JUAN 15,18-21

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (15,18-21):

18 Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí.

JUAN 15.18

19 Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, él mundo los odia.

20 Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes.

21 Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.

22 Si yo hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora su pecado no tiene disculpa.

23 El que me odia, odia también a mi Padre.

24 Si yo no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro realizó, no tendrían pecado. Pero ahora las han visto, y sin embargo, me odian a mí y a mi Padre,

25 para que se cumpla lo que está escrito en la Ley: Me han odiado sin motivo.

San Cipriano (hacia 200-258) obispo de Cartago, mártir
Carta 56, 1-9
“…no pertenecéis al mundo, porque yo os elegí y os saqué del mundo, por eso el mundo os odia.” (Jn 15,19)

El Señor quiere que nos alegremos, que saltemos de gozo cuando nos vemos perseguidos (Mt 5,12), porque cuando hay persecución es cuando se merece la corona de la fe. (Sant 1,12). Es entonces cuando los soldados de Cristo se manifiestan en la pruebas, entonces se abren los cielos a sus testigos. No combatimos en la filas de Dios para tener una vida tranquila, para esquivar el servicio, cuando el Maestro de la humildad, de la paciencia y del sufrimiento llevó el mismo combate antes que nosotros. Lo que él ha enseñado lo ha cumplido antes, y si nos exhorta a mantenernos firmes en la lucha es porque él mismo ha sufrido antes que nosotros y por nosotros.

Para participar en las competiciones del estadio, uno tiene que entrenarse y ejercitarse y se considera feliz si bajo la mirada de la multitud le entregan el premio. Pero aquí hay una competición más noble y deslumbrante. Dios mismo mira nuestro combate, nos mira como hijos suyos y él mismo nos entrega el premio celestial. (1 Cor 9,25) Los ángeles nos miran, nos mira Cristo y nos asiste. Pertrechémonos con todas nuestra fuerzas, libremos el buen combate con un ánimo animoso y una fe sincera.

Juan 15.18-20 Si el mundo os aborrece

San Cipriano (v. 200-258), obispo y mártir
«El discípulo no es más que su maestro»

La voluntad de Dios es lo que Cristo hizo y enseñó:
la humildad en la conducta, la firmeza en la fe,
la moderación en las palabras,
la justicia en las acciones,
la misericordia en las obras,
la rectitud en las maneras;
ser incapaz de hacer mal, pero poderlo tolerar cuando se es la víctima,
conservar la paz con los hermanos,
amar al Señor con todo el corazón,
amar en él al Padre y temer a Dios,
no preferir nada a Cristo, porque él mismo nos prefiere a nosotros;
unirse inquebrantablemente a su amor;
abrazarse a su cruz con fuerza y confianza; cuando hay que luchar por su nombre y su honor,
mostrar la constancia en nuestra confesión de la fe;
mostrar, en la tortura, la confianza que sostiene nuestro combate,
y en la muerte, la perseverancia que nos obtiene la corona.
Es decir, querer ser coheredero con Cristo.
Es decir, obedecer el mandamiento de Dios.
Es decir, hacer la voluntad del Padre.

San Policarpo (69-155), obispo, mártir
Carta a los Filipenses (trad. breviario, domingo, lunes, miércoles XXVI
ordinario)
“Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes”

Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad [Policarpo y los presbíteros que están con él]… y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y “Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte” (Cf Ac 2,24).
“No lo veis, y creéis en él con un gozo inefable y transfigurado” (Cf 1P 1,8)… “Aquel que lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros” (Cf 2 Co 4,14), si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó… Seamos imitadores de su paciencia, y si sufrimos por su nombre, démosle gloria. Es este el modelo que él mismo nos presentó, y esto es lo que hemos creído.
Os exhorto a todos a obedecer la palabra de justicia y a perseverar en la paciencia que habéis podido contemplar con vuestros propios ojos, no solamente en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros que eran de los vuestros, y en el mismo Pablo y en los demás apóstoles, persuadidos de que todos estos no han corrido en vano, sino en la fe y la justicia, y que están en el lugar que les es debido cerca del Señor que es con quien han sufrido. No amaron “El mundo presente” (2Tm 4,10), sino a Cristo que murió por nosotros, y a quien Dios ha resucitado por nosotros.

JUAN 15.20

San Cromacio de Aquilea (?-407), obispo
Sermón 19, 1-3; SC 164
El siervo no es mayor que el maestro

“Lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza ” (Mt 27,28-29). Cristo es revestido como rey y príncipe de mártires, con una túnica roja… porque su sangre sagrada resplandece como una escarlata preciosa. Es como el vencedor que recibe la corona, porque es normalmente al vencedor al que se concede una corona… Pero podemos observar que la túnica púrpura es también el símbolo de la Iglesia que, permaneciendo en Cristo rey, brilla con una gloria real. De ahí el título de “raza real” que le da Juan en el Apocalipsis (1,6)… En efecto, la tela púrpura es una pieza preciosa y real.
Aunque sea un producto natural, cambia de calidad cuando se la sumerge en un baño de tinte, y cambia de aspecto… Sin valor por ella misma, se transforma de hecho en un producto precioso. Lo mismo nos ocurre a nosotros: sin valor por nosotros mismos, la gracia nos transforma y nos da un precio, cuando [en nuestro bautismo] somos sumergidos por tres veces, como la tela de púrpura, en la escarlata espiritual, el misterio de la Trinidad…
También podemos observar que la túnica roja es también el símbolo de la gloria de los mártires, ya que, teñidos de su propia sangre derramada, adornados por la sangre del martirio, brillan en Cristo como una preciosa túnica escarlata. En otro tiempo, la ley recomendaba ofrecer telas escarlatas para adornar el tabernáculo de Dios (Ex 25,4); los mártires, de hecho, son el ornamento de la Iglesia de Cristo…
La corona de espinas que pusieron sobre la cabeza del Señor, es el símbolo de nuestra alianza, que, de todas las naciones, hemos venido a la fe. Éramos entonces sólo unas espinas, es decir pecadores; pero, creyendo en Cristo, llegamos a ser una corona de justicia, porque dejamos de pinchar o de herir al Salvador, y coronamos su cabeza con la confesión de nuestra fe… Sí, antaño éramos espinas, más ahora… nos hemos convertido en piedras preciosas.

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Publicado el 4 abril, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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