LUCAS 22,14-23, 56

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (22,14-23, 56):  facebook pq

14 Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:

15 «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión,

16 porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».

17 Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomen y compártanla entre ustedes.

18 Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».

19 Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».

20 Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.

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21 La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.

22 Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».

23 Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.

56 Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».

SANTA CENA LEONARDO DA VINCI

SANTA CENA LEONARDO DA VINCI

El “Siervo”. El «Siervo» está siempre dispuesto a escuchar la Palabra de Dios y a proclamarla a favor de los oprimidos a pesar de padecer él mismo la persecución (1 lect.). Jesús, el Siervo, proclama su mensaje y es perseguido y muere en la cruz para liberar al hombre del pecado (Ev.). Cristo, sometiéndose a la muerte, es exaltado sobre todo nombre (2 lect.).

La celebración tiene dos partes: la conmemoración de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Eucaristía, que es memorial de la Muerte y Resurrección de Cristo. La liturgia de la bendición y de la procesión de los ramos anticipa ya el triunfo de Cristo, el Rey pacífico y humilde que entra en la ciudad de Jerusalén aclamado mesiánicamente.

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San Cirilo de Jerusalén
Catequesis
(Catequesis 22 [Mistagógica 4], 1.3-6.9: PG 33, 1098-1106) – Sábado Octava de Pascua Impar
El pan celestial y la bebida de salvación

Nuestro Señor Jesucristo, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo”. Y, después de tomar el cáliz y pronunciar la acción de gracias, dijo: “Tomad, bebed; ésta es mi sangre”. Si fue él mismo quien dijo sobre el pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá en adelante a dudar? Y si él fue quien aseguró y dijo: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por lo cual estamos firmemente persuadidos de que recibimos como alimento el cuerpo y la sangre de Cristo. Pues bajo la figura del pan se te da el cuerpo, y bajo la figura del vino, la sangre; para que, al tomar el cuerpo y la sangre de Cristo, llegues a ser un solo cuerpo y una sola sangre con él. Así, al pasar su cuerpo y su sangre a nuestros miembros, nos convertimos en portadores de Cristo. Y como dice el bienaventurado Pedro, nos hacemos partícipes de la naturaleza divina.

En otro tiempo, Cristo, disputando con los judíos, dijo: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. Pero como no lograron entender el sentido espiritual de lo que estaban oyendo, se hicieron atrás escandalizados, pensando que se les estaba invitando a comer carne humana.

En la antigua alianza existían también los panes de la proposición: pero se acabaron precisamente por pertenecer a la antigua alianza. En cambio, en la nueva alianza, tenemos un pan celestial y una bebida de salvación, que santifican alma y cuerpo. Porque del mismo modo que el pan es conveniente para la vida del cuerpo, así el Verbo lo es para la vida del alma.

No pienses, por tanto, que el pan y el vino eucarísticos son elementos simples y comunes: son nada menos que el cuerpo y la sangre de Cristo, de acuerdo con la afirmación categórica del Señor; y aunque los sentidos te sugieran lo contrario, la fe te certifica y asegura la verdadera realidad.

La fe que has aprendido te da, pues, esta certeza: lo que parece pan no es pan, aunque tenga gusto de pan, sino el cuerpo de Cristo; y lo que parece vino no es vino, aun cuando así lo parezca al paladar, sino la sangre de Cristo; por eso, ya en la antigüedad, decía David en los salmos: El pan da fuerzas al corazón del hombre y el aceite da brillo a su rostro; fortalece, pues, tu corazón comiendo ese pan espiritual, y da brillo al rostro de tu alma.

Y que con el rostro descubierto y con el alma limpia, contemplando la gloria del Señor como en un espejo, vayamos de gloria en gloria, en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea dado el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

pan de la proposición

San Gaudencio de Brescia
Tratado: La rica herencia del Nuevo Testamento
(Tratado 2, CSEL 68, 30-32) – Jueves II de Pascua
La rica herencia del nuevo Testamento

El sacrificio celeste instituido por Cristo constituye efectivamente la rica herencia del nuevo Testamento que el Señor nos dejó, como prenda de su presencia, la noche en que iba a ser entregado para morir en la cruz.

Este es el viático de nuestro viaje, con el que nos alimentamos y nutrimos durante el camino de esta vida, hasta que saliendo de este mundo lleguemos a él; por eso decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros.
Quiso, en efecto, que sus beneficios quedaran entre nosotros, quiso que las almas, redimidas por su preciosa sangre, fueran santificadas por este sacramento, imagen de su pasión; y encomendó por ello a sus fieles discípulos, a los que constituyó primeros sacerdotes de su Iglesia, que siguieran celebrando ininterrumpidamente estos misterios de vida eterna; misterios que han de celebrar todos los sacerdotes de cada una de las Iglesias de todo el orbe, hasta el glorioso retorno de Cristo. De este modo los sacerdotes, junto con toda la comunidad de creyentes, contemplando todos los días el sacramento de la pasión de Cristo, llevándolo en sus manos, tomándolo en la boca y recibiéndolo en el pecho, mantendrán imborrable el recuerdo de la redención.
El pan, formado de muchos granos de trigo convertidos en flor de harina, se hace con agua y llega a su entero ser por medio del fuego; por ello resulta fácil ver en él una imagen del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo formado por una multitud de hombres de toda raza, y llega a su total perfección por el fuego del Espíritu Santo.
Cristo, en efecto, nació del Espíritu Santo y, como convenía que cumpliera todo lo que Dios quiere, entró en el Jordán para consagrar las aguas del bautismo, y después salió del agua lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como lo atestigua el evangelista: Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán.
De modo semejante, el vino de su sangre, cosechado de los múltiples racimos de la viña por él plantada, se exprimió en el lagar de la cruz y bulle por su propia fuerza en los vasos generosos de quienes lo beben con fe.
Los que acabáis de libraros del poder de Egipto y del Faraón, que es el diablo, compartid en nuestra compañía, con toda la avidez de vuestro corazón creyente, este sacrificio de la Pascua salvadora; para que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, al que reconocemos presente en sus sacramentos, nos santifique en lo más íntimo de nuestro ser: cuyo poder inestimable permanece por los siglos.

Tratado: La Eucaristía, Pascua del Señor
De los tratados de san Gaudencio de Brescia
(Tratado 2: CSEL 68, 26.29-30) – Sábado V de Pascua
La eucaristía, Pascua del Señor

Uno solo murió por todos; y este mismo es quien ahora por todas las Iglesias, en el misterio del pan y del vino, inmolado, nos alimenta; creído, nos vivifica; consagrado, santifica a los que lo consagran.
Esta es la carne del Cordero, ésta la sangre. El pan mismo que descendió del cielo dice: El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. También su sangre está bien significada bajo la especie del vino, porque, al declarar él en el Evangelio: Yo soy la verdadera vid, nos da a entender a las claras que el vino que se ofrece en el sacramento de la pasión es su sangre; por eso, ya el patriarca Jacob había profetizado de Cristo, diciendo: Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. Porque habrá de purificar en su propia sangre nuestro cuerpo, que es como la vestidura que ha tomado sobre sí.
El mismo Creador y Señor de la naturaleza, que hace que la tierra produzca pan, hace también del pan su propio cuerpo (porque así lo prometió y tiene poder para hacerlo), y el que convirtió el agua en vino hace del vino su sangre.
Es la Pascua del Señor, dice la Escritura, es decir, su paso, para que no se te ocurra pensar que continúe siendo terreno aquello por lo que pasó el Señor cuando hizo de ello su cuerpo y su sangre.
Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan celestial y la sangre de aquella sagrada vid. Porque, al entregar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre. Creamos, pues, os pido, en quien pusimos nuestra fe. La verdad no sabe mentir.
Por eso, cuando habló a las turbas estupefactas sobre la obligación de comer su cuerpo y beber su sangre, y la gente empezó a murmurar, diciendo: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?, para purificar con fuego del cielo aquellos pensamientos que, como dije antes, deben evitarse, añadió: El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.

BEATA ISABEL DE LA TRINIDAD

“Solo es Jesús se cifra mi esperanza… Es mi único amor”

‘Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros’. ¡Qué palabras tan verdaderas, dichas en medio de un silencio sobrecogedor! Las recorremos despacio, las acogemos en el corazón: ¡Nos amó y entregó su cuerpo por nosotros! ¡Me amó y se entregó por mí! Así nos muestra las señales del amor. Jesús convierte la cruz y el abandono en entrega de amor. ¡Cuánto le importamos! Así de transparente se muestra el Evangelio en su cuerpo entregado. Así revela el rostro de Dios, crucificado, entregado a nosotros. Todo en Jesús tiene sabor a entrega y amor. Imaginemos cómo sería nuestra vida si la entregásemos así. Jesús, ayúdanos a amar como Tú.  

‘El primero entre vosotros pórtese como el menor’. ¡Qué revolución la de Jesús! ¡Qué loco y sorprendente suena su Evangelio! Termina invitándonos a vivir como Él vivió: con el delantal puesto para servir, portándonos como menores con los demás. El amor le ha hecho menor, pequeño, abajado. ¿Qué hace Dios en una cruz? Lo mataron por eso: por mostrar a un Dios pequeño entre los pequeños, pobre entre los pobres, hermano entre los hermanos. Pero este perfume nadie ha logrado borrarlo quitarlo de la tierra. ¿Quién se atreve a vivir como Él? Jesús, tu minoridad abaja nuestros aires de grandeza. Tu cruz sostiene nuestra fe.

‘Orad para no caer en la tentación’. Jesús siempre está pensando en nosotros; ni siquiera la cruz le desvía la mirada, al revés, su cruz es la más hermosa mirada de amor. Le importa más ser fiel al proyecto del Padre de amarnos hasta el extremo que salvar la vida. En medio de la prueba, en el silencio crucificado, ora al Padre y nos invita a tener un diálogo amoroso con el Padre. Estemos como estemos, oramos ahora, abrimos el corazón al Padre. Para no caer en la tentación de abandonar el camino del amor. No nos dejes caer en la tentación.  

‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’. Jesús crucificado es escándalo y necedad. ¿Cómo es posible creer en un Crucificado? Pero Jesús crucificado es fuente del perdón más maravilloso. ¿Cómo no creer en Él, que perdona e invita a perdonar por amor?  La misericordia, que predicó por los caminos, la vive hasta el final. Así nos revela al Dios que sufre con nosotros. Así denuncia todos los odios que secan la vida. No sigamos adelante sin perdonar. El perdón es la seña de identidad de los amigos de Jesús. Creemos en ti, Jesús crucificado, con el perdón siempre en los labios.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’. Jesús se atrevió a creer en un Dios distinto, compasivo y misericordioso. Ahora, en la cruz, casi sin aire para respirar, se abandona confiadamente en las manos del Padre que solo sabe amar. Al besar a Jesús crucificado nos abandonamos confiadamente en el amor del Padre. Al besar hoy la cruz de Jesús besamos a los crucificados. Al besar la cruz de Jesús abrimos auroras solidarias en las noches del mundo. Nuestra señal es tu cruz, Jesús. En ella te miramos, en ella se reaviva nuestra compasión hacia los que sufren.  

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Publicado el 18 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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