JUAN 10,1-10

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (10,1-10):

1 «Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante.

2 El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.

3 El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. El llama a cada una por su nombre y las hace salir.

4 Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.

5 Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz».

6 Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

7 Entonces Jesús prosiguió: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas.

8 Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.

9 Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento

10 El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia.

JUAN 10.10

San Agustín
Tratado 45, sobre Jn 10, 1-10
Comentario a Jn 10,1-10, predicado en Hipona un sábado de septiembre u octubre de 414

1. A propósito del iluminado aquel que nació ciego, surgió un discurso del Señor a los judíos. Así pues, Vuestra Caridad debe saber que con esta lectura está entrelazada la hodierna, y ser advertida de ello. En efecto, puesto que el Señor había dicho: «Para un juicio vine yo a este mundo, para que vean quienes no ven, y resulten ciegos quienes ven» (Jn 9,39), lo cual expuse como pude en el tiempo cuando se leyó, algunos de entre los fariseos dijeron: ¿Acaso también nosotros somos ciegos? Les respondió: Si fuerais ciegos no tendrías pecado; ahora, en cambio, decís que «vemos»; vuestro pecado permanece ( 2 Jn 9,40-41). A estas palabras ha añadido las que hoy hemos oído cuando se leían públicamente.

Sin eterno vivir no hay recto vivir

2. En verdad, en verdad os digo: quien no entra por la puerta al redil de las ovejas, sino que trepa por otro lado, ése es ladrón y asesino (Jn 10,1). Dijeron, en efecto, que ellos no eran ciegos; podrían empero ver entonces, si fuesen ovejas de Cristo. ¿En virtud de qué se usurpaban la luz quienes se enfurecían contra el Día? Por la vana, orgullosa e insanable arrogancia de ellos, pues, el Señor Jesús ha entrelazado esas cosas mediante las que, si prestamos atención, nos ha avisado salubremente. Hay, en efecto, muchos a quienes según cierta costumbre de esta vida se califica de hombres buenos —varones buenos, mujeres buenas—, inocentes y que observan, por así decirlo, lo que en la Ley está preceptuado, que otorgan honor a sus padres, no fornican, no perpetran homicidio, no cometen hurto, no presentan falso testimonio contra nadie y observan, digamos, lo demás que la Ley manda. No son cristianos, mas generalmente se jactan como ésos: ¿Acaso también nosotros somos ciegos? Pero, porque todo eso que hacen, mas desconocen a qué fin referirlo, lo hacen inanemente, en la lectura hodierna ha propuesto el Señor la comparación acerca de su rebaño y de la puerta por la que se entra al redil. Digan, pues, los paganos: «Vivimos bien». Si no entran por la puerta, ¿qué les aprovecha eso de que se glorían? En efecto, vivir bien debe aprovechar a cada uno para esto, para que le sea dado vivir siempre, porque a quien no le es dado vivir siempre, ¿qué le aprovecha vivir bien? ¡Que tampoco ha de decirse que viven bien quienes por ceguera desconocen la finalidad de vivir bien, o por engreimiento la desprecian! Pues bien, nadie tiene esperanza verdadera y cierta de vivir siempre, si no reconoce la Vida, cosa que es Cristo, y si por la entrada no entra al redil.

La filosofía pagana no lleva a la vida eterna

3. Tales hombres, pues, buscan generalmente persuadir a los hombres a vivir bien y a que no sean cristianos. Quieren trepar por otra parte; robar y asesinar, no guardar y salvar como el pastor. Hubo, pues, ciertos filósofos que sobre virtudes y vicios han tratado, matizado, definido muchas sutilezas, concluido raciocinios agudísimos, llenado libros, blandido con bocas crepitantes su sabiduría, los cuales osaron incluso decir a los hombres: «Seguidnos, adheríos a nuestra escuela, si queréis vivir felizmente». Pero no habían entrado por la puerta: querían destruir, aniquilar y asesinar.

Los fariseos no entraron por la puerta

4. ¿Qué diré de ésos? He ahí que los fariseos mismos leían y en lo que leían dejaban que se oyera a Cristo, esperaban que iba a venir, mas no le reconocían presente; aun ellos mismos se jactaban entre quienes ven, esto es, entre los sabios, mas negaban a Cristo y no entraban por la puerta. También ellos mismos, pues, si quizá seducían a algunos, los seducirían para aniquilarlos y asesinarlos, no para liberarlos. Dejemos también a éstos; miremos a los que se glorían del nombre de Cristo mismo, a ver si esos mismos entran quizá por la puerta.

