LUCAS 24, 46-53

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (24, 46-53): facebook pq

46 y añadió: «Así esta escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día,

47 y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados.

LUCAS 24.46-47

48 Ustedes son testigos de todo esto.

49 Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto».

50 Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo.

51 Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.

52 Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría,

53 y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.

LUCAS 24.49

San Cirilo de Alejandría, Comentario sobre el evangelio de san Juan (Lib 9: PG 74, 182-183 Liturgia de las Horas)
Nuestro Señor Jesucristo nos ha inaugurado un camino nuevo y vivo

Si en la casa de Dios Padre no hubiera muchas estancias —decía el Señor—, sería causa suficiente para anticiparme a preparar mansiones para los santos; pero como sé que hay ya muchas preparadas esperando la llegada de los que aman a Dios, no es ésta la causa de mi partida, sino la de prepararos el retorno al camino del cielo, como se prepara una estancia, y allanar lo que un tiempo era intransitable. En efecto, el cielo era absolutamente inaccesible al hombre y jamás, hasta entonces, la naturaleza humana había penetrado en el puro y santísimo ámbito de los ángeles. Cristo fue el primero que inauguró para nosotros esa vía de acceso y ha facilitado al hombre el modo de subir allí, ofreciéndose a sí mismo a Dios Padre como primicia de los muertos y de los que yacen en la tierra. El es el primer hombre que se ha manifestado a los espíritus celestiales.

Por esta razón, los ángeles del cielo, ignorando el augusto y grande misterio de aquella venida en la carne, contemplaban atónitos y maravillados a aquel que ascendía, y, asombrados ante el novedoso e inaudito espectáculo, no pudieron menos de exclamar: ¿Quién es ése que viene de Edom? Esto es, de la tierra. Pero el Espíritu no permitió que aquella multitud celeste continuase en la ignorancia de la maravillosa sabiduría de Dios Padre, antes bien mandó que se le abrieran las puertas del cielo como a Rey y Señor del universo, exclamando: ¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la Gloria.

Así pues, nuestro Señor Jesucristo nos ha inaugurado un camino nuevo y vivo, como dice Pablo: Ha entrado no en un santuario construido por hombres, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros. En realidad, Cristo no subió al cielo para manifestarse a sí mismo delante de Dios Padre: él estaba, está y estará siempre en el Padre y a la vista del que lo engendró; es siempre el objeto de sus complacencias. Pero ahora sube en su condición de hombre, dándose a conocer de una manera insólita y desacostumbrada el Verbo que anteriormente estaba desprovisto de la humanidad. Y esto, por nosotros y en provecho nuestro, de modo que presentándose como simple hombre, aunque Hijo con pleno poder, y habiendo oído en la carne aquella invitación real: Siéntate a mi derecha, mediante la adopción pudiera transmitir por sí mismo a todo el género humano la gloria de la filiación.

Es efectivamente uno de nosotros, en cuanto que apareció a la derecha de Dios Padre en su calidad de hombre, si bien superior a toda criatura y consustancial al Padre, ya que es el reflejo de su gloria, Dios de Dios, y luz de la luz verdadera. Se apareció, pues, por nosotros delante del Padre, para colocarnos nuevamente junto al Padre a nosotros que, en fuerza de la antigua prevaricación, habíamos sido alejados de su presencia. Se sentó como Hijo, para que también nosotros, como hijos, fuésemos, en él, llamados hijos de Dios. Por eso, Pablo que pretende ser portador de Cristo que habla en él, enseña que las cosas acaecidas a título especial respecto de Cristo son comunes a la naturaleza humana, diciendo: Nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él.

Propiamente hablando, es exclusiva de Cristo en cuanto Hijo por naturaleza, la dignidad y la gloria de sentarse con el Padre, gloria que afirmamos hay que atribuirle a él solo adecuada y verdaderamente. Mas dado que quien se sienta es nuestro semejante en cuanto que se manifestó como hombre y a la vez es reconocido como Dios de Dios, resulta que de alguna manera nos comunica también a nosotros la gracia de su propia dignidad.

