JUAN 13,21-33. 36-38

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (13,21-33. 36-38): facebook pq

21 Después de decir esto, Jesús se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».

22 Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.

23 Uno de ellos –el discípulo al que Jesús amaba– estaba reclinado muy cerca de Jesús.

24 Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere».

25 El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?».

26 Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.

27 En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer».

28 Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto.

29 Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres.

30 Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.

31 Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.

32 Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.

33 Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: «A donde yo voy, ustedes no pueden venir».

34 Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros.

amaos-unos-a-otros JUAN 13.34

35 En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros».

juan-13-35

36 Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás».

37 Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti».

38 Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces».

Lo más triste de la traición es que nunca proviene de tus enemigos

San Francisco de Sales, El libro de los cuatro amores, IV, cap. 5
«Antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces.» (Jn 13,38)

San Pedro, uno de los apóstoles, se hizo culpable ante el Señor porque negaba conocerle, y no sólo esto, lo maldecía, blasfemaba, asegurando que no sabía de quien le hablaban (Mt 26,69). ¡Qué golpe para el corazón de Nuestro Señor! ¡Ah, pobre Pedro, qué dices y qué haces! No sabes quien es, aquel que te llamó en persona para que fueras su apóstol, tú que habías confesado que él era el Hijo de Dios vivo (Mt 16,18). ¡Ah, hombre miserable, cómo te atreves a decir que no sabes quien es! ¿No es aquel que hace poco estaba delante de ti para lavarte los pies, que te alimentó con su cuerpo y su sangre?

Que nadie presuma de sus buenas obras ni piense que no tiene nada que temer, ya que San Pedro aunque había recibido tantas gracias y había prometido acompañar al Señor a la prisión y a la muerte, ahora lo negaba ante una simple insinuación de una camarera.

San Pedro, oyendo cantar el gallo, se acordó de lo que había hecho y lo que le había dicho su buen Maestro. Y reconociendo su falta salió y lloró amargamente y recibió el perdón de todos sus pecados. ¡Oh, bienaventurado Pedro, por esta contrición recibiste el perdón general de tu gran deslealtad frente al Señor!… Sé que fueron las miradas sagradas de Nuestro Señor que penetraron tu corazón y te abrieron los ojos para reconocer tu pecado…. Desde entonces, no dejó de llorar, principalmente cuando oía cantar al gallo por la noche y en la madrugada… Por este medio, de gran pecador se convirtió en un gran santo.

SUICIDIO

San Juan Crisóstomo, Homilía 1, sobre la conversión
«Judas salió inmediatamente, era de noche.» (Jn 13,30)

Judas había expresado su arrepentimiento: “He pecado entregando sangre inocente” (Mt 27,4). Pero el diablo, que había entendido estas palabras, comprendió que Judas estaba en el buen camino y esta transformación le asusta. Después reflexionó: Su maestro es benevolente; en el momento que fue traicionado por él, lloró por su suerte y le ha apelado de mil maneras, sería sorprendente si no lo recibe cuando se arrepiente con toda su alma, se da por vencido para que le ayuden si se levanta y reconoce su culpa. ¿No es por esto por lo qué fue crucificado? Después de estas reflexiones, introdujo una profunda tristeza en la mente de Judas, y lo empujó a una inmensa desesperación, lo desconcertó, y le acosó hasta empujarlo al suicidio para privarlo de la vida después de despojarlo de sus sentimientos de arrepentimiento.

No hay duda de que, de haber estado aún vivo se habría salvado: sólo hay que ver el ejemplo de los verdugos. En efecto, si Cristo ha salvado a los que le crucificaron; si, incluso en la cruz, ruega al Padre e intercede por el perdón de sus pecados (Lc 23,34), ¿cómo no habría acogido al traidor con una benevolencia total, donde se ha demostrado la sinceridad de su conversión? … Pedro le negó tres veces después de participar en la comunión de los santos misterios, y sus lágrimas le absolvieron (Mt 26,75, Jn 21,15 s). Pablo, el perseguidor, el blasfemo, el presuntuoso, Pablo que no sólo ha perseguido al crucificado sino a todos sus discípulos, se convirtió en apóstol después de su conversión. Dios sólo nos pide una ligera penitencia para concedernos el perdón de nuestros pecados.

JUAN 13.35

San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia
Sermón sobre el Evangelio de Juan, nº 65
“Tal como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros”

