MATEO 23,13-22

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (23,13-22): facebook pq

13 «¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que cierran a los hombres el Reino de los Cielos! Ni entran ustedes, ni dejan entrar a los que quisieran.

14 [¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones! Por eso serán juzgados con más severidad.]

15 ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para conseguir un prosélito, y cuando lo han conseguido lo hacen dos veces más digno de la Gehena que ustedes!

16 ¡Ay de ustedes, guías, ciegos, que dicen: “Si se jura por el santuario, el juramento no vale; pero si se jura por el oro del santuario, entonces sí que vale”!

17 ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante: el oro o el santuario que hace sagrado el oro?

18 Ustedes dicen también: “Si se jura por el altar, el juramento no vale, pero vale si se jura por la ofrenda que está sobre el altar”.

19 ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que hace sagrada esa ofrenda?

20 Ahora bien, jurar por el altar, es jurar por él y por todo lo que está sobre él.

21 Jurar por el santuario, es jurar por él y por aquel que lo habita.

22 Jurar por el cielo, es jurar por el trono de Dios y por aquel que está sentado en él.

MATEO 23.20

Santa Catalina de Gênes, mística
Escritos: El libre arbitrio
Dios llama a nuestra libertad

Dios incita al hombre a que se levante del pecado… Cuanto más pronto el hombre reconoce su miseria, más pronto también se humilla y se abandona a Dios conociendo que es a Dios a quien pertenece hacer en él esta obra de conversión. Poco a poco, por las inspiraciones que Dios le manda, toma conciencia de ello, y viendo la obra y la ganancia que saca de ello, se dice a sí mismo: Verdaderamente, parece que Dios no tiene otra cosa que hacer que ocuparse de mí. ¡Cuán suaves y llenas de amor son las obras de Dios en nosotros!…

Servir a Dios en esta vida es, verdaderamente, reinar. Cuando Dios libera al hombre del pecado que le esclaviza, le saca de toda esclavitud y lo establece en la verdadera libertad. De no ser así, el hombre va siempre de deseo en deseo sin jamás pacificarse; cuanto más tiene más quisiera tener; buscando satisfacerse, nunca está contento. En efecto, cualquiera que tiene un deseo está poseído por él; se vende a la cosa que ama; buscando su libertad, siguiendo a sus apetitos ofendiendo a Dios, se hace esclavo de ellos para siempre.

Considera, pues, la fuerza y el poder de nuestro libre arbitrio que encierra en sí dos cosas opuestas y tan contrarias la una de la otra: la vida o la muerte eternas. Si no quieres, no puedes ser violentado por ninguna criatura; por esto, mientras esté en tu poder, reflexiona bien y vigila lo que haces.

Regla del Maestro
Regla monástica del s. VI. Prólogo, 1-14.
La encrucijada en nuestro corazón

Oh hombre, tú el primero que has leído en voz alta, que a continuación has escuchado, deja ahora tus otros pensamientos; sepas que si yo te hablo, es Dios quien te advierte por mi boca. A él, al Señor Dios, debemos ir por propio gusto, por nuestras buenas acciones y nuestras intenciones derechas, por miedo a que, en razón de nuestra negligencia pecadora no seamos a pesar de ser llamados a comparecer, ser llevados a la muerte… Pues el tiempo que vivimos todavía, lo vivimos como un indulto, sin embargo la bondad de Dios espera cada día que nosotros nos enmendemos, ella nos quiere mejores hoy que no como estuvimos ayer.

Tú por tanto que me escuchas, presta atención, de suerte que mis palabras…, caminado por el examen del espíritu, lleguen a la encrucijada de tu corazón. A ésta encrucijada….deja atrás de ti una de las vías, esa ignorancia pecadora y entra al momento en las dos vías de observación de los preceptos que se abren delante de ti. Y mientras que nosotros buscamos ir a Dios lleguemos en la encrucijada de nuestro corazón y examinemos las dos vías de conocimiento que vemos delante nuestro. Examinemos por cuál de estas dos vías podemos venir a Dios (Mt 7,13- 14). Si continuamos a la izquierda, tenemos miedo -pues la vía es larga– no sea que este lleve a la perdición. Si nos dirigimos a la derecha, estamos sobre camino bueno, pues la vía es estrecha, y es la que lleva a los servidores diligentes a su verdadero Señor.

Doroteo de Gaza, monje
Obras: Dios nos llama incesantemente a la conversión
Instrucciones, I, § 8-9 : SC 92

Dios, por su bondad, no abandonó a la creatura y, como lo he repetido tantas veces, se volvió hacia ella y lo llamó nuevamente: «Venid a mi todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Es decir: “Estáis fatigados, no sois felices. Habéis experimentado el daño que produjo vuestra desobediencia. Ahora convertíos; reconoced vuestra impotencia y vuestra confusión para alcanzar la paz y la gloria. Ahora vivid por la humildad ya que habéis muerto por el orgullo”…

¡Oh, hermanos míos, qué no ha hecho el orgullo! y ¡qué poder posee la humildad! ¿Había necesidad de tantas idas y venidas? Si desde el principio el hombre hubiese sido humilde y obedecido a los mandamientos, no hubiese caído. Y después de su falta Dios le volvió a dar una ocasión para arrepentirse y así alcanzar misericordia. Pero el hombre mantuvo la cabeza erguida. En efecto, Dios se acercó para decirle: «¿Dónde estás, Adán?» (Gn 3, 9) es decir: “¿De qué gloria has caído? ¿En qué miseria?”. Y después le preguntó: “¿Por qué has pecado? ¿Por qué has desobedecido?”, y buscando con ello que el hombre le dijera: “¡Perdóname!”… Pero, ¿dónde está ese “perdóname”? No hubo ni humillación, ni arrepentimientos sino todo lo contrario. El hombre le respondió: «La mujer que Tú me has dado me engañó» (Gn 3, 12). No dijo: “mi mujer”, sino: “La mujer que Tú me has dado”, como si dijera: “la carga que Tú me has puesto sobre mi cabeza”.

Así es, hermanos, cuando el hombre no acostumbra a echarse la culpa a sí mismo, no teme ni siquiera acusar al mismo Dios. Entonces Dios se dirigió a la mujer y le dijo: «¿Por qué no has guardado lo que te había mandado?», como queriendo decirle: “Al menos tú di ¡perdóname!, y así tu alma se humille y alcance misericordia”. Pero tampoco recibió el “perdóname”. La mujer por su parte le respondió: «La serpiente me ha engañado» (Gn 3, 13), como queriendo decir: “Si él ha pecado ¿por qué voy a ser yo la culpable?”…

¡Qué hacen, desdichados! ¡Al menos pidan disculpa! Reconozcan su pecado. ¡Tengan compasión de su desnudez! Pero ninguno de los dos se quiso acusar, y ni uno ni otro mostró el menor signo de humildad.

ORGULLO HUMILDAD

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Publicado el 27 mayo, 2016 en Sin categoría y etiquetado en , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. 1 comentario.

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