JUAN 10.9

El único redil es la Iglesia católica

5. Innumerables son, en efecto, quienes no sólo se jactan de ver, sino que quieren que se los vea iluminados por Cristo; son, en cambio, herejes. ¿Quizá esos mismos habrán entrado por la entrada? ¡Ni pensarlo! Sabelio dice: «El que es el Hijo, ese mismo es el Padre». Pero, si es el Hijo, no es el Padre. No entra por la puerta quien llama Padre al Hijo. Arrio dice: «Una cosa es el Padre; otra es el Hijo». Hablaría correctamente si dijera «otro individuo», no «otra cosa». En efecto, cuando dice «otra cosa», contradice a ese al que oye decir: Yo y el Padre somos una única cosa (Jn 10,30). Tampoco él, pues, entra por la puerta, ya que predica a Cristo cual se lo imagina, no cual dice la Verdad. Tienes el nombre, no tienes la realidad. Cristo es nombre de alguna realidad: mantén esa realidad misma, si quieres que el nombre te aproveche. Otro, no sé de dónde, afirma como Fotino: «Cristo es hombre; no es Dios». Tampoco él entra por la puerta, porque Cristo es hombre y Dios. Mas ¿por qué es necesario pasar revista a muchas cosas y enumerar las muchas vaciedades de las herejías? Mantened esto: que el redil de Cristo es la Iglesia católica. Cualquiera que quiere entrar al redil, entre por la puerta, predique al Cristo auténtico. No sólo predique al Cristo auténtico, sino busque la gloria de Cristo, no la suya, porque muchos, buscando su gloria, dispersaron más bien que congregaron las ovejas de Cristo. Baja, en efecto, es la Entrada, Cristo el Señor; es preciso que quien entra por esta entrada se abaje para poder entrar con la cabeza sana. Quien, en cambio, no se abaja, sino que se empina, quiere trepar por la tapia; ahora bien, quien por la tapia trepa, se empina para caer.

Saltar la tapia es un crimen y una desgracia

6. Todavía empero habla veladamente el Señor Jesús, aún no se le entiende. Nombra la puerta, nombra el redil, nombra las ovejas; encarece, pero aún no explica todo esto. Leamos, pues, porque va a llegar a las palabras en que se digne exponernos algo de lo que ha dicho, en virtud de cuya exposición nos dará tal vez entender también lo que no ha expuesto. En efecto, con lo claro apacienta, con lo oscuro aguijonea. Quien no entra por la puerta al redil de las ovejas, sino que trepa por otra parte. ¡Ay del desdichado, porque va a caer! Sea, pues, humilde, entre por la puerta; venga a pie llano y no tropezará. Ése, afirma, es ladrón y asesino; quiere llamar suyas a las ovejas ajenas; suyas, esto es, obtenidas con hurto, para esto: no para salvarlas, sino para matarlas. Es, pues, ladrón porque llama suyo lo ajeno; asesino porque además mata lo que ha robado. Quien, en cambio, entra por la puerta es pastor de las ovejas; a éste le abre el portero. Preguntemos por ese portero cuando hayamos oído al Señor mismo cuál es la puerta y quién es el pastor. Y las ovejas oyen su voz y a las ovejas propias las llama nominalmente ((Jn 10,2-3), pues tiene sus nombres escritos en el libro de la vida. Llama nominalmente a las ovejas propias. Por eso dice el Apóstol: El Señor conoce a quienes son suyos (2Tm 2,19). Y las saca y, cuando ha enviado fuera a las ovejas propias, va delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz. A un extraño, en cambio, no le siguen, sino que huyen de él porque no conocen la voz de los extraños (Jn 10,4-5). Velado está esto, lleno de cuestiones, grávido de misterios. Sigamos, pues, y oigamos al Maestro, que abre algo de estas oscuridades y que, mediante lo que abre, nos hace quizá entrar.