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros”… el que escucha este mandamiento, o mejor, el que lo obedece, se renueva interiormente no por un amor cualquiera sino por el mismo amor que el Señor ha precisado, añadiendo: “Como yo os he amado”… a fin de distinguirlo de un amor puramente natural. “Todos los miembros del cuerpo se preocupan los unos de los otros. Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es glorificado, todos los miembros se congratulan con él” (1Cor. 12,25-26). En efecto, ellos comprenden y observan estas palabras: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis lo unos a lo otros” no como fuente de desenfrenos, ni como se aman los hombres simplemente porque son hombres, sino como aquellos que se aman porque todos “son dioses” (Jn 10,35) e “hijos del Altísimo” (Lc 6,35), para llegar así a ser los hermanos de su Hijo único, amándose unos a otros con el mismo amor con que él los amó, para conducirlos a todos a aquel fin que los satisfaga, donde su anhelo de bienes encuentre su saciedad. Porque no quedará ningún anhelo sin saciar cuando Dios lo sea “todo en todos” (1Cor. 15,28).
El que ama a su prójimo con un amor espiritual ¿qué amará en él sino a Dios? Este amor es el que el Señor quiere separar del amor puramente natural cuando añade: “Como yo os he amado”. ¿Qué es lo que él ha amado en nosotros sino a Dios? No a Dios tal como ya lo poseemos, sino tal como él quiere que le poseamos cuando dice: “Dios será todo en todos”. El médico ama a sus enfermos por la salud que les quiere dar, no por su enfermedad. “Como yo os he amado, amaos los unos a los otros”. Es por eso que nos ha amado: para que nosotros también sepamos amarnos los unos a los otros.

JUAN 13.35

PADRE IÑAQUI

Cuenta la leyenda que una madre, con su hijo en brazos, llegó a la montaña. El camino desembocaba en una cueva misteriosa, que estaba o había sido habitada. Una puerta giratoria cerraba el paso. A aquella hora estaba entreabierta. La madre empujó y vio que en el suelo había montones de monedas de oro que brillaban. Rápidamente dejó el niño en el suelo, se abalanzó sobre el oro y comenzó a llenar las manos, los bolsillos y la falda. Una voz se dejaba sentir: «No olvides lo más precioso». Pero la madre no tenía tiempo para escuchar. Y teniendo miedo de que la puerta se cerrara salió cargada de oro. La misma voz se dejaba oír: «No olvides lo más precioso». Luego volveré -pensó- cuando haya ocultado entre los árboles y malezas este tesoro. Cuando volvió, vio que la puerta estaba totalmente cerrada. Se abalanzó sobre ella, empujó, arañó. La puerta no se abría. Dentro lloraba el niño. Aquella mujer había perdido el mejor tesoro de una madre: el hijo.
Pues bien; un día entramos nosotros por la puerta misteriosa de la vida. Ante nosotros brillan las vanidades de la tierra: ciencia, fama, dinero, fiestas, placeres… Y nos abalanzamos a coger lo que creemos que va a hacernos felices. Nos damos prisa porque la vida es breve. Pero Dios nos dice a todos: «No olvides lo más precioso». Muchos –¡y somos muchos…!– no hacemos caso. No queremos prestar atención a esos avisos de Dios: llamadas que se suceden por medio de nuestra conciencia, fracasos, muertes repentinas, desilusión, consejos de amigos, sermones. ¡Tantas y tantas llamadas! Sólo pensamos en lo de aquí, en lo que tenemos delante, en lo que brilla: ganar dinero…, hacernos famosos…, conseguir el poder…, divertirnos a fondo…, salirme con la mía… Y cuando más entretenidos estamos en nuestro afán desmedido se cierra la puerta de la vida y nos encontramos con la verdadera realidad.
Tal vez tengamos en este mundo mucho dinero, tal vez tengamos fama o poder, tal vez hayamos disfrutado mucho; pero nos hemos olvidado de lo más precioso, que es el amarnos de verdad. Y, en resumidas cuentas, para la eternidad no llevamos nada. Sólo llevaremos lo que seamos como personas. Para que nos amemos de verdad Cristo se nos presenta como modelo a imitar diciéndonos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os améis unos a otros». Estas palabras nos las dirigió Jesús poco antes de morir para que nos quedaran muy bien grabadas en la memoria, ya que las palabras que más recordamos de nuestros seres queridos son las que nos dirigen poco antes de morir. Todos podemos amar, los niños y los grandes, los pobres y los ricos, los sanos y los enfermos. Fijaos bien: a un hombre pueden privarle de todo menos de una cosa, de su capacidad de amar. Un hombre puede sufrir un accidente y no poder volver ya nunca a andar, pero no hay accidente alguno que nos impida amar. Un enfermo mantiene entera su capacidad de amar: puede amar el paralítico, el moribundo, el condenado a muerte. Amar es una capacidad inseparable del alma humana, algo que conserva siempre incluso el más miserable de los hombres. La señal por la que la gente conocerá que somos buenos cristianos no es el que estemos bautizados ni el que vengamos mucho a la iglesia, sino en que nos amemos unos a otros como Cristo nos amó. Esforcémonos, pues, en imitar a Cristo y vendrá para nosotros un mundo en donde no habrá más lágrimas en nuestros ojos, ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, y en donde participaremos de la gloria de Dios para siempre.

JUAN 13.35

COMENTARIO:

El cristianismo no es un conjunto de prácticas ascéticas, ni una serie de ritos o de normas morales… el cristanismo no es una ideología ni un proyecto humanista…
El cristiano es un enamorado del Amor que es Cristo.
Y sólo de ese Amor viven y se nutren los demás amores…
A los cristianos se nos conoce por la calidad de nuestro amor

Anuncios

Publicado el 9 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

  1. Pingback: JUAN 13-15 |

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: