teofanía sobrepasa las visiones divinas figuradas y oscuras…
¡Alégrate, oh Creador de todas las cosas, Cristo Rey, Hijo de Dios, resplandeciente de luz, que has transfigurado a tu imagen toda la creación y la has recreado de manera maravillosa…!
¡Y alégrate tú, oh imagen del Reino celestial, santísimo monte Tabor, que sobrepasas en belleza todos los montes! ¡Monte Gólgota y Monte de los Olivos, cantad juntos un himno y alegraos; cantad a Cristo con una sola voz en el monte Tabor y celebradlo todos juntos!

Anastasio del Sinaí, monje
Homilía: Escuchemos la voz divina y santa
(Hom. en la fiesta de la Transfiguración)
«Se preguntaban entre ellos lo que quería decir: “resucitar de los muertos”»

Sobre el monte Tabor, Jesús les mostró a sus discípulos una manifestación maravillosa y divina, como una imagen prefigurativa del Reino de los cielos. Exactamente es como si les dijera: “Para que la espera no engendre en vosotros incredulidad, desde ahora, inmediatamente y verdaderamente os digo que entre los que están aquí hay algunos que no conocerán la muerte, antes de haber visto al Hijo del hombre venir en la gloria de su padre” (Mt 16,28)…

Tales son las maravillas divinas de esta fiesta… Ya que es al mismo tiempo la muerte y la fiesta de Cristo lo que nos reúne. Con el fin de penetrar en estos misterios con los que han sido escogidos entre los discípulos, escuchemos la voz divina y santa que, como desde lo alto…, nos convoca de modo urgente: “Venid, gritad hacia la montaña del Señor, al día del Señor, hacia el lugar del Señor y en la casa de vuestro Dios”. Escuchemos, con el fin de que iluminados por esta visión, transformados, transportados…, invoquemos esta luz diciendo: «Qué terrible es este lugar; es nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo” (Gn 28,17). Es pues hacia la montaña donde hay que apresurarse, como lo hizo Jesús que, allí como en el cielo, es nuestro guía y nuestro precursor. Con él brillaremos con mirada espiritual, seremos renovados y divinizados en la esencia de nuestra alma; configurados a su imagen, como él, seremos transfigurados – divinizados para siempre y transportados a las alturas… Acudamos pues, con confianza y alegría, y penetremos en la nube, como Moisés y Elías, como Santiago y Juan. Como Pedro, sé llevado a esta contemplación y esta manifestación divina, sé transformado magníficamente, transportado fuera del mundo, por encima de esta tierra. Deja aquí la carne, deja la creación y vuélvete hacia el Creador al que Pedro mismo decía, arrebatado: “¡Señor, qué bien se está aquí!” Sí, Pedro, es verdaderamente bueno estar aquí con Jesús, y estar aquí para siempre.

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La Transfiguración. Retablo Mayor de la Seo de Zaragoza

San León I el Magno ( ?- c 461), doctor de la Iglesia
Sermón 51, 2-3, 5-8 : PL 54, 310-313, SC 74 bis
«La gloria de la cruz»

El Señor descubre su gloria en presencia de testigos escogidos, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo común a todos, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve. En su transfiguración, se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de sus discípulos el escándalo de la cruz, y hacer que la ignominia voluntaria de su muerte no pudiera desconcertar a estos antes quienes sería descubierto la excelencia de su dignidad escondida.
Pero con no menor vista se estaba fundamentando la esperanza de la santa Iglesia, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cual habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba en la cabeza de antemano.
“Este es mi Hijo amado,…escuchadle”. Escuchadle, a él que abre el camino del cielo, por el suplicio de la cruz, vosotros preparar las enseñanzas para subir al Reino. ¿Por qué teméis, ser redimidos? ¿Por qué, heridos, teméis, ser curados? Qué más voluntad hace falta que el querer de Cristo. Arrojad el temor carnal y armaos de la constancia que inspira la fe. Pues no conviene que dudéis en la pasión del Salvador que, con su auxilio, vosotros no temeréis en vuestra propia muerte…
En estos tres apóstoles, la Iglesia entera ha aprendido todo lo que vieron sus ojos y oyeron sus oídos (cf 1Jn 1,1). Por tanto la fe de todos ellos se vuelva más firme por la predicación del santo Evangelio, y hace que nadie enrojezca ante la cruz de Cristo, por la cual el mundo ha sido rescatado.

