JUAN 20, 19-23

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN (20, 19-23): facebook pq

19 Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».

JUAN 20.19

20 Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

21 Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes»

JUAN 20.21

22 Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo.

23 Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

JUAN 20.22

LA NUEVA CREACIÓN EN CRISTO
San Agustín, Sermón 8, En la octava de Pascua, 1, 4

Me dirijo a vosotros, niños recién nacidos, párvulos en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, retoño santo, muchedumbre renovada, flor de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi gozo y mi corona, todos los que perseveráis firmes en el Señor.

Me dirijo a vosotros con las palabras del Apóstol: Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos, para que os revistáis de la vida que se os ha comunicado en el sacramento. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús.

En esto consiste la fuerza del sacramento: en que es el sacramento de la vida nueva, que empieza ahora con la remisión de todos los pecados pasados y que llegara a su plenitud con la resurrección de los muertos. Por el bautismo fuisteis sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos, así también andéis vosotros en una vida nueva. Pues ahora, mientras vivís en vuestro cuerpo mortal, desterrados lejos del Señor, camináis por la fe; pero tenéis un camino seguro que es Cristo Jesús en cuanto hombre, el cual es al mismo tiempo el término al que tendéis, quien por nosotros ha querido hacerse hombre. Él ha reservado una inmensa dulzura para los que le temen y la manifestará y dará con toda plenitud a los que esperan en él, una vez que hayamos recibido la realidad de lo que ahora poseemos sólo en esperanza.

Hoy se cumplen los ocho días de vuestro renacimiento: y hoy se completa en vosotros el sello de la fe, que entre los antiguos padres se llevaba a cabo en la circuncisión de la carne a los ocho días del nacimiento carnal.

Por eso mismo, el Señor al despojarse con su resurrección de la carne mortal y hacer surgir un cuerpo, no ciertamente distinto, pero sí inmortal, consagró con su resurrección el domingo, que es el tercer día después de su pasión y el octavo contado a partir del sábado; y, al mismo tiempo, el primero.

Por esto, también vosotros, ya que habéis resucitado con Cristo -aunque todavía no de hecho, pero sí ya esperanza cierta, porque habéis recibido el sacramento de ello y las arras del Espíritu-, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis juntamente con él, en gloria.

San Efrén (v. 306-373) diácono en Siria, doctor de la Iglesia
Sobre la efusión del Espíritu Santo
«Igual que el Padre me ha enviado a mi, así os envío yo a vosotros»

Los apóstoles estuvieron allí, sentados en el Cenáculo, en la cámara alta, a la espera del Espíritu. Estaban ahí, dispuestos como antorchas, a la espera de ser encendidas por el Espíritu Santo para iluminar toda la creación a través de su enseñanza…Estaban ahí, como los cultivadores llevando su semilla en el manto, esperando el momento en que recibirán la orden de sembrar. Estaban ahí, como marineros cuya barca está amarrada en el puerto al mando del Hijo y que esperan tener el dulce viento del Espíritu. Estaban ahí, como pastores que acaban de recibir su cayado de las manos del Gran Pastor de todo el redil y esperan que les sean repartidos los rebaños.
«Y empezaron a hablar en distintos idiomas según el Espíritu les concedía expresarse.» ¡Oh Cenáculo, artesa donde fue arrojada la levadura que ha hecho levantar el universo! Cenáculo, madre de todas las iglesias; Cenáculo, que ha visto el milagro de la zarza ardiente (Ex 3). Cenáculo que ha sorprendido Jerusalén con un prodigio mucho más grande que el del horno que maravilló a los habitantes de Babilonia (Dn 3). El fuego del horno quemó a los que estaban alrededor, pero protegió a los que estaban en medio de él; el fuego del Cenáculo reúne a los de fuera que desean verlo mientras reconforta a los que lo reciben. ¡OH fuego cuya visita es palabra, el silencio es luz, fuego que conduce los corazones a la acción de gracias!…
Algunos que se oponían al Espíritu Santo decían “estas personas han bebido del vino dulce, están ebrios.” Realmente decís la verdad, pero no es como creéis. Esto no es vino de viñas lo que hemos bebido. Es un vino nuevo que fluye del cielo.
Es un vino recién prensado sobre el Gólgota. Los apóstoles lo han hecho beber y han embriagado así toda la creación. Es un vino que ha sido prensado en la cruz.

