JUAN 15,1-8

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (15,1-8): facebook pq

1 «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador.

2 El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.

JUAN 15.1-2

3 Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié.

4 Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.

5 Yo soy la vid, ustedes los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.

JUAN 15.5

6 Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.

7 Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.

JUAN 15.7

8 La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 10, 2: PG 74, 331-334)
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos

El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a él por el amor, ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con él, comparándose a sí mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a él e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos y, al participar del Espíritu Santo, comparten su misma naturaleza (pues el Espíritu de Cristo nos une con él).

La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de voluntad y de deseo; en cambio, la unión de la vid con nosotros es una unión de amor y de inhabitación. Nosotros, en efecto, partimos de un buen deseo y nos adherimos a Cristo por la fe; así llegamos a participar de su propia naturaleza y alcanzamos la dignidad de hijos adoptivos, pues, como afirma san Pablo, el que se une al Señor es un espíritu con él.

De la misma forma que en un lugar de la Escritura se dice de Cristo que es cimiento y fundamento (pues nosotros, se afirma, estamos edificados sobre él y, como piedras vivas y espirituales, entramos en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, cosa que no sería posible si Cristo no fuera fundamento), así, de manera semejante, Cristo se llama a sí mismo vid, como si fuera la madre y nodriza de los sarmientos que proceden de él.

En él y por él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a él y como injertados en su persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior.

De qué modo nosotros estamos en Cristo y Cristo en nosotros nos lo pone en claro el evangelista Juan al decir: En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.

Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modo el Verbo unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud.

Juan 15.15

Juan Taulero (v. 1300-1361), dominico en Estrasburgo
Sermón 7
“El que permanece en mí, y yo en él, ése da mucho fruto”

Cuando el hombre noble siente en él una inclinación a poseer a Dios o la gracia o sea lo que sea, debe pensar poco en el consuelo personal que esto le valdrá… Aquellos que entregan completamente a Dios sus dones corporales y espirituales, son los únicos que se hacen capaces y dignos de recibir, en todo tiempo, más gracias todavía… Hijos míos, existen estos hombres como el tronco de la vid.
Exteriormente es negro, seco y de poco valor. Al que no lo conociera, le parecería que sólo sirve para ser echado al fuego y quemado. Pero por dentro, en el corazón de esta cepa, están escondidas las venas llenas de vida y una gran fuerza que produce la fruta más preciosa y más dulce de la viña y el árbol que jamás se hubiera referido.
Así existen estas personas, las más amables, las que tienen sus ojos fijos en Dios. Por fuera, en apariencia, son como la gente que se deteriora, se parecen al bosque negro y seco, porque son humildes y pequeños fuera. No son gente de grandes frases, de grandes obras y de grandes prácticas; no viven de apariencias y, según su propia opinión, no brillan en nada. ¡Pero el que ha conocido la vena plena de vida que está en su interior donde renuncian a lo que son por su naturaleza propia, donde Dios es su divisa y su apoyo, qué felicidad les proporcionará este conocimiento!

San Francisco Javier (1506-1552), misionero jesuita
Carta del 05/11/1549, n° 90, 34-36
«Sin mí, no podéis hacer nada»

Que nadie alimente la ilusión de pensar que destacará en las cosas grandes, si no destaca en las cosas humildes. Creedme hay una especie de fervores, y, por mejor decirlo, tentaciones…Ciertamente para no renunciar a su voluntad haciendo lo que la obediencia les prescribe, desean hacer otras cosas más importantes, sin recordar que si no tienen virtud para las cosas pequeñas, menos tendrán para las grandes. En efecto cuando se lanzan a las cosas grandes y difíciles, con poco sacrificio y fuerza de ánimo, reconocen su atracción por la tentación, cuando se encuentran sin fuerzas…

No os escribo estas cosas para impediros el ánimo a cosas muy altas, señalándoos por grandes siervos de Dios, dejando memoria de vosotros para los que después de vuestros días vendrán; mas dígolas a este fin solamente para que en las cosas pequeñas os mostréis grandes, aprovechándoos mucho en el conocimiento de las tentaciones, en ver para cuánto sois, fortificándoos totalmente en Dios; y si en esto perseveráredes, no dudo sino que creceréis siempre en humildad y espíritu, y haréis mucho fruto en las almas, yendo quietos y seguros dondequiera que fuéredes.

Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), fundadora de la Hermanas
Misioneras de la Caridad
Camino de sencillez
«Permaneced en mí, como yo en vosotros»

Amad la oración. A menudo, durante la jornada, tratad de sentir la necesidad de orar, y abandonad la tristeza en la oración. La oración agranda el corazón, hasta el punto que podrá contener el don que Dios nos hace de mismo. “Pedid, buscad” (Lc 11,9) y vuestro corazón se ensanchará lo suficiente para recibirlo.
La siguiente oración, extraída del libro de oraciones de nuestra comunidad, escogida entre aquellas que recitamos cada día. Puede ayudaros…
«Convirtámonos en ramas verdaderas y fructíferas de la viña de Jesús, recibiéndole en nuestra vida como Él quiera mostrarse:
Como la Verdad – para ser dicha;
Como la Vida – para ser vivida;
Como la Luz – para ser iluminada;
Como el Amor – para ser amado;
Como el Camino – para ser andado;
Como la Alegría – para ser dada;
Como la Paz – para ser extendida;
Como el sacrificio – para ser ofrecido, en nuestras familias y en nuestro barrio».