El diablo conoce tu nombre pero te llama por tu pecado. Dios conoce tu pecado pero te llama por tu nombre

Palabras de ánimo a quienes no logran entender

7. Esta alegoría les dijo Jesús; ellos, por su parte, no se enteraron de qué les hablaba (Jn 10,6). Quizá tampoco nosotros. ¿Qué diferencia hay, pues, entre ellos y nosotros, antes que también nosotros comprendamos esas palabras? Que nosotros aldabeamos para que se nos abra; ellos, en cambio, negando a Cristo, no querían entrar para ser guardados, sino quedarse fuera para destruirse. Porque, pues, oímos esto piadosamente, porque antes de entenderlo creemos que es verdadero y divino, distamos de ésos con gran diversidad. En efecto, cuando dos, uno impío, piadoso otro, oyen las palabras del evangelio y éstas son tales que quizá no las entienden ambos, uno dice: «No ha dicho nada», otro dice «Ha dicho la verdad y es bueno lo que ha dicho; pero nosotros no entendemos»; éste, porque cree, aldabea ya y, si persiste en aldabear, es digno de que se le abra; aquél, en cambio, oye aún: Si no creyereis, no entenderéis (Is 7,9 sec. LXX). ¿Por qué hago valer esto? Porque aun cuando haya expuesto, como puedo, estas palabras oscuras, nadie ha de desesperar de sí porque son muy arcanas o por no haber yo captado su sentido o por no haber tenido facilidad de explicar lo que entiendo o porque uno es tan torpe que no sigue al expositor; permanezca en la fe, camine por el camino, oiga decir al Apóstol: Y si en algo pensáis de otra manera, también esto os lo revelará Dios; sin embargo, caminemos en eso a que hemos llegado (Flp 3,15-16).

Quiénes son los ladrones

8. A quien, pues, hemos oído proponer, comencemos a oírlo exponer. Les dijo, pues, de nuevo Jesús: En verdad, en verdad os digo que yo soy la puerta de las ovejas (Jn 10,7). He ahí que él ha abierto la puerta misma que había puesto cerrada. Él en persona es la puerta. La hemos reconocido; entremos o gocemos de haber entrado. Todos cuantos vinieron son ladrones y asesinos (Jn 10,8). Señor, ¿qué significa esto: Todos cuantos vinieron? Pues qué, ¿no viniste tú? Pero entiende: «He dicho «Todos cuantos vinieron» fuera de mí, evidentemente». Reconsideremos, pues. Antes de la venida de él mismo vinieron los profetas; ¿acaso fueron ladrones y asesinos? ¡Ni pensarlo! No vinieron fuera de él, porque vinieron con él. Quien iba a venir enviaba pregoneros, pero poseía los corazones de esos a quienes había enviado. ¿Queréis saber que vinieron con ese que es siempre él mismo? Ciertamente, del tiempo tomó carne. ¿Qué significa, pues, «siempre»? En el principio existía la Palabra (Jn 1,1). Vinieron, pues, con él quienes vinieron con la Palabra de Dios. Yo soy,afirma, el Camino y la Verdad y la Vida (Jn 14,6). Si él en persona es la Verdad, con él vinieron quienes eran veraces. Cuantos, pues, vinieron fuera de él, eran ladrones y asesinos; esto es, vinieron a robar y matar.

Idéntica es nuestra fe y la de los profetas

9. Pero no los escucharon las ovejas (Jn 10,8). Problema mayor es éste: No los escucharon las ovejas. Antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo con la que en carne vino en condición baja, los justos se adelantaron a creer en él, que iba a venir, como nosotros creemos en él, que ha venido. Los tiempos han cambiado, no la fe, porque también los verbos mismos varían según el tiempo, cuando se conjugan diversamente —un sonido tiene «va a venir»; otro sonido tiene «ha venido»; se ha mudado el sonido: «va a venir» y «ha venido»—; sin embargo, idéntica fe une a unos y otros, a quienes creyeron que iba a venir, y a quienes han creído que él ha venido. Vemos que en tiempos ciertamente diversos, pero por la única puerta de la fe, esto es, por Cristo, han entrado unos y otros. Nosotros creemos que el Señor Jesucristo, nacido de la Virgen, en carne ha venido, ha padecido, ha resucitado, ha ascendido al cielo; creemos que todo esto se ha cumplido ya, como oís los verbos del tiempo pasado. Los Padres, que creyeron que iba a nacer de virgen, a padecer, resucitar, ascender al cielo, están también con nosotros en la sociedad de la fe en él, pues a ellos se refiere el Apóstol cuando dice: Ahora bien, pues tenemos idéntico espíritu de fe, también nosotros, como está escrito: «Creí, por eso hablé», creemos; por lo cual hablamos también (2Co 4,13). Un profeta dijo: «Creí, por eso hablé» (Sal 115,10); el Apóstol dice: También nosotros creemos; por lo cual hablamos también.

