JUAN 6,16-21

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,16-21):

16 Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar

17 y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaúm, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos.

Cafarnaúm

18 El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.

19 Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo.

20 El les dijo: «Soy yo, no teman».

JUAN 6.20

21 Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, (1891-1942), carmelita descalza, filosofa, mártir, copatrona de Europa
Poesía, salmo 4; 28/04/1936; paráfrasis salmo 45/46
“Al instante, la barca tocó tierra en el lugar al que se dirigían.” (Jn 6, 21)

Cuando la tempestad se desata
Tú, Señor eres nuestra fortaleza
Te alabaremos, Dios fuerte
auxilio nuestro
Nos amparamos en ti
confiamos en Ti
Aunque la tierra se resquebraje
el mar embravecido nos amenace.

Que las corrientes malignas crezcan
y vacilen las montañas,
La alegría nos iluminará
porque Tú habitas en medio de nosotros.
La ciudad de Dios te alaba
en ella tienes Tu morada
La preservas en la santa paz
y un río poderoso protege la ciudad de Dios.

Braman las naciones
el poder de los estados se hunde
Cuando él levanta su voz
la tierra tiembla, estremecida.
El Señor está con nosotros
el Señor de los ejércitos
Tú eres para nosotros luz y salvación
no tememos.

Venid a ver, venid todos
a contemplar los prodigios de su poder
Todas las guerras se extinguen
la flecha del arquero se detiene
Tirad al fuego los arcos,
las lanzas y las flechas
El Señor está con nosotros
el Señor nos salva del desastre.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, (1891-1942), carmelita descalza, filósofa, mártir, co-patrona de Europa
Poesía «La tempestad», 1940
«Soy yo, no temáis»

– Señor, ¡cuán altas son las olas,
y qué oscura la noche!
¿No querrás iluminarla
para mi que velo solitaria?

– Mantén firme el timón,
ten confianza y quédate tranquila.
Tu barca es preciosa a mis ojos,
quiero conducirla a buen puerto.

Aguanta sin desfallecer
los ojos fijos en la brújula.
Ella ayuda a llegar al final
a través de noches y tempestades.

La aguja de la brújula de a bordo
se estremece pero se mantiene.
Ella te mostrará el cabo
a donde que quiero verte llegar.

Ten confianza y quédate tranquila:
a través de noches y tempestades
la voluntad de Dios, fiel,
te guía si tu corazón está en vela.

No-teman

San Clemente de Alejandría (150-v. 215), teólogo
El pedagogo, III, 12, 101
“Inmediatamente, la barca se acercó a la orilla”

Dirijamos nuestra oración al Verbo: Sé propicio a tus pequeños, Pedagogo, Padre, Guía de Israel (2 R 2,12), Hijo y Padre, ambos uno solo, Señor. Concede a quienes seguimos tus preceptos llevar a su perfección la semejanza de la imagen (Gn 1,26), y sentir en lo posible la bondad de Dios, como juez y su rigor; y concédenos tú mismo todo eso: que vivamos en tu paz sobre la tierra, que seamos trasladados a tu ciudad; que atravesemos sin naufragar las olas del pecado, y que, en plena calma, seamos transportados junto al Espíritu Santo, la inefable sabiduría.

Que de noche y de día, hasta el día final, alabemos y demos gracias al único Padre e Hijo, Hijo y Padre, al Hijo Pedagogo y Maestro, junto con el Espíritu Santo. Todo está en el Uno, puesto que en Él son todas las cosas (Jn 1,3; 1 Co 8,6; Col 1,16-17), por quien todo es uno, por quien la eternidad es, de quien todos somos miembros (Rm 12,5; 1 Ci 12,12); de Él es la gloria y los siglos; todo sea para el bueno; todo, para el Bello; todo, para el Sabio; todo, para el Justo. A Él la gloria, ahora y por los siglos de los siglos. Amén (Rm 11,36).

SAN AGUSTÍN

La barca en el lago, figura de la Iglesia

Mientras tanto, puesto arriba él solo, Gran Sacerdote que, mientras el pueblo estaba fuera, entró a lo interior del velo —a este sacerdote significó, en efecto, el sacerdote aquel de la Ley antigua, el cual hacía esto una vez al año— (Cf Hb 9,12b); puesto, pues, él arriba, ¿qué padecían en la navecilla los discípulos? De hecho, situado él en las alturas, la navecilla aquella prefiguraba a la Iglesia. Si no entendemos primeramente respecto a la Iglesia lo que la navecilla padecía, aquello no era significativo, sino simplemente pasajero; si, en cambio, vemos que se expresa en la Iglesia la verdad de las significaciones, es manifiesto que los hechos de Cristo son géneros de locuciones. Pues bien, afirma, cuando se hizo tarde, sus discípulos bajaron hacia el mar y, tras haber subido a una nave, vinieron a la otra parte del mar, a Cafarnaún. Ha dicho que se acabó rápidamente lo que sucedió después. Vinieron a la otra parte del mar, a Cafarnaún. Y vuelve a exponer cómo vinieron: pasaron navegando por el lago. Y, mientras navegaban hacia ese lugar adonde dijo que ya habían llegado, expone, recapitulando, qué sucedió: Ya se habían hecho las tinieblas, y Jesús no había venido hacia ellos (Jn 6,16-17). Con razón tinieblas, porque no había venido la Luz. Ya se habían hecho las tinieblas, y Jesús no había venido hacia ellos. En cuanto se acerca el fin del mundo, crecen los errores, aumentan los terrores, crece la iniquidad, crece la infidelidad; por eso, en el evangelista Juan mismo, se muestra suficiente y abiertamente como luz la caridad, hasta el punto de decir: «Quien odia a su hermano está en las tinieblas»– (1Jn 2,11)-14 (Mt 24,12)-15 (Jn 6,18-19)-16 (Mt 24,13), rapidísimamente se apaga, crecen esas tinieblas de los odios fraternos, cada día crecen. Y Jesús no viene aún. ¿Cómo aparece que crecen? Porque abundará la iniquidad, se enfriará la caridad de muchos (Mt 24,12). Crecen las tinieblas y Jesús no viene aún. Al crecer las tinieblas, al enfriarse la caridad, al abundar la iniquidad, eso mismo son las olas que turban la nave; las tempestades y los vientos son los gritos de los maldicientes. Por eso se enfría la caridad, por eso las olas aumentan y se turba la nave.