San Francisco de Sales, Obispo
Carta (31-05-1612): ¿Piensas en el Cielo?
«Mientras los bendecía, se separó de ellos (subiendo hacia el cielo)»(Lc 24,46-53)
Carta, A la Madre de Chantal. 31-5-1612. XV, 221-222)

Hija mía, compartamos el júbilo, pues nuestro Salvador ha subido al cielo, donde vive y reina y quiere que un día vivamos y reinemos con Él. ¡Oh, qué triunfo en el cielo y qué dulzura en la tierra! Que nuestros corazones estén «donde está nuestro tesoro» y que vivamos en el cielo ya que allí está nuestra vida.

¡Qué hermoso es el cielo, ahora que el Salvador brilla en él como sol ; y su pecho es una fuente de amor en la que los bienaventurados beben a placer. Todos se miran en Él y en El ve su nombre escrito con caracteres de amor que sólo el amor puede leer y que sólo el amor ha grabado. ¿Y no leeremos allí los nuestros? Sí, sin duda allí estarán, pues aunque nuestro corazón carece de amor, al menos tiene el deseo del amor y el comienzo del amor. Y ¿no está acaso, escrito en nuestros corazones el sagrado nombre de Jesús? Pienso que nada podría borrarlo de ellos. Hay que esperar que el nuestro esté recíprocamente escrito en el de Dios…

En cuanto a mí, no he sabido pensar esta mañana sino en esa eternidad de bienes que nos espera; pero en la que todo me parecería poco o nada a no ser ese amor invariable y siempre actual del ese gran Dios que allí reina para siempre.

Me admiro de la contradicción que veo en mí al tener sentimientos tan puros junto con obras tan imperfectas. Pues pienso que el Paraíso estaría en medio de todas las penas del infierno si en él pudiese estar el amor de Dios; y si el fuego del infierno fuese un fuego de amor, creo que serían de desear esos tormentos.

Y pensando así, ¿cómo es posible que yo no tenga un perfecto amor, puesto que ya aquí puedo tenerlo perfecto?

Hija mía, oremos, trabajemos, humillémonos, llamemos a nosotros ese Amor.

La tierra nunca había visto sobre su faz el día de la eternidad hasta que llegó esta santa festividad, en la cual nuestro Señor glorificó su cuerpo y supongo que los ángeles envidiaron la belleza de ese Cuerpo, comparada con la cual no es nada la belleza de los cielos y del sol. Dichosos nuestros cuerpos, que un día alcanzarán la participación en gloria tan grande.

LO OPUESTO AL MIEDO ES LA FE

Isabel Margarita Garcés de Wallis

El relato se sitúa en un lugar de Jerusalén que el autor no precisa, en la tarde-noche del domingo de Resurrección. Dos discípulos acaban de llegar de Emaús y están contando a los once y a sus acompañantes que han visto a Jesús. Hay dos ideas que me llaman la atención en este texto de San Lucas: “miedo y sorpresa” y “testigos”.

Todos hemos tenido y tenemos miedos. Podemos enumerar un conjunto de razones y factores que provocan dudas y vacilaciones en la conciencia del hombre moderno que desea creer y son dudas de siempre, vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos.

A cada rato nos vemos ante cosas que nos sorprenden, por lo que nos es fácil entender el miedo y la sorpresa que sintieron los discípulos al encontrarse con Jesús. Están asustados y sorprendidos, pero también llenos de alegría.

El miedo de los discípulos es expresión de la dificultad que todos tenemos para creer. Nos resulta fácil pensar en la resurrección de forma puramente simbólica, como si fuese un sueño, un recuerdo o una reflexión; pero los evangelios nos dicen que es mucho más que una simple narración de un suceso. Jesús resucitado está, al mismo tiempo, en el mundo y más allá del mundo; es el mismo que fue crucificado, pero tiene una Vida nueva.

El texto se empeña en que tomemos conciencia de lo difícil que fue para los discípulos reconocer a Jesús, lo mismo que para nosotros no es tan sencillo descubrirlo.