Ahora bien, para que sepas que la fe es una sola, óyele decir: Pues tenemos idéntico espíritu de fe, también nosotros creemos. Así también en otro lugar: Pues no quiero, hermanos, que vosotros ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y en la nube y en el mar fueron todos bautizados para unirse a Moisés y todos bebieron idéntica bebida espiritual (1Co 10,1-4). El mar Rojo significa el bautismo; Moisés, guía a través del mar Rojo, significa a Cristo; el pueblo que pasa significa los fieles; la muerte de los egipcios significa la abolición de los pecados. Con signos diversos, idéntica fe; con signos diversos, igual que con palabras diversas, porque las palabras mudan los sonidos a través de los tiempos, mas, evidentemente, las palabras no son otra cosa que signos, pues son palabras porque significan: quítale a la palabra su significación; es ruido hueco. Todo, pues, ha sido significado.

¿Acaso no creían lo mismo aquellos mediante los que se servían estos signos, mediante los que se prenunciaba profetizado lo mismo que creemos? Evidentemente, lo creían; pero ellos, que eso iba a venir; nosotros, en cambio, que ha venido. Por eso asevera también así: Bebieron idéntica bebida espiritual; idéntica la espiritual, porque la corporal no es idéntica. En efecto, ¿qué bebían ellos? Pues bebían de la roca espiritual que seguía; ahora bien, la roca era el Mesías (1Co 10,4). Ved, pues, variados los signos mientras la fe permanece. Allí la roca era el Mesías; para nosotros es Cristo lo que se pone en el altar de Dios. También ellos bebieron como gran sacramento de idéntico Cristo el agua que manaba de la roca; los fieles saben qué bebemos nosotros. Si atiendes al aspecto visible, es otra cosa; si al significado inteligible, bebieron idéntica bebida espiritual.

Cuantos, pues, en aquel tiempo creyeron a Abrahán o a Isaac o a Moisés o a los otros patriarcas y a los otros profetas que prenunciaban a Cristo eran ovejas y escucharon a Cristo: escucharon no una voz ajena, sino la de él en persona. El juez había estado en el pregonero porque, aun cuando el juez habla mediante el pregonero, el secretario escribe no «el pregonero ha dicho», sino «El juez ha dicho». Hay, pues, otros a quienes las ovejas no escucharon, en los que no estaba la voz de Cristo, pues erraban, decían falsedades, parloteaban frivolidades, inventaban vaciedades, seducían a infelices.

¿Quiénes son las ovejas?

10. ¿Qué significa, pues, lo que he dicho: «Problema mayor es éste»? ¿Qué oscuridad y dificultad de entender tiene? Escuchad, por favor. He ahí que el Señor mismo, Jesucristo, vino, predicó; evidentemente, mucho más era voz del Pastor la expresada por la boca misma del Pastor, ya que, si mediante los profetas había voz del Pastor, ¿cuánto más la lengua misma del Pastor profería la voz del Pastor? No todos escucharon. Pero ¿qué suponemos? Quienes escucharon ¿eran ovejas? He ahí que Judas escuchó, mas era lobo; seguía, pero, cubierto con piel de oveja, tendía una trampa al Pastor. En cambio, algunos de quienes crucificaron a Cristo no escuchaban, mas eran ovejas pues los veía a esos mismos entre la turba cuando decía: Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces conoceréis que yo soy (Jn 8,28). ¿Cómo, en efecto, se resuelve este problema: escuchan quienes no son ovejas y no escuchan las ovejas; siguen la voz del Pastor ciertos lobos y le contradicen las ovejas; por último, las ovejas matan al Pastor? Se resuelve el problema, pues alguien responde y dice: «Pero, cuando no escuchaban, aún no eran ovejas; entonces eran lobos; la voz escuchada los cambió y de lobos los hizo ovejas; cuando, pues, fueron hechos ovejas, escucharon, hallaron al Pastor y siguieron al pastor; porque hicieron lo mandado, esperaron las promesas del Pastor».

¿También los descarriados son ovejas?