gotas-de-luz

La barca, a flote en medio de la tempestad

Por soplar un viento grande, el mar se levantaba. Las tinieblas crecían, la inteligencia menguaba, la iniquidad aumentaba. Como hubiesen remado casi veinticinco o treinta estadios (Jn 6,18-19). Entre tanto hacían el recorrido, avanzaban, y ni los vientos aquellos ni las tempestades ni las olas ni las tinieblas lograban que la nave no avanzase o que se hundiese suelta, sino que iba entre todos esos males. En efecto, porque abundará la iniquidad y se enfría la caridad de muchos, crecen las olas, aumentan las tinieblas, el viento se ensaña; pero, sin embargo, la nave avanza, pues quien persevere hasta el fin, éste será salvado (Mt 24,13). Tampoco ha de ser despreciado el número de estadios, pues no podría no significar nada lo que está dicho: Como hubiesen remado casi veinticinco o treinta estadios, entonces vino Jesús hacia ellos. Bastaría decir «veinticinco», bastaría decir «treinta», máxime porque corresponde a quien calcula, no a quien afirma. ¿Acaso peligraría la verdad en quien calcula, si dijera «casi treinta estadios», o «casi veinticinco»? Pero de los veinticinco hizo treinta. Examinemos el número veinticinco. ¿De qué consta, de qué está hecho? De un quinario. Ese número quinario se refiere a la Ley. Ésos son los cinco libros de Moisés; ésos son los cinco pórticos aquellos que contenían a los enfermos; ésos son los cinco panes que alimentaron a cinco mil hombres. El número vigésimo quinto, pues, significa la Ley, porque cinco por cinco, esto es, cinco veces cinco, dan veinticinco, el quinario al cuadrado. Pero a esta Ley, antes de llegar el Evangelio, le faltaba la perfección. En cambio, la perfección está en el número senario. Por eso Dios terminó el mundo en seis días (Cf Gn 2,1), y los cinco mismos se multiplican por seis para que seis por cinco den treinta, de forma que la Ley se cumpla mediante el Evangelio. Hacia quienes, pues, cumplen la Ley vino Jesús. Y vino, ¿cómo? Pisando las olas (Cf Jn 6,19), teniendo bajo los pies todas las hinchazones del mundo, aplastando todas las grandezas del mundo. Esto sucede a medida que se añade tiempo al tiempo y a medida que avanza la edad del mundo. Se aumentan en este mundo las tribulaciones, se aumentan los males, se aumentan las destrucciones, se acumula todo esto: Jesús pasa pisando las olas.

Iniquidad

¿Por qué teméis, cristianos?

Y, sin embargo, las tribulaciones son tan grandes, que hasta los mismos que han creído en Jesús, y que se esfuerzan por perseverar hasta el fin, se espantan por si desertan; aunque Cristo pisa las olas y hunde las ambiciones y alturas mundanas, el cristiano se espanta. ¿Acaso no le ha sido predicho esto? Incluso al caminar Jesús en las olas, con razón temieron (Jn 6,19) como los cristianos, aun teniendo esperanza en el siglo futuro, se conturban ordinariamente por la destrucción de las cosas humanas cuando ven hundirse la altura de este siglo. Abren el Evangelio, abren las Escrituras y hallan predicho allí todo eso, porque el Señor lo hace. Hunde las grandezas del siglo, para ser glorificado por los humildes. De la altura de esas cosas está predicho: «Destruirás ciudades firmísimas», y: Las espadas del enemigo acabaron en final y destruiste ciudades (Sal 9,7). ¿Por qué, pues, teméis, cristianos? Cristo dice: Yo soy, no temáis. ¿Por qué os espantáis de estas cosas? ¿Por qué teméis? Yo lo predije, yo lo hago, es necesario que suceda. Yo soy, no temáis. Quisieron, pues, acogerlo en la nave al reconocerlo y gozosos, hechos seguros. E inmediatamente la nave estuvo junto a la tierra a que iban (Jn 6,20-21). Junto a la tierra se hizo el final; de lo húmedo a lo sólido, de lo turbado a lo firme, del viaje al final.

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Publicado el 20 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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