JUAN 6,35-40

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (6,35-40):

35 Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

36 Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen.

37 Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí yo no lo rechazaré,

38 porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la del que me envió.

39 La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día.

40 Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en él, tenga Vida eterna y que yo lo resucite en el último día».

San Odilón de Cluny, Sermón 5 (PL 142, 1004-1005)
Cristo resucitó para que no dude el cristiano
de la propia resurrección

La resurrección de los muertos, prometida por Dios, es para los cristianos motivo de inquebrantable confianza. La ha prometido la Verdad, y la Verdad no puede mentir. Verdadera es, pues, la promesa que, de la resurrección de los cuerpos, nos ha hecho la Verdad, pues la Verdad que no sabe de mentiras, no puede menos de cumplir todo lo que ha prometido. Y para que tuviéramos absoluta certeza de la futura resurrección de los cuerpos, el mismo Señor se ha dignado darnos una prueba en su propio cuerpo. Resucitó Cristo para que no dude el cristiano de la propia resurrección. Lo que ya tuvo lugar en la cabeza, se cumplirá en el cuerpo.

Pero debemos saber, amadísimos hermanos, que existen dos muertes y dos resurrecciones. Se habla de muerte primera y se habla de muerte segunda. Pues bien: la muerte primera comprende dos partes:

  • una por la que el alma pecadora se aparta por la culpa de su Creador, y
  • otra por la que la sentencia de Dios pronuncia la separación de alma y cuerpo como pena por el pecado.

Por su parte, la muerte segunda consiste en la misma muerte del cuerpo y el castigo eterno del alma.

Por la muerte primera, el alma tanto del hombre bueno como del malo, es temporalmente separada del cuerpo. Por la muerte segunda, el alma, pero sólo del hombre malo, es eternamente atormentada junto con su cuerpo.

Una y otra muerte pendía sobre todo hombre, porque el pecado de la naturaleza, al ser hereditario, culpabilizaba a toda la estirpe. Vino el Hijo de Dios, inmortal y justo, y para morir por nosotros, tomó nuestra carne mortal. En esta carne, él que no podía tener pecado personal, sufrió sin culpa suya el suplicio de nuestro pecado. Así pues, el Hijo de Dios aceptó por nosotros la segunda parte de la muerte primera, es decir, la muerte de sólo el cuerpo, y con ella nos libró del dominio del pecado y de la pena eterna. Esto es lo que ahora opera Cristo en el mundo por su misericordia, con aquellos a quienes exhorta a vivir bien, haciéndoles el don de la fe para que crean rectamente y otorgándoles la caridad para que se entreguen gustosamente a las obras buenas. En el último día, el Señor se dignará resucitarlos corporalmente, para concederles la bienaventuranza eterna.

Resucitados en el alma por la fe, vivamos, amadísimos hermanos, con justicia para poder resucitar también en el cuerpo a aquella eterna alegría. Saboreemos el don de la primera resurrección con que Cristo nos ha gratificado, para que, cuando resucitemos en el cuerpo, merezcamos reinar para siempre con nuestro Salvador; entonces la muerte será absorbida en la victoria y a los fieles se les dará la vida verdadera y la verdadera alegría, cuando el mismo Dios todopoderoso, en atención a los méritos de la fe y de las buenas obras, dará a sus fieles el reino de los cielos. El que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

JUAN 6.35

Ireneo
Contra las herejías,
(Lib 5, 2, 2-3: SC 153, 30-38)- Liturgia de las Horas
La eucaristía, arras de la resurrección

Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por su sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.

Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo.

Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo?

Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu —pues un espíritu no tiene carne y huesos—, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo, y se fortalece con el pan, que es su cuerpo.

Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después, cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados entierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. El es, pues, quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad.

JUAN 6.35

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de las Hermanas
Misioneras de la Caridad
La palabra para ser hablada, cap. 6
“Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, nunca tendrá hambre”

¿Dónde encontráis la alegría de amar? En la eucaristía, la santa comunión. Jesús mismo se hizo “pan de vida” para darnos vida. Noche y día está allí. Si vosotros realmente queréis crecer en el amor, volved a la eucaristía, a esta adoración. En nuestra congregación, teníamos la costumbre de tener la adoración una vez a la semana durante una hora; después, en 1973, decidimos tener la adoración cada día durante una hora. Tenemos mucho trabajo; por todas partes nuestras casas para enfermos y moribundos indigentes están llenas. Pero a partir del momento en que comenzamos la adoración cada día, nuestro amor por Jesús se volvió más íntimo, nuestro amor por cada uno más benévolo, nuestro amor por los pobres más compasivo.
Mirad el tabernáculo y ved lo que significa ahora este amor. ¿Soy consciente de eso? ¿Mi corazón es lo bastante puro para que vea allí a Jesús? Con el fin de que para vosotros y para mí sea más fácil ver a Jesús, él mismo se hizo “pan de vida”; con el fin de que pudiéramos recibir la vida, una vida de paz, una vida de alegría. Encontrad a Jesús y encontraréis la paz.

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Publicado el 23 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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