11. Ha quedado resuelto de algún modo ese problema y quizá esto baste a alguno. A mí, en cambio, me turba aún y, para merecer hallar con vosotros si aquél lo revela, con vosotros comunico qué me turba, mientras con vosotros busco en cierto modo. Oíd, pues, qué me turba. Mediante el profeta Ezequiel reprende el Señor a los pastores y de las ovejas dice entre lo demás: No hicisteis volver la oveja descarriada (Ez 34,4). Dice «descarriada» y asimismo la nomina oveja. Si, cuando estaba descarriada, era oveja, ¿la voz de quién escuchaba para descarriarse? Si, en efecto, escuchase la voz del Pastor, sin duda, no se descarriaría; pero se descarrió precisamente porque escuchó la voz de un extraño: escuchó la voz del ladrón y asesino. Ciertamente no escuchan las ovejas la voz de los asesinos: quienes vinieron, afirma —y entendemos: fuera de mí—; esto es, quienes vinieron fuera de mí son ladrones y asesinos, mas las ovejas no los escucharon. Señor, si no los escucharon las ovejas, ¿cómo se descarrían las ovejas? Si las ovejas no escuchan sino a ti y tú eres la Verdad, cualquiera que escucha la Verdad evidentemente no se descarría. Aquéllos, en cambio, se descarrían, mas se los nomina ovejas. De hecho, si en medio del descarrío mismo no se los nominase ovejas, no se diría mediante Ezequiel: No hicisteis volver la oveja descarriada. ¿Cómo se descarría y asimismo es oveja? ¿Ha escuchado la voz de un extraño? Ciertamente no los escucharon las ovejas.

Además, muchos son reunidos ahora mismo en el redil de Cristo y de herejes son hechos católicos: se los quitan a los ladrones, son devueltos al Pastor; mas a veces protestan, se hastían de quien los hace volver y no perciben al que los degüella; sin embargo, aun cuando quienes son ovejas hayan venido rezongantes, reconocen la voz del Pastor, se alegran de haber venido y se sonrojan de haberse descarriado. Cuando, pues, de aquel error se gloriaban como de la verdad y, evidentemente, no escuchaban la voz del Pastor y, por eso, seguían a un extraño, ¿eran o no eran ovejas? Si eran ovejas, ¿cómo las ovejas no escuchan a extraños? Si no eran ovejas, ¿por qué se reprende a esos a quienes se dice: No hicisteis volver la oveja descarriada? También entre esos mismos, hechos ya cristianos católicos, fieles de buena esperanza, ocurren a veces males —son seducidos al error—, mas tras el error se los hace volver; cuando fueron seducidos al error y rebautizados, o después de la sociedad del redil del Señor se han vuelto de nuevo al error anterior, ¿eran o no eran ovejas? Evidentemente, eran católicos. Si eran fieles católicos, eran ovejas. Si eran ovejas, ¿cómo pudieron escuchar la voz de un extraño, siendo así que el Señor dice: No los escucharon las ovejas?

La realidad de la predestinación

12. Habéis oído, hermanos, la profundidad del problema. Digo, pues: El Señor conoce a esos que son suyos (2Tm 2,19). Conoce a los preconocidos, conoce a los predestinados, pues ciertamente de él se dice: Ahora bien, a quienes preconoció, también los predestinó a ser hechos conformes con la imagen de su Hijo, para que ese mismo sea primogénito entre muchos hermanos. Por otra parte, a quienes predestinó, a esos mismos también los llamó; y a quienes llamó, a esos mismos también los justificó. Ahora bien, a quienes justificó, a esos mismos también los glorificó. Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? Añade tú aún: Quien no tuvo miramiento con su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo también con él no nos regaló todo? A nosotros; pero ¿a quiénes? A los preconocidos, predestinados, justificados, glorificados, respecto a los cuales sigue: ¿Quién hará acusaciones contra elegidos de Dios? (Rm 8,29-33) Conoce, pues, el Señor a esos que son suyos: esos mismos son las ovejas. Ellas mismas se desconocen a veces; pero, antes de la constitución del mundo, el pastor las conoce según esa predestinación, según esa presciencia de Dios, según la elección de las ovejas, porque el Apóstol dice también esto: Como nos eligió en ese mismo antes de la constitución del mundo (Ef 1,4).

Según, pues, esa presciencia y predestinación de Dios, ¡cuán numerosas ovejas fuera, cuán numerosos lobos dentro; cuán numerosas ovejas dentro y cuán numerosos lobos fuera! ¿Qué significa lo que he dicho: «Cuán numerosas ovejas fuera»? ¡Cuán numerosos los que, entregados de momento a la lujuria, van a ser castos; cuán numerosos los que injurian a Cristo, mas van a creer en Cristo; cuán numerosos los que se emborrachan, mas van a ser sobrios; cuán numerosos los que arrebatan cosas ajenas, mas van a regalar las suyas! Sin embargo, de momento oyen una voz extraña, siguen a extraños. Asimismo, ¡cuán numerosos los que dentro alaban a Cristo, mas van a injuriarlo; son castos, van a fornicar; son sobrios, después va a sepultarlos el vino; están en pie, van a caer! No son ovejas —hablo, en efecto, de los predestinados; hablo de estos que el Señor conoce, los cuales son suyos—; y empero esos mismos, mientras juzgan rectamente, oyen la voz de Cristo. He aquí que éstos la oyen, aquéllos no la oyen; y sin embargo, según la predestinación, ésos no son ovejas, éstos son ovejas.