El evangelio de San Lucas nos plantea la cuestión fundamental de todo cristiano: ¿Creemos de verdad que Cristo resucitó, o nos acostumbramos a vivir nuestra fe desde los ritos, o de nuestra tradición familiar o social? No se cuestiona que los discípulos no tuvieran fe, sino que, qué estaban entendiendo por fe, tanto así que su temor les supero dando lugar a las dudas.

¿Y nosotros?, ¿cuál es nuestra fe?, ¿necesitamos que Jesús se nos aparezca para despejar nuestras dudas?, o, ¿somos capaces de ver a Jesús en el mundo que nos rodea, en el hermano que sólo quiere que lo saludemos, que le ofrezcamos un gesto amable, o que lo miremos como un igual?

El segundo punto es el hecho que Jesús les dice a sus apóstoles que son “testigos de todo lo sucedido”, y con ello a todo cristiano, por todos los siglos.

¿Qué significa para nosotros ser testigos de lo que creemos? ¿Es correcto que se guarde el “secreto” para sí? ¿Y, qué debe hacer un testigo? No se trata de llevar una etiqueta, un distintivo, un crucifijo, que es en lo que más nos fijamos. Se trata de dar testimonio con nuestra vida misma.

No somos cristianos para nosotros mismos, no rezamos a Dios para sentirnos mejor en la intimidad o para pedirle lo que creemos que nos hará felices. Hemos sido escogidos por Dios como trabajadores, y no como privilegiados. Tenemos el encargo de anunciar al mundo lo que hemos vivido. El testimonio no proviene de lo aprendido en los libros, sino de aquello que la vida nos ha regalado. Lllevémoslo, entonces, día a día hasta nuestros actos cotidianos más mínimos.

No dejes que tus oídos sean testigo de lo que tus ojos no ven

Arquidiócesis de Madrid

Jesucristo resucitado da la paz a sus discípulos. Se trata de la verdadera paz, la que viene de la victoria sobre la muerte y el pecado. Es el don más preciado. Aquí la paz se nos presenta como el verdadero sosiego del alma, “la tranquilidad en el orden”, que decía san Agustín.

Si nos fijamos bien, perdemos la paz por muchos motivos, pero todos pueden reducirse a la incerteza. La falta de paz supone miedo. Por eso muchas veces compramos “falsa paz” a cambio de seguridad. Eso tiene dos direcciones. Por una parte, para no complicarnos la vida (y permanecer sin problemas, que es una falsa paz), renunciamos a emprender acciones que serían buenas, pero que rechazamos por las molestias que comportan. Por otra parte, nos acomodamos a la injusticia, o a la imperfección, por ahorrarnos un trabajo. Pero nada de eso es verdadera paz.

La paz auténtica llega cuando sabemos que no hay nada que pueda quitarnos la felicidad. Y eso sólo nos lo puede traer Jesucristo. En el evangelio de hoy aparece la paz de Jesucristo resucitado y la alegría desbordante de los discípulos. Se cumplen las palabras anunciadas por Jesús “vuestra tristeza se transformará en alegría”, y esa alegría ya nadie la puede quitar, porque se fundamenta en algo definitivo: Quien había muerto ha vencido a la misma muerte.

La paz que el Señor da a su Iglesia y a sus discípulos es enormemente productiva. Podemos seguir su rastro a lo largo de la historia en el celo apostólico de los primeros cristianos, en el sufrimiento paciente de los mártires, en la entrega generosa de los misioneros, en el servicio a los necesitados realizado por tantos cristianos, en la paciencia a la hora de enseñar o de corregir… Es una paz que se muestra en el rostro bondadoso de tantos cristianos, de otros tiempos pero también de ahora.

La seguridad en la victoria de Jesucristo, y la certeza de que el sigue presente en medio de nosotros da consistencia a esa paz. Jesús, como indica en el mismo evangelio, no es un fantasma. Tampoco la paz que nos trae es una ilusión. En nuestra vida esa paz es compatible con la dificultad, el trabajo y el sufrimiento, que son sobrellevados de una manera distinta, porque sabemos que no son la palabra definitiva sobre el hombre.