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COMENTARIO:

Jesús se llevó a tres de sus discípulos a un apartado monte a orar. La tradición dice que es el monte Tabor donde Santa Elena en el año 420 mandó construir el templo de la Transfiguración.

El subió a orar porque a quería escuchar al Padre y hablar con Él y nos enseña cuales son las mejores condiciones para orar. Si no tenemos silencio y soledad es imposible saber qué quiere Dios de nosotros.
Se llevó a tres discípulos para que presenciaran la manifestación clarísima de su divinidad.

Quiere que cuando llegue su Pasión y su Muerte, cuando lo vean humillado, abofeteado y abandonado, no pierdan la esperanza.

Llevó a tres, porque según la ley, era el número de personas que debían atestiguar un hecho.
Permitió que presenciaran el milagro los tres apóstoles más significativos:

Pedro el primer Papa.

Juan el apóstol sin mancha y el último profeta.

Santiago, el primer mártir canonizado.

Moisés y Elías eran para representar la Ley y los Profetas.
Pedro habló. Pedro siempre habla y su felicidad es tal que no sabe ni lo que dice.
La nube. Es un símbolo importante, a lo largo de la historia la nube siempre significó la gloria de Dios.
La voz que se escucha es naturalmente la voz del padre que proclama solemnemente a su Hijo ante los discípulos. La humillación se aproxima y el Padre está atento a glorificarlo antes, para que no duden.
“Escuchadle” Es para todos los hombres de todos los tiempos. Nos dice la misma voz de Dios, que el Evangelio es la única senda para llegar a Él.
Jesús prohíbe nuevamente que se comente el suceso hasta que hubiera resucitado, ahora sí es obedecido. Será Pedro en su predicación quien relatará en su segunda epístola ( 1, 17) este momento maravilloso que jamás olvidó.

San Marcos refiere este evangelio con simplicidad pero nos deja varias enseñanzas.

Jesús tiene sus elegidos. Ellos tres presenciaron la Transfiguración y también la resurrección de la hija de Jairo. Se dice que el amor de Dios es como cuando nos acercamos a un espejo, si sonreímos, la imagen en él reflejada, nos da una sonrisa si hacemos un gesto, recibiremos lo mismo. Jesús los prefería porque conocía el inmenso amor que le tenían. Con sus defectos, Pero Jesús ama más a quien le dá mas amor y mayor fidelidad independientemente que a todos nos ame con un amor infinito, porque El es justo.
Otra enseñanza es la importancia del Evangelio. ¿Cómo podemos “escuchar” a Jesús , como el Padre nos lo pide si desconocemos lo que quiere Jesús que hagamos?
Todo cristiano que sepa leer tiene el deber de conocer el Evangelio y actuar como Jesús quiere y también el deber de difundirlo, ayudando así a quienes no lo pueden leer o desconocen su importancia. Es mandato divino.
La enseñanza que es bellísima de éste Evangelio es la Esperanza, en Dios, que aunque nos dé días de dolor o humillación, nos tiene reservada la gloria, entonces será nuestra propia transfiguración, lo que nos debe animar a trabajar todos los días por salvarnos.

La esperanza nos da vitalidad y ahuyenta la depresión que se padece tanto en la actualidad.

El monte Tabor es mucho más agradable que el monte Calvario que representa el trabajo y el sacrificio, pero no se llega a la gloria sin llevar la cruz de cada día.

Bibliografía: Los Santos Evangelios .Trad. Dr. Evaristo Martín Nieto.
El Evangelio Explicado. P. Eliécer Sálesman.
Los Cuatro Evangelios. Santos González de Carrea. Capuchino.
Ma. de Lourdes Rodríguez Cruz.

transfiguracion

 

San Cirilo de Alejandría
Homilía: Hablaban de la muerte que Jesús iba a consumar en Jerusalén
(Hom. 9 en la transfiguración del Señor: PG 77, 1011-1014 – Liturgia de las Horas)

Jesús subió a una montaña con sus tres discípulos preferidos. Allí se transfiguró en un resplandor tan extraordinario y divino, que su vestido parecía hecho de luz. Se les aparecieron también Moisés y Elías conversando con Jesús: hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén, o sea, del misterio de aquella salvación que había de operarse mediante su cuerpo, de aquella pasión —repito—que habría de consumarse en la cruz. Pues la verdad es que la ley de Moisés y los vaticinios de los santos profetas preanunciaron el misterio de Cristo: las losas de la ley lo describían como en imagen y veladamente; los profetas, en cambio, lo predicaron en distintas ocasiones y de muchas maneras, diciendo que en el momento oportuno aparecería en forma humana y aceptaría morir en la cruz por la salvación y la vida de todos.