Necesidad de perseverar hasta el final

13. Queda aún un problema que de momento puede, me parece, resolverse ahora así. Hay cierta frase, hay, repito, cierta frase del Pastor según la cual las ovejas no escuchan a extraños, según la cual quienes no son ovejas no escuchan a Cristo. ¿Cuál es esta frase? Quien haya perseverado hasta el final, éste será salvo (Mt 10,22). El propio no desatiende esta frase, no la escucha el extraño; de hecho, también éste le predica esto, que persevere con él hasta el final, pero, al no perseverar con él, no escucha esta frase. Vino a Cristo, oyó unas palabras y otras, éstas y aquéllas, todas verdaderas, saludables todas, entre todas las cuales está también aquella frase: Quien haya perseverado hasta el final, éste será salvo. Quien la escuchare, es oveja. Pero la oía no sé quién y perdió la cabeza, se enfrió, escuchó una voz ajena; si es un predestinado, ha errado por un tiempo, no ha perecido para siempre, regresa para escuchar lo que desatendió, para hacer lo que oyó. En efecto, si es de estos que están predestinados, Dios ha preconocido el error y la conversión futura de ese mismo; si se ha extraviado, regresa para escuchar esa frase del Pastor y seguir a quien dice: Quien haya perseverado hasta el final, éste será salvo. Voz buena, hermanos, verdadera, pastoral; esa misma es la voz de la salvación, en las tiendas de los justos (Cf Sal 117,15). En verdad, fácil es oír a Cristo, fácil es loar el Evangelio, fácil aplaudir a quien sobre él diserta; esto, perseverar hasta el final, es de las ovejas que oyen la voz del Pastor. Acaece una tentación: persevera tú hasta el final, porque la tentación no persevera hasta el final. ¿Hasta qué final perseverarás? Hasta que acabes el camino. De hecho, cuando no escuchas a Cristo, es adversario tuyo en ese camino, esto es, en esa vida mortal. Pero ¿qué dice? Ponte pronto de acuerdo con tu adversario, mientras con él estás en el camino (Mt 5,25). Has oído, has creído, te has puesto de acuerdo. Si eras adversario, ponte de acuerdo. Si se te ha concedido ponerte de acuerdo, no litigues más, pues desconoces cuándo se acaba el camino; pero en todo caso lo sabe él. Si eres oveja y si hubieres perseverado hasta el final, serás salvo; y, por esto, los suyos no desprecian esa voz, no la oyen los extraños.

Como he podido, como él mismo me ha concedido, os he expuesto o he tratado con vosotros el muy profundo problema. Si algunos han entendido menos, permanezca la piedad y se revelará la verdad; quienes, en cambio, han entendido, no se empinen sobre los más tardos, cual si fuesen más rápidos, no sea que empinándose se salgan de órbita y los más tardos lleguen más fácilmente. Ahora bien, a todos háganos llegar ese a quien decimos: Guíame, Señor, en tu camino y andaré en tu verdad (Sal 85,11).

¿Quién es el pastor?

14. Mediante esto, pues, que ha expuesto el Señor entremos, porque él en persona es la puerta, a lo que ha propuesto, mas no expuesto. Y, por cierto, aunque en esta lectura que hoy se ha leído públicamente no ha dicho quién es el pastor, sin embargo, en la que sigue dice clarísimamente: Yo soy el buen pastor (Jn 10,11). Aunque no lo dijera, ¿en qué otro excepto en él mismo deberíamos pensar a propósito de estas palabras donde asevera: Quien entra por la puerta, es el pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas oyen su voz y llama nominalmente a las ovejas propias y las saca. Y, cuando ha enviado fuera las ovejas propias, va ante ellas y las ovejas ¿lo siguen porque conocen su voz (Jn 10,2-4)? En efecto, ¿qué otro llama nominalmente a las ovejas propias y las saca de aquí a la vida eterna, sino quien conoce los nombres de los predestinados? Por cierto, las llama nominalmente, precisamente porque asevera a sus discípulos: Gozaos de que vuestros nombres están escritos en el cielo (Lc 10,20). Y ¿qué otro las envía fuera, sino quien perdona sus pecados para que puedan seguirlo, libradas de duras cadenas? Y ¿quién las ha precedido adonde lo sigan, sino quien tras resucitar de entre los muertos ya no muere y la muerte no lo dominará ya (Rm 6,9) y, cuando aquí estaba visible en carne, dijo: Padre, respecto a los que me diste quiero que, donde yo estoy, estén también conmigo esos mismos (Jn 17,24) ? A eso se debe lo que ha aseverado: Yo soy la puerta; si alguien hubiere entrado por mí, será salvado y entrará y saldrá y hallará pastos (Jn 10,9). Con esto muestra evidentemente que por la puerta entran no sólo el pastor, sino también las ovejas.