De la misma manera que Jesús abre el entendimiento de los apóstoles para que comprendan las Escrituras, también nosotros, aún sin ver, sabemos que toda tribulación de este mundo no es definitiva, y que su sentido será comprendido al final, cuando se manifieste al completo el plan de Dios. Ahora, sabiendo que Jesús vive, ya experimentamos la paz, la de su victoria.

San León Magno a propósito de la Ascensión del Señor:

“En esto consiste, en efecto, el vigor de los espíritus verdaderamente grandes, esto es lo que realiza la luz de la fe en las almas verdaderamente fieles:

creer sin vacilación lo que no ven nuestros ojos, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar nuestra mirada.

¿Cómo podría nacer esta piedad en nuestros corazones, o cómo podríamos ser justificados por la fe, si nuestra salvación consistiera tan sólo en lo que nos es dado ver?”

Nos enseña el catecismo de la Iglesia:

La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.” (CIC 166)

TRANSMITIR LA FE

PATER JUAN MOLINA

Tres claves para vivir en plenitud la fiesta de la ASCENSIÓN:

1.- “Querido Teófilo”
Teófilo del griego: Teo = Dios, Filo= Amigo. Las Escrituras contienen palabras de Vida para quienes son y/o quieren ser “Amigos de Dios”. El Cristiano es ante todo un testigo. Testigo de una presencia, de una vivencia, de una fe encarnada, sentida y vivida en el Dios de la misericordia. Del mismo modo que un amigo conoce bien, ama y gusta de compartir todos los momentos posibles con el otro amigo, así quien desea crecer en la amistad con Dios busca estar cerca de Él, compartir todo lo vivido con Él y dejarse acompañar por Él. “Ya nos os llamo siervos, os llamo AMIGOS” nos dice el Señor en Juan 15,15.

2.- “¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”
La Ascensión nos invita a mirar al cielo pero con los pies bien firmes en el suelo. La Ascensión no es una llamada a huir del mundo ni a vivir “ausente” de la realidad ni ajenos a la suerte de nuestro mundo… ¡más bien todo lo contrario! Asciende el Señor tras habernos mostrado el camino a seguir para transformar este mundo según su corazón… marcha no para desentenderse sino para enviarnos la fuerza del Espíritu Santo que necesitamos para remangarnos y ponernos manos a la obra en la edificación de un mundo más justo y fraterno. Huyamos de toda tentación de una “espiritualidad” desencarnada. Jesús mismo es la muestra que la pedagogía de Dios pasa por hacerse compañero de camino, por hacerse uno de nosotros… así nos quiere a la Iglesia: compañera de camino de la humanidad.

3.- “El Padre de la Gloria… Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama”
Hemos oído que “Dios no llama a los perfectos y capacitados sino que capacita a los llamados”. No es tanto lo que sabemos cuanto lo que vivimos pero está íntimamente unido, difícil vivir lo que uno desconoce. Estamos llamados a ponernos en manos del mejor pedagogo, el mejor educador que es el Espíritu Santo, autor de la Vida y custodio de la Verdad. La Ascensión es necesaria para que el Espíritu Santo siga haciendo su trabajo, remodelándonos según el proyecto de Dios para cada uno de nosotros. Es el espíritu santo el que iluminará nuestro corazón y nos capacitará para comprender toda la belleza y verdad de la esperanza a la que nos llama. Pongámonos a la escucha atenta, dejemos hacer a Dios, que nos recree, que nos haga hombres y mujeres nuevos según su corazón.

José María R. Olaizola (Jesuita y escritor)
Volveré

¿Por qué este abandono
tras vencer a la muerte?
¿Por qué este alejarte
cuando más con nosotros estabas?
¿Por qué este silencio
de la Palabra más viva?

Nos dejas esperando,
buscadores,
inquietos,
apóstoles,
portadores de tu Luz, pero
confundidos por las sombras
cuando te vistes de misterio.

No te nos escondas mucho,
en este irte que nos deja huérfanos,
en ese enviarnos,
tan desnudos de certezas
como llenos de esperanza.

En tu distancia, sigue cerca,
y a tu modo misterioso
sigue siendo el Amor
que arropa nuestra desnudez.
y sostiene nuestros sueños.

 

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Publicado el 30 abril, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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