Gregorio de Narek (ca. 944 † ca.1010), monje y poeta armenio
Libro de oraciones, nº 33
«Recibid el Espíritu Santo»

Todopoderoso, Bienhechor, Amigo de los hombres, Dios de todos.
Creador de los seres visibles e invisibles,
a Ti que salvas y fortaleces,
que cuidas y pacificas,
Espíritu poderoso del Padre…,
que compartes el mismo trono, la misma gloria,
la misma acción creadora del Padre…
Por ti, como intermediario, nos ha sido revelada
la Trinidad de Personas en la unidad de la naturaleza de la Divinidad;
Tú eres reconocido ser una entre estas Personas,
Tú, el incomprensible…

Tú has sido proclamado por Moisés, Espíritu de Dios (Gn 1,2):
aleteabas por encima de las aguas
envolviéndolo todo con una protección pavorosa, llena de solicitud,
has desplegado tus alas como signo de tu asistencia compasiva a favor de los recién nacidos,
y por ahí nos revelaste el misterio de la fuente bautismal…

Tú has creado, oh Señor Todopoderoso (cf Credo)
las naturalezas de todo cuanto existe,
de todos los seres salidos de la nada.
Por ti y a través de la resurrección son renovados
todos los seres creados por ti,
en el momento del último día de vida aquí abajo
y el primer día en la Tierra de los vivos.

El que tiene tu misma naturaleza,
Aquel que es consubstancial al Padre, el Hijo primogénito,
en una naturaleza como la nuestra, te ha obedecido como Padre suyo,
uniendo su voluntad a la tuya.
Te anunció como verdadero Dios,
igual y consubstancial a su Padre todopoderoso…
y cerró la boca a los que se te oponían
combatiendo contra Dios (cf Mt 12,28),
pero perdonando lo que iba contra él.

Justo e Inmaculado es el Salvador de todos,
que ha sido entregado a causa de nuestros pecados
y resucitado para nuestra justificación (Rm 4,25).
A él la gloria a través tuyo,
y a ti la alabanza con el Padre todopoderoso,
por los siglos de los siglos.
Amén

Himno al Espíritu Santo

EL HIMNO AL ESPIRITU SANTO

Ven Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles,
Llena de gracia celestial
Los pechos que tu creaste.

Te llaman Paráclito,
Don de Dios altísimo,
Fuente viva, fuego, amor
Y unción espiritual.

Tú, don septenario,
Dedo de la diestra del Padre,
Por El prometido a los hombres
Con palabras solemnes.

Enciende luz a los sentidos
Infunde amor en los corazones,
Y las debilidades de nuestro cuerpo
Conviértelas en firme fortaleza.

Manda lejos al enemigo,
Y danos incesantemente la paz,
Para que con tu guía
Evitemos todo mal.

Danos a conocer al Padre,
Danos a conocer al Hijo
Y a Ti, Espíritu de ambos,
Creamos en todo tiempo.

Que la gloria sea para Dios Padre,
Y para el Hijo, de entre los muertos
Resucitado, y para el Paráclito,
Por los siglos de los siglos. Amén.

ESPIRITU SANTO

El Espíritu es soplo, aliento, viento, fuego… es vida. Es curioso que la fiesta de Pentecostés, pase como un domingo más, cuando es Él, del que decimos que mueve la Iglesia y la comunidad. Pero no sólo eso, ya estaba en la creación, es el que encarna a Jesús en el seno de María, el que le impulsa al desierto, el que le unge para predicar la buena nueva a los pobres, el que lo resucita, el defensor que nos deja, en definitiva el que hace posible nuestra nueva vida en Cristo. Es el que nos hace hijos adoptivos de Dios y nos hace gritar: “¡Abba! (Padre)”.

El Espíritu es para la Iglesia, como la respiración. Inspira aire, reúne a los fieles, llena silenciosamente el interior del corazón, nos invita al recogimiento, el silencio, el discernimiento, la oración. Expira el aire, lanza a la comunidad al exterior, a los cuatro vientos, nos envía para que seamos en todas partes testigos, de que es posible superar el individualismo y compartir la misma fe, la misma mesa y el mismo lenguaje: el del amor, el del Reino. Por eso en la secuencia de hoy le pedimos: “¡Ven Espíritu Santo!”, en ocasiones no sé si con la boca pequeña, no vaya a ser que venga y “renueve la faz de la tierra”.

“Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento”.

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Publicado el 4 mayo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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