yo-soy-la-puerta-estrecha JUAN 10.9

15. Pero ¿qué significa: Entrará y saldrá y hallará pastos? En efecto, es muy bueno entrar a la Iglesia por la puerta, Cristo; en cambio, en ningún caso es bueno salir de la Iglesia, como asevera en una carta suya Juan Evangelista mismo: De entre nosotros salieron, pero no eran de entre nosotros (1Jn 2,19). Tal salida, pues, no podría ser loada por el Buen Pastor, aunque dijera: Entrará y saldrá y hallará pastos. Hay, pues, no sólo una entrada buena, sino también una salida buena por la puerta buena, que es Cristo. Pero ¿cuál es esa salida loable y feliz? En efecto, podría yo decir que entramos cuando interiormente pensamos algo y, en cambio, salimos cuando exteriormente realizamos algo, y porque, como dice el Apóstol, mediante la fe habita Cristo en nuestros corazones (Cf Ef 3,17), podría decir que entrar por Cristo es pensar según esa misma fe y, en cambio, salir por Cristo es actuar también fuera, esto es, ante los hombres, según esa misma fe, razón por la cual se lee en un salmo: «Saldrá el hombre a su trabajo» (Sal 103,23), y el Señor mismo dice: Luzcan ante los hombres vuestras obras (Mt 5,16). Pero me deleita más el hecho de que la Verdad en persona, como Buen Pastor y, por tanto, Buen Doctor, en cierto modo nos ha avisado sobre cómo debemos entender lo que asevera, entrará y saldrá y hallará pastos, cuando a continuación ha añadido: El ladrón no viene sino a robar y asesinar y destruir; yo vine para que tengan vida y la tengan más abundantemente (Jn 10,10). En efecto, me parece que ha dicho: para que al entrar tengan vida y al salir la tengan más abundantemente. Ahora bien, no puede nadie salir por la puerta, esto es, por Cristo, hacia la vida eterna que existirá en la visión, si por esa misma puerta, esto es, por el mismo Cristo, no entra a su Iglesia, que es su redil, hacia la vida temporal que existe en la fe. Por eso asevera «Yo vine para que tengan vida —esto es, la fe que actúa mediante la dilección (Cf Ga 5,6), fe mediante la que entran al redil para vivir, porque el justo vive de fe— (Rm 1,17; Hab 2,4), y la tengan más abundantemente» quienes, perseverando hasta el fina, salen por esa puerta, esto es, por la fe de Cristo, porque mueren como fieles genuinos, y tendrán vida más abundantemente, viniendo a donde el Pastor los ha precedido, donde nunca mueran después.

Aunque, pues, tampoco aquí, en el redil mismo, faltan pastos, porque respecto a una y otra cosa, esto es, a la entrada y a la salida, podemos entender lo que está dicho «y hallará pastos», sin embargo, hallarán pastos genuinos cuando se sacien quienes tienen hambre y sed de la justicia (Cf Mt 5,6); pastos cuales los halló ese a quien está dicho: Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). Ahora bien, largo es investigar y explicar hoy, disertando según él mismo dijere, cómo él mismo es la puerta, él mismo el pastor, de forma que se entienda que en cierto modo él en persona entra y sale por sí mismo, y quién es el portero.