JUAN 15 1-8

San Cirilo de Alejandría (380-444), obispo y doctor de la Iglesia
Comentario al evangelio de san Juan, Libro10, cap. 2 (trad. Breviario 5º
martes de Pascua rev.)
«El que permanece en mi y yo en él, da mucho fruto»

El Señor, para convencernos de que es necesario que nos adhiramos a él por el amor, ponderó cuán grandes bienes se derivan de nuestra unión con él, comparándose a sí mismo con la vid, y afirmando que los que están unidos a él e injertados en su persona, vienen a ser como sus sarmientos y, al participar del Espíritu Santo, comparten su misma naturaleza (pues el espíritu de Cristo nos une con él).
En él y por él hemos sido regenerados en el Espíritu para producir fruto de vida, no de aquella vida caduca y antigua, sino de la vida nueva que se funda en su amor. Y esta vida la conservaremos si perseveramos unidos a él y como injertados en su persona; si seguimos fielmente los mandamientos que nos dio y procuramos conservar los grandes bienes que nos confió, esforzándonos por no contristar, ni en lo más mínimo, al Espíritu que habita en nosotros, pues, por medio de Él, Dios mismo tiene su morada en nuestro interior.
Pues, así como la raíz hace llegar su misma manera de ser a los sarmientos, del mismo modo el Verbo unigénito de Dios Padre comunica a los santos una especie de parentesco consigo mismo y con el Padre, al darles parte en su propia naturaleza, y otorga su Espíritu a los que están unidos con él por la fe: así les comunica una santidad inmensa, los nutre en la piedad y los lleva al conocimiento de la verdad y a la práctica de la virtud.

Isaac de la Estrella (¿- c.1171), monje cisterciense
Sermón 16, primero para el 7º domingo de Pascua, § 5-8; SC 130
La parábola de la viña

Confieso que tengo todo el respeto por la explicación que ve en la parábola de la viña (Mateo 20,15) a la Iglesia universal, la viña de Cristo. Los sarmientos de los cristianos, el agricultor y padre de familia, el Padre celestial, el día sin ocaso o la vida del hombre, las horas, las edades del mundo o la persona humana, el lugar de la actividad humana misma.
Sin embargo, personalmente, me gusta considerar mi alma y también mi cuerpo, es decir, toda mi persona como una viña. No debo de abandonarla sino trabajarla, cultivarla para que no la ahoguen los brotes o raíces extraños, ni se vea agobiada por los propios brotes naturales. Tengo que podarla para que no se forme demasiada madera, cortarla para que dé más fruto. Sin falta tengo que rodearla de una valla para que no la pisoteen los viandantes y para que el jabalí no la devore. (cf Sal 79,14) Tengo que cultivarla con mucho cuidado para que el vino no degenere en algo extraño, incapaz de alegrar a Dios y a los hombres o incluso entristecerlos. Tengo que protegerla con mucha atención, para que el fruto que con tanto trabajo se cultiva no sea robado furtivamente por los que en secreto devoran a los pobres (Hab 3,14). De la misma manera que el primer hombre recibió en el paraíso, su viña, la orden de trabajarla y de guardarla, yo tengo que cultivar mi viña (Gn 2,15)..

COMENTARIO:

“El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.”

¡Qué tremenda verdad, Señor!
Qué enorme gozo siente quien descubre que todo adquiere un nuevo sentido desde Cristo… qué gozo cuando todo se edifica desde Él… El discípulo busca crecer continuamente en esa presencia que le habita y le da sentido: Dios.
Sin tí nada puedo, Señor mío y Dios mío…. sin ti me siento perdido y desorientado buscando satisfacción en cosas que jamás podrán llenar mi corazón…
Solo en ti encuentro la calma y sosiego de espíritu que necesita mi alma para caminar y hacerme compañero de camino de otros…
Sin ti nada podemos, Señor de la misericordia… contigo TODO es posible!

San Vicente de Paul (1581-1560) Presbítero. Fundador de comunidades religiosas
Ejercicios espirituales a los Misioneros, ed. 1960, p. 905-907
“Trasladar el fruto”

Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que lo sea a costa de nuestros brazos, que lo sea con el sudor de nuestros rostros. Pues muy a menudo tantos actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia y otras acepciones parecidas y prácticas interiores de un corazón tierno, bien que muy buenas y deseables, son sin embargo muy sospechosas cuando no contemplan en absoluto la práctica del amor efectivo. «En esto dice nuestro Señor, mi Padre es glorificado que aportéis mucho fruto» (Jn 15,8).

Y es a esto a lo que debemos prestar atención; pues hay varios que, por tener el exterior bien formado y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se paran en ello; y cuando reparan en el hecho y se encuentran en la ocasión de actuar, viven corto. Se jactan de su imaginación calenturienta; se contentan de lo dulces encuentros que tienen con Dios en la oración; hablan con él incluso como ángeles; pero, al salir de ahí es cuestión de trabajar para Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar la oveja perdida, de amar a quien le falta algo, aceptar las enfermedades o alguna otra desgracia, ¡por desgracia! ya no queda nadie, les falta el valor. No, no, no nos confundamos: toda nuestra tarea consiste en pasar a la acción.

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Publicado el 30 marzo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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