Y el hecho de que estuviesen allí presentes Moisés y Elías conversando con Jesús, quería indicar que la ley y los profetas son como los dos aliados de nuestro Señor Jesucristo, presentado por ellos como Dios a través de las cosas que habían preanunciado y que concordaban entre sí. En efecto, no disuenan de la ley los vaticinios de los profetas: y, a mi modo de ver, de esto hablaban Moisés y Elias, el más grande de los profetas.

Habiéndose aparecido, no se mantuvieron en silencio, sino que hablaban de la gloria que el mismo Jesús iba a consumar en Jerusalén, a saber, de la pasión y de la cruz y, en ellas, vislumbraban también la resurrección. Pensando quizá el bienaventurado Pedro que había llegado el tiempo del reinado de Dios, gustoso se quedaría a vivir en la montaña; de hecho, y sin saber lo que decía, propone la construcción de tres chozas. Pero aún no había llegado el fin de los tiempos, ni en la presente vida entrarán los santos a participar de la esperanza a ellos prometida. Dice, en efecto, Pablo: El trasformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa, es decir, de la condición gloriosa de Cristo.

Ahora bien, estando estos planes todavía en sus comienzos, sin haber llegado aún a su culminación, sería una incongruencia que Cristo, que por amor había venido al mundo, abandonase el proyecto de padecer voluntariamente por él. Conservó, pues, aquella naturaleza infraceleste, con la que padeció la muerte según la carne y la borró por su resurrección de entre los muertos.

Por lo demás y al margen de este admirable y arcano espectáculo de la gloria de Cristo, ocurrió además otro hecho útil y necesario para consolidar la fe en Cristo, no sólo de los discípulos, sino también de nosotros mismos. Allí, en lo alto, resonó efectivamente la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.

Un autor siríaco anónimo
Homilía atribuida, erróneamente, a san Efrén
«Este es mi Hijo amado»

Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan sobre la montaña y les mostró, antes de su resurrección, la gloria de su divinidad; así, cuando resucitara de entre los muertos, en la gloria de su naturaleza divina, reconocieran que esa gloria no la había recibido como recompensa a su sufrimiento, como su tuviera necesidad de ello, sino que era la misma gloria que ya poseía entes de los siglos, junto al Padre y con el Padre. Es lo que él mismo dijo al acercarse su voluntaria Pasión: «Padre, glorifícame cerca de ti, con la gloria que yo tenía cerca de ti antes que el mundo existiese» (Jn 17,5). Es esta misma, la gloria de su divinidad, misteriosamente escondida en su humanidad, la que mostró a sus apóstoles en la montaña. Ésos… vieron dos soles, uno en el cielo resplandeciente como de costumbre, y otro resplandeciente de manera inhabitual; uno que iluminaba al mundo desde lo alto del firmamento, el otro que brillaba para ellos solos, con el rostro girado hacia ellos…

Entonces aparecieron Moisés y Elías… y le agradecían que, con su venida se hubieran cumplido sus palabras, como las de todos los profetas. Le adoraban por la salvación que operaba en favor del mundo entero y por el cumplimiento del misterio que ellos habían recibido el encargo de anunciar. Así es que, en esta montaña se llenaron de gozo tanto los apóstoles como los profetas. Los profetas se alegraron al ver su humanidad que, anteriormente, no habían podido conocer; los apóstoles se alegraron al ver la gloria de su divinidad que ellos todavía no conocían, y al escuchar la voz del Padre que daba testimonio en favor de su Hijo. A través de ella y de la gloria de su divinidad que su cuerpo dejaba traslucir, conocieron su encarnación que, hasta entonces, les era desconocida.

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Publicado el 19 febrero, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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