JUAN 10.7

Juan Taulero
Sermón 27, 3º para Pentecostés
«A sus ovejas las llama por su nombre»

“Yo soy la puerta de las ovejas”: nuestro Señor dice que es la puerta del aprisco. ¿Qué es, pues, este aprisco, este cercado, del cual Cristo es la puerta? Es el corazón del Padre en el cual y del cual Cristo es verdaderamente una puerta digna de amor, él que nos des-selló y abrió el corazón hasta entonces cerrado a todos los hombres. En este rebaño, se reúnen todos los santos. El pastor es el Verbo eterno; la puerta es la humanidad de Cristo; por las ovejas de esta casa, entendemos las almas humanas, pero los ángeles también pertenecen a este rebaño…; el portero, es el Espíritu santo, porque toda verdad comprendida y expresada viene de él…

¡Con qué amor y qué bondad, nos abre la puerta del corazón del Padre y nos da sin cesar acceso al tesoro escondido, a las moradas secretas y a la riqueza de esta casa! Nadie puede imaginar y comprender cuán acogedor es Dios, presto para recibir, deseoso, teniendo sed de hacerlo, y cómo va delante nuestro en cada instante y a cada hora… Oh hijos míos, como permanecer obstinadamente sordo a esta amorosa invitación…: no le neguemos tan a menudo acudir esta invitación. Cuántas invitaciones y llamadas del Espíritu santo son rechazadas; ¡nos negamos, a causa de todo tipo de cosas de aquí abajo! Queremos tan a menudo otra cosa y no este lugar, en donde Dios quiere tenernos.

POEMAS

SAN JUAN DE LA CRUZ

Poema titulado «el Pastorcico», presenta a Jesucristo como un Pastor enamorado de una pastora (tú y yo, cada ser humano), que deja su patria y sus seguridades y se introduce en tierra extranjera y hostil para ir a buscarla. Se encuentra triste y afligido porque su amor no es correspondido. No le importan los sufrimientos que le causa el amor: las incomodidades del viaje, los malos tratos, la herida del corazón o la misma muerte; sino la ingratitud de su amada, el desagradecimiento, el olvido y el rechazo. Finalmente, llevando a plenitud la historia de su amor, extiende los brazos en el árbol de la Cruz, donde muere de amor, entregando voluntariamente su vida por su amada. Que este texto nos haga reflexionar y enamorarnos de aquél que nos ha amado primero y ha derramado su sangre por nosotros.

Un Pastorcico solo está penado
ajeno de placer y de contento
y en su pastora ha puesto el pensamiento,
el pecho, del amor, muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido
-aunque en el corazón está herido-
más llora por pensar que está olvidado.

Que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena,
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.

Y dice el Pastorcico: ¡Ay, desdichado
de aquél que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia!
Y el pecho, del amor muy lastimado.

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol do abrió sus brazos bellos
y muerto se ha quedado, asido dellos,
el pecho, del amor, muy lastimado.

Félix Lope de Vega

Pastor, que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño,
Tú me hiciste cayado de ese leño
en que tiendes tus brazos poderosos.
Vuelve los ojos a mi fe, piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguir empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.
¡Oye, Pastor, que por amores mueres!
No te espante el rigor de mis pecados.
Pues tan amigo de rendidos eres,
espera, pues, y escucha mis pecados.
Pero, ¿cómo te digo que me esperes
si estás, para esperar, los pies clavados?

Luis de Góngora y Argote. A la Eucaristía

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.

Por descubrirte mejor
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida,
donde me subió el amor;
si prendas quieres mayor,
mis obras hoy te la den.

Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.

Pasto al fin tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
el traerte yo en el hombro,
o traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho,

que aún los más ciegos las ven.
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros; que hoy
no sólo tu pastor soy,
sino tu pasto también.

Miguel de Cervantes Saavedra

A ti me vuelvo, gran Señor, que alzaste,
a costa de tu sangre y de tu vida,
la mísera de Adán primer caída
y adonde él nos perdió, Tú nos cobraste.

A ti, Pastor bendito, que buscaste
de las cien ovejuelas, la perdida
y, hallándola del lobo perseguida,
sobre tus hombros santos te la echaste.

A ti me vuelvo, en mi aflicción amarga
y a ti toca, Señor, el darme ayuda;
que soy cordera de tu aprisco ausente
y temo que a carrera corta o larga,
cuando a mi daño tu favor no acuda
me ha de alcanzar esta infernal serpiente.

Fray Luis de León. A la Ascensión del Señor

¡Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
en soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro!

Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dónde volverán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quien gustó tu dulzura,
¿qué no tendrá por llanto y amargura?

Y a este mar turbado
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al fiero viento, airado,
estando tú encubierto?

¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Ay, nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

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Publicado el 23 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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