JUAN 8,21-30

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (8,21-30):

21 Jesús les dijo también: «Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir».

22 Los judíos se preguntaban: «¿Pensará matarse para decir: «Adonde yo voy, ustedes no pueden ir»?

23 Jesús continuó: «Ustedes son de aquí abajo, yo soy de lo alto. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo.

24 Por eso les he dicho: “Ustedes morirán en sus pecados”. Porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados».

25 Los judíos le preguntaron: «¿Quién eres tú?». Jesús les respondió: «Esto es precisamente lo que les estoy diciendo desde el comienzo.

26 De ustedes, tengo mucho que decir, mucho que juzgar. Pero aquel que me envió es veraz, y lo que aprendí de él es lo que digo al mundo».

27 Ellos no comprendieron que Jesús se refería al Padre.

28 Después les dijo: «Cuando ustedes hayan levantado en alto al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy y que no hago nada por mí mismo, sino que digo lo que el Padre me enseñó.

29 El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada».

30 Mientras hablaba así, muchos creyeron en él.

JUAN 8.29

San Bernardo (1091-1153), monje cisterciense y doctor de la Iglesia
Sermón 1 para el primer domingo de noviembre
«Cuando levantéis al Hijo del hombre, sabréis que Yo Soy»

El profeta Isaías nos describe una visión sublime: «Vi al Señor sentado en un trono» (Is 6,1). ¡Qué magnífico espectáculo, hermanos! ¡Dichosos los ojos que lo han visto! ¿Quién no desearía con toda su alma contemplar el esplendor de una gloria tan grande?… Pero fijaos en que oigo al mismo profeta que nos narra otra visión de este mismo Señor, muy diferente: «Le vimos sin belleza ni esplendor: pensamos que era un leproso» (Is 53,2s Vulg)… Si tú, pues, deseas ver a Jesús en su gloria, procura verlo primero en su anonadamiento. Comienza fijando tu mirada en la serpiente levantada en el desierto (cf Jn 3,14) si de verdad deseas ver al Rey sentado en su trono. Que la primera visión te llene de humildad para que la segunda te levante de tu humillación. Que aquélla reprima y cure tu orgullo antes que ésa llene y colme tu deseo. ¿Ves al Señor «reducido a nada» (Flp 2,7)? Que esta visión no te deje ansioso pues de lo contrario no podrás seguidamente, contemplarlo, sin ansiedad, en la gloria de su exaltación. Ciertamente, «serás semejante a él» cuando le verás «tal cual es» (1Jn 3, 2).
Procura ser ya ahora semejante a él viendo lo que ha llegado a ser por ti. Si no rechazas asemejarte a él en su anonadamiento, te dará a cambio, la semejanza de su gloria. Nunca podrá soportar que el que ha participado de su pasión sea excluido de su gloria. Por ello puede admitir y estar con él en el Reino, al ladrón que ha participado de su Pasión, y que por haberle confesado en la cruz, se encontrara con él el mismo día en el paraíso (Lc 23,42)… Si «sufrimos con él, reinaremos con él» (Rm 8,17).

frase amor padre hijo

San Juan Crisóstomo (v. 345-407), Padre de Antioquía después Obispo de
Constantinopla, doctor de la Iglesia
Catequesis Bautismal, n° 3, 16 s

<< Cuando se haya elevado el Hijo del hombre, entonces comprenderéis que Yo Soy>>

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras. Inmolad –dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombre dotados de razón?» «Sin duda –responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.»
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.
¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio. Uno de los soldados se acercó con la lanza y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio.
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón, afirma San Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formado de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto. Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre, y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes Él mismo ha hecho renacer.

San Nersès Snorhali (1102-1173), patriarca armenio
Jesús, Hijo único del Padre § 708-724; SC 203
“Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de lo alto”

A causa del pecado, tú el inocente,
permaneces en pié ante el tribunal para el condenado;
cuando vuelvas con la gloria del Padre,
no me juzgues con él.

Fuiste burlado por el escupitajo del sacrílego
a causa de la vergüenza del primer hombre creado;
borra la verguenza de los pecados del desvergonzado,
con la cual me cubrí la cara

Te revestiste de púrpura,
pusiste sobre ti el manto rojo
como un deshonor y una afrenta,
como lo pensaban los soldados de Póncio Pilato (Mt 27,28).

Líbrame del cilicio del pecado,
la púrpura roja, el color de sangre,
y revísteme del traje gozoso
con que habías revestido al primer hombre.

Doblando la rodilla, se burlaban,
divirtiéndose, se burlaban;
contemplando esto, los ejércitos celestes
adoraban con temor.

Sufriste todo esto con el fin de que nuestra naturaleza de Adán
quede libre de la vergüenza del amigo del pecado,
y de mi alma y de mi conciencia,
suprimes la vergüenza, llena de tristeza

En todo tu cuerpo
y sobre todas las partes de tus miembros
recibiste los golpes terribles de la flagelación
después del veredicto del juez;

Yo que de pies a cabeza
sufro dolores intolerables,
cúrame de nuevo, una segunda vez,
por la gracia de la fuente del bautismo.

A cambio de las espinas del pecado,
que para nosotros la maldición cultivó (Gn 3,18),
en tu cabeza una corona de espinas ha sido colocada
por los obreros de la vid de Jerusalén (Mt 21,33s).

Arranca de mí las espinas del pecado
que mi enemigo plantó en mí,
y cura en mí la herida de la mordedura
para que los estigmas del pecado sean suprimidos.

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Publicado el 6 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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